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El Valencia de Mongolia

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El Valencia Club de Fútbol desapareció en el instante que Amadeo Salvo vendió su alma al diablo. Ahogado por sus acreedores, sin vender Mestalla y con el nuevo estadio paralizado, el ex presidente tomó el único atajo que le ofrecieron: convertir un club con solera en una empresa de compraventa de jugadores. De repente, el universo Jorge Mendes engullendo una ciudad como una tormenta de arena; de repente, un multimillonario singapurés comprando a distancia un juguete roto para emular a los dueños ricachones de la Premier. El mejor agente del mundo inaugurando oficinas en Monaco y Valencia,  bazares para comprar jugadores anónimos con ínfulas de estrella y vender a diestro y siniestro sentimientos y pasiones. Porque no importa el nombre, sudar en el césped o haber jurado amor eterno a la ‘terreta’. Paco Alcácer queda como el enésimo proscrito de un club que soñó (y logró) incordiar a Barça y Madrid, y que desde hace demasiado tiempo es una torre de babel de empleados que trabajan para cobrar a fin de mes. Paco siempre quiso levantar las Ligas de David Albelda y recolocar al Valencia en el mapa, pero nunca imaginó que su casa acabaría convertida en una multinacional de importación y exportación. La operación se hizo pública hace pocos días, pero Mendes y Peter Lim la habían ejecutado con antelación; el Barça rastreaba un delantero de refresco y el nuevo Valencia rapiña billetes como un buitre. Podría jugar el campeonato de Mongolia y en la calle nadie se habría dado cuenta. No surgen manifestaciones espontáneas, no hay cabreos, sólo indeferencia, resignación ante un dueño marciano que ha ganado una subasta.

A Lay Hoon, brazo armado de Lim, le aconsejaron ganarse a las masas. Su discurso populista estaba precalentado en un microondas: ‘Paco Alcácer no está en venta’, cuando el santo y seña de la afición ché ya tenía su asiento reservado en el vestuario del Camp Nou. A Pako Ayestarán le prometieron un bloque pétreo, sin fisuras, y él creyó a sus jefes: no está en condiciones de exigir al estilo Fabio Capello porque nunca ha dejado de ser itinerante. Su banquillo huele a carnaza para tiburones, los que se preparan para escuchar las futuras llamadas de Mendes. Vendido André Gomes (55 millones) y Mustafi (41 al Arsenal), la coartada del Fair Play Financiero no necesitaba la venta de su goleador. Lejos del fervoroso Mestalla, aquello es ahora una nave industrial desmantelada porque cualquiera que salga a la calle y pregunte por un par de futbolistas del Valencia se va a llevar una desagradable sorpresa. Si acaso, Parejo, el tristón ex capitán que deambula por el campo sin entender por qué no le dejaron irse al Sevilla; ¿Gayá? Sí, sonó para el Madrid, pero renovó y desde entonces es una sombra de sí mismo. De la noche a la mañana, a ese Valencia que peleaba con el Atlético por el tercer puesto de España en la década de los noventa le sometieron a una transfusión sanguínea. En el pasado fue el Valencia de Lubo Penev,, de Mijatovic, del mismo Albelda y Mendieta, de David Villa….había estrellas para cada generación.  Alcácer se marcha a escondidas, sin una última ovación y con el lloro desconsolado de tropecientos niños que hoy habrán roto su póster de la pared: no lo planeó así pero su carrera es más importante que seguir en esta sociedad ANÓNIMA. En el sentido más literal de la palabra.

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