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Una Croacia irrepetible (no ésta)

Sbado, 25 Junio 2016

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Robert Prosinecki todavía cree que su Croacia del 98 es irrepetible. “Ya, incluso, en la Eurocopa de Inglaterra deslumbramos a Europa pero nos confiamos contra Portugal y Alemania nos tumbó”. La antigua escuela yugoslava había dejado talentos demasiado refinados a los que se les prohibió rifar el balón. Croacia decidió apostar por un tiqui-taca que chocaba con los panzer alemanes, el ‘patapum p’arriba’ de Javier Clemente o el descarado catenaccio italiano. De repente, Prosinecki y Zvonimir Boban comenzaron un baile de salón que aficionó a la gente. El ex madridista recuperó su versión eléctrica del Estrella Roja con esos pases de escuadra y cartabón que tanto maravillaron al Real Madrid. El mito del gran pufo de la Liga desapareció en Inglaterra. En cambio, Boban ayudó a construir la maquina perfecta de Fabio Capello en Milan, con la personalidad suficiente como para heredar el legado de Ruud Gullit. Pintaba bien aquella Croacia rebelde de zurdos sedosos: Davor Suker, actual presidente de la Federación Croata, intenta evitar comparaciones en el tiempo; no debe ser él quien pronuncie declaraciones políticamente incorrectas. Aunque en las tertulias de esta Eurocopa su regate en dos tiempos al portero alemán Andreas Köpke o la vaselina a Schmeichel se recuerdan con nostalgia. Ayer fue el arte de Suker, hoy es la artillería pesada de Mandzukic. Juzguen ustedes.

Croacia es irrepetible. Ni siquiera Modric (para Suker, el mejor mediocampista del mundo) y Rakitic se pueden inspirar en aquella selección arlequinada donde el pelotazo estaba prohibido. Ganaron a España, sí, porque Perisic, el media punta del Inter, arenga a sus compañeros para que peleen como gladiadores. Dicen que Croacia ha sido una de las sensaciones de la primera fase y quizá haya vivido demasiado bien con los disparos de Modric y las internadas de Perisic. Imagínense al madridista compartiendo mesa y mantel con Prosinecki y Boban. Casi nada. Tampoco es que sea un incomprendido en su vestuario, pero la calidad de Modric aventaja en varias galaxias a la de cualquier otro balcánico. Si no fuera por su silueta ensanchada, Suker tendría que quitarse el traje y reclamar un par de asistencias. Desde luego, algo diferente iba a suceder en esta Eurocopa de sota, caballo y rey. “Ahora todos juegan a no perder, nosotros sólo queríamos demostrar al mundo que Croacia estaba en la élite”, recuerda Robert Jarni, otra zurda que agitó a la grada del Betis. Lo consiguieron goleando a Alemania en los cuartos del Mundial de Francia, pero siempre quedará la derrota que sigue martirizando a Boban.

El Stade de France se había acicalado para homenajear a su anfitrión en las semifinales del Mundial. Croacia llegaba como revelación , aunque delante de Zidane parecieran liliputienses. Los franceses no se fiaban de los balcánicos y, por eso, la fase de cortejo duró toda la primera parte. Fue entonces cuando Suker, quién si no, se desmarcó de la nada y batió por bajo a Barthez.. Desde la desintegración de Yugoslavia, no había sucedido ningún acontecimiento tan relevante en los Balcanes, y tan efímero. Un solo minuto duró la efervescencia croata, el tiempo que tardó Boban en despistarse y perder un balón fatídico. Thuram aprovechó el regalo e instantes después, con el milanista aún aturdido por el fallo, acabó con el cuento de hadas de toda una nación. Cayeron como héroes, pero cualquier tiempo pasado fue mejor. Resulta que Manolo Lama tiene razón: esta Eurocopa está sufriendo la involución del fútbol. Y Croacia no es ajeno a ello.