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Archivo de la categoría ‘Cristiano Ronaldo’

El show de Truman

Jueves, 28 Enero 2016

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El Real Madrid quiso fichar a Leo Messi hasta en tres ocasiones. Lo desveló anoche El Partido de las 12 en plena efervescencia del ¿caso? Neymar. Noticias del pasado cuyo morbo nunca caduca. En los cenáculos madridistas siempre se ha comentado que el Florentino Pérez le dijo a Cristiano Ronaldo en su despacho que si estaba “triste” (¿recuerdan?) y quería irse, pusiera el dinero en tesorería para traer a D10S. Leyendas quizá no tan ficticias. El mejor jugador del mundo nunca deslizó una mirada cómplice al Madrid; una negativa tan tajante que reafirma su compromiso con el Barça. El de Neymar espera su fumata blanca, pero no merengue. La estrategia de Wagner Ribeiro, agente del futbolista, huele a guión de Alfred Hitchcock: enciende el ventilador, esparce el estiércol, no niega la mayor y espera que el Barça acepte un buen estacazo por la renovación. El entorno del brasileño negocia el futuro del próximo Balón de Oro y con ese caché comenzaron las gestiones. En la planta noble del Bernabéu disfrutan con palomitas los cuentos asombrosos de Spielberg y el miedo que pueda provocar la sombra alargada de Luis Figo. Y entre la guardia pretoriana de Pérez nunca dirán de Neymar otro never, never, never. Y menos cuando creía tenerlo atado en Brasil con reconocimiento médico incluido meses antes de dar el sí quiero a Sandro Rosell.

Y mientras Neymar calla, esperando firmar un cheque en blanco en Can Barça, la página web del Madrid no publicará comunicados oficiales hasta que Cristiano Ronaldo reaccione. Un golpe de billar a tres bandas donde Ribeiro simpatiza con Florentino desde el fichaje de Robinho y pretende hurgar en la tesorería culé. Si fuese por el representante, Neymar sería blanco; si fuera por el padre de Neymar, su hijo sería blanco; pero los jugadores casi siempre acaban donde quieran, excepto Falcao. Tratándose de intermediarios brasileños, las partidos de póker suelen alargarse demasiado por faroles que no van a ninguna parte. El mejor ejemplo sigue siendo Roberto de Assis, hermano y agente de Ronaldinho, quien en el verano 2012 convenció a tres clubes diferentes para fichar a Dinho. Y al igual que el ex azulgrana en el Camp Nou, Roberto sacó la magia y tuvo engañados a dos clubes que creían haber fichado al crack. El tercero en discordia fue el Atlético Mineiro, que realmente le contrató.

Entre el Real Madrid y Neymar no hay contacto, ni por vía oficial ni de barra de bar. Porque antes de acometer la macro operación de la historia, 190 millones + I.V.A (no se olviden), Cristiano tiene que ser declarado transferible y ceder todos los honores al brasileño. Primer problema. El segundo tiene origen galés, también está en el club de los tres dígitos y oposita para ser la Isabel Preysler de la jet set.  Sólo hay una, como sólo un líder en el Madrid. Un despilfarro de tales proporciones obligaría al club blanco a montar un Show de Truman en torno a Neymar. Él sería el protagonista permanente de la taquicárdica actualidad blanca, desde que se cepilla los dientes por la mañana hasta que se pone las pantunflas y el pijama. Pagar por O’ Rei Neymar a toca teja el presupuesto entero del Atlético de Madrid no suena a bendita locura; servidor sí lo habría hecho, si los tuviese, por aquel Ronaldo Nazario que se salió del firmamento en el Barça de Bobby Robson. Pero es sólo una opinión. Neymar ha madurado en el Barça y no cometerá alta traición. Eligió jugar allí y allí ganará su Balón de Oro. O no.

Pegarle al saco como si no hubiera mañana

Domingo, 17 Enero 2016

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Vuelve el Circo del Sol. Pero lejos de ser galáctico por temor a otro galacticidio, Zidane no quiere cerca aduladores que le calienten la oreja. Y como en el Real Madrid se sube del infierno al cielo a la velocidad de la luz (y viceversa), al entrenador no le lloverán palos o zanahorias hasta que empiecen las grandes veladas de Las Vegas. Por el momento, esparrin a esparrin, entrenando los mejores golpes y pegándole al saco como si no hubiese mañana. Eso fue el Sporting, un fardo que cayó al suelo mientras el speaker jaleaba la alineación merengue por los altavoces. Abelardo insistió durante la semana en que un fallo en el coliseo merengue “te mata para el resto del partido”; sus defensas no escucharon la rueda de prensa porque en menos de lo que se chasquean los dedos los centrales habían perdido dos balones en su área. Y ni una sola falta en veinticuatro minutos, aunque fuese para hacer acto de presencia. La defensa del ‘Pitu’ sacó el cartón piedra y la BBC se aflojó el cinturón para la bacanal romana que se avecinaba: vomitar a posta para seguir engullendo con todo el descaro del mundo. El fútbol es un estado de ánimo (Valdano dixit), pero, ¿tanto han cambiado los mismos once cabrones de siempre (ahora Toshack) de repente? De empatar a cero con el Málaga a clavar sendas manitas a Depor y Sporting. Saquen sus propias conclusiones, aunque hay alcantarillas que aún no se han destapado.

“Ahora entendemos un poco más lo que quiere el míster”. Tarde o temprano Isco tenía que romper su silencio. Defenestrado por Rafa Benítez y sus galimatías tácticos, Zizou le ha entendido de jugón a jugón. Su asistencia made in Laudrup a Benzema fue aplaudido por el entrenador, que le sugiere guante de seda arriba y disciplina espartana campo atrás. El Madrid necesitaba el pegamento de la bota de Isco, una chistera de la que nadie sepa cuándo va a salir el conejo. Y, desde luego, que sin él ni la mejor versión de James Rodríguez (ahora en una galaxia muy lejana) nunca habrá efecto sorpresa. Quien sí sorprendió fue Cristiano, que vuelve a exhibir esa sonrisa Profident oculta en la anterior etapa. Dice que tiene más empatía con Zidane que con Benítez, una manera modosa de aclarar que no aguantaba al técnico español. Así que un mensaje para el sector cafre de twitter: quizá la prensa no pequemos tanto de salsa rosa. Si ninguna cámara capta un guiño entre Rafa y Cristiano, si cualquier imagen es pasotismo absoluto entre ambos, puede que suceda algo. Y no se trata de encabronar al madridismo.

Todo es felicidad en el mundo de Pocoyó. Palmadas en la espalda, pulgares arriba y mil perdones entre jugadores cuando el balón no entra o el pase falla. “Con un vestuario cabreado no vas a ninguna parte”, soltó Fabio Capello después de abandonar el Madrid por segunda vez en la era Ramón Calderón. Él mismo lo sufrió en sus carnes, cuando tuvo que ceder a la presión de los capitanes Raúl y Guti, y volver a convocar al repudiado David Beckham. Capello entendió al vestuario, hincó la rodilla, y el Madrid remontó aquella Liga. Por acabar la disección del cadáver, Benítez nunca supo interpretar a Clint Eastwood en El Sargento de hierro; Zidane no lo necesita. Los mitos pesan demasiado, aunque alguno se empeñe en seguir viéndole como un póster voleando la Novena.    

 

 

 

El pasado siempre fue mejor

Lunes, 14 Diciembre 2015

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Cristiano Ronaldo utilizó la ESPN de consultorio matrimonial: “Ancelotti era como un gran oso. Un tipo genial, muy sensible”. Obús directo a la planta noble del Bernabéu. La entrevista se grabó antes del panorama apocalíptico que asola al Real Madrid este lunes; no obstante, cualquier otro resultado en Villarreal no habría manipulado sentimientos. La plantilla no cree en Rafa Benítez, ni éste en el proyecto faraónico que impone a la BBC. Si el entrenador no se traicionara a sí mismo, su equipo prescindiría de ese tridente tan ‘marketiniano’, de alfombra roja de Hollywood. Hasta que llegó al Bernabéu, su predilección por el fútbol siderúrgico era innegociable; ahora paga el tributo por vestir traje de Armani. La temeraria alineación del clásico contentó al palco y a la gente, pero desquició las tácticas informatizadas del entrenador. En El Madrigal optó por Casemiro, su bíceps en el campo, y la pizarra acabó emborronada de rayajos. La solución es jeroglífica, un sudoku que nadie en el club se va a molestar en completar. Al menos, con Benítez.

El Madrid carece de actitud y de fútbol. Un cuarto de hora no es la coartada perfecta para hacer de abogado del diablo, porque la primera parte contempló a un Villarreal espabilado y a otro en el limbo. El Depor había cantado bingo en el Camp Nou, y los blancos tenían la Liga en la mirilla del Kalashnikov, a medias entre un Barça dormido con cloroformo y una crisis a punto de extinguirse. El mundo al revés: el Madrid se vuelve a precipitar al abismo y el 2-2 de Barcelona acaba en un punto de oro y mirra. Lejos de las matemáticas, al vestuario merengue le preocupa la falta de ideas: no saben a lo que juegan y, peor, por qué juegan. “Últimamente no estamos a la altura de nuestro escudo ni de nuestra entidad”. Palabra de capitán Sergio Ramos. Y un aviso para navegantes. Por ejemplo, Gareth Bale, que a diferencia de Neymar en el Barça, aterrizó en Madrid con ínfulas de Balón de Oro. Es el último galáctico de Florentino Pérez y nadie le va a privar de esa obsesión. En cambio, a Neymar le dijo su representante Wagner Ribeiro que aprendiese de Messi a su vera. La prueba de que el algodón no engaña. Pero una historia es el misterio táctico del galés y otra más grave es su rebeldía delante de Benítez. Desobedeció la orden de cubrir el lateral del lesionado Marcelo y puso cara de ofendido cuando Jesé le comunicó las instrucciones del entrenador; duró medio minuto en la defensa y subió a por algún balón rifado. Cualquier Mourinho o Capello de la vida tomaría represalias.

La pitada contra el Rayo en la próxima jornada puede alcanzar proporciones bíblicas, Quizá sea cuando el presidente tome soluciones drásticas, porque por mucho menos la grada ha pedido decapitaciones. Y para seguir remando hace falta otra conjura: la ‘cofradía del clavo ardiendo de Roncero’ o, sin menos teatro, el sentido común: un Real Madrid al que le mueva el orgullo y, como señala Ramos, el peso de la historia. A la Quinta del Buitre nunca se le recriminó que no tumbara al PSV en aquella fatídica semifinal en Eindhoven. Al contrario, se le envolvió de épica. “Que mueran con las botas puestas. Y la camiseta sudada”. No lo dice uno de la calle, sino Paco Gento, historia viva de esa grandeza al que se le pide una visita a Valdebebas.

Capello style

Domingo, 29 Noviembre 2015

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El Madrid todavía no se ha levantado del diván del psicólogo. Le cuenta sus penas obsesionado con la pesadilla del clásico, estresado por el ruido exterior e inseguro de sí mismo incluso en trámites que suenan a goleada. El de Ucrania fue un mal entrenamiento, el de Eibar un marrón de tres puntos. En otra galaxia levita un Barça que pelea por un hueco en su leyenda desde que anestesió a su némesis: la cuestión nacional (la pregunta que se hace todo el mundo, como diría Manolo Lama) es saber qué Madrid despertará cuando regresen los duelos del Lejano Oeste. La cuesta hasta Navidad va rodada con equipos de otra liga; espera en enero un Valencia enrabietado cada vez que huele madridismo. Ni el aficionado más merengón agobiaría a Rafa Benítez con un rato de buen fútbol; ganar sí es suficiente para que el escarnio no se agigante. Ése fue el talante en la cajita de Ipurúa, donde las dimensiones del campo obligan a un fútbol siderúrgico antes que el delicatessen: el fútbol que le gusta al técnico, hablando en plata.

En una profesión cada vez más informatizada, Benítez se guía de las estadísticas. Sus respuestas son numéricas, de ahí que La Sexta anunciase el pasado viernes que, según el cuerpo técnico merengue, James Rodríguez es de los que menos trabajan en entrenamientos y partidos. Datos irrefutables para Mister Rafa. Sin embargo, el fútbol también se mueve por instinto o sensaciones, y el empeño en pegar con espátula a Gareth Bale de media punta centrado sólo lo entiende el entrenador. Ni siquiera una cifra podrá interpretar que el galés es práctico en una posición amorfa para él. Su galopada por la banda izquierda en la Champions recordó al olor añejo de Roberto Carlos. Precisamente, Ipurúa habría sido la pista de pruebas perfecta para dejar a Bale toda la autovía, del lateral al extremo. Bendita locura. No obstante, su gol de cabeza quizá alimente un debate interno: delantero centro. ¿Por qué no? A Cristiano Ronaldo le da mil patadas que le obliguen a colocarse en el punto de penalti como un boya de waterpolo. Todos quieren construir, como si fueran especialistas en mecano; hasta Benzema, socio único e intransferible de CR7 (la BBC sólo es una coartada de la prensa para darle la misma importancia al fichaje de los 91 millones o 100 según el Tottenham).

Ganar y punto. Es el único método para levantar a las masas. “A la caza del líder”, que fue el santo y seña de Fabio Capello en el vestuario la temporada del milagro. Entonces, reaparecerán las cofradías del clavo ardiendo y cualquier victoria pírrica, cualquier pestiño infumable valdrá su peso en oro. Así pensaba Capello y así vuelve a pensar este Madrid. La grandeza se reduce a los títulos. La bisutería de frivolite no tiene cabida en el Bernabéu.

Un grupo de colegas

Domingo, 22 Noviembre 2015

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Gerard Piqué y Dani Alves podrán ser políticamente incorrectos, descarados en las redes sociales e incluso bromistas de mal gusto (que se lo pregunten al Getafe con su fiesta improvisada de Halloween), pero su permanente alarde de buen rollo y cualquier foto que cuelgan con el vestuario medio desnudo después de cada partido insinúan que los futbolistas del Barça son colegas. Esa camaradería la han utilizado tanto para levantar una crisis cáustica, cuando Luis Enrique no tenía buen feeling con la plantilla hace un año natural, como para irse junto al mismo cuerpo técnico a Port Aventura en un día de entrenamiento. Las numerosas comidas, cenas y asados de por medio delatan a un grupo de amigos que se diviertieron en el Santiago Bernabéu y sufrieron juntos en Balaídos. Luis Suárez reconoció que a menudo organizan reuniones familiares con Messi y Neymar; lejos de guerrear en una pelea de egos, las estrellas del Barça actúan como los juveniles que se han ganado una cerveza (o dos) después del partido matinal del domingo. Siempre sonriendo, la troupe azulgrana viaja a los estadios como una panda de amigos en las que Piqué es el alma fiestera y Messi una especie de jefe al que nadie se atreve a incordiar. Neymar desveló la esencia del buen rollo instantes después de ganar en el Vicente Calderón (1-2): “Messi es el líder y luego estamos el resto para ayudar”. Imposible que germine un ‘galacticidio’.

Los jugadores del Real Madrid suelen ir por libre. Sólo en muy contadas ocasiones montan cenas de hermanamiento (así se llaman) y en las redes sociales no son tan alocados. Quizás porque el código interno del club se lo impide o, simplemente, porque no les interesa, cada uno se dedica en cuerpo y alma a sus patrocinadores. Iker Casillas dijo una vez que los jugadores “no tenían por qué tomarse una coca cola después de los entrenamientos”. Cierto. Pero unos amigos que bailan sobre el césped como Billy Elliot en un escenario, jamás morirán por falta de actitud. Y cuando alguien se desanime, el resto le motivará para no alejarse de la manada. Eso no sucede en el vestuario del Madrid. Primero, Benítez titubeó en su respuesta cuando le preguntaron en verano si Cristiano Ronaldo era líder absoluto del proyecto; segundo, la intromisión táctica y mediática de Gareth Bale provoca una colisión con CR7, quien nunca ha halagado en público a la otra mole millonaria del equipo.

Dani Alves tenía una oferta mareante del Paris Saint Germain, pero prefirió quedarse en Barcelona por “su felicidad y la de su familia”. Cristiano coquetea con el mismo club porque considera que su marca comercial necesita nuevos retos, o como estrategia para mejorar por segunda vez un contrato. Mal momento para visitar el despacho del presidente, aunque siempre podrá usar la coartada de que a Messi se lo ampliaron un puñado de veces. La temporada pasada Audi entregó sus coches oficiales a los jugadores de Madrid y Barça en sendos actos: los blancos se lo tomaron como un marrón que se alargó demasiado, mientras que Neymar y Piqué se picaron al volante como si entrenaran para el rally de Cataluña.

Esas sensaciones de colegueo llegan hasta la caseta del jefe. Por ejemplo, Rafa Benítez exprime a sus jugadores incluso en la forma de pegarle al balón (información, no opinión), y Luis Enrique tardó en entender que su Barça funcionaba si él mismo actuaba como otro futbolista pero con ciertos galones. La obsesión del entrenador merengue es ese “equilibrio” que anoche consiguió con ironía: tan desastroso arriba como abajo; Luis Enrique avisó que la lesión de Messi no iba a alterar su hoja de ruta, “¿Sobrevivir hasta enero? De eso nada”. Roberto Carlos solía contar en las entrevistas que un equipo jugaba bien cuando todos se divertían. Ése fue Andres Iniesta, tan soso en sus declaraciones como cachondo en sus botas. A él le ponía “como una moto” el clásico. Lo supimos porque salieron a rueda de prensa durante la semana a contar sus impresiones. En el Madrid todo fue (y es) hermetismo, un búnker para evitar filtraciones. Ninguna arenga para excitar a las masas en momentos tan inciertos. Demasiado bloque de hormigón entre el vestuario y afición.

‘Tú me completas’

Viernes, 20 Noviembre 2015

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“Messi no sería tan bueno sin Cristiano Ronaldo”. Ni Ayrtor Senna habría forjado su leyenda sin aquellos encarnizados duelos contra Alain Prost a trescientos kilómetros por hora. Como tampoco Sebastian Coe tendría eco mundial sin su duelo mediofondista con Steve Ovett. El inolvidable Mickey Goldmill abofeteó a su pupilo Rocky Balboa para decirle, a continuación, que nunca sería un verdadero campeón si no tumbaba a Apollo Creed. Un peso pesado del vestuario del Real Madrid suele comentar que, durante la época de Mourinho, las rabietas de Cristiano llegaban al extremo de tirar la servilleta al suelo en plena cena de concentración, con Messi haciendo diabluras por televisión en ese instante. Su rivalidad no le permitía distracciones, porque si su némesis se marcaba un hat trick, el portugués se exigía a sí mismo otro saco de goles. Por orgullo propio o espacio en las portadas, quizá ambas. Xavi Hernández es la CPU del fútbol: administra datos y los interpreta. Siempre hay que escucharle. Y cuando dice que “Messi no sería tan bueno sin CR7”, le añade la dosis de épica que necesita ese duelo de pistoleros.

El último Balón de Oro inmortalizó el grito simiesco de Cristiano delante de un Messi ensimismado, preocupado por sus famosas arcadas y el bajonazo físico provocado por una lesión mal curada. El reto para D10S (entonces, no tanto) estaba en el horno. Muhammad Ali, denostado en Estados Unidos y con la licencia de boxea revocada,  encontró su Rumble in the jungle en el Zaire con 32 años. Enfrente, el mejor boxeador del momento, George Foreman, siete años más joven. La moraleja del combate fue que el veterano Ali volvió a subirse a un ring para retar al que más pegaba.Y ganó. Con Messi sucedió lo mismo esta temporada: del infierno al cielo, de la crisis casi apocalíptica de Anoeta a la final de Berlín para dejar claro que sólo había un numero uno. Y un numero dos, claro. Jorge Valdano dice que los estados de Madrid y Barça son cíclicos. Cuando uno sube, el otro baja. No hay pedestal suficiente para los dos. Es la esencia de Cristiano y Messi; cada uno se motiva a costa del otro. El portugués no esconde que juega para ser el mejor del mundo, y así se lo cree; Messi nunca deja titulares tan ególatras, pero siempre tiene a CR7 en la recámara. Al fin y al cabo, la posteridad discutirá si Messi fue mejor o no que Cristiano por títulos y récords pulverizados. Y ahí de momento va por delante.

Tú me completas, le dice el majestuoso Joker de Heath Ledger a Batman. Las comparaciones siempre odiosas y que tanto nutren al periodismo, han colapsado las tertulias televisivas y radiofónicas, las charlas de barra de bar. Nadie habla de Messi sin mentar a Cristiano y viceversa. Y si, de repente, el hijo del madridista es fan confeso del archienemigo de su padre, la trama vale para una película. O dos, porque salió la de Messi, sin Messi, y poco tiempo después Cristiano, con Cristiano de superestrella. Dos rodajes diferentes para dos caracteres diferentes. Porque al público le gusta que Cristiano sea chulo y soberbio; de lo contrario, sería un CR7 de pega. Igual que ese Messi que apenas habla para el cuello de su camisa, revienta partidos a su antojo con un descaro que no se recordaba desde Maradona. Pero uno siempre con el otro.  

 

Mejor la locura

Martes, 10 Noviembre 2015

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“Es curioso que el portero sea el mejor en cada partido”. Fabio Capello lanzó el dardo en El Partido de las 12 con su habitual socarronería italiana. Estaba escrito que Keylor Navas aguantaría el castillo de naipes hasta que cayera la primera carta por una cantada o, simplemente, una lesión. Sucedió lo segundo y los balones imposibles (quizá el primero no tanto) acabaron en la red. Veinticuatro horas después de su primera derrota, MARCA atinó en su portada de ayer: sí, Se veía venir porque el milagro de los panes y los peces (PSG) sólo podía ocurrir una vez. Y sin entrar en modo apocalíptico como pinta la mitad del país, nunca una derrota había dejado sensaciones tan preocupantes, que no catastróficas. Las barras de bar siguen discutiendo si Cristiano está en el limbo y por qué razón alienígena James Rodríguez no pertenece a la guardia pretoriana de Rafa Benítez. Un puñado minutos confirmaron la prueba del algodón: la zurda colombiana es el arma destructora de este Madrid, algo así como el Increible Hulk para Los Vengadores. Porque CR7 de momento es Cris para los amigos, como Mcmanaman fue el bonachón Steve hasta que empezó a jugar algo en el Bernabéu.

La paradoja táctica de Rafa Benítez, el entrenador que informatiza todo el fútbol, desconcierta al vestuario. Menos Keylor, Varane y Casemiro, el resto no tiene claro su propósito. Toni Kroos arrastra la fatiga de la pasada temporada, y eso que el marrón defensivo se lo come Casemiro; Modric es la CPU del equipo, pero en Sevilla se cortocircuitó por el barullo de arriba. Y ahí es donde Bale y Cristiano han revelado el secreto de la Coca Cola: no Benzema, no party. La BBC salta por los aires. El caso de Cristiano trasciende de una mala racha. Toda la intención que debería poner sobre el tapete la malgasta flirteando con su futuro en los medios. Benítez se agarrada a la coartada de un picapleitos de causas imposibles: así es la vida. Punto. Pero la mente de la estrella portuguesa es una coctelera en la que se mezcla su futuro parisino, el alarmante bajonazo físico en un tris y sin reprís,  y el ostracismo que sufre de delantero improvisado. Al final, resultará cierto que su mejor socio es Benzema, como Guti lo fue para Ronaldo Nazario (confesado por el brasileño).

A bote pronto, cualquier Madrid desde Mourinho suena melódico al contraataque. Y aunque al sector folclórico del madridismo le gustaría presumir de fútbol hegemónico, los grandes partidos se han resuelto con un equipo mortífero en el pim, pam, pum. Bale y Cristiano no saben regatear en una cabina de teléfono como Messi (Valdano dixit) porque son velociraptores que necesitan pradera libre. Habría que preguntar al entrenador si Isco es tan prescindible porque ralentiza ese ritmo vertiginoso; de ahí la importancia capital de Di María en el año de La Décima. El ansiado equilibrio de Benítez pega más en las tesis ‘guardiolistas’: el Madrid se desenvuelve mejor en la locura. Así disfruta el Bernabéu. El próximo duelo al sol sí puede ser letal. El Barça de Neymar llegará con Messi arreglado; será el momento de averiguar si el casting de entrenadores en la casa blanca vuelve a salir a escena.

 

Sin miedo al “miedo escénico”

Mircoles, 4 Noviembre 2015

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Champions League 1995/1996. El Santiago Bernabéu hincó la rodilla en una de las mayores exhibiciones de los tiempos recientes. La última vez que el coliseo blanco aplaudió al enemigo, Ronaldinho se marcó todos los vises. La penúltima la motivó el Ajax de Amsterdam, artesanía de Louis Van Gaal con su ingeniería de cantera. El Madrid de Valdano&Cappa se cruzó en la fase de grupos con un fútbol robotizado, de memoria y sin margen de errores. De repente, la posesión del Ajax sube el porcentaje como la espuma: el balón rueda de Edgard Davids a Finidi; de Overmars a Kluivert y, a medio camino, Jari Litmanen. La grada empieza a impacientarse porque teme que su equipo muera por oxidación. A los pocos minutos, primer gol mal anulado a Kluivert; un rato después, golazo de falta de Litmanen que el árbitro vio fuera. La segunda parte se intuye como un funeral: Valdano no reaciona y el Ajax desborda cualquier línea merengue mareando la pelota. A Redondo y Sanchís les faltan cubos para achicar agua, Laudrup habría querido ser un tránsfuga aquella noche. Termina el partido, 0-2 y demasiadas gracias. 

Anoche el Bernabéu volvió a mosquearse. Entre silbidos y aspavientos, hubo minutos cronometrados en los que el Paris Saint Germain practicó rondos de entrenamiento. El balón escaneaba el césped palmo a palmo sin ninguna interrupción merengue. Y para un Madrid con pretensiones hegemónicas, la imagen es desagradable. Aquel tronco del Barça llamado Maxwell mutó por unos instantes en una especie de David Alaba o el mismo Marcelo. Sin embargo, el PSG no sacó el rodillo hasta que Verratti, eterna y sospechosa promesa, cedió su sitio a Rabiot, un jugador que agitará el futuro más inminente de la selección francesa. Como Anthony Martial. Y siempre quedará Di María, tan rápido de piernas como ágil de mente. Su fútbol es tan volátil que Ibrahimovic y Cavani no alcanzan a leerle entre líneas. Los nostálgicos de La Décima todavía le echan de menos; el grueso de la afición se ha quedado prendado de James. La predilección por el colombiano supera una catarsis de Cristiano Ronaldo.

El caso del portugués escapa de la demagogia, Sí, ha reventado récords  y sus ansias de superación personal merecen un hueco en la carrera de Psicología. Sin embargo, aún no ha sabido aprovecharse de la inexorable metamorfosis de cualquier futbolista. Ha perdido aceleración y no intenta remediarlo; su regate no escurre y él se empeña en amagar con bicicletas. No quiere ni oír la sugerencia de delantero centro, pero su último servicio al Madrid encajaría mejor desde el punto de penalti. Su oasis en la banda izquierda aún no preocupa a Rafa Benítez. Cuestión de tiempo. De momento, las estadísticas facilitan el trabajo del míster y disfrazan la coartada perfecta: el baño del PSG es un acontecimiento muy puntual, casi histórico que se repite con goteo durante décadas. No hay razón para la preocupación: Keylor Navas estuvo discreto, ¡noticia! Pero llama la atención que siga habiendo pesos pesados que no les pueda el “miedo escénico”. Y no se llamen Barcelona.

 

 

 

Una mente maravillosa

Viernes, 23 Octubre 2015

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Y todavía esparciremos estiércol sobre el ‘amarrategui’ de  Rafa Benítez. El derbi del Calderón inyectó en vena un tremendismo repentino. De la noche a la mañana, un Real Madrid acostumbrado a orgías goleadoras, cambia el chip y se vuelve cuadriculado, más pendiente de introducir hormigón a la táctica que de aligerar armatoste. Un empate insípido en Gijón y el milagro de Kameni en el Bernabéu levantaron sospechas. La máxima clásica de que el Madrid siempre marca, hecha trizas. “En el pasado Calcio fuimos los que más chutamos y sólo marcamos dos goles menos que la Juventus”. Palabra del ‘Pipa’ Higuaín, el discutido goleador que, sin embargo, Mister Rafa se llevaría “incluso a la mesita de noche del dormitorio”.  Su universo recuerda al de John Nash, la mente maravillosa que ganó el Premio Nobel de Economía y murió obsesionado con un tsunami de ecuaciones y algoritmos matemáticos. Para Benítez cualquier detalle es cuantificable: nada sucede al azar porque todo tiene valor numérico. Son los porcentajes los que deducen si Cristiano Ronaldo rentabilizó los ocho kilómetros que recorrió durante un partido, o si los robos de balón de Casemiro son eficientes; es decir, sin errar el siguiente pase. Una explicación sencilla (y simplona) de la arquitectura que el técnico idea en cada proyecto.

“Las sensaciones se extraen de las lecturas numéricas”. No pertenece a una reflexión de los clásicos para analizar en un examen de Selectividad, es Rafa Benítez en estado puro en una entrevista a a Gazzetta dello Sport. Precisamente, sin recurrir a papel y bolígrafo, esas sensaciones delataron a un Madrid atrevido y descarado en el Parque de los Príncipes. Con una enfermería más tumultuosa que el camarote de los Hermanos Marx, Benítez y un puñado de acólitos sí creyeron que el segundo batallón daría guerra. Y vaya si lo hizo. El escaparate francés cegaba por fuera, pero por dentro estaba repleto de antiguallas. No por edad, sino porque el Paris Saint Germain compite en Europa al ritmo que le impone una liga francesa sin pesos pesados. El combate del siglo de esta jornada enfrentaba a Rocky Balboa, campeón del mundo contrastado, contra el emergente Ivan Drago, gigante de punch letal que intimida con su monumental presencia. Ésa era la sensación (Rafa prefiere decir prejuicio) que imponían Ibrahimovic, Cavani, Di María y medio equipo más. La mole francesa contra el rival que todos ansían tumbar, con o sin lesiones. Sin embargo, a este PSG le falta una victoria histórica que reedite su leyenda, la de aquel prodigio engendrado por Artur Jorge con Weah y Ginola a la cabeza. Los recuerdos de la goleada (4-1) motivaron durante toda la semana a una ciudad que espera que su nuevo mesías, Al-Khelaifi, pula cientos de millones hasta levantar una ‘Orejona’. Como el Chelsea de Abramovich.

 

Las casas de apuestas no se fiaban del Madrid. No de la nueva versión geométrica de Rafa. Las bajas de Bale y Benzema habían diezmado al equipo de francotiradores; un Modric entre algodones cambiaba el Macintosh de la sala de mandos por un simple PC. Es lo que pensaba la calle cuando vio a Jesé y Lucas Vázquez en el once titular. Apenas un puñado de minutos (y de estadísticas de posesión y pases precisos) convenció al madridismo: cero contraataques, el Madrid de Benítez se erigía en dominador, tal cual prometió en su primera rueda de prensa para asombro y carcajadas sibilinas de muchos periodistas presentes. ¿Entonces cuál es el secreto de Rafa Benítez? Que quien no se meta en la mollera el concepto de equilibrio, no participa. Y el esfuerzo requiere hábitos como los que llegó a implantar el ‘Loco’ Bielsa en el Athletic. Cuentan que el argentino obligaba a cada futbolista a ver en vídeo cada partido después de haberlo jugado. Y no con dos o tres días de margen, sino apenas unas horas, incluso después de los largos y tediosos viajes de Europa League. Bielsa, como Benítez, obliga a su staff a preparar película editada y personalizada para cada jugador. Y quien no responda a las preguntas teórico-tácticas del entrenador, mal comienzo. Una vida entregada al fascinante (o aburrido) arte de los números. La de John Nash, la de Benítez.

 

 

Entre el fútbol y la siesta

Lunes, 5 Octubre 2015

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“Cuando el mejor de tu equipo es Casemiro, malo”. Lo dice un directivo de la planta noble del Bernabeu que no entiende por qué el Madrid no desangró la yugular del Atleti cuando estaba tocado y casi hundido. El ejemplo más práctico lo enseñó Arsene Wenger dos horas antes, con un Arsenal que logró hacerle jaque mate al United en apenas veinte minutos. Pero el estilo de Rafa Benítez no es orgiástico; prefiere mantener a raya al rival con un buen bloque de hormigón. En este mundo al revés, a Simeone le incomoda construir un Atlético de elaboración y no destrucción, mientras que Mister Rafa aplica las mismas tesis en un Inter siderúrgico que en este Real Madrid de los mil y un talentos. Tanto pesimismo merengue podría no haber existido si el equipo hubiese puesto en bucle los primeros diez minutos de derbi, hasta que el despiste de Sergio Ramos tumbó el castillo de naipes. Ése fue el red bull que dio alas al Atleti menos ‘cholista’ de los últimos tiempos. Quizá por eso, no fue el derbi eléctrico al que tipos como Diego Costa o Raúl García metían los voltios necesarios para abroncar el juego. La plantilla es más sugerente, con más peones de quita y pon y un pequeño ‘kuncito’ con ansias de liarla llamado Ángel Correa; pero sobre todo es higiénica. Aparece otro Atlético de laboratorio que intenta agarrar el balón a ras de césped y no envidar todas las cartas a los juegos de aviación. Este año las faltas ya no son medio gol y la cabeza de Godín no es tan prodigiosa. Falta madurar la nueva idea, pero hasta entonces se admiten ocurrencias en el think tank.

El Madrid también tiene demasiado trajín en su laboratorio de ideas. ¿Aguantará Florentino Pérez las reminiscencias ‘capellistas’ de Benítez? La segunda parte del Calderón fue una oda a la racanería que, pecando de ventajista, nadie sacaría a la palestra sin el gol de Vietto. Casemiro aguanta los puñetazos en las vértebras y permite que Kroos y Modric no se embarren tanto. El problema en la sala de máquinas es que la distancia entre el alemán y el croata son un buen puñado de galaxias. A favor de Modric, claro. Kroos recorre kilómetros esta temporada, muchos como un “pollo sin cabeza” (Toshack dixit). De repente, no encuentra ese guante de seda que coloca balones en cualquier palmo del campo. En cambio, Modric sigue siendo ahora mismo el futbolista total del Madrid., por delante de Cristiano, y de todos. Por segundo año consecutivo, un resfriado suyo puede alterar el destino de todo un club. Y no suena exagerado porque el precedente está ahí. Tampoco hay que recurrir a hipérboles para soltar que CR7 debería acabar su vida en el Madrid como delantero centro, y no en la banda izquierda donde sus dotes físicas comienzan a oxidarse. Su remate es tan letal por tierra, mar y aire, que no tiene nada que envidiar a Hugo Sánchez. Y eso son palabras mayores.

Benítez no es amarreta, ni siquiera practica el arte simplón del patapum p’arriba del que fardaba el guiñol de Javier Clemente. Sin embargo, el club le va a presionar si abusa en su vicio por la contención. La orden del general fue retrasar líneas para matar al contraataque y, lejos de sentenciar el derbi, acabó la noche con una crítica de Benzema: “Con todos atrás es muy difícil marcar goles”. Primer aviso de una de las estrellas del presidente. No obstante, las estadísticas son la prueba de que el algodón no engaña y los otros dos empates ante Sporting y Málaga fueron consecuencia de casi cincuenta disparos aciagos. Pero como el fútbol es una noria de sensaciones, la del Madrid de Rafa es que aburre a los puristas y en las barras de los bares. Los partidos de las cuatro de la tarde son una duda entre intentar sobreexcitarse con el Madrid delante de la tele o elegir el bendito hábito de la siesta. Casi una duda cartesiana.