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Bartomeu saca los panzer

Jueves, 11 Junio 2015

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“Si Juan Villalonga se ha adjudicado un salario de 1000 millones de pesetas, no entiendo por qué Raúl no puede cobrarlos”. Fue la justificación del ex presidente del Real Madrid, Lorenzo Sanz, al programa Supergarcía el día que el club anunció la ampliación de contrato de su estrella madrileña. Sanz maniobró antes de convocar elecciones anticipadas para ganarse el favor de la gran masa social: recién ganada la ‘Octava’ en el año 2000 y para neutralizar el aluvión de ofertas por Raúl (el presidente José Luis Núñez dijo meses antes que un abogado había ofrecido a Raúl al Barça), la directiva merengue brindó al ‘7’ el contrato de su vida con el primer sueldo galáctico del Madrid. Y sin prometer grandes fichajes, tan sólo Diego Tristán, entonces delantero de moda en el Depor, el presidente de las dos Champions anticipó el periodo electoral. El desenlace de aquellas elecciones pertenece a la memoria histórica: Florentino Pérez y 10.000 millones de pesetas trajeron a Luis Figo.

Josep María Bartomeu ha sacado la artillería pesada desde su privilegiada poltrona. Anunció elecciones por presión popular y remordimiento de conciencia, pero antes sacó el Gran Berta para intimidar a los rivales. El primer cañonazo fue la renovación de Dani Alves. Cuando todo estaba perdido, el brasileño olvidó que había rociado con napalm a la directiva días antes. La Champions de Berlín y el clamor del Camp Nou durante la noche de los festejos han convencido al lateral. Quizás haya pesado más la sugerencia de Leo Messi, amigo íntimo de Alves en el vestuario. El caso es que la incertidumbre del jugador provocó el fichaje relámpago de Aleix Vidal, velocista explosivo del Sevilla al que no le importa entrenarse sin jugar durante media temporada. Oficialmente, Alves se queda porque mudar a sus hijos de ciudad le supone un marrón de proporciones bíblicas; extraoficialmente, el Barça le ha soltado un contrato “más que interesante”, como dice Miguel Rico. Hablando en plata, Bartomeu ha evitado el runrún de la grada: querían a Alves y le seguirán teniendo.

El discurso del presidente arrancó más fuerte que el mítico de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Su primer bombazo fue ampliar el contrato al esquivo Luis Enrique, que durante seis meses ignoró las preguntas capciosas de los periodistas. El entrenador del triplete no podía sufrir un final dramático. Arreglado (o congelado) el lío con Messi, el vestuario había salido en defensa de su técnico. Y habría sido demasiado feo si Luis Enrique hubiese anunciado el adiós: otra convulsión inesperada en Can Barça. Instantes después de la buena nueva y habiendo tocado la fibra del soci, anunció lo que a todo seguidor le gusta escuchar de refilón, sin mucha parrafada, para poder presumir en charletas de barra de bar: el Barça firmó un contratazo con Qatar Airways y mantiene saneada la tesorería. Clin, clin, caja. Que para fichar a Luis Suárez por 81 ‘kilos’ y a Neymar por 52 o casi cien redondos (nunca lo sabremos), se necesita dinero líquido o, al menos, aparentarlo.

Bartomeu ya ha diseccionado su programa electoral, poco puede mejorarlo salvo en la relación tormentosa del club y los juzgados. Justo el dardo que ha lanzado el directivo díscolo, Toni Freixa, candidato entre bambalinas que dará guerra en este periodo electoral. ¿Y Laporta? “Es el gran mesías para acabar con el nido de yuppies  que llegó a la directiva con Sandro Rosell”, dice un ejecutivo que pertenecía a la guardia pretoriana de Laporta al principio de su mandato. Su fantasma es el despilfarro a talegada limpia, pequeña gran anécdota que los contrincantes no tardarán en escupir. Se intuyen elecciones a tumba abierta, entre la trinchera y el campo de batalla. Pero Bartomeu dirige los panzer y, excepto Laporta, el resto se huele un aplastamiento total. 

El Barça de Foreman…el Barça de Ali

Martes, 9 Junio 2015

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George Foreman fue invitado por el ex presidente del Barcelona, José Luis Núñez, al palco del Camp Nou en un derbi catalán de noviembre de 1992. El club había garantizado al ‘Gran George’ un espectáculo parecido a sus combates en el MGM de Las Vegas: nada más y nada menos que presenciar en formato televisión al Dream Team de Cruyff en su momento más sublime. El Barça goleó al Espanyol por 5-0 en su enésima versión del Circo del Sol, protagonizada desde el lanzador Ronald Koeman hasta el trapecista Hristo Stoitchkov y con actuaciones estelares de un malabarista llamado Pep Guardiola y la infinita creatividad del funambulista Michael Laudrup. Justo antes de abandonar el estadio, a Foreman le preguntaron si ese soccer que había aplaudido desde su butaca se asemejaba más al del ‘Bombardero de Tejas’ (es decir, el suyo) o a la técnica acuñada por Cassius Clay de flota como una mariposa y pica como una abeja.  La respuesta del legendario boxeador no fue tan contundente como sus directos: “cualquiera vale porque sólo jugaba un equipo”.

Gerard Piqué escupió en Berlín una palabra prohibida en el vademécum de La Masía: el regusto por el CONTRAATAQUE. El Barça descubrió en la final su génesis del triplete: la estética del billar en el primer gol a la Juve y la contra escurridiza para la anestesia total. Odiando las comparaciones, Guardiola murió en la noche del Chelsea sin traicionar sus principios: toque, retoque y sobar el balón hasta desgastar su cuero. Casi siempre le valió, casi. Había un plan incomparable, el problema fue que carecía de plan B. Al Barça de este Messi (la figura de Luis Enrique ni se asoma) nunca se le catalogará en la colección ‘davinciana’. Ahí Cruyff y Pep acaparan la estantería. El flamante tricampeón es una reminiscencia del gran Pep, pero dotado de una cuchilla tan afilada como el Madrid de Mourinho. Tiqui-taca y pim, pam, pum agitados en una coctelera. El resultado es un elixir made in Barça. Y como sucede con el secreto de la Coca Cola, el fútbol necesitará tiempo para reencontrar un equipo que haya arrasado como Atila. Lo acabó haciendo en una Liga regalada por el Real Madrid y en la Champions aniquilando a los campeones de las grandes Ligas.

Xavi Hernández confesó en una entrevista en El País Semanal de diciembre que “el pasado había que olvidarlo”. Fue su respuesta a las sospechas ensordecedoras sobre Luis Enrique. Su caducidad se iba a precipitar tanto como la del Tata Martino porque ni los resultados eran explosivos, ni la sintonía con el vestuario tenía el buen rollo de Ancelotti, Mister Carletto en los círculos privados de los futbolistas merengues. La bronca de Navidades entre Leo Messi y su técnico descompuso a la plantilla, incluidos todos los familiares que escucharon el reguero de insultos que ambos se cruzaron. Los ecos de la bronca y el Madrid de las 22 victorias intuían un futuro inmediato apocalíptico: un segundo año en blanco (con todo el retintín del mundo) habría devuelto al club a la época de los horrores de Gaspart. Fue entonces cuando Luis Enrique supo abrirse a su psicólogo de cabecera y escuchar al mismo vestuario que había intentado dirigir con mano de hierro o, más bien, de chatarra. Es decir, que Messi necesitaba cariño o, al menos, la paz de los hippies: centrarse en su mundo de la pelota sin nadie que le taladrase con órdenes incómodas. Y si al mejor jugador del mundo le apetece hace diabluras, todo lo demás puede esperar. Absolutamente todo. 

Luis Enrique no era el protagonista

Lunes, 18 Mayo 2015

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“Como dijo Valdano, Messi lesionado sería el segundo mejor jugador del mundo”. Quizás entonces no habría primero. Josep María Bartomeu certificó la verdad innegociable que el barcelonismo quería escuchar: el Barça es Messi y éste es el Barça entero. Hacía demasiado tiempo, desde la plenitud de Maradona en Nápoles, que un futbolista no detenía o aceleraba el fútbol por capricho. El cataclismo de Anoeta, descrito por cierta prensa con drama apocalíptico, fue la prueba de que el algodón no engaña: gana cuando él quiere, el resto cuando puede. El Barça hizo examen de conciencia a principios de año: necesitaba la versión más bestial de su D10S para remontar la temporada y no estrellar el Titanic contra otro iceberg. Aquel Messi meditabundo, ausente en el limbo y que agachaba la cabeza por las famosas arcadas rebobinó al delantero puñetero de siempre, el mismo del que Iker Casillas decía “otra vez me la ha vuelto a liar”. En el vestuario es el capo di tutti capi porque todos se encomiendan a él, incluidos Neymar y Luis Suárez. Su séptima Liga es un detalle más en el currículum, el gol al Atleti es la rendición de esos incrédulos que todavía usan la coartada de que Messi no ha levantado una Copa del Mundo. Si mete el cuerpo en formol, puede que Rusia 2018 aún le rinda pleitesía.

Cuesta creerlo pero el Barcelona ha tenido un final de temporada balsámico. Desde Anoeta tan sólo sufrió una hora de fútbol contra el Real Madrid y la remontada del Sevilla en el Pizjuán. Simples gajes del oficio. La imagen de un Luis Enrique exultante, poseído en la celebración del Calderón es la recompensa a los palos de su paso por Roma, las dudas de Vigo y, sobre todo, la tensión de alto voltaje que sufrió con Messi. El técnico asturiano entendió que no podía imitar a Guardiola: él no era el protagonista. Y cualquier acto de chulería o gesto de Clint Eastwood en el Sargento de hierro podría haber activado una bomba de neutrones, lo último que le faltaba a un club que podría ser empapelado por la justicia. Sin embargo, Luis Enrique no es como el Del Bosque que, según las malas lenguas, arengaba a sus ‘galácticos’ con un “salgan y jueguen como saben”; llegó el pasado verano con un librillo en el que el primer mandamiento rezaba ‘rotaciones’. El cabreo de los cracks venía estipulado en el contrato. Messi, Neymar y Luis Suárez han fruncido el ceño más de una vez, pero hoy el Barça da las gracias por una puesta a punto de escudería ganadora. Todos han disfrutado de minutos, incluidos Bravo y Ter Stegen, seguramente ambos los porteros más en forma en España.

Y luego está Xavi Hernández. Octava Liga en su sala de trofeos y una leyenda detrás de proporciones bíblicas. Si el pasado sábado Anfield retumbó en un estruendoso aplauso con la despedida de su mito Steve Gerrard, el Camp Nou vivirá el homenaje de su último histórico contra el Depor. Todavía queda la final de Copa, pero el campeón se ha brindado un trámite perfecto para despedir a su CPU de la última década y media. Queda un puñado de minutos para que el soci disfrute de sus últimos pases trazados con escuadra y cartabón, como sus cejas. Luis Aragonés, padrino futbolístico del centrocampista, explicó una vez la inmensidad oceánica de su aventajado alumno: “Sí, Iniesta ha marcado el gol de nuestra historia, pero no se olviden que Xavi es el más importante de esa historia”. Bien lo supo Guardiola cuando copió al ‘Sabio de Hortaleza’ y cogió la muestra completa de aquel Xavi de Viena. ¡Que le disfruten en Qatar!

Nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez

Mircoles, 13 Mayo 2015

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Gary Lineker hincó la rodilla anoche en la BBC: “Siempre he pensado que el Manchester United era el equipo más competitivo de la historia reciente de la Champions. Ahora me he dado cuenta que es el Barça”. La proeza del triplete está a tres partidos; “la nada”, como dice Mascherano, también espera a la misma distancia. Lineker ha entendido que el Barça maneja como nadie los tempos de la Champions porque anoche no necesitó exprimirse, simplemente sacó el aguijón dos veces y a esperar que el veneno hiciese su efecto. Guardiola, muy celoso de su creación, había espetado en la previa que los azulgranas eran los mejores al contraataque: la posesión de balón ya no era patrimonio culé. Cayera o no el Bayern, el principio más ‘guardiolista’ nunca se traiciona, ni aunque lo pidan a gritos grandes leyendas bávaras como Beckenbauer o Lothar Matthäus. En cambio, Luis Enrique no sufre el agobio de la historia, sólo ha tenido que llegar a una Entente Cordiale con el jefe del vestuario. Desde que Pep se hartó de Rosell y sus yuppies, el Barça dejó de ser el de los entrenadores: en la memoria histórica Cruyff, Rijkaard, Guardiola y desde hace tiempo el Barça de Messi. Y discrepando con el ‘Kaiser’, sin Leo el Barça no es un equipo normal, asusta a medio mundo porque, simplemente, nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez, ambos en la órbita del Real Madrid en un pasado muy reciente.

No fue un partido de hemeroteca, sino un trámite plomizo con el que el Barça jugueteó desde que Luis Suárez dijo ‘basta’. Hasta entonces, un cabezazo de Benatia sobreexcitó al Allianz Arena, conjurándole en una remontada made in  Bernabeu. Poco le importa a Luis Enrique que sus genios del balón corran detrás de él: con Messi en versión Michael Laudrup contraatacar también es una pasada, lejos de la blasfemia que suponía este noble arte en la época de Mourinho.  Que se lo digan a Neymar, incansable en los quiebros, esquivando bosques de piernas en un metro cuadrado. Su exhibición en Munich le propone como el primer Balón de Oro posterior a la guerra Messi-Cristiano. Y a Suárez como el delantero centro perfecto, de los que echa de menos el fútbol de este siglo. El Bayern tiene a Lewandowski, otro rematador que mata la figura del ‘falso nueve’ a la que Guardiola ha rendido tanta pleitesía. Si hubiera jugado sin máscara, quizás no sólo Mascherano necesitaría una prótesis de cadera. Como el sombrero de tacón del uruguayo, una delicatessen que sale una vez en la vida. Pero merece la pena.

El Barça acumula tanta artillería pesada como el Madrid, con la ventaja de que si no le funciona un destructor, aún tiene otros dos para ametrallar a cualquiera. El tridente impresiona ahora más que la BBC, averiada desde las lesiones de Bale y Benzema. “Messi es el Barça y el Barça es Messi”, espetó Cesc en COPE el lunes pasado. Pero si D10S desaparece en combate, los otros dos socios de diabluras reclaman su estrella en el paseo de Hollywood. De momento nadie tose al líder porque, hablando en plata, no ha nacido un futbolista que le haga sombra. Guardiola lo temía y por eso no quería ni en pintura al prodigio al que dio vida hace unos años: prefería la vendetta contra Ancelotti. Y a estas alturas y sin conocer al otro finalista, el Barça tampoco quiere cruzarse con el Madrid: es el Federer que arrollaba hasta que le entraba el apagón psicológico contra Rafa Nadal. Eso piensa en el club azulgrana. Otra historia es el Leo Messi que quiere seguir rompiendo la barrera del sonido.

 

 

 

El milagro del Hércules

Jueves, 30 Abril 2015

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“¿Y por qué no se repite lo del Hércules?”. Es el comentario entre el vacile y el milagro de un directivo del Real Madrid con memoria muy selectiva. Es el clavo ardiendo de Alfredo Relaño al que se agarran los blancos. La ecuación de EGB es para ingenuos: el Córdoba se juega su orgullo propio contra el Barça y de ello dependerá la motivación del Madrid en el Pizjuán. Tarea suicida para el club que preside Carlos González, socio abonado del Bernabéu que acompañó a Lorenzo Sanz en dos elecciones presidenciales. No es la sensación del vestuario merengue, sólo una reflexión a vuelapluma de un miembro de la planta noble de Chamartín que invita a recordar cómo un muerto tumbó al Barça en la llamada I Liga de las estrellas. Sucedió en junio de 1997. El campeonato se lo disputaban los dos grandes, unos con Fabio Capello en plan Sargento de Hierro de Clint Eastwood y los culés con el Ronaldo Nazario más estelar que haya recordado el fútbol. En la antepenúltima jornada, el Madrid goleó al Extremadura creyendo que el Barça sacaría el rodillo en el Martínez Valero ante un Hércules sentenciado. Las quinielas no se equivocaron al principio porque Luis Enrique preparaba la goleada con un disparo seco en los primeros minutos. Pero aquel partido no contó con Ronaldo y el Barça se dedicó a sestear con el marcador. Fue entonces cuando explotó el bombazo liguero: el Hércules volteó el resultado, dejando groguis a los azulgranas. De repente, habían dejado escapar la Liga contra un Segunda División que reivindicó su profesionalidad y quién sabe si una motivación extra.

Aquel Barça salvó un buen puñado de resultados con las galopadas titánicas de esa “manada de búfalos” (descripción inolvidable con la que Valdano deleitó a Ronaldo). Este Barça no tiene mastodontes pero ha logrado formar la tormenta perfecta. Por la derecha Leo Messi vuelve a ser el goleador imparable que preocupa a Guardiola; por el centro Luis Suárez se ha puesto el ‘9’ de Anfield y saca las pistolas en escorzo, cayéndose o lanzado misiles inteligentes. Y por la izquierda, Neymar dribla bosques de piernas hasta plantarse delante de la portería. Es el Barça más estético de los últimos años, desde que el entrenador rival de Champions dejara el club por hartazgo. La Liga tiene favorito y la Champions, también. El milagro de Hércules se cumplió una vez casi sin ánimo de reeditarse. No parece que este Barça sufra despistes repentinos. El infierno de Anoeta acabó esfumándose cuando Messi dijo basta, y hoy el barcelonismo vive en un edén donde hasta Xavi Hernández disfruta de su segunda juventud. Incluso, Dani Alves, tan lejos de Can Barça hace escasas semanas, ahora ha decidido quedarse porque no quiere perderse la fiesta. El Paris Saint Germain intenta persuadirle con petrodólares pero sólo el Barça le garantiza proyecto ganador. El milagro de Hércules es un cuento de hadas que ni Toñín ‘el torero’ se cree. Quizás porque el favor del Atleti suena más a Spielberg que la hombrada del Córdoba.

 

 

 

  

Iniesta de mi vida

Mircoles, 22 Abril 2015

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Iniesta no ha regresado. Nunca se fue, aunque sí llevara tiempo en modo pausa. Y en ese intervalo de murmullo, de sospechas por una insidiosa jubilación anticipada (como Xavi), el manchego reeditó aquella foto con tropecientos rivales a su alrededor, imitando la jugada más imposible de Oliver Atom. El Barça necesitaba su versión mundialista, molesto por esa comparación mediática con Isco que dejaba al manchego a la altura del betún, porque la Champions exige a cada estrella afilar su talento cuando desenrolla la alfombra roja. Y en ese rol de casi dios (no es una hipérbole), el Camp Nou había tenido esa paciencia que las grandes aficiones nunca pierden con sus mitos: Anfield con Gerrard, Stamford Bridge con Frank Lampard, etc. Xavi, su antiguo compañero de diabluras, había demostrado a Luis Enrique que tomó la decisión correcta el verano pasado; Iniesta pidió tiempo a su entrenador hasta que encontrara la eclosión definitiva. Y de repente llegó en una noche sin urgencias, pillando a la grada a pie cambiado.

A la artillería pesada del Barça le hacía falta su armero más efectivo. No en cifras (cero goles y cero asistencias en Liga) pero sí en sensaciones. Que Messi mire de reojo al centro del campo y se reencuentre con el Iniesta de su vida, asegura el bienestar del balón. Al fin y al cabo, en este Barcelona traidor del cruyffismo la grada agradece que su manchego favorito entrecorte el aliento: junto a Messi, es la última reminiscencia de aquel fútbol de salón que inmortalizó Guardiola. Por eso, la primera parte de anoche es una obra artesanal casi a la altura de las que el equipo repitió partido tras partido no hace demasiado tiempo. Si es idea de Luis Enrique, su vestuario ha entendido tarde su galimatías táctico de principio de temporada; y si descubriéramos una autogestión, entonces el Barça es el más peligroso de los semifinalistas porque juega cuando quiere. Desde luego, es el más competitivo por una estadística única y demoledora: su octava semifinal en diez años. Y en esta Champions, se ha cargado a dos moles millonarias como el Manchester City y Paris Saint Germain. Sin el Barça por medio, uno de los pelearía por el título, por eso y con permiso del Bayern (o sin él), los azulgranas son el verdadero ogro de Europa.

Guardiola no quiere ver a su gente ni en pintura. No lo dijo él textualmente pero sí Pepe Reina en El partido de las 12. La herida del Real Madrid del año pasado seguirá supurando hasta que pase por Munich otro peso pesado. Y el Barça no es precisamente el más recomendable. Y eso que el Bayern dejó constancia de ese rodillo alemán que tanto gusta a Beckenbauer, pero al que Herr Pep prefiere dar su toque melifluo. El técnico catalán consiguió aplazar su apaleamiento público con una exhibición táctica y teórica que los estudiosos del balón grabarán en sus videotecas. Y el 5-0 de los primeros 40 minutos motivó una nueva corriente de opinión: un equipo que juegue sin laterales carrileros está muerto. La ausencia de Danilo pesó mucho a Lopetegui porque, con todo el descaro del mundo, los portugueses suelen volcar sus ataques en las galopadas del flamante fichaje del Real Madrid. Eso es lo que hizo Bernat para abrir la lata y construir la remontada bávara. Por cierto, Del Bosque suspira aliviado desde anoche: ha vuelto Thiago y su fútbol fulgurante. Y aunque sigue siendo un crack en potencia (maldita lesión), Guardiola le dio un abrazo cómplice después de la orgía goleadora. El hijo mayor de Mazinho no fue un capricho de Pep, es el futuro del Bayern sin exageraciones. Y de la selección española, a la que acaba de sacar de un marrón.

La hora del estratega

Domingo, 19 Abril 2015

“Es la hora de Lucas Silva. Para eso le hemos traído”. Es la reflexión de madrugada de un vocal del Real Madrid instantes después de conocerse el fatídico diagnóstico. Modric se pierde el resto de la temporada y, con ello, el Titanic se aproxima inexorablemente al iceberg. Candidatos para el casting los hay a patadas: Lucas Silva, Illarramendi (de quien nadie en su sano juicio se atreve a susurrar ya que era el padawan más aventajado de Xabi Alonso) y Sami Khedira, a quien su entrenador pediré un alarde de profesionalidad para un último servicio a la causa. Joachim Low le pondría con los ojos cerrados, pero comparando sus méritos con la selección alemana, en el Madrid sólo hemos visto un Khedira de Mercadona. La pasarela es descorazonadora en una plantilla que ronda los 500 millones, kilo arriba kilo abajo, Por eso, el hueco oceánico que deja Modric tiene una solución más cara aún: adelantar a Toni Kroos varios pasos su posición y suplir a éste por un mamporrero. En el fútbol contemporáneo desaparecieron esos ‘Makeleles’ limpios e higiénicos en el trabajo sucio que tanto valoran los entrenadores y los puristas de la prensa.

Son los mismos cronistas que antes aplaudían el fútbol seductor del Barça, copiándolo para la marca España, y ahora han tenido que tragar por succión el juego práctico del pim, pam, pum. No pega con el seny azulgrana, aunque tarde o temprano tenía que venir un entrenador vendiendo las tesis de Maquiavelo. El resultado no sólo importa, sino que vale de coartada para ocultar el extinto tiqui-taca. El calendario es tan vertiginoso que los consejos de sabios en Barcelona no tienen tiempo de fusilar a Luis Enrique y su osada traición al ‘cruyffismo’. El Barça es líder y, con las piernas arrastrando grilletes por el cansacio de la Champions, noqueó a un Valencia sin el arte de Muhammad Ali. Este Barça ya no flota como una mariposa y pica como una abeja; prefiere tumbar al rival a puñetazo limpio, como George Foreman. Un estilo inédito en Can Barça, pero que el Bernabéu lleva presenciando por los siglos de los siglos. Y a la grada blanca le gusta.

El Valencia descerrajó la defensa azulgrana y sólo le faltó abrir en canal al casi muerto. Fue entonces cuando Claudio Bravo imitó al Casillas de sus mejores tiempos y sostuvo al equipo entero. Y Luis Enrique, que todavía es novato para dar giros inesperados a las películas, puso tras el descanso a Busquets en su sitio y el Barça cortocircuitó el énfasis del Valencia. Ahí acabó todo. El murmullo del público a la salida del estadio no despotricaba contra el entrenador: ya no hay tiempo. El ‘triplete’ inimaginable desde la crisis de Anoeta asoma detrás de la esquina y ganar por lo civil o lo crimimal es el único cometido del entrenador asturiano. Tampoco Florentino Pérez le exige a Ancelotti que traiga el Circo del Sol a Chamartín, pero sí un poco de amor propio para salir al derbi como un ciclón y gritar a Europa que esto es el Real Madrid, donde no valen las excusas. Que no juega Modric, pregunten a Carletto; y si tampoco está Bale, de nuevo al entrenador. Se le fichó para tomar este tipo de decisiones, no para arengar al vestuario con un simple ‘Salgan y jueguen como saben’. Las malas lenguas dicen que eso fue lo que repetía Del Bosque e irritaba tanto al presidente. Es la hora de los estratega. Una partida de ajedrez a vida o muerte para Ancelotti.

 

 


Ellas protegen el himno

Jueves, 5 Marzo 2015

Final de la Copa del Rey 2009. Los jugadores de Barcelona y Athletic se alinean en el centro del campo para escuchar el himno de España. De repente, Televisión Española corta la imagen de Mestalla para devolver la emisión a su plató, y a continuación conectan con Bilbao y Barcelona. Al descanso y consciente del “error gravísimo”, TVE lanza una versión reducida del momento del himno con la música a todo volumen para ocultar los pitidos de ambas aficiones. Después del partido y la celebración azulgrana, repiten nuevamente la pieza manipulada. Los palos al ente público caen en cascada y la presión es tan insoportable que a la mañana siguiente el director de deportes, Julián Reyes, es despedido. Las reacciones llegan desde todas las esferas, pero es Rita Barberá quien prende la mecha de la mascletá que está a punto de estallar: “Intentaremos que sea la última vez que menosprecien al Rey en nuestra ciudad”. Barça y Athletic ignoran la crítica al caloret de la alcaldesa de Valencia; ambos clubes sabían que la ‘pitada nacional’ era una perogrullada. Guardiola abrió su bacanal de títulos, pero en las barras de los bares sólo se había un entretenimiento: vascos y catalanes haciendo apología de la independencia.

La última final entre Barça y Athletic se recordará por la pitada de 27 segundos que retumbó en el Vicente Calderón. Con el precedente de Mestalla en mente, los organizadores decidieron reproducir por los altavoces del estadio el himno español en versión corta. Sin embargo, esos 27 segundos duraron una eternidad que el Príncipe Felipe tuvo que aguantar desde el palco de autoridades. Entonces, TVE mantuvo el tipo sin escamotear tal solemne acto, pero hubo una orden directa en la casa para que uno de los técnicos de sonido subiese la regleta del audio del himno en televisión más de la cuenta. De ese modo, los teleespectadores apenas notaron desde sus sofás el ruido ensordecedor del Calderón. ¿Otra manipulación? Esperanza Aguirre fue demasiado contundente: “Esto es un ultraje. Ya advertí en los días previos lo que seguro que iba a suceder”. La entonces presidenta de la Comunidad de Madrid había incendiado la final en una entrevista en Onda Cero asegurando sin titubeos que “la final debería suspenderse si se pita el himno o celebrarla a puerta cerrada”. Aguirre, siempre incisiva en sus declaraciones, tiró de apuntes y espetó que “los ultrajes a la bandera o al himno son delitos tipificados en el Código Penal”. Sus mensajes escocieron tanto en la grada que el himno no fue tan despreciado como la misma presidenta. Ella, que nunca pierde la compostura, respondió con un pícaro ‘me lo esperaba’ a pregunta de un periodista después del partido.

El Real Madrid mira los toros desde la barrera sin miedo a la cornada. No porque Barça y Athletic propongan el Bernabéu como sede, sino porque la Federación no se atreverá a pedírselo. Sin la iniciativa merengue, el estadio blanco podrá abrir durante el sábado, 30 de mayo, sus cuatro restaurantes (dos asadores, un japonés y un café de diseño) con terrazas abiertas al campo. Es un negocio muy suculento para la tesorería del Madrid. Es la coartada que esconde un trasfondo diferente: el club no tolerará en su estadio pitos al himno nacional y, menos, un desplante al Rey Felipe. En los próximos día se sucederán esas reuniones infinitas que el resto de países serios siempre han evitado con sus estadios neutrales (Wembley, Stade de France, Olímpico de Roma…). Pero, desde luego,  la prensa buscará como un tiburón su carnaza las impresiones de la alcaldesa Ana Botella. Después del relaxing cup of café con leche, es la entrevista del momento. El medio que quiera una sarta de rajadas contra otra final Barça-Athletic sólo tiene que solicitar turno en el Ayuntamiento.

La semiautomática de Luis Suárez

Mircoles, 25 Febrero 2015

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Necesitaba goles en un partido con solera. Generoso en el esfuerzo, el Camp Nou había aprendido a convivir con sus robos de balón, los choques contra defensas de hormigón y esa obsesión permanente por agradar a Messi. Sí, Luis Suárez llevaba meses sacrificando su ego personal y había aprendido a “esconder la ira y ensayar una sonrisa delante del espejo”, como Batman en El caballero oscuro.  La prensa inglesa desplegó durante toda la semana su colección habitual de provocaciones y, aprovechando la versión negada del uruguayo, empapelaron los tabloides con titulares tan dolientes como ‘mordiscos’ o ‘dentelladas’. Suárez ha comprendido que el Barça tiene jerarquías que respetar; por de pronto, al dios Ra argentino y, en un escalafón inferior, a Neymar. Conoce su ubicación en el campo y en el vestuario; la primera ya no es la de fabricar goles en cadena como en Anfield, y la segunda es la de un crack silencioso que agigantará su figura el día que Messi se canse definitivamente. Será entonces cuando el club conciba a Neymar como futuro Balón de Oro. Pero Inglaterra le debía una revancha, porque haber sacado a los pross del Mundial de Brasil a golpazos no lo consideró un logro personal. El sensacionalismo británico había preparado la guadaña para descuartizar al barcelonista y, de repente, su muñeco de pim,pam, pum defraudó a todas esas plumas afiladas.

Luis Suárez dejó en Barcelona la escopeta de balines y se llevó a Manchester una semiautomática. Batió a Hart dos veces por abajo, y la inspiración del portero evitó el puñado de goles. En el primero, esperó su turno en el segundo palo como buen delantero y se la cruzó al meta del City; el segundo lo engatilló en el área pequeña tras un pase de la muerte del correcaminos Jordi Alba. A Pep Guardiola le habría encantado contar con este Luis Suárez, híbrido entre un ‘falso nueve’ y un boya de waterpolo. Sus movimientos son demasiado escurridizos como para pegarle a la chepa un rottweiler: su colocación recuerda a la de Karim Benzema, tan productiva fuera del área como letal en la cocina. Bueno, todavía le falta una ristra de goles para presumir, pero no es más que una simple cuestión de rachas. El ‘caimán’ devoró al Manchester, y sólo la mala suerte de Messi desde el punto de penalti lo dejó con vida.

El inesperado trompazo ante el Málaga y las fotos de Messi y Piqué en la puerta del Casino de Barcelona habían dado carnaza suficiente a la prensa incendiaria. Otra derrota en el Etihad y el cumpleaños de Cristiano Ronaldo habría quedado como anécdota. El equipo lo sabía y, por eso, salió a tumbar al miedoso City de Pellegrini, al que la fatalidad de los octavos le va a perseguir por los siglos de los siglos. Con una plantilla de quinientos millones de euros, la grada citizen esperaba un City envalentonado, rabioso por la eliminación de la pasada Champions. Todo lo contrario: el gigante inglés recibió puñetazos en la cara y devolvió caricias, hasta que el Kun Agüero detuvo el ridículo. Ya era tarde, porque ni Pellegrini había conjurado ninguna remontada ni el propio Kun se vio con fuerzas para poner patas arriba su estadio. El Barça demostró en la primera parte que, cuando quiere, revienta a cualquiera. Y Messi falló un penalti que no oculta su enésimo partidazo. Lejos de golear, se convirtió en la amenaza fantasma. Luis Suárez no se cansa de darle las gracias porque “con Leo todo es más sencillo”. Claro, así cualquiera. 

Benditas rotaciones

Jueves, 12 Febrero 2015

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Charly Rexach aventuraba en verano que Messi, Neymar y Luis Suárez “divertirían al soci tanto como Ronaldinho”. Y la opinión pública, que rescata de la hemeroteca cualquier exageración para añadir carnaza, agotó la frase en tertulias y columnas de opinión. La derrota de Anoeta dejó a Rexach casi como un blasfemo y con la credibilidad por los suelos. Se rieron de él hasta que Messi convenció a Neymar y Luis Suárez de que sí era posible otro Circo del Sol; no al estilo samba, ni al tiqui-taca, pero igual de letal y con jugadas de baile de salón. La goleada en San Mamés dejó un poso extraño en Can Barça: el equipo ‘traicionó’ su forma de ser amamantada en La Masía, disfrutando del cuchillo al contraataque, inventando goles de pim, pam, pum. ¿Le suena? Pregunten a Mourinho: su fútbol no gustaba nada, quizá ahora no tanto. Luis Enrique siempre ha tenido en consideración a su colega portugués; por eso, una palabra retumba en su cabeza entrenamiento tras entrenamiento, partido tras partido: pragmatismo. Y apenas le preocupa que su Barça se ponga la capa vampírica para alimentarse de la sangre del rival del turno o amague con imitar al gran prodigio que creó Guardiola, caso que todavía no se ha dado.

El Barça metió pie y medio en la final de Copa lamiendo el reguero de sangre que fue dejando el Villarreal, impecable en actitud y desastroso en errores de escuela de alevines. Musacchio seguirá siendo un central extraordinario a pesar de fallar por tierra, mar y aire. A él le debe el Barça dos de sus tres goles. Y porque Neymar se olvidó de meter la baraja en el sombrero de copa, sino estaríamos contando una orgía goleadora. Los azulgranas no acribillaron a balazos a Asenjo pero el peligro que provocan sus tres genios de arriba asusta tanto como tres velociraptores que atacan a la misma presa desde posiciones diferentes. Messi tiene patente de corso para correr y bajar andando, con arcadas por medio (otra vez). Pero da igual: el gol siempre llega. Y Luis Suárez recuerda mucho en el Camp Nou a Raúl González Blanco en el Bernabéu: cuando falla, lo hace con estilo y la grada le aplaude. Su vaselina del centro del campo terminó por excitar a una afición ansiosa porque reviente el saco de goles. Claro que en el Liverpool era la estrella exclusiva, el Mijatovic del Valencia por decir algo, y en Barcelona debe respetar las jerarquías. Si Messi y Neymar actúan de malabaristas, Suárez es fiel a sus orígenes: luchador charrúa que siempre va al choque y se deja la vida en el intento. El robo de balón en el primer gol le convierte en ese delantero peleón que Simeone reclama a la secretaría técnica para afilar sus plantillas.

Los palos que ha recibido Luis Enrique desde el cataclismo de Anoeta sólo han sido comparables a los del amigo de la prensa Louis Van Gaal en sus años pletóricos. Al asturiano le han incordiado por abusar de las rotaciones y no tener un once fijo en mente. Paradojas de este dichoso deporte, hoy le aplauden su atrevimiento a cambiar todo el esqueleto de un día para otro. Busquets dio paso a un Mascherano que revivió el coche escoba que le dio fama en Liverpool. Y quién le iba a decir a Rafinha que a estas alturas tendría más suerte en el Barça que su hermano Thiago, el bueno de la familia. A expensas de que algún jugador revele en un futuro (me temo que muy a largo plazo) quién mató a Laura Palmer en ese vestuario, Luis Enrique se siente demasiado fuerte, aunque él lo niegue y con el beneplácito de Messi, por supuesto. Este Barcelona vuelve a pulsar las sensaciones que el resto de rivales temían: puede pegarse las bacanales romanas que se le antojen. Anoche, sin necesidad de grabar el partido para el recuerdo, sentenció al Villarreal sin remangarse las mangas. Y son esas malditas rotaciones que se han vuelto benditas las que mantienen al equipo con piernas de Usain Bolt, mientras Ancelotti intenta motivar a un Madrid extenuado y sin saber en qué estado cruzará la meta. ¡Qué cosas!