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Un Madrid sospechoso

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“Se ha perdido la costumbre de blocar el balón”. Palabra de una leyenda silenciosa. La de Bodo Illgner, campeón de todo con el Madrid y que añora a los colegas de su época. En los noventa, cualquier guardameta alemán atajaba por tierra, mar y aire sin ínfulas de ‘palomitero’, tales derechos de autor pertenecían a Paco Buyo. Suelen decir los porteros que la primera parada alimenta la autoestima y la segunda alivia a la defensa. Keylor Navas, héroe y villano en noventa minutos, escaló del infierno al cielo con dos estiradas de ‘gato’ Ablanedo. Despejó melones en la primera parte y se estiró de palo a palo cuando el Borussia engullía a los blancos, con la grada vertical incluida. Reapareció en un campo maldito contra los velocistas más rápidos del fútbol europeo: Aubameyang para los 100 metros lisos y Ousmane Dembélé (atentos a este nombre) los 110 vallas. No se cansa de regatear bosques de piernas y sólo le falta mala leche; de haberla tenido le habría hecho un traje a Danilo. No ganó el Madrid porque últimamente huele la sangre pero no desgarra la yugular. El 1-2 había dejado un último round perfecto para que Cristiano y Bale sacasen la cuchilla con toda la autovía por delante. A estas alturas todavía hay cierta prensa pejiguera que se ruboriza cuando el Madrid juega sin balón: estalló en tiempos de Mourinho y se calmó con Ancelotti, verdadero amante de la posesión. No obstante, si el entrenador del Barcelona, en un arrebato de sinceridad, dice en Leganés que “la posesión a veces no vale para nada” (1-5), entonces al Madrid no tiene sentirse ofendido. Si lo dicen hasta en el Barça…

Segundo debate nacional. La sombra de Casemiro es demasiado alargada. Él es la antítesis de por qué Zidane no debe insistir demasiado con el 4-3-3, que deshace al equipo como la mantequilla en este tipo de montañas rusas que plantea el Dortmund. Zidane ha entendido de entrenador que para pintar un Renoir también necesita una brocha gruesa. Ése es Casemiro, el chico de los recados que se come marrones y cubre palmo a palmo todo el césped. Adonde no llega nadie, aparece el brasileño. Su ausencia es una pesadilla para Toni Kroos, que ya no puede practicar ese preciso putt a ras de suelo porque tiene que dedicarse a la fontanería. Por eso es tan valiosa gente como Busquets o Case, un producto de edición limitada que sólo se encuentra en el mercado por un pastizal. Incluso, Florentino Pérez lo tiene claro: su ‘5’ no es galáctico pero evita posibles ‘galacticidios’. Cuesta creer que una plantilla tan calibrada y fabricada entre miles de muestras no tenga un simple repuesto para Casemiro. O no existe o no es suficientemente bueno. El caso es que Zidane quería quedarse con el canterano Marcos Llorente, albañil llamado para grandes construcciones, pero el club prefirió que se fogueara en el Alavés el primer año.

Y tercer debate nacional. Benzema vuele a amagar con la versión soporífera de Monsieur Empané.  Sólo él podrá explicar si su cabeza está puesta en el Madrid o se distrae con las posibles consecuencias judiciales del engorroso caso Valbuena. Ahora es un superclase en horas bajas, defendido por Cristiano como su “mejor socio”. Ha surgido una corriente de opinión que sospecha de su titularidad: si juega por decreto, la culpa es para el técnico. Si es por meritocracia, la respuesta sólo la entiende Zidane, también. A este Madrid de gatillo fácil no le urge un delantero que salga del área y haga de cada jugada un mecano; Morata es la solución más simplona y contundente. Siempre merodeando el punto de penalti, su ametralladora dispara desde cualquier distancia. Es el clásico delantero centro  que va acabando con la moda de los falsos nueves que puso en órbita Guardiola. Lo advirtió el canterano en una entrevista para Alemania: “El Chelsea ofrecía por mí 70 millones”. Conociendo a Morata, no le traicionó el subconsciente. A veces la prensa es la hoja de reclamaciones perfecta. 

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