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De Rocky a Ivan Drago

Jueves, 28 Agosto 2014

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“Khedira va a terminar jugando y renovando”. Son las palabras de Thorsten Merch, compañero del diario Bild Zeitung, instantes después de que La Sexta Deportes anunciará el bombazo de Xabi Alonso. Una reflexión perspicaz que soluciona (a medias) los achaques de columna que venía sufriendo el Madrid. El donostiarra, experto sumiller en catar bueno vinos, intuía que esta añada venía peleona, con un fulgurante y joven Toni Kroos delante y en un boceto tan predilecto para Ancelotti como el 4-3-3. De repente, el “regalo de Navidad” con el que el Madrid obsequió al entrenador se ha ido por el desagüe; Xabi había renovado dos temporadas más perfilando su plan de jubilación Madrid. Y seguir jugando en el Bernabéu dependía de no gripar su motor diesel, lo sabía él y así lo entendió Carletto. Casualidades de la vida, los dos arquitectos de la selección española se sienten trastos viejos en sus respectivos equipos: Xavi Hernández ha aceptado resignado su nuevo rol en el banquillo (ninguna oferta acabó prosperando), mientras que Xabi se dio cuenta en la Supercopa de España que Kroos, Modric y él, lejos de complementarse, se embarullan en un cajón desastre.

A Martí Perarnau, filólogo del ‘guardiolismo’, no le sorprendió la primicia de La Sexta. Tan cercano a Pep, había escuchado cantos de sirena hacía tiempo. No en vano, Xabi es la versión 2.0 de aquel Guardiola del Dream Team y, aunque se haya erigido junto a Arbeloa en la guardia pretoriana de Mourinho, comulga con la tesis de la posesión exagerada. Guardiola es el Spielberg del que esperaba una llamada para involucrarse en una superproducción, porque su modo de ver este negocio no coincide con el de Florentino Pérez, siempre ansioso por presentar nuevos cromos a la grada. El caché de Kroos se había disparado exponencialmente con el Mundial, mientras que la sanción de Lisboa y el calamitoso papel de España en Brasil habían quitado a Xabi de los créditos principales. En una temporada con tantos títulos por medio, Ancelotti necesitaba fondo de armario para intercambiar rápido la ropa de invierno con la de verano: sustituir peones entre Champions y Liga, y partir de diciembre Copa y Liga, para que nadie del vestuario esbozase aquello que Zidane susurró al oído de su compatriota Ludovic Giuly en aquel Monaco-Real Madrid de comienzos del galacticidio: “Estamos agotados”.

El Madrid de Queiroz fue un desfile made in Hollywwod de galácticos desde la portería (Casillas) hasta la delantera (Ronaldo), pero el proyecto faraónico del presidente comenzó a resquebrajarse desde un banquillo precario, con Solari y Guti como únicas alternativas, y el apocalíptico adiós de Makelele (su salida desató las siete plagas de Egipto). Las comparaciones de aquel Madrid con la actual constelación de estrellas tenían un matiz diferente: el club le había construido a Ancelotti la plantilla más compensada quizás de toda la historia merengue, con un equipo B capaz de pelear en la mismísima Champions League. Sin embargo, la efervescencia de la Supercopa de Cardiff ha desaparecido en un puñado de días: lo que han tardado Di María y Xabi en desguazar el equipo. Al argentino le han pesado los billetes y a Xabi el orgullo propio. Su estatus quo no le permitía ejercer de comparsa sólo para relevar a gente fatigada. No, él se siente comandante en jefe y Guardiola le ha convencido de que mantendrá los galones en el intento de asalto a Europa.

Xabi es el fichaje perfecto para reemplazar a un Schweinsteiger que acabó el Mundial más tiesto que la mojama. Además, su condición de ancla del equipo es la solución al afán de experimentar que le suele dar a Guardiola; es decir, que si no hubiera elegido a Xabi, el marrón de sostener a peso al equipo le habría tocado al polifacético Philipp Lahm, puesto que Javi Martínez jugará sí o sí de central el próximo año, cuando se recupere de la triada. Xabi ha elegido bien y el Madrid vuelve a perder empaque: la mole compacta que aparentaba este verano empieza a descubrirse puntos débiles. Ya no es ese Rocky Balboa IV rocoso e imposible de noquear, ahora se asemeja más al ruso Ivan Drago, letal en su pegada pero frágil de costillas. Y ya sabemos cómo acabó el combate de la URSS.

El Madrid en un pim, pam, pum

Jueves, 24 Abril 2014

 Benzema-celebra

“Tener la posesión no significa nada”. Franz Beckenbauer volvió a recordar a Pep Guardiola que el Bayern no es un banco de experimentos. No en un club que ha aplastado enemigos como Atila mediante el temido rodillo alemán. Hace semanas que el kaiser y Oliver Kahn, gurús de Munich con licencia para dar palos, sospechan de la revolución renacentista que pretende implantar el técnico catalán. “El fútbol alemán ataca como un ejército de panzers blindados: seguros atrás y a cañonazos arriba”, dice el gran Bodo Illgner, ex campeón alemán en Italia 90. La pulcritud del exitoso estilo Guardiola colisiona con la cuadriculada mentalidad alemana que concibe este deporte como un juego de artillería por tierra, mar y aire. Anoche, el Bayern recordó durante un puñado de minutos al Barça cuasi perfecto, mareando el balón de un extremo del campo a otro, pero con un pequeño gran matiz: no encontraba un plan de ejecución. Ancelotti aprovechó la ocasión para reivindicar su vena italiana y dibujó en su pizarra una telaraña en la que todos los futbolistas del Bayern quedaron atrapados, incluido un Robben al que Coentrao y su ayudante de turno (Xabi, Modric o el generoso Isco) le soltaron un poco de correa para luego apretársela. La victoria táctica de Carletto le da curriculum contra quienes le habían acusado de entrenador inerte que arenga a su vestuario con un simple ‘ jugar como sabéis’. A Del Bosque también se le acusó de esa supuesta apatía en su etapa merengue.

El Madrid se ha sacudido ese reciente tópico de que no ganaba a un gigante europeo desde hacía siglos y a la vez ofrece otra corriente artística a la exaltación del ‘tíqui taca’: contraatacar en un pim, pam, pum. Manolo Sanchís defiende hasta la saciedad la  ”posesión efectiva”,  tocar el balón para lanzarlo vertiginosamente a la portería; y en esa especialidad, los madridistas han patentado el libro de estilo. Jugadores como Cristiano, Bale, Di María o Benzema son guepardos que necesitan la pelota en carrera, su ergonomía está hecha para trenzar jugadas en un par de garabatos. Ni Mourinho en el pasado, ni ahora Ancelotti ni quien venga en el futuro necesita un delantero centro rematador ni inventar ‘falsos nueves; el Madrid se ha buscado un modo de vida espídico, siempre volando de un lado a otro del césped.

Pero, sobre todo, la descomunal generosidad en el esfuerzo de los blancos les otorga un papel hasta ayer sólo atribuido al señor equipo de Simeone. Como Los Vengadores en la película,  el Madrid ha comprendido que no puede vivir del chispazo de sus estrellas, debe unir las fuerzas de todos sus súper héroes  si quiere salvar al madridismo. Y a tenor de lo ocurrido en el Bernabéu, tiene los mismos quilates un disparo de Cristiano, una internada de Coentrao, anoche súblime, o un despeje de Pepe. Todo sumó para ganar el primer asalto entre las dos grandes moles del continente. Si el Bayern se mueve por el ring con el garbo de Apollo Creed, los blancos ofrecen el aguante de Rocky y su pegada de pocos golpes pero directos a las costillas. En el Allianz Arena sucederá la misma historia, con los bávaros buscando grietas y el Madrid escondido en la guarida en busca de una mordedura mortal. Entonces, Guardiola quizá se dé cuenta que a su nuevo público le impacienta demasiado llevar la pelota hasta la misma raya de gol. Beckenbauer dixit.