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La penúltima de Ronaldinho

Jueves, 1 Agosto 2013

“Eres un hijo de puta por haberte dejado ir y robarnos el placer de verte seguir jugando en el Barça”. En tono cariñoso pero con todo el sentido demoledor del mundo, Guardiola dio a Ronaldinho la extremaunción. Porque, advertido por Laporta, el nuevo entrenador sabía que debía extirpar ciertos cánceres del vestuario para recuperar los anhelados valors y, desde luego, la fumigación debía empezar con el brasileño. Pocos meses antes de la defunción de Rijkaard, el ex presidente Joan Gaspart emprendió una defensa a ultranza del crack azulgrana: “Ronaldinho no está acabado ni mucho menos. Sólo hay que enderezarle”. Sabias palabras aunque nada prácticas, porque el gurú presidencial, Johan Cruyff, ya había inclinado el pulgar hacia abajo: Dinho ya había dado lo mejor de sí en Barcelona y sería mejor recordarle por haber levantado al Bernabeu con aplausos que por su última fotografía sin camiseta, la de la silueta ensanchada. Cruyff sugirió a su amigo Laporta que a un mes vista para acabar el calvario liguero que culminó con el paseíllo azulgrana al Madrid, la directiva debía moverse rápido para hacer un buen negocio con el otrora ídolo de masas en Can Barça.

“Espero triunfar en otro sitio donde me quieran”, espetó Ronaldinho en una entrevista con O’Globo y en medio de la riada de ofertas que llegaban a los despachos de Barcelona. El entonces director deportivo, Txiki Beguiristain, se entusiasmó con la oferta del Manchester City por 31 millones, pero el jugador prefirió el Milan, un equipo que había jugado tres finales de Champions consecutivas casi por inercia y donde no le faltaría amor, ni de Adriano Galliani, enloquecido el día que comunicó por teléfono móvil a Berlusconi que “¡ya estaba cerrado, estaba cerrado!”, ni del propio primer ministro italiano. Ambos pecaron de pardillos, creyendo que el talento de Ronaldinho afloraría simplemente frotando la lámpara; tardaron en comprender que el problema de su flamante estrella era más de diván de psicólogo que de piernas. Y, precisamente, Milan no era una ciudad acostumbrada a la vida monacal; al contrario, albergaba las fiestas más selectas para gente demasiado adinerada y, por supuesto, él lo era con sus amistades peligrosas. Después de una primera temporada mediocre en Italia, Dinho no tuvo al lado ningún tutor que le obligase a enclaustrarse en casa para dejarse la vida en los extenuantes entrenamientos del Calcio; todo lo contrario, se rindió a los encantos de la noche lombarda y de otras ciudades próximas en avión. En octubre de 2009, después de un nefasto comienzo liguero, el diario L’Equipe publicó que Ronaldinho se había corrido una juerga en París con amigos, chicas y litros de champán. Hasta ahí todo correcto, dada la vida disoluta del jugador. Pero la noticia no fue la fiesta parisina en sí, sino que al día siguiente debía jugar contra el Atalanta a las tres de la tarde, horario típico de fútbol italiano. Fue entonces cuando Berlusconi ejerció de líder y le sugirió jurar delante de todo el vestuario de Ancelotti que se tomaría en serio la temporada.

Los niños y a veces los genios irreverentes espabilan mediante guantazos; Ronaldinho no fue una excepción. Sin el físico adecuado para las filigranas de otros tiempos, se dedicó a jugar y con la receta de las asistencias, colocó al Milan en la pelea por el título contra el Inter de Mourinho. Ronnie terminó máximo pasador del Calcio, por lo que había un mínimo resquicio para seguir creyendo en su causa. Sin embargo, sufrió un mazazo duro: el seleccionador nacional Dunga fue demasiado escéptico y decidió no convocarle para el Mundial de Sudáfrica. Rápidamente, la torcida brasileña, que había entendido los esfuerzos hercúleos de su ídolo por recuperar su versión fantástica, se movilizó contra el entrenador. Pero Dunga no cambió de opinión a pesar de la presión social, a lo que Ronaldinho respondió con un desafiante: “Un día te callaré la boca a ti y a otros muchos”.

Pues tres años ha tenido que esperar para vengarse de todos sus críticos, que no sólo se habían frotado las manos para atizar a Dinho en su declive milanista sino también durante su controvertida etapa en el Flamengo, en la que el club llegó al límite dantesco de anunciar un teléfono de emergencias para todos los aficionados que viesen o tuviesen pruebas de que Ronaldinho había estado de fiesta. Desde luego, Brasil no era el país idóneo si el mediapunta pensaba resetear su vida. Pero, al final, no han hecho falta ni consejeros aduladores ni psicólogos con ínfulas de sabios filósofos, sino un club humilde, el Atlético Mineiro, con un entrenador más sencillo aún, Cuca. A él se abrazó Dinho la noche que conquistaron la Copa Libertadores y a él agradeció “reencontrarse como futbolista”. Sin duda, y con el permiso de Neymar, el Mineiro ha sacado a la palestra al mejor jugador de los últimos tiempos que compite allí. Ahora tiene 33 años, nunca recuperará su figura estilizada, pero sí ha encontrado lo más importante: aquella sonrisa con la que nos deleitaba mientras hacía las veces de ilusionista con un balón. Quizá esté viejo, pero el seleccionador Scolari deberá pensárselo dos veces antes de anunciar la lista del Mundial. “Decían que estaba acabado”, soltó después de abrazarse a Cuca. Es obvio que todos cometimos la torpeza de darle por muerto, aún le queda otra jugada.