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De portería a portería guarrería

image4.jpgJohan Cruyff decidió echar de su Dream Team a Andoni Zubizarreta en el autobús que transportó al equipo del avión recién aterrizado en El Prat a la terminal. El Barça había sido destripado por el Milan de Capello en Atenas y la intervención quirúrgica fue inmediata. ‘Zubi’ había caducado porque el fútbol al primer toque requería un portero pelotero que supiese tocar de primeras sin el patapum p’arriba de Javi Clemente. Según Cruyff, “el talento de un guardameta con los pies se tenía o se aprendía entrenando”: confirma la teoría de que los porteros son tarugos porque quieren. Zubizarreta salió escaldado y el suplente, Carles Busquets, tomaba galones. Su apariencia de portero de balonmano escondía un sutil gusto por el balón que convenció al holandés. Lástima que el experimento resultara un estropicio. Pero la idea de que el portero no sólo se esforzara con las manos penetró en La Masía. Víctor Valdés sigue siendo la explicación irrebatible a la idea cruyffista: la pelota sólo se rifa en situaciones de mayday. lo demás significa blasfemia.

En el verano de 1995, Jesús Gil fichó al portero del Albacete, José Francisco Molina. Sus modos poco ortodoxos gustaron al presidente del Atlético porque el ocaso de Abel Resino era inminente. En la última jornada de aquella Liga, el ‘SuperDepor’ destrozó al Alba con un demoledor 2-8; horas después, Gil telefoneó a Molina para animarle cuando el portero se temía lo peor con aquella llamada. Por una vez, el difunto presidente no sacó la guadaña y confío en el nuevo modelo de portero que había comprado. Y no defraudó. Molina fue un vanguardista de su época, jugando a treinta metros de su portería y comiéndose el marrón de los centrales. Era un líbero a la antigua usanza. sacando el coche-escoba para cortar pases al hueco y centros calibrados desde campo contrario. Radomir Antic podía comprimir al equipo en un tercio del campo porque la defensa tenía a su portero pegado en el cogote. Dicen que si Cruyff no hubiese sido despedido por Joan Gaspart al final de temporada, habría intentado convencer a Molina.

Ter Stegen rompe con el prototipo alemán de portero frío, calculador y dominante en el aire. No se parece en nada al mítico Bodo Illgner ni al ágil Andreas Köpke. Le gusta otear su propia portería desde el horizonte, como a Neuer, y entiende el fútbol como un deporte en el que quien se pone bajo palos no tiene por qué ser el paquete del grupo. Sigue sin creerse que a un colega se le pueda caer el larguero encima como le sucedía a Oliver Kahn. Ya no se trata de parar envestidas sino de leer el juego desde una posición privilegiada. Él es el último porque se gusta en un mano a mano, pero no pasaría desapercibido en el centro del campo, organizando la táctica como Luís Milla. Claudio Bravo es un portero en el sentido más estricto de la palabra, pero Ter Stegen representa el futuro, arriesgado, casi siempre en el alambre, pero de un atractivo demasiado morboso como para perdérselo. Así piensa Luis Enrique y el cancerbero alemán que en San Mamés regaló a todos esos locos estadistas una cifra histórica: 51 pases realizados al pie y 11 al contrario por despeje o mala praxis. Y tiene el punto de locura que distingue a su posición, atrevido para cabecear en la medular y amagar con un regate casi en su línea de gol. O le tomas o le dejas por riesgo cardiaco. El Barça se ha decidido por él; Guardiola también le había incluido en su revolución de Manchester. El fútbol progresa en el campo a la velocidad de la luz eliminando al portero comparsa, pero mantiene la regla no escrita de los patios de colegio: ‘De portería a portería es guarrería’.

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