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Messi, sin Maradona

Lunes, 1 Junio 2015

Maradona o Messi, la gran pregunta.

Charles Barkley, comentarista estrella de la televisión TNT en los partidos de la NBA, propuso la pasada semana el debate más popular entre los mitómanos: ‘¿Se puede comparar a Lebron James con Michael Jordan?’. Hasta la fecha ni siquiera Kobe Bryant había opositado para romper el tabú que Air Jordan se inventó en el preciso instante que anotó la canasta decisiva en la cara de John Stockton. El pasado sábado en el Camp Nou, en medio de la efervescencia copera, Javier Mascherano comentó a los periodistas que en un futuro podrá contar que él jugó con Leo Messi. Y aún siendo amigo personal, la reflexión no parecía impostada ni oportunista. Cualquier jugador del Athletic, preguntado por el prodigio ‘maradoniano’ del primer gol, respondía que es el mejor del mundo para evitar cualquier remordimiento de conciencia. Una perogrullada que  ya no admite ni la sombra de Cristiano Ronaldo. Dijo Menotti en el documental de Álex de la Iglesia, Messi, que “el fútbol se detiene y acelera a sus pies”. Su gol de época es la prueba de que el algodón no engaña. Incluso, otro mito como José Ángel Iríbar se quedó pasmado cuando el argentino “taló el bosque de piernas de los defensas del Athletic”. En otro tiempo habría pasado Messi o el balón, pero no los dos (Óscar Ruggeri dixit). Claro que en otro tiempo hubo un barrilete cósmico que bailó a media selección inglesa sin una trilladora por medio.

Es el debate del momento: Maradona o Messi. Y como el periodismo se nutre de comparaciones odiosas porque publicar que Leo es simplemente buenísimo no llama la atención, intentamos ensuciar la grandeza de los clásicos. Maradona es uno de ellos, el único que ha puesto patas arriba un Mundial con un gol estratosférico y otro con la picardía de Dios; el único que ha convertido a un Nápoles mediocre en campeón indiscutible. y en un Calcio que durante los ochenta era el Hollywood del fútbol. Genialidades a borbotones que gustarán más o menos que las de Messi, pero al fin y al cabo irrepetibles. Cada una de fabricación artesanal, como el gol del sábado. Carlos Bilardo, seleccionador argentino en Italia 90, recordó que con un “Maradona enfermo, Argentina llegaba por lo menos a semifinales”. Lo mismo le sucedió a Messi en Brasil, la última vez que el mundo se decepcionó con la versión apática y tristona del barcelonista. Ni una sonrisa ni un amago de chispa, el último campeonato del mundo sufrió la cara de Buster Keaton con la que Messi se arrastraba por los campos (Keaton fue uno de los grandes humoristas de siempre que jamás sonrió en una de sus películas porque así lo estipulaban sus contratos.). Pero un dietista italiano y el orgullo herido por toda la batería de tomahawks lanzados desde la prensa, han provocado su metamorfosis.

Messi vuelve a acelerar como antes, sólo que ahora escoge los momentos de la foto, los decisivos. Su radio de acción no abarca treinta metros; le basta con un palmo de césped porque sabe que se regatea a cualquiera en una cabina de teléfono. Aquel Messi que arrasaba con un egocentrismo típico de Cristiano Ronaldo, hoy ha comprendido que su talento le da para parecerse también a Michael Laudrup. LLanero solitario y mejor compañero de equipo, ésa es la patente que Maradona nunca consiguió. Y, por supuesto, el tiempo. La estrella azulgrana apenas ha pegado un par de petardazos; en dos años se cumplirá una década desde que sacudió la bola del mundo con un hat trick al Real Madrid. Allí jugaban Ronaldinho y Samuel Eo’o, pero ninguno tan dotado como ‘la pulga’. Precisamente, el brasileño de la eterna sonrisa nunca siente vergüenza cuando alardea de que él fue el primero en descubrir al Messi de hoy. Y tiene razón porque los agradecimientos del argentino son interminables. ¿Messi o Maradona? Elegir uno es mentir a la gente.