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Archivo de la categoría ‘Cruyff’

De portería a portería guarrería

Martes, 30 Agosto 2016

image4.jpgJohan Cruyff decidió echar de su Dream Team a Andoni Zubizarreta en el autobús que transportó al equipo del avión recién aterrizado en El Prat a la terminal. El Barça había sido destripado por el Milan de Capello en Atenas y la intervención quirúrgica fue inmediata. ‘Zubi’ había caducado porque el fútbol al primer toque requería un portero pelotero que supiese tocar de primeras sin el patapum p’arriba de Javi Clemente. Según Cruyff, “el talento de un guardameta con los pies se tenía o se aprendía entrenando”: confirma la teoría de que los porteros son tarugos porque quieren. Zubizarreta salió escaldado y el suplente, Carles Busquets, tomaba galones. Su apariencia de portero de balonmano escondía un sutil gusto por el balón que convenció al holandés. Lástima que el experimento resultara un estropicio. Pero la idea de que el portero no sólo se esforzara con las manos penetró en La Masía. Víctor Valdés sigue siendo la explicación irrebatible a la idea cruyffista: la pelota sólo se rifa en situaciones de mayday. lo demás significa blasfemia.

En el verano de 1995, Jesús Gil fichó al portero del Albacete, José Francisco Molina. Sus modos poco ortodoxos gustaron al presidente del Atlético porque el ocaso de Abel Resino era inminente. En la última jornada de aquella Liga, el ‘SuperDepor’ destrozó al Alba con un demoledor 2-8; horas después, Gil telefoneó a Molina para animarle cuando el portero se temía lo peor con aquella llamada. Por una vez, el difunto presidente no sacó la guadaña y confío en el nuevo modelo de portero que había comprado. Y no defraudó. Molina fue un vanguardista de su época, jugando a treinta metros de su portería y comiéndose el marrón de los centrales. Era un líbero a la antigua usanza. sacando el coche-escoba para cortar pases al hueco y centros calibrados desde campo contrario. Radomir Antic podía comprimir al equipo en un tercio del campo porque la defensa tenía a su portero pegado en el cogote. Dicen que si Cruyff no hubiese sido despedido por Joan Gaspart al final de temporada, habría intentado convencer a Molina.

Ter Stegen rompe con el prototipo alemán de portero frío, calculador y dominante en el aire. No se parece en nada al mítico Bodo Illgner ni al ágil Andreas Köpke. Le gusta otear su propia portería desde el horizonte, como a Neuer, y entiende el fútbol como un deporte en el que quien se pone bajo palos no tiene por qué ser el paquete del grupo. Sigue sin creerse que a un colega se le pueda caer el larguero encima como le sucedía a Oliver Kahn. Ya no se trata de parar envestidas sino de leer el juego desde una posición privilegiada. Él es el último porque se gusta en un mano a mano, pero no pasaría desapercibido en el centro del campo, organizando la táctica como Luís Milla. Claudio Bravo es un portero en el sentido más estricto de la palabra, pero Ter Stegen representa el futuro, arriesgado, casi siempre en el alambre, pero de un atractivo demasiado morboso como para perdérselo. Así piensa Luis Enrique y el cancerbero alemán que en San Mamés regaló a todos esos locos estadistas una cifra histórica: 51 pases realizados al pie y 11 al contrario por despeje o mala praxis. Y tiene el punto de locura que distingue a su posición, atrevido para cabecear en la medular y amagar con un regate casi en su línea de gol. O le tomas o le dejas por riesgo cardiaco. El Barça se ha decidido por él; Guardiola también le había incluido en su revolución de Manchester. El fútbol progresa en el campo a la velocidad de la luz eliminando al portero comparsa, pero mantiene la regla no escrita de los patios de colegio: ‘De portería a portería es guarrería’.

El problema es el pasado

Domingo, 14 Diciembre 2014

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Pep Guardiola jamás habría imaginado una distancia tan sideral entre el prodigio que él dejó y cualquier Real Madrid. En una conversación con su mano derecha, Manel Estiarte, durante su último año en Can Barça, el entrenador le comentó que “el modelo fabricado por Cruyff y moldeado por él tendría larga vida con o sin títulos” si nadie lo rociaba con gasolina. Han transcurrido dos temporadas y media, y el barcelonismo recurre con nostalgia a la final de Wembley de 2011, en la que el mundo presenció el último gran monumento al fútbol. Para un público tan acostumbrado al Circo del Sol, es duro asistir ahora a funciones de teatrillo de barrio. Lo sufrió en sus carnes Sir Bobby Robson cuando aceptó el encargo de comerse el marrón de la era post Cruyff e incluso al propio Guardiola, de quien el Camp Nou murmuró justo en su inicio que el banquillo dejado por Rijkaard le quedaba demasiado grande. Luis Enrique fue entrenador por Robson y Rijkaard y compartió vestuario con Guardiola. Pero ni siquiera en esa amalgama de ideas Luis Enrique puede ser encasillado.

El Getafe fue la enésima prueba de que el algodón no engaña y, a falta de veneno, se asoma una crisis galopante de estilo. La inspiración divina de Messi a veces se queda a pulgadas del gol y contagia a todo el equipo. Ni siquiera Iniesta, experto en sacar conejas de chisteras, se desmarca de esa extraña vulgaridad que arrastra su equipo. “Ni ellos mismos se reconocen”, comenta uno de pesos pesados del Dream Team. Leí un tuit fantástico ayer que decía que este Barça es un homenaje al New Team de Oliver Atom de Campeones, la famosa seria animada de los noventa. Y sí, da la impresión que si Messi no reclama el papel  de Oliver o su archienemigo, Mark Lenders, el resto juega al nivel del tuercebotas Bruce Harper.

Para el exquisito paladar del socio culé, ya no se trata de golear sino de volver a la génesis del balón que ha distinguido al Barça en eso de més que un club. “No podemos vivir del pasado”, es la cruda realidad que explica el capitán Xavi en una entrevista en El País Semanal. Las comparaciones, aparte de ser odiosas, suelen ser psicosomáticas en determinados vestuarios. Y el del Barcelona no es una excepción. El problema es el de siempre: por dos veces (Cruyff y Guardiola) el club se ha encontrado con un modelo perfecto en estilo, arte, jugadores y cantera. Ver al Barça era divertido, así de simple. Es la conclusión que les atormenta desde que Pep exigió a Sandro Rosell el despido de Piqué, Alves, Cesc y Villa, los que a su juicio iban a provocar inestabilidad futura.

Luis Enrique ha ido a pecho descubierto con sus ideas: a Xavi le retuvo sin la garantía de la titularidad; a Deulofeu, la joya de La Masía, le echó por vago y a cualquiera que se rebrinque, no tendrá inconveniente en cantarle las verdades del barquero. Las suyas, claro. Pero, aunque no lo confiese delante de las cámaras, es consciente que entrena a un Barça de Hacendado que podrá gustar más o menos, pero que no merece el gasto de un capricho. Quizá el asturiano necesite la manoseada coartada de la adaptación; el inconveniente es que ni Barça ni Madrid toleran la paciencia. Es ganar o a la calle. O, al menos,  intuir un futuro grandioso (como pasó con Rijkaard en su primer año con Ronaldinho). De momento eso tampoco sucede. 

Barça, como el resto de los mortales

Lunes, 1 Diciembre 2014

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“Ganamos como el resto de los mortales”. No es un comentario soberbio, sino la reflexión medio en broma medio en serio de una leyenda del barcelonismo. Ahora comenta en Bein Sport y, como el Barça actual, también sufrió un “bajonazo” de estilo: del primer toque de Cruyff a golear por lo civil o lo criminal con Bobby Robson. Esta voz autorizada en Can Barça cuenta que el Camp Nou les llegó a pitar instantes después de que marcaran el sexto gol al Valladolid en un partido liguero. El Barcelona de Luis Enrique sigue siendo un niño probeta experimentado partido a partido; y sí, ahora gana como el resto, remangándose la camiseta en el fango. El 0-1 de Mestalla es de los resultados imprescindibles en su videoteca si el Barça acaba ganando la Liga finalmente. En un combate de boxeo, habría ganado con un directo decisivo a la lona, pero a los puntos habría perdido porque el Valencia no mereció ese sopapo en el último suspiro. Marcelino, entrenador del Villarreal, se quejó hace unos días que estaba “hasta los cojones de jugar bien y perder”; Nuno no fue tan gráfico pero pensó lo mismo cuando Busquets ejecutó a Diego Alves después de una parada con la cara made in David Barrufet.

Casualidades de la televisión (o no), Cuatro emitió a la misma hora del Valencia-Barça una entrevista en profundidad con Cruyff en  la que repasó su vida con anécdotas, unas conocidas y otras inesperadas. Preguntado por una visión simplona del fútbol, el holandés respondió sin vacilar: “En un partido sólo hay un balón, y si lo tengo yo, mando yo”. Luis Enrique no comparte esa idea de que la mejor manera de defender es tener la pelota; sus partidos de alta alcurnia tienen pinta de ser carruseles de ida y vuelta en los que Claudio Bravo tiene mucho que decir. Sucedió en Paris donde jugó y cantó Ter Stegen, en el Bernabéu y, por supuesto, ante un Valencia preparado para una nueva instrucción en Europa. Y eso que la alineación del asturiano chirrió cuando el club anunció a Busquets y Mascherano en el centro del campo. Demasiado hormigón para un estilo afiligranado de pases rápidos y milimetrados. Guardiola fió su éxito al método de escuadra y cartabón de Xavi Hernández; ahora tiende más al típico Madrid (no éste) que gana pegando más duro. Del ‘’flota como una mariposa y pica como una abeja’ de Muhammad Alí al puñetazo seco de George Foreman.

De momento Luis Enrique necesita llenar el saco de goles y aguantar los palos del estilo. Con Messi reactivado y Luis Suárez olfateando el área, sólo le falta cuadrar el sudoku, el asunto más difícil. Hasta que lo consiga, las comparaciones seguirán siendo odiosas. Y más, con un Madrid en plan avasallador que no perdona ni una y va directo contra el récord de Frank Rijkaard. Dieciocho victorias son palabras mayores, pero aquel Barça las hizo fáciles sacudiendo a cualquier rival con un máster acelerado de fútbol estético impartido por el gran Ronaldinho, cuyo ímpetu fiestero le privó de ganar un puñado de Balones de Oro. Entonces era un Barça que levitaba sobre el césped, aunque tampoco es la idea que ansía Luis Enrique; él nunca echaría la bronca que Guardiola le pegó a Schweinsteiger por disparar fuera del área antes de intentar meterse con el balón hasta la cocina. Cuestión de estilos, pensará el asturiano; falta de tacto, dirá Cruyff. 

Barça probeta

Martes, 4 Noviembre 2014

“Se ha abierto la veda”. La intuición no le falló a Luis Enrique en la rueda de prensa posterior al batacazo del Celta. Menos de cuarenta y ocho horas después, Johan Cruyff, extinto gurú del barcelonismo para al actual directiva, lanzó un mísil por tierra, mar y aire que ha revuelto a la opinión pública. En un discurso made in Groucho Marx, el holandés soltó una simpleza quizá no tan simple: “Para hacer funcionar al equipo, primero hay que saber lo que funcionaba para darse cuenta de lo que no funciona”. Y apenas basta un puñado de partidos para darse cuenta que el Barça tiene averiada la sala de máquinas, el sitio donde empezó la génesis de la época dorada de Guardiola. Sin hurgar en el morbo (sabido es el odio sarraceno que se profesan Cruyff y los ejecutivos del club), el ex entrenador se ayudó de premisas filosóficas para describir el galimatías táctico que está confundiendo a Luis Enrique: “Si el primer defensor es un atacante y el primer atacante un defensor, entonces no sólo hay tres jugadores”. La prensa busca en Cruyff un titular facilón para vender por qué no funcionan de momento los tres magníficos. Ellos son los hombres del momento, los que arrasan con sus goles en las portadas y también los primeros monigotes en el juego periodístico del pim, pam, pum.

Andrés Astruels es una de las grandes voces autorizadas para hablar del cruyffismo y de cualquier injerencia que lo ataque. “En los noventa, cada derrota del Barça apuntaba a Koeman, Laudrup y Stoichkov”. Eran los tres magníficos de entonces, las estrellas que llamaban la atención en cualquier estadio sin llegar a ser las multinacionales que fabrican talegadas de dinero con las botas puestas. El pequeño gran matiz de aquel Barça del primer toque con el trailer que intenta arrancar Luis Enrique es que antes había un ídolo por línea. “Koeman sacaba el balón con centros inteligentes mientras desempolvaba el cañón; Laudrup patentó el departamento de creatividad, mientras que Stoichkov era el ejecutor por excelencia”. Una descripción perfecta del engranaje de aquel reloj suizo que lo hacía todo perfecto mientras hubiese un balón por medio. Guardiola, otro actor principal de ese Barça, llevó la idea hasta el extremo, obsesionado con la posesión útil e inútil para demostrar que sí es posible marear a los rivales llevándoles la pelota hasta su cocina.

Pero la sensación del nuevo proyecto es el de una probeta detrás de otra. Apenas encaja goles pero carece de de inmunidad defensiva. De repente, el Camp Nou siente nostalgia de un Carles Puyol, a quien la temporada pasada se le había pedido a gritos una jubilación extraordinaria. Piqué no puede ni quiere salir del ojo del huracán; Mathieu funcionó de central hasta que cavó su tumba de lateral en el Bernabéu; Bartra es una sospecha permanente y sólo Mascherano, más ‘jefecito’ que nunca, intenta aguantar sobre sus espaldas la mole defensiva. La radiografía continúa hacia arriba, con el paciente quejándose de un fuerte dolor de pecho porque el doctor Luis Enrique no le ha recetado el medicamento adecuado. A Iniesta se le espera su primer número de magia del año y Xavi es una enigma constante, con un motor diesel que carbura, se gripa, carbura…

Dolor de cabeza no sufren. El Celta salió vivo del Camp Nou tras recibir una somanta de palos y largueros, literal. Y la inercia goleadora de Messi, Neymar y Luis Suárez no se debate, sí sus ubicaciones en el campo. Messi se ha distanciado de la portería para buscar asistencias o las arrancadas explosivas que todavía no llegan. En cambio, Neymar sí está fino, con la guadaña alzada cada vez que pisa área o encuentra la mirada cómplice de Leo. Es esa simbiosis la que está buscando Luis Suárez, el último de la fila. En el Bernabéu demostró maneras y, como dice Paco González, “sólo es un mínimo porcentaje de lo que puede flipar el Camp Nou”.  Como dice Cruyff, “es cuestión de que encajen”; claro que el holandés ya olió problemas el año pasado con “dos gallos (Messi y Neymar) en el mismo corral”. Imagínense tres.

Deulofeu imitando a De La Peña

Domingo, 10 Agosto 2014

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La última gran decisión de Cruyff antes de que Núñez y Gaspart precipitaran su ocaso fue poner en órbita a Iván De La Peña. Lo Pelat representaba ese fútbol que el holandés había descubierto al Camp Nou, y con él y aquella ‘Quinta del Mini’ el legado de los rondos con balón estaba garantizado. De La Peña era un “producto de serie que no había aprendido de nadie”, como dijo Luis Enrique cuando compartió vestuario con el canterano en 1996. Sin embargo, su inescrutable cabeza y una apatía insospechada impidieron moldear del todo a la versión vanguardista de Guardiola que Cruyff había concebido. El trato paternalista del técnico con el canterano siempre se alimentó con indirectas: “Tiene que darle más rapidez al balón”, fue lo único que comentó Cruyff sobre De La Peña en la rueda de prensa posterior a un Betis 1- Barcelona 5 con exhibición del centrocampista y golazo de vaselina incluido. Era el método para espabilar a su nuevo jugador franquicia y explicarle que la reconstrucción del ansiado II Dream Team no consistía en un par de números de Circo del Sol. Pero el Barça ya había tomado la decisión de empezar de cero en el primer equipo: Cruyff se iba fuera y la flamante creación de La Masía no tenía otra opción que soldar forzosamente su estilo a la pizarra férrea de Sir Boby Robson. Casualmente, donde Luis Enrique comenzó a escribir su historia azulgrana.

Gerard Deulofeu revive el espíritu rebelde de Lo Pelat. Cuando coge el balón, se imbuye en su mundo, ése en que sus compañeros corren detrás de él y se quita a rivales mediante quiebros y túneles hasta que ve la portería, como si intentase recorrer todo el campo oblicuo de Oliver y Benji. Una jugada aislada arranca aplausos; dos quizá murmullos, pero tres acaban cabreando al entrenador. No quedan muchos genios ‘chupones’ por Europa: a vuela pluma, se llevan la palma Robben, a quien Guardiola ha sabido aleccionar en solidaridad, y Eden Hazard, del que Mourinho ha dicho que tiene “un imán en los pies para lo que quiere”. Roberto Martínez, entrenador del Everton, lamentó la salida de Deulofeu la pasada temporada porque éste iba a ser su año en la Premier League. Luis Enrique no lo tiene tan claro y exige al canterano más responsabilidad que a los otros elegidos de La Masía. Si entendiese la palabra ‘equipo’ sería el doble mejor y eso significa apretar los dientes en defensa: su nuevo entrenador no le pide estadísticas en robo de balón, pero sí que se vea que al menos estorba. El Luis Enrique futbolista no era un malabarista de la pelota, sin embargo goleaba con la misma facilidad que incordiaba a los delanteros rivales.

Las oportunidades a La Masía no son un capricho de verano. Luis Enrique ha diagnosticado al paciente y su intervención quirúrgica consiste en injertar esa nueva ‘Quinta del Mini’ con los rescoldos de Guardiola y los fichajes de Zubizarreta. El público quiere seguir aplaudiendo a su factoría porque, lejos de  títulos y estrellas a golpe de talonario, la escuela es la escuela, donde empezó la génesis del Barça. Rafinha y Munir están sacando adelante la nueva promoción: el hermano de Thiago conoce el misterio del ‘falso nueve’ de Luis Enrique y al madrileño Munir le sobra desparpajo, se ve a la legua que está manufacturado en La Masía. Atentos a este delantero flacucho y escurridizo, al que poco le importa que la prensa presuma de tridente Messi-Neymar-Luis Suárez. La gente sabe que es uno de los suyos.

 

Guardiola nunca se fue

Lunes, 10 Marzo 2014

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“Del més que un club, el Barcelona ha pasado a ser un club más como otros”. Es una de las grandes reflexiones del fin de semana y para encontrarla hay que irse a Francia, donde Christophe Dugarry, comentarista estrella de Canal Plus Francia, analiza a su ex equipo partido a partido. Ya ni siquiera la prensa barcelonista intenta consolar al gran público porque todos coinciden en el apocalipsis de este ciclo; sin ir más lejos, Lluis Mascaró escribió con contundencia en su contraportada dominical del Sport: ‘Fin de ciclo’. El estado de desánimo recuerda al fin de Frank Rijkaard, sólo que entonces la opinión pública mandó al cadalso a varios personajes acusados de culpables, empezando por el propio entrenador y seguido del trío caprichoso Ronaldinho, Eto’o y Deco. La guerra de egos destruyó a un equipo predestinado a ganar un puñado de Champions. Hoy, el Barça vuelve a desvencijarse sin un vestuario en llamas. “Tarde o temprano debía llegar este momento”, dice Josép María Minguella, conocedor de la mayoría de secretos de alcoba en ese club. El Barça no es ninguna excepción: el Ajax de Johan Cruyff se tambaleó con la salida de su mito; el gran Milan de Sacchi (y Capello) naufragó desde la derrota contra el Ajax en la Champions del 95 y el Madrid más universal pecó de galacticidio. Es la ley del fútbol y al barcelonismo le consta.

Pero el Barça sigue siendo excepcional en su raíz de origen, no la centenaria sino la que motivó Rinus Michels, primero, y Cruyff, después. El fútbol contemporáneo se rige por las leyes del resultado y el botín de títulos acumulados basta en todos los clubes salvo el azulgrana. Gane o no Champions, Copa o, incluso, Liga, la conclusión será igualmente unánime: la necesidad de resetear una plantilla ahíta de éxitos. Y como las comparaciones son tan odiosas como inevitables, el Madrid fichó a Mourinho con el único cometido de ganar a cualquier precio, mientras que Guardiola abandonó el club de sus amores dejando una advertencia: las victorias no importan tanto como el estilo. Y aunque sea una afirmación demagógica (cualquier culé preferiría una Champions estilo Chelsea de Di Matteo a dos o tres temporadas de espectáculo baldío), prensa, afición y el propio club han inventado un universo paralelo donde el buen gusto debe primar sobre todas las cosas. En esta dimensión ha aparecido el ‘Tata’ Martino como un ente extraño que cogió el Barça por accidente y a quien no se le ha exigido descubrir la pólvora sino motivar a sus jugadores para intentar un último año bestial antes de la catarsis de jugadores.

Y aunque el “talento permanece pero la edad no perdona”, como suele decir Jose Mari Bakero, testigo directo del final de Cruyff en el banquillo, los ‘Picasso’ patentados por el Barça seguirán pintándose con la misma brocha pero diferentes pintores. Es el fruto de la impotencia y, en consecuencia, de pataletas infantiles como Xavi y sus eternas quejas contra los pastos de vacas, o la fe ciega que proclama Dani Alves después de cada derrota. La causa apunta a la falta de actitud, de salir en Zorrilla con las mismas ganas de una noche de Champions. Y en ese achaque falla hasta Leo Messi. Por eso, el próximo clásico del Bernabéu sí pinta a otro partido del siglo: el que decidirá si la apuesta de Ancelotti es la guadaña que necesitaba Florentino para destripar al eterno rival o, en cambio, si el Barça todavía alegra a su gente cuando le apetece. Suceda el 1, X o 2, el caos institucional derivado en el césped borrará cualquier vestigio de Rosell y, por ende, su antecesor Joan Laporta. Sin embargo, aún con el amanecer de un nuevo Barcelona, la misma efigie seguirá ondeando en las gradas del Camp Nou: Pep Guardiola.

Tora, Tora, Tora…la película del ‘Tata’

Mircoles, 27 Noviembre 2013

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Cualquier lector intuiría un futuro apocalíptico en el Barça a tenor de las crónicas de su derrota en Ámsterdam. Sonaban a debacle irreversible, como si el equipo hubiera tirado la Champions por el sumidero. Juan José Pallás se pregunta en el Mundo Deportivo si ‘¿Fue sólo falta de actitud?’; Sport tituló en grande ‘Perder no importa, cómo se pierde, sí’; Ramón Besa no se corta en El País sugiriendo ‘Una lección histórica’, mientras que Francisco Cabezas escribe sin contemplaciones en El Mundo que ‘ha quedado claro que el balón le importan un comino, que el centro del campo no es más que un enorme trozo de campo donde Xavi ve los balones volar sin remedio’. Si a esos demoledores titulares, Pique añade más carnaza confirmando una ‘falta de actitud’, entonces el porvenir del entrenador, acusado por la opinión pública como el capitán Alfred Dreyfus, pinta demasiado negruzco. Más, si cabe, cuando el ‘Tata’ Martino no tiene una pluma como Emile Zola que le defienda.

El pasado 06 de noviembre Martino confesó medio en broma medio en serio que estaba viendo “películas de guerra” para defenderse. Una semana antes, no pudo contenerse delante del micrófono y confesó haberse hartado de tanta “crisis semanal”. Alguien que deteste el fútbol podría pensar que el Barça esta sumido en caos y destrucción, a punto de dilapidar el prestigio estratosférico de los últimos tiempos. Al menos, ésa es la sensación del ‘Tata’ cada vez que se sienta en conferencia de prensa para recibir metralla de la prensa que cubre al primer equipo. Da igual que sus chicos goleen al Levante 7-0, la sombra de Guardiola es demasiado alargada; tampoco importa que gane su primer clásico contra el Madrid si el ‘tiqui-taca’ se ha oxidado. ¿Qué películas habrá visto el míster? Encaja bien Tora! Tora! Tora!, maravilloso film americano-japonés sobre el ataque nipón a la base naval estadounidense de Pearl Harbor. El ‘Tata’ aceptó el encargo de dirigir un transatlántico con todo lo que eso conlleva, pero nunca imaginó sentir el impacto de los misiles tan pronto. La prensa culé le obligó a entender que ganar no es suficiente en can Barça, sin que nadie le diera un margen de espera, de adaptación. Al contrario, las hienas estaban esperando el primer cadáver, y llegó a costa del Ajax, en un escenario muy simbólico, pero que en la práctica poco le debe afectar al ‘Tata’.

Muchas de esas crónicas apelan a la génesis del Barça contemporáneo. Y para mayor escarnio del entrenador, Johan Cruyff presenció en el palco un equipo que, según sus declaraciones, poco se parece al suyo. El día de su presentación, Martino aseguró que venía a “adaptarse”. Utilizando esa palabra, los periodistas intuyeron que la esencia del club perduraba por encima de todos, incluso de un forastero elegido a contrarreloj por la directiva. Pero transcurrido el tiempo, el argentino ha aguantado carros y carretas mientras el Barça rompía récords y apuntaba a la Liga como candidato indiscutible en el primer tercio de campeonato. Y aunque la grada no es tan animosa como antaño y el fútbol haya perdido quilates, comprende que la promoción de oro liderada por Messi, Xavi e Iniesta es cinco años más vieja que cuando culminó la perfección más absoluta que jamás ha inventado un equipo.

La lectura simplona es que el Barcelona sigue siendo un club ‘familiar’ con una cultura insustituible, la ‘cruyffista’, y blindada contra injerencias externas. En cambio, el Madrid, por su urgencia de títulos, sí es voluble a cambios de filosofía: del metódico Pellegrini al extenuante Mourinho, y ahora con la incertidumbre táctica de Ancelotti. El ‘Tata’ no tiene la culpa: llegó para aplicar sus conceptos y de momento funcionan casi al cien por cien (dato estadístico). Que no gusten es cuestión de gustos. No obstante, no le vendría mal alguna ayuda que no salga de sus jefes. Quizá se sienta como el soldado Ryan en la oscarizada obra maestra de Spielberg.

La penúltima de Ronaldinho

Jueves, 1 Agosto 2013

“Eres un hijo de puta por haberte dejado ir y robarnos el placer de verte seguir jugando en el Barça”. En tono cariñoso pero con todo el sentido demoledor del mundo, Guardiola dio a Ronaldinho la extremaunción. Porque, advertido por Laporta, el nuevo entrenador sabía que debía extirpar ciertos cánceres del vestuario para recuperar los anhelados valors y, desde luego, la fumigación debía empezar con el brasileño. Pocos meses antes de la defunción de Rijkaard, el ex presidente Joan Gaspart emprendió una defensa a ultranza del crack azulgrana: “Ronaldinho no está acabado ni mucho menos. Sólo hay que enderezarle”. Sabias palabras aunque nada prácticas, porque el gurú presidencial, Johan Cruyff, ya había inclinado el pulgar hacia abajo: Dinho ya había dado lo mejor de sí en Barcelona y sería mejor recordarle por haber levantado al Bernabeu con aplausos que por su última fotografía sin camiseta, la de la silueta ensanchada. Cruyff sugirió a su amigo Laporta que a un mes vista para acabar el calvario liguero que culminó con el paseíllo azulgrana al Madrid, la directiva debía moverse rápido para hacer un buen negocio con el otrora ídolo de masas en Can Barça.

“Espero triunfar en otro sitio donde me quieran”, espetó Ronaldinho en una entrevista con O’Globo y en medio de la riada de ofertas que llegaban a los despachos de Barcelona. El entonces director deportivo, Txiki Beguiristain, se entusiasmó con la oferta del Manchester City por 31 millones, pero el jugador prefirió el Milan, un equipo que había jugado tres finales de Champions consecutivas casi por inercia y donde no le faltaría amor, ni de Adriano Galliani, enloquecido el día que comunicó por teléfono móvil a Berlusconi que “¡ya estaba cerrado, estaba cerrado!”, ni del propio primer ministro italiano. Ambos pecaron de pardillos, creyendo que el talento de Ronaldinho afloraría simplemente frotando la lámpara; tardaron en comprender que el problema de su flamante estrella era más de diván de psicólogo que de piernas. Y, precisamente, Milan no era una ciudad acostumbrada a la vida monacal; al contrario, albergaba las fiestas más selectas para gente demasiado adinerada y, por supuesto, él lo era con sus amistades peligrosas. Después de una primera temporada mediocre en Italia, Dinho no tuvo al lado ningún tutor que le obligase a enclaustrarse en casa para dejarse la vida en los extenuantes entrenamientos del Calcio; todo lo contrario, se rindió a los encantos de la noche lombarda y de otras ciudades próximas en avión. En octubre de 2009, después de un nefasto comienzo liguero, el diario L’Equipe publicó que Ronaldinho se había corrido una juerga en París con amigos, chicas y litros de champán. Hasta ahí todo correcto, dada la vida disoluta del jugador. Pero la noticia no fue la fiesta parisina en sí, sino que al día siguiente debía jugar contra el Atalanta a las tres de la tarde, horario típico de fútbol italiano. Fue entonces cuando Berlusconi ejerció de líder y le sugirió jurar delante de todo el vestuario de Ancelotti que se tomaría en serio la temporada.

Los niños y a veces los genios irreverentes espabilan mediante guantazos; Ronaldinho no fue una excepción. Sin el físico adecuado para las filigranas de otros tiempos, se dedicó a jugar y con la receta de las asistencias, colocó al Milan en la pelea por el título contra el Inter de Mourinho. Ronnie terminó máximo pasador del Calcio, por lo que había un mínimo resquicio para seguir creyendo en su causa. Sin embargo, sufrió un mazazo duro: el seleccionador nacional Dunga fue demasiado escéptico y decidió no convocarle para el Mundial de Sudáfrica. Rápidamente, la torcida brasileña, que había entendido los esfuerzos hercúleos de su ídolo por recuperar su versión fantástica, se movilizó contra el entrenador. Pero Dunga no cambió de opinión a pesar de la presión social, a lo que Ronaldinho respondió con un desafiante: “Un día te callaré la boca a ti y a otros muchos”.

Pues tres años ha tenido que esperar para vengarse de todos sus críticos, que no sólo se habían frotado las manos para atizar a Dinho en su declive milanista sino también durante su controvertida etapa en el Flamengo, en la que el club llegó al límite dantesco de anunciar un teléfono de emergencias para todos los aficionados que viesen o tuviesen pruebas de que Ronaldinho había estado de fiesta. Desde luego, Brasil no era el país idóneo si el mediapunta pensaba resetear su vida. Pero, al final, no han hecho falta ni consejeros aduladores ni psicólogos con ínfulas de sabios filósofos, sino un club humilde, el Atlético Mineiro, con un entrenador más sencillo aún, Cuca. A él se abrazó Dinho la noche que conquistaron la Copa Libertadores y a él agradeció “reencontrarse como futbolista”. Sin duda, y con el permiso de Neymar, el Mineiro ha sacado a la palestra al mejor jugador de los últimos tiempos que compite allí. Ahora tiene 33 años, nunca recuperará su figura estilizada, pero sí ha encontrado lo más importante: aquella sonrisa con la que nos deleitaba mientras hacía las veces de ilusionista con un balón. Quizá esté viejo, pero el seleccionador Scolari deberá pensárselo dos veces antes de anunciar la lista del Mundial. “Decían que estaba acabado”, soltó después de abrazarse a Cuca. Es obvio que todos cometimos la torpeza de darle por muerto, aún le queda otra jugada.

Guardiola baja al barro

Jueves, 11 Julio 2013

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“Se veía venir. Hasta Charly (Rexach) se va porque dentro del Barça ha pasado algo. Con Ronaldo también pasó y se fue. Como todos, por el engaño, por el comportamiento de Núñez y Gaspart. Es la conducta del club: siempre desprestigiando”. No es Guardiola, sino su gurú Johan Cruyff, quien esperó año y medio para rajar de arriba abajo a la directiva con la que se hizo un nombre en el banquillo y a la que acabó detestando. Como un reloj suizo, el ex entrenador aguantó hasta el momento preciso para soltar toda su bilis reprimida; el foro, mejor imposible: la plataforma ‘antinúñez’ del Elefante Azul de su buen amigo Laporta. Pero, a diferencia de Guardiola, el holandés ni abandonó la Ciudad Condal ni pidió expresamente que le ignoraran. Al contrario, Cruyff no se anduvo con tanto secretismo: un 18 de mayo de 1996, camino del entrenamiento matinal del Barça, se enteró por la prensa de que Núñez había contactado con Bobby Robson para sucederle. Su consecuente cabreo de proporciones bíblicas alcanzó a Gaspart, que esa mañana acudió al centro de entrenamiento para apagar el incendio que se avecinaba.

Guardiola no ha tardado tanto en reventar el establishment de Rosell. Desde su atalaya de la Gran Manzana, a “seis mil kilómetros de distancia”, ha olido rumores que percibe nauseabundos, emanados desde los despachos de Can Barça y transmitidos por sus periodistas pretorianos de La Vanguardia y Mundo Deportivo), lo que le ha enrabietado hasta límites insospechados. Tanto, que su estereotipo ‘mea colonia’ se ha ido al traste con una respuesta demasiado larga y fuera de lugar ante la pregunta sugerida en catalán por un reportero argentino. La rueda de prensa de Pep en la pretemporada italiana del Bayern obligaba a saber la verdad de las declaraciones del vicepresidente del Santos; “Tito no sabrá utilizar juntos a Neymar y Messi”, habría dicho Guardiola al padre de Neymar en la más estricta confidencialidad. “Ha habido demasiadas cosas este año en que se han pasado (la Directiva) de la raya. Utilizando la enfermedad de Tito para hacerme daño. Esto no lo olvidaré nunca porque yo a Tito le he visto en Nueva York y, cuando no le he podido ver, es porque no ha sido posible, pero no por mi parte”. Ni en boca de Rosell ni en la de su portavoz, Toni Freixa, se ha escuchado ni la más mínima insinuación sobre la relación Guardiola-Tito. Es la prensa afín al presidente la que ha alimentado ese morbazo del supuesto amor-odio de quienes fueron colegas de éxitos.

Si hace años las entrañas políticas del Barça describían un imperio, el ‘nuñismo’, contra la Resistance del Elefant Blau; hoy las altas esferas azulgranas están intoxicadas por una lucha de poderes entre la anterior presidencia y el engendro que nació de los excesos de Laporta, o sea, la vuelta de un Rosell descarriado durante la última edad dorada del club. Los conciliábulos que cuchichean por la ciudad contra los yupies de Sandro ven a Laporta como instigador y, a la vez, mártir número uno contra el nuevo régimen; él orquesta los ataques a sabiendas de que Cruyff, en ocasiones esporádicas, y Guardiola, por una vez, le llevan las balas. No obstante, el misil tomahawk que ha lanzado el técnico del Bayern por tierra, mar y aire estaba preparado desde el primer día en el que su último presidente atizó judicial y públicamente a su ex presidente y buen amigo. La reacción perpetrada, que no vehemente, de Guardiola agita al barcelonismo como una coctelera, en la que Guardiola y Cruyff son dos divinidades ya eternas para el soci y Rosell un presidente sin pena ni gloria. Y a nosotros, los periodistas, ansiosos de ver sangre, Pep nos va a ofrecee una película más excitante que un Chelsea (Mourinho)-Bayern. Lo ha conseguido: Guardiola y este Barça se han jurado odio eterno, sólo que el club no se atreverá a ir a la guerra. Popularmente perderían.

Cruyff intuyó bien, ¿y Tito?

Viernes, 3 Mayo 2013

Pretemporada de 1994. El Barcelona se estrena en Holanda con la intención de perpetuar el Dream Team sin el tránsfuga Laudrup y con Romario jugando al fútbol-playa en Copacabana al calor de la verbena mundialista. El despido fulminante de Zubizarreta tras su deplorable actuación en la final contra el Milan  (se lo comunicó Gaspart en el autobús que trasladó al equipo a la terminal recién aterrizado de Atenas) y la salida del danés apenas inmutaron a Johan Cruyff, quien todavía confiaba en su eje Koeman-Guardiola-Stoichkov para encontrar más momentos de gloria. Pero aquel amistoso de agosto cambió de un plumazo las expectativas del técnico holandés: los azulgranas abrían fuego contra el Groningen, equipo de media tabla, y nadie habría presagiado al descanso una de las mayores catástrofes en la historia de los bolos veraniegos. El Barça se metía en la caseta con un 4-0 adverso merced a una defensa de cartón-piedra (Geli, Nadal, Koeman y el debutante Sergi Barjuán) y, sobre todo, a la actuación tragicómica del ‘meta de balonmano’ Carles Busquets.

Cuentan que durante el descanso Johan ni señaló ni sermoneo a ninguno, tampoco hubo arenga alguna: simplemente nombró a todos los que jugarían en la segunda parte. Al final, Gica Hagi, el fichaje estrella de ese año, solucionó el desastre con un alocado 5-5. Cruyff no tardó ni diez minutos en dar la rueda de prensa y soltar que su intención era la de “matizar el equipo”, pero que la primera parte “le había dejado claro quién era quién en ese equipo”. La intuición del holandés no le traicionó: aquello fue el principio del fin para un grupo que había rozado o, mejor dicho, tocado la perfección estética al primer toque. ¿Hartos del éxito? Guardiola dijo hace dos días en Bogota que todos se cansan y que la gracia de su vestuario fue seguir con esa ansia. Sin embargo, el ex técnico advirtió que su Barça también debía ser “matizado”; no en vano, propuso a la directiva de Sandro Rosell una pequeña criba para evitar complacencias o posibles ‘elementos distorsionadores’. Vamos, sacar de allí a gente como Piqué y Dani Alves, cuyo rendimiento había bajado quizá por un estilo de vida disoluto.

El propio Piqué pidió “decisiones”. Siempre sincero y a veces políticamente incorrecto, el central hizo honor a la genial frase de Moneyball con la que el dueño de los Red Sox resume a Brad Pitt su cruzada revolucionaria en el negocio del béisbol: “El primero que rompe el muro sale sangrando”. Piqué reconoció en caliente (instantes después del pitido final) lo que la directiva no se atreve a revelar hasta que canten el alirón. La prensa agradece contar con futbolistas que den titulares, ése es buenísimo, pero es lógico que al Barça no le haya hecho ni pizca de gracia, y menos a Rosell, que echó balones fuera en el micrófono de Mónica Marchante al ser preguntado por esas declaraciones. El jugador dijo lo que su afición barruntaba y los jefes temían desde hacía semanas, las que han contemplado una sola victoria en la fase decisiva de la Champions. Lo dijo, pero no debió hacerlo: política de cualquier de empresa. ¿Os imagináis que un encargado de Zara recomiende a Amancio Ortega cambios en Inditex? Piqué cobra para jugar; las decisiones las toman arriba, empezando por Tito Vilanova.

La cuestión es Messi, siempre Messi. Por algo es el mejor del mundo y quizá de la historia. Pero la segunda eliminación consecutiva deja una lectura preocupante: la puesta a punto del crack argentino. El público se pregunta por qué el Barça no ha contado con todo el talento de su estrella. Falló su dosificación y su recuperación. Leo ya ha reventado cualquier estadística imaginable, así que nadie le reprochará seguir superando sus propios números. Sólo de ese modo el Barça recuperará su perfección; bueno, con eso y los retoques del próximo curso. Entonces, sabremos si la intuición de Tito es tan certera como fue la de Cruyff.