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Mi tarde en Cornellá

Martes, 21 Diciembre 2010

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“¡Escolti, no ganaremos ni de coña, pero liaremos una buena!”. No fue un cántico al unísono, pero sí la intuición generalizada que motivó a cuarenta mil espanyolistas a sitiar los aledaños del estadio de Cornellá. Allí, en los alrededores, una carpa gigante acogió el tumulto fiestero de un buen puñado de ‘irreductibles’. Cual aldea de Astérix en el imperio de Julio César, los ‘pericos’ están obsesionados con pegarse con el Barça cada vez que llega la fecha, y más ahora que su rival está de moda y puede fardar de ello. Porque eso, precisamente, les sobreexcita más que cualquier cosa: ganar al Barcelona es parábola blanquiazul, lo demás no importa demasiado.

Y mola mucho ver in situ ese partido. Unos amigos me brindaron la oportunidad de conocer Cornellá-El Prat justo en el día más pintiparado; verlo con los del Espanyol tuvo su gracia juerguista, claro que no menos que contemplar a la divinidad del fútbol contemporáneo. Pero la crónica de miles de forofos desenfrenados jaleando a sus chicos e intentado desquiciar al enemigo fue bestial. El coqueto escenario con su mosaico espeluznante fue la evidencia más concluyente de que ‘ellos’ también existen, aunque sólo sea para hacer la puñeta al Barça en ocasiones contadísimas. Quedó claro que el sábado sería inimaginable.

Sin embargo y a pesar del odio sarraceno que los ‘pericos’ profesan a sus conciudadanos azulgranas, veinte minutos fueron suficientes para la resignación de una afición que preveía mayor arrojo de los suyos. No se trataba de vengar al Madrid por el 5-0, sino de reivindicar que podían asomar la cabeza en otra superproducción del Barcelona. Y la masacre fue tal, que así lo entendió Cornellá. Ni siquiera la evocación del ‘tamudazo’ durante la charanga previa sirvió para consolar a la gente; al menos, se habían hecho a la idea que, hoy por hoy, esta batalla era inabordable.

La solución para los ‘pericos’ fue simplona y divertida: se apañaron con unos cuantos vítores al equipo, que por reglamento nunca debe ser silbado en un derbi, la estruendosa ovación a Iniesta y a seguir la noche haciendo mimos a la cerveza. Así mataron el frío por la tarde y me consta que también la noche.