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El miedo escénico que nunca llegó

Mircoles, 14 Enero 2015

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“El Bernabéu tiene que recuperar el miedo escénico”. Jorge Valdano invocó a la grada blanca en su semana más decisiva como entrenador. El Madrid debía remontar al Espanyol el 4-1 de Sarriá para no caer en la Copa del 96 y la pareja Valdano-Cappa se jugaba el finiquito de antemano. El entrenador argentino había aludido al ‘espíritu Juanito’ durante los días previos y Telemadrid, como si de un ciclo de cine se tratara, emitió reportajes a punta pala de las noches históricas europeas. Borussia Mönchengladbach, Anderlecht, Inter de Milan…los cadáveres que habían pasado por el Bernabéu hicieron correr ríos de tinta en los diarios deportivos a modo de historias del abuelo cebolleta. Y el Espanyol parecía otra víctima propicia para el éxtasis merengue. Como suele ocurrir en los amagos de heroicidad, el Madrid salió en tromba desde el pitido inicial y quiso intimidar a los pericos con Zamorano, Esnáider y un jovencísimo Raúl González Blanco. El estadio se convirtió por unos momentos en una olla a presión hasta que Jordi Lardín fue el más listo de la clase y le robó el balón a Sanchís para enmudecer al ruidoso ‘gallinero’. “No ha habido margen para intentar la remontada: Lardín nos despertó del sueño”; las palabras de Valdano fueron el epitafio que usó Lorenzo Sanz, recién nombrado presidente, para darle la patada.

Raúl siempre ha sabido cómo ganarse a su público. Una carrera suicida de cuarenta metros sin ninguna posibilidad de balón bastaba al Bernabéu para arrancarse en un estruendoso aplauso. El ‘7’ encarnaba la actitud rabiosa de Juanito porque así lo necesitaba el madridismo. Debía ser él y nadie más. Por eso, Raúl ejerció de capitán y, aún estando lesionado, ofreció una rueda de prensa para alentar al madridismo. “Suena imposible pero en este club no existe nada imposible”. El Madrid tenía que voltear el vergonzoso 6-1 copero con el que se había ensañado el Zaragoza en la ida de las semifinales coperas del 2006. La gesta parecía quimérica en cualquier escenario menos en el ‘verdadero teatro de sueños’, como lo apodó Robinho. Y por poco no acierta el brasileño: Cicinho lanzó un obús en el primer minuto a la escuadra del meta César y fue el propio Robinho quien puso patas arriba el coliseo blanco con dos tantos en cinco minutos. El Zaragoza se encontraba aturdido por tres ráfagas fulgurantes y Ronaldo, el ‘gordito’ enloqueció a la gente con el 4-0. Imposible pero cierto, las palabras de Raúl habían estimulado al vestuario, de tal manera que los blancos habían hecho los deberes demasiado rápido: quedaba un mundo de treinta minutos para remachar la madre de todas las remontadas. Fue entonces cuando el Madrid sufrió un bloque mental. El Zaragoza aguantó con autobuses, frontones y tanques rodeando a César y, desangrado por tantos goles, celebró la clasificación para la final desde la UVI.

“Pedimos perdón a todo el madridismo. Lo de Alcorcón no puede volver a ocurrir, pero lo arreglaremos”. Guti se vio obligado a hincar la rodilla como uno de los capitanes de un vestuario que nunca ha encontrado una explicación lógica. El famoso ‘Alcorconazo’ con Pellegrini en el banquillo y estrellas de la talla de Raúl, Benzema (entonces mounsieur l’empané) y Van Nistelrooy es el mayor suceso paranormal del fútbol contemporáneo. El ridículo fue tan histórico que ni siquiera Pellegrini se atrevió a mentar al miedo escénico. Había que ganar por lo civil o lo criminal a un equipo de Segunda ‘B’ porque el escudo había quedado ya bastante magullado. Pero ni mucho menos el ambiente en el Bernabéu se parecía al de las noches de Juanito, Camacho y Santillana. El partido fue un ajusticiamiento público al penoso juego del equipo y, sobre todo, al técnico chileno que esa misma noche firmaba su defunción. Otra vez el miedo escénico por los suelos.