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Archivo de la categoría ‘Casemiro’

Un Madrid sospechoso

Martes, 27 Septiembre 2016

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“Se ha perdido la costumbre de blocar el balón”. Palabra de una leyenda silenciosa. La de Bodo Illgner, campeón de todo con el Madrid y que añora a los colegas de su época. En los noventa, cualquier guardameta alemán atajaba por tierra, mar y aire sin ínfulas de ‘palomitero’, tales derechos de autor pertenecían a Paco Buyo. Suelen decir los porteros que la primera parada alimenta la autoestima y la segunda alivia a la defensa. Keylor Navas, héroe y villano en noventa minutos, escaló del infierno al cielo con dos estiradas de ‘gato’ Ablanedo. Despejó melones en la primera parte y se estiró de palo a palo cuando el Borussia engullía a los blancos, con la grada vertical incluida. Reapareció en un campo maldito contra los velocistas más rápidos del fútbol europeo: Aubameyang para los 100 metros lisos y Ousmane Dembélé (atentos a este nombre) los 110 vallas. No se cansa de regatear bosques de piernas y sólo le falta mala leche; de haberla tenido le habría hecho un traje a Danilo. No ganó el Madrid porque últimamente huele la sangre pero no desgarra la yugular. El 1-2 había dejado un último round perfecto para que Cristiano y Bale sacasen la cuchilla con toda la autovía por delante. A estas alturas todavía hay cierta prensa pejiguera que se ruboriza cuando el Madrid juega sin balón: estalló en tiempos de Mourinho y se calmó con Ancelotti, verdadero amante de la posesión. No obstante, si el entrenador del Barcelona, en un arrebato de sinceridad, dice en Leganés que “la posesión a veces no vale para nada” (1-5), entonces al Madrid no tiene sentirse ofendido. Si lo dicen hasta en el Barça…

Segundo debate nacional. La sombra de Casemiro es demasiado alargada. Él es la antítesis de por qué Zidane no debe insistir demasiado con el 4-3-3, que deshace al equipo como la mantequilla en este tipo de montañas rusas que plantea el Dortmund. Zidane ha entendido de entrenador que para pintar un Renoir también necesita una brocha gruesa. Ése es Casemiro, el chico de los recados que se come marrones y cubre palmo a palmo todo el césped. Adonde no llega nadie, aparece el brasileño. Su ausencia es una pesadilla para Toni Kroos, que ya no puede practicar ese preciso putt a ras de suelo porque tiene que dedicarse a la fontanería. Por eso es tan valiosa gente como Busquets o Case, un producto de edición limitada que sólo se encuentra en el mercado por un pastizal. Incluso, Florentino Pérez lo tiene claro: su ‘5’ no es galáctico pero evita posibles ‘galacticidios’. Cuesta creer que una plantilla tan calibrada y fabricada entre miles de muestras no tenga un simple repuesto para Casemiro. O no existe o no es suficientemente bueno. El caso es que Zidane quería quedarse con el canterano Marcos Llorente, albañil llamado para grandes construcciones, pero el club prefirió que se fogueara en el Alavés el primer año.

Y tercer debate nacional. Benzema vuele a amagar con la versión soporífera de Monsieur Empané.  Sólo él podrá explicar si su cabeza está puesta en el Madrid o se distrae con las posibles consecuencias judiciales del engorroso caso Valbuena. Ahora es un superclase en horas bajas, defendido por Cristiano como su “mejor socio”. Ha surgido una corriente de opinión que sospecha de su titularidad: si juega por decreto, la culpa es para el técnico. Si es por meritocracia, la respuesta sólo la entiende Zidane, también. A este Madrid de gatillo fácil no le urge un delantero que salga del área y haga de cada jugada un mecano; Morata es la solución más simplona y contundente. Siempre merodeando el punto de penalti, su ametralladora dispara desde cualquier distancia. Es el clásico delantero centro  que va acabando con la moda de los falsos nueves que puso en órbita Guardiola. Lo advirtió el canterano en una entrevista para Alemania: “El Chelsea ofrecía por mí 70 millones”. Conociendo a Morata, no le traicionó el subconsciente. A veces la prensa es la hoja de reclamaciones perfecta. 

La clase media del Bernabéu

Jueves, 15 Septiembre 2016

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Hacía demasiado tiempo que un entrenador del Real Madrid no ojeaba el banquillo para arreglar averías. Desde los “mismos once cabrones de siempre” de J.B. Toshack a los galácticos agotados de Carlos Queiroz, en los que Santi Solari fue el único banquillero de lujo. Tampoco Del Bosque pudo escapar de algunas plantillas famélicas para lo que demanda el club; de hecho, hubo un año en el que las perchas no le llegaron en la delantera y apostó por Guti como punta de lanza. Zidane ni siquiera debe entrar en el laboratorio: dos peones por puesto siempre es el primer reclamo en la lista de la compra, y el Madrid le ha obsequiado con un vestuario generoso, hasta el punto de que en la planta noble del Bernabéu están tranquilos con la sanción FIFA porque la plantilla tiene cuerda para rato (información, no opinión). El Sporting de Portugal puso a prueba esa tranquilidad y, de no ser por las típicas noches de taquicardia en el Bernabéu, Florentino Pérez dejará de ser por un tiempo el azote de los próximos mercados. Sí, el Madrid tiene plan A y B, y con más cantera que cartera. Aquella clase media de la que hablaba Míchel Salgado reaparece en clave hispánica con Morata y Lucas Vazquez en modo destroyer y sin miedo a las estrellas de rock.

Casemiro pone la argamasa a una medular que, de no ser por él, anoche se habría hecho trizas en sesenta minutos. El Sporting sigue cumpliendo la bendita manía de jugar con extremos, rara avis en estos tiempos, y a Marcelo le tocó el marrón de taponar a Gelson Martins, rápido, escurridizo y que dejó el talento defensivo del brasileño a la altura del betún. Le rendimos pleitesía durante la pretemporada porque ataca más, incluso que Benzema, pero Marcelo está cogiendo los vicios del último Roberto Carlos, que se sentía más media punta que lateral. Pero volvamos a Casemiro y su oficio de fontanería: nunca desfilará por la alfombra roja de Hollywood, pero cualquier entrenador le necesita casi antes que a un buen portero. No sólo tiene que cumplir su trabajo, también hace horas extras para cubrir el de los demás; por de pronto, cuando Toni Kroos se olvida de su precisión alemana y Modric coge la batuta  de Herbert Von Karajan en campo contrario. Case no necesita una palmadita en la espalda, mientras su nombre aparezca en la pizarra del vestuario.

Tampoco Lucas Vázquez pide aduladores que le taladren el oído. Su juego voltaico despierta hasta un Cristiano Ronaldo todavía miedoso de la lesión. No sólo Bale mete electricidad al Madrid, también esta el gallego sigiloso que nunca monta follón fuera del campo. Ya lo hace dentro cada vez que Zizou le pide voltear resultados. Justo lo que se le pide a Morata, híbrido de clase media y estrella, que no quiere asomarse desde la sombra de Benzema, sino golear como Hugo Sánchez, rematando al primer toque. El centro de James con escuadra y cartabón merecía el gol de Morata. El Bernabéu se incendió, le ovacionó y puso en órbita a Valdebebas. No todo es tanta Masía.

Ese “grupo de atletas”

Domingo, 3 Abril 2016

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Primero empezó con el centenario del Barcelona (1998). Aquel inolvidable canto a capela de Joan Manuel Serrat con el Camp Nou oscurecido acabó en tragedia por un gol del colchonero Jugovic. En 2002 el Real Madrid cuadró sus cien años en el Bernabéu con la final de Copa y, además, pidió a la FIFA que ese día, 06 de marzo, no se celebrase ningún partido oficial en todo el mundo. El ‘Centenariazo’ pertenece a la antología de descalabros madridistas. En 2003, el Atlético de Madrid quiso brinda al Calderón un homenaje familiar, sólo apto para sufridores, y acabó en el túnel del terror en el que le metió Osasuna. Johan Cruyff merecía un homenaje en vida, tal como se quejó Dani Alves el sábado, aunque fue Pep Guardiola quien se lo brindó durante un puñado de años. Las casas de apuestas aumentaron con descaro la distancia entre Barça y Madrid, planteando como un suicidio la victoria merengue. La prensa culé se había preocupado más por el grado de emotividad de los fastos a Johan; al fin y al cabo, la sombra del Madrid ya no era demasiado alargada. Un ex peso pesado del Dream Team de Cruyff insistió en días pasados que no quería ver a los blancos “ni en pintura” en la Champions. Con los vídeos en mano, cualquier Real Madrid jugó mejor los clásicos del Camp Nou que del Bernabéu en la última época; quizá por aquella exhibición de Ronaldinho, o el cataclismo del 2-6. Mourinho debutó con un guantazo literal y aprendió de sus errores.

Zidane prestó atención a ese 5-0 porque entendió que a este Barça se le gana en velocidad. Necesitaba al “grupo de atletas” (Guardiola dixit) que arrasó en la semifinal de Munich o la versión más discutida de Rafa Benítez. Habría sido el partido perfecto para Mister Rafa. No en vano, él jamás habría quitado a Casemiro del once si la presión popular o, mejor dicho, de la planta noble no hubiese sido tan intensa en la ida. Ha nacido un nuevo Makelele, pero con más estilo; especialista en marrones, se especializa en fontanería soldando averías. Y no le quema el balón en los pies, como al gran Claude, quien reventaba jugadas a la espalda del propio Zidane. Case (así le apoda el vestuario) es la prueba de que el algodón no engaña: ni siquiera el Barça se puede permitir el lujo de bailar claqué sin un rottweiler. Pero Busquets sólo hay uno en el fútbol, Casemiro tiene todo el futuro por delante y no lejos de Chamartín, precisamente. De repente, las críticas al ‘Cholo’ Simeone y su fútbol siderúrgico se esfumaron: Zinedine Zidane, cuyo póster voleando la ‘Novena’ aún está colgado en muchas habitaciones, planteó una hormigonera en campo propio. La primera conclusión a vuelapluma fue intuir que el cemento armado era para impedir un resultado obsceno; el cansancio y la posesión oxidada del Barça dedujeron que era una estrategia. Suicida, pero meditada.

El Madrid ganó el debate de la calle: sí, hay que tenerle en cuenta para la Champions. Necesitaba una demostración mundial en el Circo del Sol del fútbol, delante de Leo Messi y una MSN agotada por las convocatorias internacionales. La trinchera merengue le brindaba a Bale una autopista hasta Claudio Bravo. Y en el duelo de correcaminos, la zancada del galés superó al molinillo de Jordi Alba. A Bale le sucede como al mejor Cristiano (me temo que ya no le veremos): es peligroso sin correa, sin el corsé que le ponía Benítez. Desde anoche, tiene licencia para matar por donde él quiera. Cristiano también, por supuesto, pero Zidane se ganaría el favor de los puristas si le reduce el radio de explosión. Ya no es el velocista que adelanta defensas, ahora se fía de su olfato de Van Nistelrooy. El problema, o capricho, sigue siendo que CR7 no quiere jugar de delantero centro, a pesar de que remataría cualquier microondas que le llegue. Decían las lenguas viperinas que el Espanyol siempre había sido la vaselina de Cristiano. Su enésimo gol decisivo callará a los rajadores: quince tantos a los ‘pericos’ y dieciséis al Barça. Aunque pensándolo bien, no cambiará nada: seguirán despellejándole.

La calle ‘melancolía’

Jueves, 3 Marzo 2016

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El espíritu de Raúl González reencarnado en Borja Mayoral. Ningún ciclo del Real Madrid se sostiene sin su cantera. Sucedió con el eterno ‘siete’ cuando Valdano entendió que la figura de Butragueño se extinguía; Iker Casillas mantuvo vivo al Madrid galáctico con aquel runrún popular de los goles de Ronaldo y sus paradas milagrosas; Guti fue un genio incomprendido entre taconazos antológicos y una vaguería inexplicable, y desde entonces a Valdebebas se le acusaba de nutrir a medio fútbol español menos a su primer equipo. Mayoral ha reventado todos los récords goleadores en categorías inferiores y su ascenso ha sucedido por accidente. Como Raúl, Guti o Iker. Su gol de carambola alienta a las masas, como diría Brotons, y amortigua el saco de palos que merecen ciertas estrellas. Porque es incomprensible que James todavía esté buscando a Rodríguez entre discotecas madrileñas y el diván de un psicólogo que descubra por qué se ha relajado tanto; ¿qué títulos ha ganado el colombiano para no levantarse de la tumbona? Incluso en Colombia se alarman por ese icono publicitario que cada vez empapa menos de sudor la camiseta. Y Florentino Pérez ha tomado nota con la ristra de telefonazos que van a llegar de media Europa.

James recibirá el famoso warning del argot tenístico,  Isco sufrió el castigo de la suplencia y espabiló goleando. Al fin y al cabo, la solución que pide el Bernabéu es muy simplona: echarle huevos (con perdón). Raúl sí sabía cómo excitar a la grada: arrancaba una carrera imposible sin balón de cuarenta metros, persiguiéndolo como un rottweiler por todo el campo. Y nadie dudaba de su compromiso con el escudo. Zidane ha jugado con él y, quizás tirando de la ‘calle melancolía’, sacó en Valencia a la clase media que juega como si no hubiera mañana. Todos recuerdan aquel núcleo con Míchel Salgado, Helguera, Mcmanaman o Morientes, que aliviaba las noches aciagas de Zizou o Figo. A este Madrid, el de Benítez o Zidane (descubran ustedes las diferencias) se le achaca no tener un grupo entre bambalinas que resuelva los marrones cuando Cristiano se cansa del mundo con gestos y aspavientos. Y la noche de Levante exigía desempolvar a futbolistas que se estaban oxidando con tanto vedetismo. Como dijo el volcánico Juanito, “no importan los millones, sino los cojones”, al referirse a las grandes remontadas europeas.

Lucas Vázquez y Casemiro se salieron del mapa en El Parque de los Príncipes, y desde la llegada de Zidane apenas han calentado por la banda. Lucas recuerda a Santi Solari, banquillero de lujo en el primer Madrid de Florentino y que inventaba regates campo a través. Este equipo necesita chavales sin vergüenza, que revolucionen partidos de pocos voltios. Casemiro va a ser la llave maestra del proyecto: José Ángel Sánchez, director general, le reclamó del Oporto la pasada primavera, consciente de que su vuelta a Madrid sería capital tras un máster acelerado con Lopetegui. Fue el cemento armado de Benítez y Zidane se ha dado cuenta de que no sólo le basta con once bailarines. Necesita un bloque de hormigón para no quebrar al equipo como un palillo. Desde luego, Kroos agradecerá no ser siempre el cortado de césped. 

La Liga por el retrete

Lunes, 22 Febrero 2016

Manolo Sanchís resopló al escuchar a Paco González en Tiempo de Juego. “Lo peor para el Madrid es que todavía quedan trece jornadas de Liga”. La cara del madridista, que siempre utiliza el plural mayestático para hablar de su único club, era un poema sin rima alguna, deslavazado como la táctica de Zidane y con versos grotescos. Un domingo cualquiera los blancos tiraron el título al retrete, sin amago de pelearlo y sin morir en el intento. Ni siquiera asomó el espíritu de Juanito, tan perfecto para remontar situaciones imposibles. Un plan sin plan, y enfrente un Málaga trabajado en la sala de máquinas, cuyo entrenador, Javi Gracia, supo cómo apretar el cuello a su colega francés. Es una pena que en esta época de secretismo, en el que las persianas acorazan los entrenamientos, no sepamos si Zizou ensaya tácticas según el esparrin de turno. Si el que recibe es un pelele, el Madrid lo descose hasta tumbarlo en la lona. Pero también hay gallos respondones como el Málaga, que atacan a sus costillas, haciéndole perder el aliento hasta descomponerlo. Cuentan que Arsene Wenger nunca preparaba sus partidos en función del rival porque no le gustaba variar su estilo imperecedero. Hasta que hace dos temporadas, Cazorla, Giroud y compañía le suplicaron sesiones de vídeo y análisis, y Wenger cedió.

Quedaban quince minutos para perder la Liga y sobre el césped no había ningún Raúl González que diera cuatro gritos y corriera con espuma en la boca. No, el Madrid sesteó, “mamoneó” como dice Manolo Lama, y se fió de algún cabezazo a lo Santillana inventado por Cristiano. No sucedió así porque los blancos están inmersos en su particular pretemporada, en la que la gira transoceánica se sustituye por partidos domésticos con vistas a Europa. Es la Champions la que mantiene la efervescencia del cambio, del fútbol paleolítico de Rafa Benítez al estilo marketiniano de Zidane. Apenas se atisba la ansiada metamorfosis. Y con planteamientos de pizarra tan vagos como el de La Rosaleda, no es descabellado recordar el titular que le dejó Raúl a Jorge Valdano en su entrevista para Bein Sports: “Nunca habría imaginado a Zidane de entrenador cuando compartíamos vestuario”. Quizás no sea vocacional.

Florentino Pérez jamás habría imaginado que su Madrid echase de menos a Bale, y en proporciones bíblicas. El Málaga evidenció que Cristiano Ronaldo sin BBC se agota de desesperación; varias veces ha revelado que Benzema es su socio en el campo, con el que tiene una simbiosis especial. Detrás de él, hay un equipo que se parte en dos como un palillo, porque Modric no se puede comer el marrón de todos e Isco y James no están fabricados para correr hacia atrás. Últimamente, tampoco hacia la portería contraria. Sin embargo, la alarma más preocupante suena con Toni Kroos, condenado por su entrenador a jugar de pivote defensivo. El Kroos centrocampista ordena los papeles de la Mannschaft; el que juega por delante de la defensa e intenta llegar a Modric es un Fernando Redondo de Mercadona. Zidane mejor que nadie, debería asumir la importancia de un Makelele que vertebre a tanto figurín. Y en el banquillo se oxida un tal Casemiro, nacido para eso, para evitar otro ‘galacticidio’.

Una mente maravillosa

Viernes, 23 Octubre 2015

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Y todavía esparciremos estiércol sobre el ‘amarrategui’ de  Rafa Benítez. El derbi del Calderón inyectó en vena un tremendismo repentino. De la noche a la mañana, un Real Madrid acostumbrado a orgías goleadoras, cambia el chip y se vuelve cuadriculado, más pendiente de introducir hormigón a la táctica que de aligerar armatoste. Un empate insípido en Gijón y el milagro de Kameni en el Bernabéu levantaron sospechas. La máxima clásica de que el Madrid siempre marca, hecha trizas. “En el pasado Calcio fuimos los que más chutamos y sólo marcamos dos goles menos que la Juventus”. Palabra del ‘Pipa’ Higuaín, el discutido goleador que, sin embargo, Mister Rafa se llevaría “incluso a la mesita de noche del dormitorio”.  Su universo recuerda al de John Nash, la mente maravillosa que ganó el Premio Nobel de Economía y murió obsesionado con un tsunami de ecuaciones y algoritmos matemáticos. Para Benítez cualquier detalle es cuantificable: nada sucede al azar porque todo tiene valor numérico. Son los porcentajes los que deducen si Cristiano Ronaldo rentabilizó los ocho kilómetros que recorrió durante un partido, o si los robos de balón de Casemiro son eficientes; es decir, sin errar el siguiente pase. Una explicación sencilla (y simplona) de la arquitectura que el técnico idea en cada proyecto.

“Las sensaciones se extraen de las lecturas numéricas”. No pertenece a una reflexión de los clásicos para analizar en un examen de Selectividad, es Rafa Benítez en estado puro en una entrevista a a Gazzetta dello Sport. Precisamente, sin recurrir a papel y bolígrafo, esas sensaciones delataron a un Madrid atrevido y descarado en el Parque de los Príncipes. Con una enfermería más tumultuosa que el camarote de los Hermanos Marx, Benítez y un puñado de acólitos sí creyeron que el segundo batallón daría guerra. Y vaya si lo hizo. El escaparate francés cegaba por fuera, pero por dentro estaba repleto de antiguallas. No por edad, sino porque el Paris Saint Germain compite en Europa al ritmo que le impone una liga francesa sin pesos pesados. El combate del siglo de esta jornada enfrentaba a Rocky Balboa, campeón del mundo contrastado, contra el emergente Ivan Drago, gigante de punch letal que intimida con su monumental presencia. Ésa era la sensación (Rafa prefiere decir prejuicio) que imponían Ibrahimovic, Cavani, Di María y medio equipo más. La mole francesa contra el rival que todos ansían tumbar, con o sin lesiones. Sin embargo, a este PSG le falta una victoria histórica que reedite su leyenda, la de aquel prodigio engendrado por Artur Jorge con Weah y Ginola a la cabeza. Los recuerdos de la goleada (4-1) motivaron durante toda la semana a una ciudad que espera que su nuevo mesías, Al-Khelaifi, pula cientos de millones hasta levantar una ‘Orejona’. Como el Chelsea de Abramovich.

 

Las casas de apuestas no se fiaban del Madrid. No de la nueva versión geométrica de Rafa. Las bajas de Bale y Benzema habían diezmado al equipo de francotiradores; un Modric entre algodones cambiaba el Macintosh de la sala de mandos por un simple PC. Es lo que pensaba la calle cuando vio a Jesé y Lucas Vázquez en el once titular. Apenas un puñado de minutos (y de estadísticas de posesión y pases precisos) convenció al madridismo: cero contraataques, el Madrid de Benítez se erigía en dominador, tal cual prometió en su primera rueda de prensa para asombro y carcajadas sibilinas de muchos periodistas presentes. ¿Entonces cuál es el secreto de Rafa Benítez? Que quien no se meta en la mollera el concepto de equilibrio, no participa. Y el esfuerzo requiere hábitos como los que llegó a implantar el ‘Loco’ Bielsa en el Athletic. Cuentan que el argentino obligaba a cada futbolista a ver en vídeo cada partido después de haberlo jugado. Y no con dos o tres días de margen, sino apenas unas horas, incluso después de los largos y tediosos viajes de Europa League. Bielsa, como Benítez, obliga a su staff a preparar película editada y personalizada para cada jugador. Y quien no responda a las preguntas teórico-tácticas del entrenador, mal comienzo. Una vida entregada al fascinante (o aburrido) arte de los números. La de John Nash, la de Benítez.

 

 

Entre el fútbol y la siesta

Lunes, 5 Octubre 2015

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“Cuando el mejor de tu equipo es Casemiro, malo”. Lo dice un directivo de la planta noble del Bernabeu que no entiende por qué el Madrid no desangró la yugular del Atleti cuando estaba tocado y casi hundido. El ejemplo más práctico lo enseñó Arsene Wenger dos horas antes, con un Arsenal que logró hacerle jaque mate al United en apenas veinte minutos. Pero el estilo de Rafa Benítez no es orgiástico; prefiere mantener a raya al rival con un buen bloque de hormigón. En este mundo al revés, a Simeone le incomoda construir un Atlético de elaboración y no destrucción, mientras que Mister Rafa aplica las mismas tesis en un Inter siderúrgico que en este Real Madrid de los mil y un talentos. Tanto pesimismo merengue podría no haber existido si el equipo hubiese puesto en bucle los primeros diez minutos de derbi, hasta que el despiste de Sergio Ramos tumbó el castillo de naipes. Ése fue el red bull que dio alas al Atleti menos ‘cholista’ de los últimos tiempos. Quizá por eso, no fue el derbi eléctrico al que tipos como Diego Costa o Raúl García metían los voltios necesarios para abroncar el juego. La plantilla es más sugerente, con más peones de quita y pon y un pequeño ‘kuncito’ con ansias de liarla llamado Ángel Correa; pero sobre todo es higiénica. Aparece otro Atlético de laboratorio que intenta agarrar el balón a ras de césped y no envidar todas las cartas a los juegos de aviación. Este año las faltas ya no son medio gol y la cabeza de Godín no es tan prodigiosa. Falta madurar la nueva idea, pero hasta entonces se admiten ocurrencias en el think tank.

El Madrid también tiene demasiado trajín en su laboratorio de ideas. ¿Aguantará Florentino Pérez las reminiscencias ‘capellistas’ de Benítez? La segunda parte del Calderón fue una oda a la racanería que, pecando de ventajista, nadie sacaría a la palestra sin el gol de Vietto. Casemiro aguanta los puñetazos en las vértebras y permite que Kroos y Modric no se embarren tanto. El problema en la sala de máquinas es que la distancia entre el alemán y el croata son un buen puñado de galaxias. A favor de Modric, claro. Kroos recorre kilómetros esta temporada, muchos como un “pollo sin cabeza” (Toshack dixit). De repente, no encuentra ese guante de seda que coloca balones en cualquier palmo del campo. En cambio, Modric sigue siendo ahora mismo el futbolista total del Madrid., por delante de Cristiano, y de todos. Por segundo año consecutivo, un resfriado suyo puede alterar el destino de todo un club. Y no suena exagerado porque el precedente está ahí. Tampoco hay que recurrir a hipérboles para soltar que CR7 debería acabar su vida en el Madrid como delantero centro, y no en la banda izquierda donde sus dotes físicas comienzan a oxidarse. Su remate es tan letal por tierra, mar y aire, que no tiene nada que envidiar a Hugo Sánchez. Y eso son palabras mayores.

Benítez no es amarreta, ni siquiera practica el arte simplón del patapum p’arriba del que fardaba el guiñol de Javier Clemente. Sin embargo, el club le va a presionar si abusa en su vicio por la contención. La orden del general fue retrasar líneas para matar al contraataque y, lejos de sentenciar el derbi, acabó la noche con una crítica de Benzema: “Con todos atrás es muy difícil marcar goles”. Primer aviso de una de las estrellas del presidente. No obstante, las estadísticas son la prueba de que el algodón no engaña y los otros dos empates ante Sporting y Málaga fueron consecuencia de casi cincuenta disparos aciagos. Pero como el fútbol es una noria de sensaciones, la del Madrid de Rafa es que aburre a los puristas y en las barras de los bares. Los partidos de las cuatro de la tarde son una duda entre intentar sobreexcitarse con el Madrid delante de la tele o elegir el bendito hábito de la siesta. Casi una duda cartesiana. 

El cortador de césped

Jueves, 30 Julio 2015

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El Madrid ha fabricado una nueva cortadora de césped. El fantasma de Makelele se ha alargado demasiado porque el casting de sucesores fracasó estrepitosamente: Pablo García, Gravesen, Emerson, los Diarra, Gago, Khedira, Toni Kroos en versión atrofiada…ninguno de ellos, ni siquiera Kroos, entendió la importancia que un día asumió aquel escudero de Zidane que vertebraba y aplacaba el ímpetu desatado de los galácticos. Fue irse Makelele por falta de ‘cariño’ y comenzar el galacticidio del primer proyecto faraónico de Florentino Pérez. El propio Zizou llegó a reconocer en una entrevista en L’Equipe la trascendencia de su compatriota: “La salida de Claude partió por la mitad al equipo. Sin él no sabíamos jugar en bloque”. Precisamente, un bloque de ladrillo cementado es la obsesión de Rafa Benítez. Y si del Bosque juró una vez que el doble pivote era “innegociable” y en su dni le hubiera gustado identificarse con Sergio Busquets, a mister Rafa (apodo eterno en Liverpool) también le va el juego de los destructores. Él es Casemiro, construido en Sao Paulo, adaptado en Valdebebas y fogueado en Oporto, donde Lopetegui llora su pérdida por temor a que se le caiga el castillo de naipes (esto es información, no opinión). Su regreso era una prioridad en primavera para el director general José Ángel Sánchez, quien sabía de antemano que el nuevo entrenador le enrolaría en su ejército sí o sí.

Si han visto los amistosos contra Inter y Milan, y han notado que el dorsal 14 no paraba de correr desde su área hasta el centro del campo como si llevara una pila Duracell, no se sorprendan: Case (así le llama el vestuario) sacrificó una semana de sus vacaciones y contrató un preparador físico para entonarse desde Brasil. Se ha tomado tan en serio la oportunidad del club, que la fase experimental del equipo deja dudas de la titularidad indiscutible de Toni Kroos. Sí, el alemán jugará en el estreno liguero junto a Modric, pero no es un secreto que el campeón del mundo preferiría repartir balones sin chaleco antibalas, liberado del marrón que hace un bulldozer como Casemiro. Al Oporto le extrañó que su centrocampista no fuese titular en la pasada Copa América, sobre todo en una selección brasileña tan metálica como la de Dunga. Con Benítez no habrá sospechas: sus rotaciones son sagradas para evitar la oxidación de esos “mismos once cabrones de siempre” (Toshack dixit). Y en esa tesitura, Casemiro entrará como un carromato.

El empate a cero ante el Milan habría sido una ofensa al espectáculo en cualquier momento de la temporada. Hoy no es más que otro tubo de ensayo para que Benítez reivindique su fútbol de hormigón, muy del gusto de los entrenadores y poco de los espectadores. Porque este Madrid no pretende invocar los contraataques tan letales como alocados que excitaban al Bernabéu; ahora toca un control más riguroso y disciplinado que el de Ancelotti, en el que una pérdida de balón no altere las matemáticas del equipo. Jugar por inercia, ése es el aprendizaje de esta pretemporada. Y en apenas dos semanas, Casemiro ha cumplido los deberes que le han hecho un “hombre” en Oporto.