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Siempre Inglaterra

Lunes, 26 Diciembre 2011

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Stamford Bridge se había engalanado para celebrar otro partido más de aquella frenética navidad de 2009. Dos días antes la Premier había celebrado su habitual Boxing Day, pero al Chelsea también le tocó jugar ese lunes 28 de diciembre. El coqueto estadio londinense estaba repleto, como siempre, y justo un momento antes de que empezase el Chelsea-Fulham corrió un runrún por la grada; de repente, cientos de aficionados ubicados en una zona del graderío lateral alzaron la vista hacia uno de los palcos privados. Allí apareció él, The Special One, aplaudido y vitoreado en loor de multitud, cual un césar en el Coliseo romano. José Mourinho, entonces entrenador del Inter, aprovechó el parón navideño del Calcio para espiar a su rival de octavos en Champions, casualmente su antiguo equipo. Su sonrisa desde que entró al palco hasta que tomó asiento delató aquel flechazo por Londres que había surgido cinco años antes, cuando Roman Abramovich decidió apostar sus petrodólares a un entrenador arrogante, sí, pero, al fin y al cabo, campeón de Europa con un Oporto que creyó en sí mismo para codearse con los mayores de la Champions.

“Siento el amor realmente. Y eso es algo muy emocional. Es la segunda vez que he vuelto a Londres desde que me marche y la primera que vengo a Stamford Bridge. He visto a muchos amigo, porque aquí dejé a muchos de ellos”. Sin indirectas ni amagos a una posible vuelta al banquillo local, Mourinho confesó al diario The Sun la verdadera razón de aquella presencia en Londres. “Tuve grandes momentos aquí, amo al Chelsea y jamás quise partir (…) era muy feliz aquí, no olvidaré eso. Y los aficionados del Chelsea tampoco, ni siquiera los ingleses. Ellos saben lo que he aportado al fútbol británico”. Su viaje exprés sorprendió a la prensa, pues nadie había anticipado la visita de Mourinho al club que él maduró en el césped al tiempo que Abramovich lo hacía en los despachos extendiendo cheques de los que sólo Florentino Pérez podía presumir. Precisamente, fue el oligarca ruso, ausente en aquel Chelsea-Fulham, quien prestó a Mou el palco de Stamford Bridge.

Mourinho ha ido alimentado su cortejo al fútbol inglés esporádicamente pero con la intención de que su deseo nunca se descabalgara de la actualidad periodística: el pasado 22 de enero entrevió en rueda de prensa que cumpliría su contrato sólo con la condición de que todos estuvieran contentos, “desde el entrenador hasta la afición, pasando por los jugadores y, obviamente, la junta directiva”. Una lectura entrelíneas que apuntaba a Jorge Valdano, el único que, según Mou, podía amenazar el establishment que el portugués ya maceraba en el club. Como si se tratara de una respuesta preparada, el portugués no quiso olvidar el matiz de que en Inglaterra sí había trabajado a gusto sus dos primeras temporadas. Pocos días después, el 30 de enero, el periódico The Sunday Mirror es testigo de unas jugosas declaraciones que ponen en jaque al madridismo y, en consecuencia, al Chelsea y quizás Manchester United…”Tanto para mi familia como para mí siempre es importante ser feliz. Nos encanta el fútbol británico y a mi familia Inglaterra”. Pero la connotación de alto voltaje llega cuando Mou espeta que su regreso podría producirse “antes de lo esperado”. Casualmente, el rumor corrió como la pólvora, encendida con dos mechas diferentes; un Chelsea errático con un superfichaje (Fernando Torres) perdido en el limbo y los cantos de sirena de una supuesta marcha de Sir Alex Ferguson después de veinticinco años.

El 18 de febrero Mou volvió a desnudar su nostalgia londinense: en una entrevista concedida a El partido de las 12 de la COPE, el técnico blanco se sometió al escáner más intimista de Juan Antonio Alcalá…”¿Cómo es usted en su día libre? Los dos últimos me fui a Londres en avión normal, no privado. Quería visitar amigos, el Chelsea, pasear con mi familia. La gente no te para y te respeta mucho (..) ¿Puede salir a pasear por Madrid? Es un poco más difícil. Tengo poco tiempo, mis hijos en el colegio, a mi mujer le gusta también la privacidad”. La última pregunta personal fue más directa…”¿Ha podido pasear por El Retiro o escaparse a la Sierra? No”. Inmerso en el reto de la ‘Décima’, Mourinho aprovechó otra viaje a Londres para dejar claro cristalino cuál era su ciudad predilecta: en la entrega de los premios ‘Fútbol Extravaganza’, la opinión pública ya no se sorprendió cuando escuchó “Tengo una casa en Londres y quiero volver algún día. El mundo del fútbol parece grande, pero no lo es tanto. Vas de un lado a otro y a veces regresas a lugares donde has estado antes”. Lógicamente, las intenciones de Mourinho no admiten reproches en el Madrid, toda vez que ha sido el club el que se ha plegado al modelo de manager absoluto tan típico de Inglaterra. Por tanto, su pasión confesa a la BBC Radio de este lunes no debería sobresaltar los cenáculos madridistas; ya ha repetido hasta la saciedad que detesta la hipocresía y las posturas fingidas, políticamente correctas. Quizás por ello, Mourinho debió empezar el día de su presentación en Madrid tal como lo hizo en Londres un julio del 2004…”Perdonadme si soy arrogante, también por ser un entrenador especial”. Después de esta ristra de declaraciones, Roberto Palomar tiene razón en sus contraportadas de MARCA: el madridismo ha abrazado a Mourinho pero él no se emociona demasiado; Inglaterra reclama su vuelta y un feo es lo último que le haría el entrenador.