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Thiago nunca sobra

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El Allianz Arena siempre espera su último pase versión Michael Laudrup. Quizás sea el único extranjero al que la Bundesliga permite meterse con el balón en la cocina. Su físico no es el de una tanqueta alemana ni su estilo se ofusca disparando a discreción fuera del área. A Thiago Alcantara le obsesiona la pelota desde que un campeón del mundo, su padre Mazinho, le soltaba de niño sobre el césped de A Madroa para dejar boquiabiertos a Karpin y Mostovoi. Dejó el Barcelona porque sin Guardiola no triunfaría; se fue con él a Munich porque necesitaba regalar jugadas (y no al oído, precisamente), sobreexcitar a la grada, y sin minutos no habría fiesta. Dos lesiones de rodilla le han hecho espabilar de la noche a la mañana; resetearse una y otra vez, sin miedo a la jubilación forzosa, y asegurando que lo importante no son los títulos, sino ser feliz jugando al fútbol. Es su vida, la de su hermano Rafinha, como fue la de Mazinho, a quien Thiago suele vacilar diciéndole que apenas metía goles. Las risas acaban con la misma sentencia paternal de siempre: “¡Sí, pero yo soy campeón del mundo”! Y su hijo mayor también aspira a levantar el trofeo más preciado, quizá cuando dejen de esperarle. ‘Thiago es presente y futuro de la selección’, la comidilla de cualquier tertulia en días desérticos; tampoco le molesta, porque su presente es el siguiente pase y nunca se atreve a otear el horizonte. Ha resucitado dos veces, y la última es la definitiva.

Thiago te apasiona o le aborreces. Es la gracia de los futbolistas rara avis.  Guardiola le abroncó una vez porque no comparte la idea de que dos pases son mejor que tres, ni tres mejor que cuatro. Le habría costado asimilar el concepto sagrado del primer toque de Cruyff. Al mediocentro del Bayern le ponen las virguerías, intentar regatear en una cabina de teléfono y dar asistencias sin mirar. Casi nada. O le tomas o le dejas, pero no intentes lavarle el cerebro: Thiago juega como aprendió de pequeño, dejando un reguero de su talento malabarista en cada jugada. Por eso, es demasiado especial. Y mola que la selección tenga un Thiago porque, de lo contrario, el fútbol se reduciría a sota, caballo y rey. La sensación de la calle es que todavía no ha alcanzado su nivel estratosférico; Lopetegui entiende que aquella estrella que nació como campeón europeo sub’21 puede clonarse en la élite más exclusiva. No obstante, sin prisa y ya sin pausa, sin mirar atrás, el mayor de los Alcantara intenta mejorar su habilidad como un crupier baraja cartas en Las Vegas: cada vez más rápido, cada vez más improvisado. Las defensas de hormigón son su especialidad, así le quiso Pep y así confía Ancelotti, otro incomprendido que entiende el fútbol con un balón en los pies. 

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