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El estado contra Neymar

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“La estrella de rock ya no se puede lanzar al público”.  Romario da Souza Faria, futbolista de vocación y senador de profesión, sólo habla de fútbol para sobreexcitar al pueblo. Alejado del discurso de sota, caballo y rey, la gente sabía que tarde o temprano usaría su afilada lengua para referirse a Neymar. Asunto nacional en Brasil, su cabreo de proporciones bíblicas en Maracaná (final olímpica) todavía guarda facturas pendientes. Leyendas como Roberto Rivelino le tildan de blasfemo a la canarinha; Felipao Scolari declina pronunciarse porque “podría causar problemas” y Globoesporte, el gigante mediático que fabrica corrientes de opinión, le defiende a capa y espada porque tiene contratos de exclusividad firmados con Neymar. Ídolo de masas y proscrito a la vez, su renuncia a la capitanía terminó de irritar a una nación temerosa de otro ‘maracanazo’. Él no compartió la pesadilla de Alemania pero, aun así,  también fue colocado en el paredón; peleó a tumba abierta los primeros partidos de los Juegos y la torcida se burló jaleando el nombre de la estrella femenina Marta. El barcelonista tragó bilis y calló, por recomendación de uno de sus agentes, Wagner Ribeiro, el mismo que le regaló el consejo de su vida cuando fichó por el Barcelona: “Pégate a Messi y aprende de él…de momento”.

Neymar acató la decisión de Dunga sin patalear como un niño de preescolar. Los JJ.OO. son un sueño de una noche de verano, literal, y él quería jugarlos en detrimento de la Copa América. La partida de póker había comenzado: o todo o nada, la gloria o la culpa del all-in sería suya y de nadie más. Cientos de Kalashnikovs cargadas para fusilar al astro con ínfulas de Pelé: demasiados muñecos de trapo para hacer vudú a un atleta al que su país critica que no rinda en el césped más de lo que lo hace en anuncios de televisión. Sin embargo, Neymar sacó la escuadra y el cartabón en la final contra Alemania, marcó por el ángulo imposible y luego repitió con el penalti que terminó una travesía demasiado dolorosa, la que empezó el día después de que Ronaldo le robara la cartera a Oliver Kahn. De enemigo público número uno a héroe del año, Maracaná le ovacionó hasta que Neymar descubrió a los aduladores. Los que decían que era un encantador de serpientes, los que escaneaban sus partidos para comprobar cuántas veces vagueaba y no corría por el campo. El campeón tiene memoria y así se lo hizo saber a un espectador de primera fila en la ya célebre imagen. O a todos aquellos que se sintieron aludidos con ese arrebato demoledor “¡Ahora van a tener que tragar!”.

En un puñado de días su supuesta infidelidad a la selección ha dado un giro de 180 grados. Ante Ecuador se remangó la camiseta e intentó robar balones como si no hubiera mañana; anoche peleó desde el suelo, corrió, amagó regates, tiró lambrettas y revolucionó a un equipo que necesita más talento que músculo. Casemiro y Neymar, piedra y pincel, los grandes protagonistas ante Colombia. La gente de la calle vuelve a congraciarse con su rey, porque el presente es él y el futuro….también es suyo. Los que dudaban del heredero de Messi se han quedado sin balas, aguardando a la próximo resacón en Las Vegas de Neymar, a que se hunda en el egoísmo del típico genio brasileño. No pasará de momento: el consejo de Ribeiro no se olvida.

 

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