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Iker Casillas

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Afiló el cuerpo el pasado verano. Sus movimientos son más escurridizos y la psicología inescrutable de la portería no le ha superado. En Oporto no hay ‘tendido siete’ como en el Bernabéu, y cada parada de esta temporada se sucede con un estruendoso aplauso del fondo norte al sur de Do Dragao. Iker Casillas “necesitaba respirar”, sí. La leyenda estaba siendo resquebrajada por cierta presión mediática y una minoría popular, incluso en su primer año en Portugal. Cada minuto con los guantes puestos era trabajo para la Inquisición; cada balón que rondaba su área, carnaza para el pelotón de fusileros de twitter. Los goles al Real Madrid llegaron a tener más morbo por culpa del capitán que por lo puñetero del propio gol.  Debajo de los palos había un rara avis descentrado que escuchaba silbidos y un puñado de barbaridades que le atrofiaban el instinto. Casillas tenía una flor en el culo; nunca una grosería tan gráfica había sido tan cierta. Le faltó un matiz: esa potra había que entrenarla, no baja del cielo porque sí. Con un rato de competición en el Porto (que no Oporto) y ya sin el estiércol que envolvió su ausencia mental en la pasada Eurocopa, Casillas ha recuperado el kwan, ese concepto místico que mueve el mundo de Cuba Gooding Jr. en la mentira del sueño americano llamada Jerry Maguire. “Amor, respeto, la comunidad y también los billetes. El paquete completo. El kwan”, según el receptor de los Arizona Cardinals.

Casillas ha reeditado sus estiradas imposibles que nos recuerdan a aquel chaval imberbe que asombró a J.B. Toshack en la vieja Ciudad Deportiva de La Castellana y, no tan lejos, al capitán que en Valdebebas detenía balones a bocajarro bajo el cálido manto de sus reflejos. El extinto yerno de España se hartó de que el primer café del país llevara su nombre…y el segundo también. Hoy es casi hijo predilecto en Oporto, una especie de salvador en busca de la gloria pérdida. Tres años sin ganar la liga agigantan el marrón para Iker. El reto de pelear contra  el Benfica estimula al ex madridista y sobreexcita a una afición demasiado exigente. No pudo ser el pasado fin de semana, a pesar de que voló en un disparo de Samaris e inquietó la tranquilidad de Lopetegui. La grada le busca, inmortaliza con teléfonos móviles y, con él delante, olvidan que hace dos veranos el presidente Pinto Da Costa desmontó medio equipo con ventas millonarias: Danilo y Sandro eran la pareja de laterales que envidiaba el mercado europeo; Casemiro es crucial en el Madrid tras haber hecho la mili en Portugal, y Jackson Martínez goleaba por inercia antes de averiarse en el Atlético y perderse para siempre en China. Pero el cabreo social no alcanzó proporciones bíblicas: Casillas es de los suyos, y pasea a gusto en la ciudad. Sin dar entrevistas, entrenando como si no hubiera mañana, ha logrado que las redes sociales ignoren a su muñeco de vudú favorito; tanto, que twitter parece una sesión de spa y masaje.

Hace un año escribí sobre el portero en la semana de su agria despedida y en su intrahistoria siempre recordaré la genial reflexión del dueño de los Red Sox al vanguardista Billy Bean (Brad Pitt) en Moneyball: “Sé que allí te están dando duro pero el primero en romper el muro siempre sangra… ¡Siempre!”. Él, Iker, fue el primero en desafiar el maniqueísmo de Mourinho: conmigo o contra mí, sin término medio. Ésa fue la génesis del ciclón que temporada a temporada fue ennegreciendo la leyenda de ‘El Santo’. Y no queriendo pecar de egoísmo, sin ganas de montar en cólera y crear una guerra de trincheras, nunca incendió una rueda de prensa para poner las cartas encima de la mesa. No es su estilo. Quizá fue un error no salir delante de las cámaras, pero así lo creyó y a lo hecho, pecho. Eso pertenece al pasado y no conviene revolverlo. Casillas se ha reseteado, empieza de cero en su segunda temporada como dragón. Su salud mental se lo aconseja. Y el Porto también. 

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