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Nadie es más que nadie

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Paulo Futre no recuerda la última vez que pronunció la fatídica palabra ‘pupas’. Sí se acuerda de un último partido muy del Atleti de los dos añitos en el infierno:Jesús Gil falleció un fin de semana de mayo de 2004 y el Vicente Calderón le rindió tributo ante el Zaragoza. En noventa minutos, el equipo y el cielo se pusieron de acuerdo en la mística de un día tan señalado, el descuento fue cosa de su habitual tragedia. Futre jamás olvidará aquel 1-2 porque juró que nunca volvería a ver al Atleti con solera que reventaba la ciudad con aquellos derbis ochenteros. Fue entonces cuando Gil Marín decidió fichar a Simeone y cambiar la historia para siempre; cuando el gran Paulo olvidó su morriña nostálgica del pasado. El Atlético de hoy gana con frecuencia al Bayern en otro día cualquiera en la oficina: para el resto del mundo es el enésimo 1-0 de la era Simeone;; para el adn rojiblanco es la credencial definitiva de que han entrado en el club vip más exclusivo de Europa. Este Atleti tiene la azotea tan bien amueblada como la de Rafa Nadal. En su comparación, es una hormiguita puñetera que corretea de un lado a otro sin dejarse pisar.

Simeone intenta ser ajeno a los reclamos publicitarios del club, que suelen recurrir a la vena lacrimógena. No entienden de días de difuntos ni cree que el karma le haga ganar partidos. Sólo la disciplina espartana de un vestuario en el que nadie es más que nadie aguanta a este equipo. Los jugadores confiesan acabar fundidos mental y físicamente, una especie de masoquismo placentero del que todos quieren participar. Reman en galeras al son de el esfuerzo no se negocia y lo asumes (Fernando Torres) o el divismo te mata (Jackson Martínez) . Es tan adictivo que estrellas como Diego Costa ansían volver a toda costa, valga la redundancia. Y la consigna de trabajar hasta morir ya no incluye la coletilla que tanto repite Roberto Palomar en MARCA: “Para el cholismo, perder es ganar”. Quizás San Siro lo cambió todo, porque el derrotado reconoció la derrota sin excusas y reveló que sin Champions no había paraíso. El Atlético ha decidido compartir el vademécum del madridismo en cuyo prólogo se puede leer que todo lo que no sea ganar supone fracasar. Dulce y maldito, arriesgado y grandioso. Dos intentos no aceptarán un tercero, no habrá consuelo posible ni por lealtad de la afición ni el lloro de plañideras que soñaron con un Atleti campeón.

El rey Leónidas no ha traicionado a su pueblo. El club se ha volcado en él porque sin el ‘Cholo’ se olían el fatalismo. Todavía no ha nacido un digno sucesor; alguien que abra un cajón desastre y aplique una terapia de choque brutal. “No hay lugar para la debilidad. Sólo los recios…sólo los fuertes”, el resto no merece adoctrinarse en el ‘cholismo’. Pero Simeone advirtió a sus jefes de que los cracks cuestan millonadas porque regalan títulos. El de ahora es Griezmann, delantero muy apetecible en Europa League cuando jugaba en Anoeta y que de repente va a desfilar trajeado por la alfombra roja del Balón de Oro. O Godín, central de Mercadona en Villarreal y que hoy puede rechazar ofertas estratosféricas como una del Manchester City. O Ferreira Carrasco, velocista anónimo en el Mónaco y que desmonta cerrojos tirando contraataques como si no hubiera mañana. A Kiko Narváez le preguntaron quién era el mejor entrenador que había tenido, y respondió sin titubeos ni esa guasa gaditana que le caracteriza: “Simeone desde que compartían vestuario. Ya se le veía alma de técnico, ordenando más que el entrenador de turno, (que fueron muchos). Te taladraba el oído hasta decir basta”. No hay mejor alegato que explique por qué el Atléti está hecho de Champions, Camiseta sudada, no hay más secretos.

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