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La sonrisa del Joker

Domingo, 11 Octubre 2015

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En la primavera del 2006 la televisión alemana ZDF anunció a todo trapo su elenco de comentaristas para el Mundial de fútbol. Aprovechando la efervescencia del acontecimiento, la cadena quería dejar alucinado al gran público con un fichaje de campanillas: Edson Arantes Do Nascimento ‘Pelé’. El mejor futbolista de todos los tiempos (con o sin permiso de Maradona) se convertía en estrella televisiva de la noche a la mañana. Casi en el mismo pedestal, los comentarios de otro mítico, Franz Beckenbauer, y después, para rellenar los créditos, aparecían el popular árbitro suizo Urs Meier y un entrenador cachondo, simpático y que respondía repreguntando con un vacile permanente. Era el entrenador del modesto Mainz, un tipo irreverente conocido por los fieles adictos a la Bundesliga pero aún carente de carisma público, a pesar de que llevaba comentando los partidos de la selección alemana desde el año anterior.

Así como el Mundial de Alemania destapó en España a una pareja televisiva cuanto menos curiosa, la formada por la pajarita más famosa del país, Andrés Montes, y el campechano Julio Salinas, el mismo torneo le sirvió a Jürgen Klopp de trampolín al estrellato, erigiéndose en un analista sencillo y entendible por todo el mundo. Uno de sus habituales chascarrillos lo copió del actor Denzel Washington en la película Philadelphia cuando, en su papel de abogado, pedía a sus testigos que le explicaran sus testimonios “como si tuviera seis años”. Ese cliché lo popularizó Klopp durante las retransmisiones y, sobre todo, en los resúmenes posteriores de los partidos. Fue entonces cuando se labró una fama demasiado exclusiva y sorprendente para el estigma sosaina que se aplica a ex futbolistas y entrenadores que dan el salto a los medios de comunicación. El técnico del Mainz detallaba las claves tácticas de los partidos colocando flechas y circulitos virtuales sobre las imágenes; sin duda, un estilo distinto y único en la historia de la televisión deportiva alemana. Y gustó mucho, tanto como para que su programa fuese premiado meses después con un galardón al mejor magacín deportivo del país.

Durante aquel Mundial a Klopp le preguntaron si no le picaba el gusanillo de graduarse en ciencias de la información y, quizá en un futuro no muy lejano, acabar presentado un programa en prime time (allí el intrusismo profesional no se contempla). La respuesta del flamante técnico del Liverpool no dejó indiferente a nadie: “¿Por qué no? Me han puesto delante de una cámara y funciona, ¿no? Hace años el Mainz me regaló una pizarra en mi retirada como futbolista y, de repente, me encontré en su banquillo”. Genio y figura, como siempre. Su imagen excéntrica llevó de cabeza a los responsables de atrezzo de la ZDF; para un tipo que apenas usaba loción aftershave, con barba de tres días, y cuya única obsesión en estilismo era una gorra que usaba para desayunar, comer y cenar, ponerse una camisa de punto en blanco fue un auténtico reto. “No tengo tiempo de preocuparme por tonterías de vestimentas: la gente quiere saber de fútbol y para eso estoy aquí”. Si lo hubiera dicho cualquier otro habría parecido una chulería, pero Klopp siempre habla con esa carcajada descarada, con la sospecha de si se está quedando o no con el público.

Ya como entrenador del Borussia Dortmund, le sugirieron hacer un documental sobre el método Footbonaut, la máquina revolucionaria con la que Lewandowski, Götze, Marco Reus y compañía perfeccionaron pases y controles entre cuatro paredes. Klopp, un entusiasta de la tecnología puntera y las clásicas enseñanzas de la Ciencia del Deporte (carrera que estudió cuando era futbolista profesional), no dudó ni un instante en desvelar el misterioso método: cualquier experimento por educar a la gente bajo la patente del Borussia y defender a muerte el lema del club ‘El fútbol no es un producto, es cultura’. Footbonaut fue auspiciado por su auténtico mesías, el actual presidente Reinhard Rauball, que rescató a la institución de Renania del sumidero económico. Rauball encontró en Jürgen Klopp a su ‘Mourinho’ particular con la salvedad de que en Dortmund la prensa asistía a un gracieta detrás de otra y no a un fuego cruzado de provocaciones. No obstante, Klopp siempre ha entendido a Mou, hasta el punto que habría querido fichar de comentarista estrella a quien considera el “mejor entrenador del mundo”. Pero para eso, debería tener un programa en la tele. Denle tiempo. Ahora Anfield se prepara para la sonrisa del Joker. Allí sí que le exigirán vestir de etiqueta.

 

Iker Casillas detiene la avalancha

Mircoles, 9 Abril 2014

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La grada vertical del Signal Iduna Park cayó como una avalancha contra el Madrid. Los viejos fantasmas de Dortmund reaparecieron de un plumazo, sólo que esta vez el Borussia recurrió a medio equipo de secundarios porque la mitad de los titulares vieron el partido en la enfermería. Pero, incluso con media plantilla desguazada, un único futbolista tomó el mando del partido como si estuviese jugando a la Playstation. El año pasado Lewandowski pasó del montón al estrellato en un rato, lo que tardó en clavar cuatro goles; anoche Marco Reus pidió a gritos un contrato de crack en un club que se lo pueda ofrecer. Este rubio de peinado muy alemán está llamado a liderar la Mannschaft del futuro siendo una versión muy mejorada de Özil, no tanto en talento como sí en regularidad. Reus sonará para el Bernabéu la próxima temporada, también para el Barcelona si la FIFA le levanta el castigo, y desde luego es un gustazo verle en la competición de los mayores. Es justo empezar esta crónica rindiéndole pleitesía porque el Madrid se quedó sencillamente en blanco, quizá asustado por la presión de la mítica olla del Westfalenstadion o impotente ante la ausencia de su gurú portugués. Cristiano actuó de motivador desde la banda, comiéndose las uñas por desesperación y pensando en la que le estaban liando sus compañeros; ni siquiera él habría imaginado el sacrificio que implicó su lesión.

Hacía tiempo que los blancos no se inmolaban de una forma tan descarada. En pocos minutos Jürgen Klopp desnudó al Madrid de la cabeza a los pies. Cada jugada era más caótica que la anterior: Benzema volvió al limbo; Bale se dejó en el vestuario la capa de superhéroe; Pepe se hacía el harakiri y, mientras tanto, Xabi Alonso y Sergio Ramos se tiraban los trastos a la cabeza. Nadie funcionaba, ni siquiera Di María, el que nunca fallaba cuando el resto sí lo hacía. Ancelotti mascaba por inercia y no se tragó el chicle de milagro: los alemanes habían aplastado con sus panzers la columna vertebral blanca y, con Alonso fuera de combate, a su aprendiz le vino grande la semifinal. Los palos a Illarramendi le espabilarán rápido, pero aún no puede asumir el timón del transatlántico merengue. Por poco no presenció el hundimiento de su Titanic.

El baño del Dortmund fue cogiendo tintes antológicos hasta que el Madrid se encomendó a su santo. La imagen de juguete roto apenas importaba porque sólo los rezos a Casillas podían salvar la eliminatoria. Y el capitán no defraudó a sus feligreses: dos paradas milagrosas evitaron la avalancha de la grada y reabren el absurdo debate de la portería, una polémica que empezó Ancelotti con una cerilla y un bidón de gasolina. Casillas tiene que jugar sí o sí, y no por decreto sino porque él ha patentado las paradas imposibles. “Tendría que jugar hasta con el brazo en cabestrillo”, piensa una leyenda blanca. Y no es el único. A Florentino Pérez también le extrañó aquella decisión de la primera jornada contra el Betis. Iker se comió el marrón de Dortmund y, por eso, sigue siendo santo y seña del madridismo, el verdadero, no el pseudo.