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La noche que reventó el Bernabeu

Viernes, 26 Abril 2013

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“Vamos a vengarnos porque somos un equipo muy orgulloso”. El Real Madrid decidió que fuese Emilio Butragueño quien enardeciese al público la víspera de la inolvidable noche contra el Borussia Monchengladbach. Ramón Mendoza tenía claro que uno de los suyos debía levantar el ánimo de una afición todavía atónita por el severo correctivo que el Borussia de Jupp Heynckes les había infligido en Alemania. Y quién mejor para hacerlo que un chico que había mamado el Madrid desde alevines, entonces convertido en el santo y seña de la cantera de la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana. El entrenador Luis Molowny, especialista en apagar fuegos y nombrado entrenador durante ese año 1985 por el despido de Amancio,  reconoció años después que planteó una táctica suicida que, por lógica, acabaría en goleada escandalosa, o bien para los merengues o a favor de los alemanes. Molowny apostó todas las posibilidades a una sola carta, lo que se llamó el dragón tricéfalo: Valdano, Santillana y Maceda. El argentino debía asumir el ‘trabajo sucio’, es decir, incordiar a la zaga del Borussia hasta la desesperación y, de este modo, permitir a Santillana rematar cualquier balón o melón que centrase Juanito. El espigado Maceda fue designado comandante en jefe para intentar la madre de todas las proezas inimaginables.

Aquella noche de diciembre del 85 el Bernabeu respondió al llamamiento del Buitre. La reventa de la calle Concha Espina había funcionado hasta unos minutos antes de la nueva de la noche, hora del partido. En los aledaños del estadio se percibía una locura colectiva, como si algo grandioso fuera a suceder dentro de la caldera madridista. Entonces, la grada baja no tenía asientos, lo que convertía al Bernabeu en una olla a presión; el llamado gallinero, también de pie, embutía a más de diez mil aficionados gritando sin cesar. El ambiente nada tenía que ver con el de estos días: hace tres décadas era imposible detectar a un solo ‘pipero’ a los que alude José Mourinho. Ahora son ‘tribuneros’ que contemplan los partidos como en una sala de cine; antes la sola presencia del jugador número doce acojonaba a cualquier rival. Precisamente, ése es el origen del miedo escénico que acuñó Jorge Valdano.

El caso es que el Madrid no tardó ni cinco minutos en contagiarse de su particular infierno turco. Un testarazo de Valdano fue el prólogo de la remontada; diez minutos más tarde otra vez el argentino grandilocuente. Todavía quedaban dos goles para remontar el vergonzoso 5-1 de la ida y la misión de ataque total implicaba demasiadas riesgos. En el minuto 17 y con 2-0, los blancos pudieron echar el freno de mano y sugerir un partido más calmado, pero lejos de atemperar el ímpetu, se echaron como hordas asesinas contra la portería de Sude. Con esta táctica el Borussia se garantiza un buen puñado de contraataques, uno de ellos tan claro como para que Heynckes aún lo siga recordando con rencor. Si aquella ocasión de Liesen hubiera entrado, el esfuerzo hercúleo del Madrid se habría reído de la épica. No obstante, ese equipo jugaba espídico, con la única obsesión de golpear el muro alemán hasta romperse los nudillos. Y fue a falta de quince minutos cuando Santillana cabeceó por todo el Bernabeu. Un solo gol les distanciaba de la gloria eterna. Poco habría importado que no hubiesen ganado aquella Copa de la UEFA; se estaban labrando una historia que no pasaría desapercibida en Europa.

Al final, tuvo que ser el propio Santillana quien aprovechase un barullo en el área para reventar el estadio entero en el 44 de la segunda parte. Un grito al unísono de rabia y furia se escuchó  hasta en el barrio de Pirámides, donde se ubica el Vicente Calderón. El Madrid había dejado claro que el Bernabeu era un templo de gozo para su gente y de penitencia para cualquier rival que lo pisase. Cuentan que Ramón Mendoza pidió en el palco una camisa nueva al descanso porque había empapado de sudor la que vestía en la primera parte. Y cuentan que al día siguiente también tuvo que mandar la americana a la tintorería toda mojada. Su cuerpo estaba rojizo como si hubiese salido de una sauna; la corbata la llevaba como unos adolescentes que amanecen después de nochevieja. Era el sufrimiento y, sobre todo, la excitación que le habían provocado sus jugadores.  “Valía la pena venir esta noche al Bernabeu. Esta victoria pasará a la historia”.