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Dani Alves, Samuel Eto’o….gente imprescindible

Viernes, 3 Junio 2016

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“Si Guardiola me dice que suba al tercer anfiteatro y me tire, pensaría que algo bueno debe haber ahí abajo”. Dani Alves es un tipo agradecido a quien le ha dado la fama; “que la gente mire lo que hago dentro del campo, no fuera, que es mi vida. Y si bailo, así soy yo”. Dani Alves es tan sincero como Samuel Eto’o, el primer culé que puso patas arriba el Camp Nou al son de correré como un negro para vivir como un blanco; “Hay mucho racismo en el fútbol. En España se venden como un país del primer mundo, pero en algunas cosas están muy atrasados”. Dani Alves es tan gráfico, que es capaz de comerse un plátano tirado desde la grada y servir de inspiración a media humanidad; “Ser del Barça es recomendable para la salud”. Dani Alves no necesita haber jugado en La Masía para presumir de ADN azulgrana; “A mí me pone cachondo mi chica, no un partido en el que te golpean”. Y Dani Alves se siente futbolista, pero sobre todo un privilegiado de la vida. Genio y figura hasta la sepultura, los periodistas esperamos las ruedas de prensa de Alves como un rottweiler con espuma en la boca en busca del mordisco. Armamos la metralleta y a la primera que suelta un titular demoledor vaciamos el cargador. Es brasileño pero entiende que la rivalidad hay que calentarla a la antigua usanza, como Stoichkov y Míchel, Gaspart y Mendoza. Con él se va uno de los personajes de nuestro fútbol y eso que todavía tenemos nostalgia de Eto’o, Guti, Schuster…Aborrecidos de tanta sota, caballo y rey en las salas de prensa, siempre nos quedarán Piqué y Cristiano Ronaldo cuando se alinean los planetas.

Dani Alves había firmado su defunción azulgrana un año antes, cuando retó en público a la directiva y renovó en plena efervescencia del triplete. Digno sucesor de Cafú, ha sido, de lejos, el mejor lateral derecho de la última década. Sus cabalgadas por la banda convencieron a Guardiola para inventarse un carrilero con esencia de extremo; tan pronto defendía su área como se inventaba centros con escuadra y cartabón. Monchi le descubrió donde ningún otro ojeador buscó, en un modesto club llamado Esporte Clube Bahía que lo vendió al Sevilla por menos de un millón de euros. Cuatro temporadas después y con un buen zurrón de títulos, el Barça le compró por 35 millones, hasta entonces el segundo fichaje más caro de la historia azulgrana, sólo superado por el del holandés Overmars. El Real Madrid se quedó con la miel en los labios, a pesar de que el propio Alves inmortalizó una de esas frases que tanto gustan a Florentino Pérez, “¿a quién no le hace ilusión jugar en el Madrid?”. La única verdad indiscutible es que el Barça no despilfarró el dinero porque al brasileño le bastó un puñado de partidos para agenciarse la línea de cal. Proeza de la genética, Guardiola llegó a preguntarse públicamente que para qué necesitaba un jugador delante de Dani si valía para todo. La estadística es sobrecogedora: cierra su ciclo firmando más asistencias que ¡¡Xavi Hernández!! Pongámonos en pie.

Nunca engañó a nadie ni dentro ni fuera del césped. Jugaba cada partido como si no hubiese mañana, y las redes sociales delataron su vida alegre, con ese eterno vacile que no pretende ser hiriente. Logró tanto en tan poco tiempo que bajó las revoluciones en el campo: en el último año de Pep, a Dani se le había nublado la mirada del tigre. Sus centros se quedaban cortos o largos por milímetros, y el lateral a veces se convertía en un coladero delante de un media punta escurridizo. No en vano, el propio Guardiola recomendó su traspaso porque se había desgastado demasiado. Pero Alves es un luchador que sólo se motiva con retos gigantescos (“si no me enfrentara a los mejores, estaría en el equipo de mi pueblo”); se acercó a su versión más exagerada con Tito Vilanova para amortiguar todas esos chismorreos que le escaneaban con lupa,  y acto seguido volvió a dejarse llevar. En los últimos años ya no era esa tanqueta que recorría la banda de fondo a fondo con un motor diesel; jugaba como si estuviese agotado, distraído en jugadas absurdas. Como a cualquiera, le ha llegado su fecha de caducidad: ocho años en el Barça y el suculento honor de ser el tercer futbolista con más títulos de la historia…¡del fútbol mundial! Sólo detrás de Ryan Giggs y Vitor Baia. Quédense con el legado de Dani Alves, una trituradora de trofeos y la mejor rotativa que podría tener cualquier medio de comunicación. Que siga la fiesta en Turín.

 

Un grupo de colegas

Domingo, 22 Noviembre 2015

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Gerard Piqué y Dani Alves podrán ser políticamente incorrectos, descarados en las redes sociales e incluso bromistas de mal gusto (que se lo pregunten al Getafe con su fiesta improvisada de Halloween), pero su permanente alarde de buen rollo y cualquier foto que cuelgan con el vestuario medio desnudo después de cada partido insinúan que los futbolistas del Barça son colegas. Esa camaradería la han utilizado tanto para levantar una crisis cáustica, cuando Luis Enrique no tenía buen feeling con la plantilla hace un año natural, como para irse junto al mismo cuerpo técnico a Port Aventura en un día de entrenamiento. Las numerosas comidas, cenas y asados de por medio delatan a un grupo de amigos que se diviertieron en el Santiago Bernabéu y sufrieron juntos en Balaídos. Luis Suárez reconoció que a menudo organizan reuniones familiares con Messi y Neymar; lejos de guerrear en una pelea de egos, las estrellas del Barça actúan como los juveniles que se han ganado una cerveza (o dos) después del partido matinal del domingo. Siempre sonriendo, la troupe azulgrana viaja a los estadios como una panda de amigos en las que Piqué es el alma fiestera y Messi una especie de jefe al que nadie se atreve a incordiar. Neymar desveló la esencia del buen rollo instantes después de ganar en el Vicente Calderón (1-2): “Messi es el líder y luego estamos el resto para ayudar”. Imposible que germine un ‘galacticidio’.

Los jugadores del Real Madrid suelen ir por libre. Sólo en muy contadas ocasiones montan cenas de hermanamiento (así se llaman) y en las redes sociales no son tan alocados. Quizás porque el código interno del club se lo impide o, simplemente, porque no les interesa, cada uno se dedica en cuerpo y alma a sus patrocinadores. Iker Casillas dijo una vez que los jugadores “no tenían por qué tomarse una coca cola después de los entrenamientos”. Cierto. Pero unos amigos que bailan sobre el césped como Billy Elliot en un escenario, jamás morirán por falta de actitud. Y cuando alguien se desanime, el resto le motivará para no alejarse de la manada. Eso no sucede en el vestuario del Madrid. Primero, Benítez titubeó en su respuesta cuando le preguntaron en verano si Cristiano Ronaldo era líder absoluto del proyecto; segundo, la intromisión táctica y mediática de Gareth Bale provoca una colisión con CR7, quien nunca ha halagado en público a la otra mole millonaria del equipo.

Dani Alves tenía una oferta mareante del Paris Saint Germain, pero prefirió quedarse en Barcelona por “su felicidad y la de su familia”. Cristiano coquetea con el mismo club porque considera que su marca comercial necesita nuevos retos, o como estrategia para mejorar por segunda vez un contrato. Mal momento para visitar el despacho del presidente, aunque siempre podrá usar la coartada de que a Messi se lo ampliaron un puñado de veces. La temporada pasada Audi entregó sus coches oficiales a los jugadores de Madrid y Barça en sendos actos: los blancos se lo tomaron como un marrón que se alargó demasiado, mientras que Neymar y Piqué se picaron al volante como si entrenaran para el rally de Cataluña.

Esas sensaciones de colegueo llegan hasta la caseta del jefe. Por ejemplo, Rafa Benítez exprime a sus jugadores incluso en la forma de pegarle al balón (información, no opinión), y Luis Enrique tardó en entender que su Barça funcionaba si él mismo actuaba como otro futbolista pero con ciertos galones. La obsesión del entrenador merengue es ese “equilibrio” que anoche consiguió con ironía: tan desastroso arriba como abajo; Luis Enrique avisó que la lesión de Messi no iba a alterar su hoja de ruta, “¿Sobrevivir hasta enero? De eso nada”. Roberto Carlos solía contar en las entrevistas que un equipo jugaba bien cuando todos se divertían. Ése fue Andres Iniesta, tan soso en sus declaraciones como cachondo en sus botas. A él le ponía “como una moto” el clásico. Lo supimos porque salieron a rueda de prensa durante la semana a contar sus impresiones. En el Madrid todo fue (y es) hermetismo, un búnker para evitar filtraciones. Ninguna arenga para excitar a las masas en momentos tan inciertos. Demasiado bloque de hormigón entre el vestuario y afición.

Tata Martino, forastero en el Lejano Oeste

Mircoles, 25 Septiembre 2013

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Sir Bobby Robson, que en paz descanse, nunca llegó a entender al público del Camp Nou en su año de transición entre el Dream Team de Cruyff y el proyecto faraónico que pretendía montar el presidente Núñez en torno a Louis Van Gaal. Para el caballero inglés fue difícil digerir silbidos durante un Barcelona 8-Logroñés 0. Fue, entonces, cuando comprendió que el Barça había olvidado su eterno victimismo para convertirse en un libro de estilo. No bastaba ganar, había que hacerlo dominando y agradando al soci. Por eso, Robson no ha quedado en la memoria azulgrana como, por supuesto, tampoco Van Gaal. Durante estos años Guardiola ha dejado un legado casi mitológico con una herencia extraordinaria a la par que venenosa. El Barça saboreó la perfección, repetirlo es casi utópico. Y no se trata de llenar la sala de trofeos sino de perpetuar un concepto renacentista de fútbol que, lo más importante, ha sido patrimonio exclusivo en Barcelona.

Las declaraciones del ‘Tata’ Martino remarcando el agravio comparativo entre su origen argentino y la venerada influencia holandesa del club ha agitado a la prensa deportiva de la ciudad. Su declaración removió hasta la tumba de Rinus Michels. Sin duda, poner en jaque a un entrenador por motivos aparentemente superfluos en todo el mundo, menos en Can Barça, claro, es casi un hito con precedente demasiado lejano, tanto que hay que retroceder al ominoso lustro de Joan Gaspart. La contratación exprés del ‘Tata’ se concibió como la del forastero del Lejano Oeste que observa desde la barra del ‘saloon’ la vida de sus lugareños. De ahí el maldito ‘problema’ que ha dejado Guardiola: la afición espera réplicas de su mesías una detrás de otra. Tito intentó emular al que fue su amigo, pero su enfermedad y un carácter dócil le impidieron retomar la obra maestra. Martino es un entrenador muy canchero que entiende la solemnidad de su nuevo club, pero que también quiere alargar su fama merecida de Newell’s. Los jugadores argumentan que su entrenador sólo quiere “proponer nuevos recursos” que eviten el colapso del tiqui-taca, como sucedió ante Chelsea y Bayern en las dos últimas semifinales de Champions, o en los últimos clásicos en los que Mourinho le había cogido el punto al Barça y, sobre todo, al Camp Nou.

Cierta prensa no aguantó que el Barça goleara en Vallecas al estilo predilecto de su archienemigo: el contraataque. Como dijo Juanma Lillo, al que tanto le gusta filosofar de tácticas,  “Valdés está inquieto porque le disparan cada vez más, y eso sucede porque los enanos endiablados tocan menos el balón”. La estadística lapidaria de la pérdida de posesión 316 partidos después corrió como un reguero de pólvora por la Ciudad Condal, el antes muerta que sencilla hasta las últimas consecuencias. Y el ‘Tata’ es un tío educado, paciente, pero que no va a tolerar que le acribille la opinión pública, él también saber responder y con un cañón bertha, además. Ciertamente, el Barça es més que un club, porque habiéndose marcado un arranque inmaculado, el debate del estilo en apenas un puñado de partidos es una locura. Sin embargo, este extraño encabronamiento no acabará hasta que se cruce el Madrid o éste quede relegado en la pelea por la Liga. Sin duda, el trasfondo lo generó Guardiola y parece que sólo él podrá cerrarlo. Por cierto, Dani Alves habló ayer a propósito del asunto y apuntó, cómo no, a la caverna mediática. Como si en Madrid no hubiera suficiente trabajo en detectar las impurezas del método Ancelotti.

Las malas noticias a veces no son tan malas

Lunes, 11 Marzo 2013

“Que el Madrid no tontee en la Liga porque se puede llevar un susto”. Joan Laporta hizo leña del árbol caído después del vía crucis que sufrió el Madrid de Carlos Queiroz, cuando, de una tacada, se dejó la Copa en Montjuic y la Champions en un remate traicionero de Morientes con su Mónaco. Comenzaba el grotesco fenómeno del galacticidio que acabaría devorando a aquella constelación que mandó comprar Florentino; por de pronto, una Liga casi solventada se tornó en pesadilla a falta de once jornadas, con el Valencia a seis puntos y el Barça a una distancia sideral. La hecatombe de Mónaco se convirtió en un síntoma difícil de digerir (y reconocer): los blancos perdieron siete de los últimos diez partidos  y volatilizaron el campeonato. El capitán Raúl asumió los galones durante la tragedia y salió a la palestra para intentar calmar al madridismo: “A pesar de las últimas decepciones (Copa y Champions), no vamos a dejar escapar esta Liga”. Las palabras del siete estaban cargadas de heroicidad, pero la realidad delató un vestuario desplomado y aterrado por no haber colmado unas expectativas que la prensa describió con tintes faraónicos. El club se había encargado de vender una de las siete maravillas del mundo sin detenerse ni un instante a firmar una póliza de seguro en caso de accidente. Y el que sucedió fue demasiado aparatoso.

Tiempo después, Carlos Queiroz, ya fuera del club, diagnosticó las causas del derrumbe. Su conclusión fue que el propio Madrid “se mató a sí mismo”, exigiéndose la Copa de Europa por encima de cualquier éxito. El técnico portugués, en una entrevista concedida en Inglaterra, comentó que la eliminación de Mónaco desconectó para siempre al equipo. “La Liga ya no tenía sentido para los jugadores”, señaló con resignación Queiroz. En su intento por depurar responsabilidades y quitarse el marrón de encima, en parte tenía razón: el entrenador tan sólo era un convidado de piedra en aquella apuesta planetaria. La adulación a la enésima potencia había sedado a una pléyade de estrellas harta de aplausos y que, sin embargo, no había arrasado en títulos. El Madrid podría presumir de alinear juntos a Zidane, Ronaldo, Figo y Beckham, incluso de jugar a ratos un fútbol de fantasía. Pero el presidente sabía que los títulos o, más bien, la Champions, era la única coartada para inmortalizar su mastodóntico sueño.

El Barcelona de Jordi Roura (así será recordado al borde del cataclismo) cada vez se esfuerza más en emular al Madrid de Queiroz. Obviamente, parte de las circunstancias nada tienen que ver con el galaticidio: los azulgranas se han llevado golpes psicológicos con las noticias de Abidal y Tito Vilanova difíciles de digerir y, sobre todo, de olvidar en el césped. Tampoco el Barça se ha traicionado a sí mismo: el estilo es perenne juegue enfrente el Madrid o el Milan, quizá porque este equipo está moldeado para marear el balón en cualquier palmo del campo. Son las actitudes de ciertos futbolistas, como entonces ocurrió en el vestuario merengue, las que están dinamitando el establishment culé.

Primero, Victor Valdés reconoció públicamente y a destiempo que su futuro ya no pintaba nada en Barcelona. Desde luego, el portero se puso la pistola en la sien, pues era consciente de que cualquier cantada se la restregarían hasta la extenuación. Dani Alves era uno de los señalados por Guardiola y la salida de éste supuso un alivio, pero no una motivación para el brasileño; sigue viviendo de las rentas. Y en el incordio del nueve, Villa y Alexis sólo esperan finiquitar la temporada y encomendarse a los caprichos del mercado; entre que Messi eclipsa a todos y que ninguno de los dos  arietes han causado expectación en la grada, el club se ha dado cuenta que Neymar ahora o nunca. Y para no caer en ventajismos, estas carencias prevalecerán remonte o no al Milan mañana. En definitiva, si el Barça repite este año las gestas de Guardiola, agradecerá el mal trago de las últimas fechas. Queiroz avisó que su Madrid no se sostenía por el discurso inalterable del presidente, Sandro Rosell sabe de primera mano por dónde debe meter el bisturí. Las malas noticias a veces no son tan malas.

Una desidia incomprensible

Domingo, 3 Marzo 2013

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La imagen de pasotismo absoluto quedó inmortalizada en el minuto 38: Messi pasa el balón a Iniesta en la medular y éste se la devuelve otra vez en cortito; el argentino sin pensárselo vuelve a cedérsela al manchego, que lo ve todo nublado y la deja en pies de Messi…así hasta ¡ocho pases! en apenas tres metros. Los jugadores del Madrid se mantienen en sus posiciones contemplando las idas y venidas del balón sin intención de acabar con el tostón. De repente, el fútbol de salón del Barça se ha esfumado como por arte de magia o, más bien, por una desidia incomprensible e inédita hasta hoy. Debían ser los azulgranas quienes usaran al Madrid como sparring para una de las batallas más bestiales que van a librar en sus episodios europeos y, lejos de reencontrar su imagen poética de siempre, han pecado de la peor de las complacencias. Y si Messi recibe infinitas reverencias por ser, sencillamente, el mejor futbolista del planeta, es justo que se le critique cuando su equipo se queda descabezado, sin un Puyol que muera en el campo enrabietado y pegando a los suyos un puñado de gritos. De la noche a la mañana al Barça le han dado tres guantazos que sus mentideros periodísticos usarán como coartada para replantear el proyecto. Y para mayor escarnio, Jordi Roura salió a la palestra con un discurso de copiar y pegar…”me quedo con la imagen que hemos dado”. Desde luego, la imagen es la peor acusación de ayer. Tito Vilanova tendrá que encontrar soluciones que no urgían cuando se fue: por de pronto, una táctica que se ha diluido como un azucarillo contra los cinturones de hormigón construidos por Madrid y Milan.

Sandro Rosell y Zubizarreta viajaron a Nueva York para visitar al entrenador azulgrana y es lógico que hayan apuntado el lístín de requisitos para la próxima temporada: Valdés ha tenido el dudoso honor de culminar el récord de trece partidos consecutivos encajando goles. No obstante, él ya no cuenta en el futuro y, por eso, el club está abocado a la necesidad perentoria de cubrir la portería. El segundo punto incide en la defensa: Dani Alves ha perdido toda esa ambición que llena el depósito del correcaminos Jordi Alba. Puede que la borrachera de éxitos haya anestesiado al brasileño, pero extraña de todos modos que a año y medio del Mundial (y más Brasil) no intente rendir hasta la extenuación. Puyol merece un homenaje en tres dimensiones y, a la vez, el Barça tiene que atar en corto al alemán Hummels del Dortmund, tal como avanzó la Cadena COPE. Tiene 24 años, puesto garantizado en la Mannschaft  y credenciales suficientes para liderar la zaga de un grande. Y, por último, al equipo lo han rociado con ácido sulfúrico a propósito del debate del ‘nueve’: Villa estaba más fuera que dentro en navidades y Alexis despierta un runrún en el Camp Nou que roza la tragicomedia. Tal como le sucedió a Patrick Kluivert en sus últimas temporadas, falla más que una escopetad de feria.

Los caprichos del fútbol o, mejor dicho, los absurdos presagios de la prensa describían un panorama apocalíptico para el Madrid cuando hace poco menos de un mes el Manchester United salía satisfecho del Bernabeu. Por entonces, los blancos habían envidado toda la temporada a dos campos puñeteros: el primero lo conquistó esta semana con una exhibición táctica monumental; Old Trafford todavía está por ver, pero los indicios mejoran hora a hora, sobre todo, después de la segunda victoria ante el Barça con el plan B de Mourinho. Por contra, al Barça le han machacado todos los caminos de rosas que terminaban en otro año triunfal: quizá la inercia aplastante en Liga le haya oxidado su instinto guerrero. El Madrid ha provocado que la vuelta ante el Milan se convierta en el epicentro del porvenir inmediato del Barcelona, porque la sombra de Guardiola todavía es demasiado alargada y eso es un marrón con el que ya contaba Tito cuando dio un paso adelante para dirigir al equipo.