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Suéltele la correa

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“El jamón viene con hueso, viene como viene”. Julen Lopetegui no pretende resetear la memoria de Diego Costa como la de un ordenador viejo. En el bufé de goleadores puede elegir delanteros pulcros y disciplinados, Morata, y camorreros, de esos que encabronan a un defensa hasta la desesperación. Ambos currículum son necesarios, pero Costa arrastra una telenovela de guión de Gran Lebowski. Héroe para la nación española cuando Del Bosque le eligió, la afición del Atlético agradeció al seleccionador el reconocimiento del mejor delantero sobre barro. Nadie criticó entonces que la selección más artística de todos los tiempos (con permiso del Brasil del setenta) reclutara a un ‘buscabroncas’, capaz de sacar de quicio al mismo Pepe. Sin embargo, esa versión Ronaldo Nazario de Mercadona no ha hecho más que pintarrajear la aseada pizarra táctica de la España del tiqui-taca. En Brasil le tacharon de traidor a la patria y aquí se siente un marciano incomprendido. Quizá porque no huele portería o por la extraña sensación de que, jugando en Inglaterra, le tratamos como un foráneo más, Costa viene a La Roja como el paracaidista que aterriza en Vietnam sin saber dónde está el norte o el sur. Es él contra el mundo y mientras no acierte en esas carreras de manada de búfalos, la prensa deportiva seguirá siendo el enemigo. José María García presentaba sus programas como un teatrillo con buenos y malos; en la selección el hispano-brasileño es el muñeco del pim, pam, pum, apartados ya Iker Casillas y Vicente Del Bosque. Su casa fue el Calderón y así se lo transmitió a Simeone en busca de una redención este verano, pero tres jornadas de Premier League le han bastado para sobreexcitar al ya de por sí nervioso Antonio Conte. No es asunto para el diván de un psicólogo, simplemente no encaja de rojo, como tampoco lo hizo Kaká en el Real Madrid.

Costa no causa indiferencia porque Manuel Jabois obsequió a la calle con la mejor definición que se puede imaginar de él: “Es el típico raro que amaga con la caja B de los equipos que juegan con pelota y que desnivela el partido en las cloacas”. Porque es desde el suburbio donde se motiva, con zagueros de casi dos metros que le cosen a empujones y pataditas sibilinas. El trabajo sucio tan necesario como el de Nicolas Cage en El señor de la guerra, en el que interpreta a un traficante de armas que trabaja para gobiernos que no quieren mancharse las manos. Lopetegui le necesita porque no es un mero continuista de aquel maravilloso prodigio inventado por Luis Aragonés; el carácter volcánico del jugador decidirá si permanece o en el vestuario, o el barracón, tal como lo concibe él. A Costa le quieres o le rechazas, sin término medio; no le hacen falta las pinturas de guerra de una mole de la NFL porque su pose de pelea callejera intimida hasta al propio Vinnie Jones. Y eso son palabras mayores. Pero se parte la cara por él mismo y por unos compañeros que saben lidiarle sobre un alambre. Puede mandar un partido al retrete con un escupitajo, y puede encararse con tres a la vez (antecedente en un derbi con Ramos, Pepe y Arbeloa). El mejor Costa es el rottweiler que persigue a su presa sin correa. De ahí el placer de soltar la cuerda.                                                       

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