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James ‘efecto Robinho’

Viernes, 18 Noviembre 2016

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“James es un Di María con diez kilos más de peso y motor diesel”. Carlo Ancelotti encontró la definición perfecta para justificar la salida del ‘Fideo’ porque el Bernabéu se empezaba a acostumbrar al guante de seda que escondía un cañón inteligente. James Rodríguez había marcado un golazo descomunal a Uruguay en el pasado Mundial, y Florentino Pérez dio la orden definitiva: jugaría en el Real Madrid para convertirse en galáctico. Su adaptación fue vertiginosa, clavando balones en las escuadras con cartabón. Sí, el equipo había perdido velocidad sin Di María, pero había recuperado la elegancia de la zurda de Davor Suker. El colombiano suplía al principio los irritantes aspavientos de Cristiano y las eternas lesiones de Bale; quizá por eso, la grada le cogió cariño. El Madrid no ganó títulos pero sí una inversión con un P.V.P desorbitado pero demasiado rentable. En la planta noble del estadio decían que James era un David Beckham versión latina, con fútbol delicatassen en las botas y patrocinadores cayéndole de los bolsillos. Sin los alardes de una estrella de rock, James sofocaba los incendios de la ‘BBC’ en calidad de actor de reparto. Terminaba con la camiseta empapada y se comía el césped palmo a palmo. En menos de una temporada se había contagiado del ADN del madridismo. El de Juanito.

Y de repente y con efecto permanente, de la galaxia al ‘galacticidio’. Se fue Ancelotti y James se desnortó. No simpatizó con Rafa Benítez porque, con Carletto, se había acostumbrado a flotar como una mariposa y picar como una avispa. Su mundo se había encorsetado con un entrenador más siderúrgico y que apenas dejaba tiempo libre para el pincel. Además, una desafortunada lesión con Colombia le relegó al vagón de cola. No pertenecía a la guardia pretoriana de Benítez pero jugó el demoledor 0-4 del clásico por aclamación popular. Tarde o temprano la guadaña tenía que caerle. Fue entonces cuando el Doctor Jekyll mutó en señor Hyde. Con una silueta sospechosamente ensanchada, James dejó de entrenar como si no hubiera mañana y prestó demasiada atención a la noche madrileña. El runrún en el club y en las charlas de barra de bar cada vez era más insistente. Su sensacionalismo recordaba al de Robinho, ese brasileño con ínfulas de Pelé que remató su egolatría en una rueda de prensa inolvidable: “Me voy del Real Madrid para ser el mejor jugador del mundo”. El City fue su destino…y su perdición.

Desquiciado con el árbitro en el Argentina 3-Colombia 0 de esta semana, James vuelve a Madrid queriendo irse. Lleva tiempo atrincherado en su realidad y huye de la prensa como de la peste. Intentó lucir abdominales a la salida de una de esas cenas de conjura para demostrar que no está gordo, y aguantó el silenzio stampa con la persecución policial por la M-40 hasta que el club le exigió explicaciones públicas.  Mucho estiércol y poco fútbol; líos a diestro y siniestro, y ninguna crónica generosa sobre el césped. Hace unos meses, en una convocatoria internacional de Colombia, lanzó un tomahawk  pero fuera del campo: mandó un  recado a Zidane porque allí se siente futbolista y rey Midas de los anuncios.  Pero con su actual entrenador aún no ha entendido que la ópera es demasiado selecta. Si no juega y, peor, no suda, los oídos le seguirán pitando. Hasta Sanchís dijo anoche en El Partidazo que “tiene que mover el pandero”. El galimatías de su cabeza empieza y acaba en él. O en el diván de un psicólogo que le recuerde por qué Florentino Pérez escuchó su nombre en Brasil no hace demasiado tiempo. Como dice Paco González, “es increíble que el Madrid no saque más provecho de este jugadorazo y más aun que él no saque provecho de sí mismo”.