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Twitter gana la guerra

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Twitter ha ganado la guerra. Gerard Piqué anuncia que deja la selección después de verse obligado a demostrar su amor eterno a España. Salió en zona mixta delante de los periodistas con la prueba del delito: se había cortado las mangas de la camiseta porque jugaba con una prenda térmica debajo. Manía de futbolista. Ni rastro de banderas en las mangas ni blasfemia a los colores del país. Las redes sociales han formado yihades que atacan como una marabunta a cualquier ídolo que suscite amores y odios. La lista es larga, comenzado por Iker Casillas, el muñeco de vudú favorito para el universo tuitero; Sergio Ramos también tiene un ruidoso pelotón de fusilamiento que escanea cada error del central como si alcanzara proporciones bíblicas. Y Piqué, tan juguetón en las redes provocando ese teatrillo Madrid-Barça y España-Cataluña, se ha hartado de recibir tomahawks por tierra, mar y aire. En la Eurocopa se le acusó de hacer una peineta mientras escuchaba el himno, anoche de otra profanación. ¿Quién lo inventa? Ésa es la genialidad de twitter, volátil y que atraviesa los medios digitales a la velocidad de la luz. Y como la credibilidad periodística queda a la altura del betún, sólo importa la audiencia, sólo los clicks en las publicaciones. O noticias o como quieran llamarlo. Apenas importa, la calle ya no nos toma en serio. A los periodistas, digo.

Piqué se despide en dos años porque los pitos aún resuenan; porque necesitaría hacer una ofrenda humana para demostrar su compromiso; porque todo en La Roja huele a napalm si él está por medio. Twitter despierta en su sector cafre la noche de las bestias. Si Piqué tuitea una foto de un lago azul, de repente se escucha a la manada de fondo insinuarle que lo hace porque el azul es color de la Estelada; si salta a un campo y se hurga el oído, está desafiando al público. Más bronca. El barcelonista siempre ha sabido golpear y encajar en un juego que irrita a las masas. Por eso, los futbolistas son semidioses de una sociedad que mata por ellos o les odia como si les rompieran el alma. Este lunes Piqué es tema nacional en la barra de los bares de toda la vida, pero en la más larga, el Twitter, la conversación no se acaba con el café de la mañana. “No es fruto de un calentón, lo llevo meditando hace tiempo”, espetó el central en Albania. Lo dice un tipo con un coeficiente intelectual superior a la media. O sea, que va en serio y no suena a pataleta de Guti. Sí, Twitter ha tumbado a Piqué, destapando las nauseabundas alcantarillas de nuestro periodismo deportivo. Si uno ojea la red social, cualquier información o iniciativa periodística, viene decorada con salvajadas, cada cual más tremenda. Por ejemplo, el perfil de El partidazo de COPE publicó anoche una foto de Piqué con su hijo vestido con el uniforme de la selección española, y una de las primeras respuestas fue que “ojalá a la COPE le hiciesen un Charlie Hebdo”. Así está el patio. Y mientras sigamos en la burbuja de basura + audiencia + negocio, los periodistas seremos culpables de sacar del anonimato a cualquier imbécil que suelta una burrada y se encuentra con cien retuits. Es el lado tenebroso de Twitter, que no sólo vacila a Piqué, sino que le desea la muerte eterna. O lo cambiamos, o el gremio se extingue. 

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