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Los espartanos del ‘Cholo’

Mircoles, 12 Marzo 2014

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“En cuartos de final habrá siete grandes equipos y uno que molesta”. Al ‘Cholo’ Simeone todavía no le ha traicionado el subconsciente metiendo a su Atleti en la élite de los mayores. Sigue protegiendo al club de sus amores como la hembra que defiende a su cachorro y, como buen entendedor de la relación entre prensa y fútbol, va construyendo una coraza delante del micrófono en caso de que el sueño rojiblanco acabe repentinamente. Los elogios no salen de su boca, sino de la opinión pública y todos los colegas de profesión, el último, un Clarence Seedorf que supo perder honrando al rival. El técnico milanista advirtió en la víspera que el Atlético era “una máquina que funcionaba”. Sin disponer de la artillería pesada de Real Madrid o Barcelona, Simeone ha instruido a ese grupo de espartanos que tanto gusta a Arbeloa y en el que cada uno daría su vida por el compañero. Es el ‘cholismo’ en su esencia más primigenia; el equipo que “pelea como el mejor” (así reza el himno) y sabe sufrir sin volver a la versión del pupas. Porque es cierto que hubo un momento, con el empate a uno de Kaká, en el que el Atleti pareció aturdido y a un solo gancho de caer a la lona. El fantasma de los últimos cuartos fatídicos contra el Ajax del 97 sobrevolaba el Vicente Calderón; sin embargo, esta vez la Champions no podía ser tan caprichosa.

El sueño de la ‘orejona’ ha merecido varios calentamientos en la Europa League con premio incluido. Durante los últimos años el Atlético ha sido el canterano al que la liga filial se le quedaba pequeña y ansiaba por reivindicar su talento entre los mayores.  Le han dejado un balón y ha demostrado que en el fútbol no sólo se pintan los ‘picassos’ de Bayern y Barça, o se destroza al rival mediante una somanta de puñetazos al estilo Madrid o Paris Saint Germain. No, este Atleti ejerce una presión mayor de la que un ser humano puede aguantar a cientos de metros bajo el agua y deja al contrario con la tensión del levantador que aguanta pesas de tres dígitos. Pero la comparación que se lleva la palma la dijo Bernd Schuster, ídolo de masas en el Calderón: “el nuevo Atleti es una hormiguita que intentas pisarla y sigue correteando de un lado a otro”. Es una hormiga obrera que trabaja con las mismas ganas en una bonita noche de Champions o en una visita marrón de Liga, como la de Balaídos del pasado sábado. Y en ese sentido, todos y cada uno de los futbolistas le deben la vida a su entrenador. Empezando por Courtois y acabando por Diego Costa, con nueve tipos por medio que dejaron de ser comparsas hace tiempo.

Costa afiló la guadaña y enterró para siempre su sambenito de mamporrero. Ahora es el delantero de ‘La Roja’ que ha hecho olvidar al killer cafetero Falcao con goles y huevos (el orden de los factores no altera el producto). Y no se trata de un goleador del montón que necesita fallar más que una escopeta de feria para clavar uno; Costa aparece en el momento más inesperado, para abrir la lata o culminar la fiesta. Su gran virtud es que no necesita que el Atleti le busque, ya se buscará él las castañas. Si Falcao era capaz de rematar un microondas, su sucesor no sólo dispara melones de todos los tamaños sino que también le gusta montarse su propia jugada para terminarla con disparo raso cruzado. Sin embargo, en la asignatura del buen cabeceador le ha salido un competidor demasiado peleón: Raúl García.

Nunca es tarde pero si el ‘Cholo’ hubiese tomado como discípulo suyo a aquel chaval fornido que despuntó en Osasuna y por el que el Madrid preguntó, quizás la selección española tendría desde hace años una roca entre sus centrocampistas. Raúl acaba los partidos con heridas de guerra por todo el cuerpo, es la consecuencia de batirse el cobre en cada metro cuadrado. Además, esta temporada se ha erigido como un gran cabeceador, no tan avasallador como Diego Godín pero sí más efectivo. Lástima que Del Bosque tenga casi cerrada su lista para el Mundial, porque de haber sido argentino, Raúl García iba directo a Brasil. Es el futbolista a imagen y semejanza de Simeone.

 

Las axilas del Madrid

Lunes, 3 Marzo 2014

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‘Peleas como el mejor’. Simeone se ha tomado al pie de la letra el himno del Atlético, razón esencial de la pleitesía que le rinde el Calderón. El preocupante diagnóstico de las últimas fechas había evidenciado dos síntomas claro: falta de alto voltaje y, dicho soezmente, pocos huevos o, al menos, no los exigidos por el ‘Cholo’. Y como el Madrid es un gato con más de siete vidas, el fallo en el mano a mano de Diego Costa con 2-1 le sirvió de electroshock. Y eso que pocos equipos pueden presumir de haber apagado analógicamente la ‘BBC’; los rojiblancos lo lograron durante una hora, el rato que Benzema gateó por el césped, Cristiano se desesperó por la quietud de su gente y Bale se acomodó en ese limbo en el que solía estar su colega francés. Sin que sirva de precedente, las crónicas post partido no aborrecen el nombre de CR7, porque el héroe no fue él sino ese Diego Costa puñetero (en sentido cariñoso) que disfruta pegándose con cuatro a la vez. Le motivan los tipos duros como Pepe o Sergio Ramos; sabe que es el epicentro de las broncas al mismo tiempo que el delantero peligroso que la lía por una banda (penalti de Ramos) o en un contraataque. Los duelos de Costa con la zaga blanca recuerdan a la escena final de Sin Perdón en la que William Munny (Clint Eastwood) entra en el saloon encolerizado y dispara a todo bicho viviente, incluido el sheriff, sin miedo a la muerte.

Si hace una semana la prensa atizó al ‘Tata’ Martino como una esterilla por su locura de entrenador en San Sebastián, el derbi fue causa de otra excentricidad, ésta de Ancelotti. En su columna No me gustan los lunes en MARCA, Roberto Palomar explica la táctica del ‘cagazo’. “Poner a Coentrao y Arbeloa es tenerle miedo al partido…colocar a Marcelo y Carvajal es ir a ganar”. Desde luego, Carletto quedó retratado con la sustitución de los dos laterales; seguro que entre el final del derbi y el día de hoy, algún colega italiano le ha recordado cómo se gestó la Italia campeona del Mundial 82, que ganó a Brasil y Alemania con carrileros desplegados por toda la banda. Aquella innovación planetaria del seleccionador Enzo Bearzot chocó de bruces con el rito por antonomasia del catenaccio. Bearzot supo jugar sus partidas de ajedrez y los italianos conquistaron el mundo en España. Ancelotti lo tenía todo a su favor para pegar el primer gran guantazo a la Liga; su Madrid iba lanzado como un cohete sputnik y, más importante, por fin se había aclarado en sus intenciones: ganar machacando con la artillería pesada. Y, paradójicamente, en ese engranaje no cuadraban ni Arbeloa ni mucho menos Coentrao.

“Carvajal y Marcelo son puro desodorante para las axilas del Madrid. Los otros dos son como ponerse un jersey de lana gorda sin camiseta debajo”. Es un comentario demasiado gráfico de un ex futbolista merengue, pero explica con nitidez la diferencia entre dos laterales ‘jugones’ y otros que no lo son tanto en este Madrid. Quizá a partir del derbi Ancelotti se ha frotado los ojos y sabe dónde no tiene que experimentar. Arbeloa es un soldado cumplidor al que se le exige cubrir su zona y llevar el balón hasta la medular; Coentrao tiene más arranque pero también más despiste. La llegada de Carvajal supone para el Madrid contar con un émulo diestro de Jordi Alba con menos velocidad pero mismo toque de balón. Mientras, Marcelo suele entrar y salir del club elitista de mejores laterales. Si su silueta no le traiciona, desde luego es la daga que necesita Ancelotti.

 

 

 

 

 

Fútbol de cloacas

Viernes, 7 Febrero 2014

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Manolo Sanchís suele contar que las remontadas legendarias del Real Madrid comenzaban desde el túnel de vestuario con el ‘otro’ fútbol. Víctimas como el Mönchengladbach o Anderlecht escucharon lindezas como “¡os vamos a comer los huevos!” instantes antes de saltar al Bernabeu. Era una manera alegal de intimidar al contrario antes de continuar increpándolo sobre el césped mediante un buen puñado de insultos, empujones, codazos, agarrones y pataditas furtivas. De ese fútbol es un experto el gran Carlos Salvador Bilardo que, como capitán de Estudiantes de La Plata allá por los sesenta, perpetró marrullerías tales como pinchar a los rivales con alfileres o echar tierra a los ojos de los porteros en los córners a favor. También tiene un doctorado Hugo Sánchez, de profesión goleador de proporciones bíblicas y de afición maestro del fútbol de alcantarilla. Cabrear a defensas y aficiones enemigas por igual era su primer cometido en sitios hostiles como el Camp Nou, Calderón o San Mamés; una vez encabronado hasta el utillero, los goles de Hugo tenían mejor regusto.

El ‘Cholo’ Simeone es defensor a ultranza de la escuela ‘bilardista’. No sólo por su pragmatismo sino también por ese reverso tenebroso del fútbol. Como jugador del Atlético sabía provocar en los momentos decisivos y sacar tajada de cada tangana Lo mismo que Diego Costa, admirado por su letalidad delante de la portería y sospechoso en su versión mamporrera. O el madridista Pepe, a quien su ida de olla en la espalda de Casquero le perseguirá siempre; por eso, cualquier aspaviento del portugués en el área es indicio de bulla de patio de colegio. El propio Pepe y Arbeloa estuvieron esperando a Costa en las catacumbas, mentalizados de que debían ser ellos quienes controlasen el juego de la provocación. De ahí, en parte, que el Madrid saliese sobreexcitado contra el vecino puñetero que le había aguado la fiesta en el Bernabéu las dos últimas veces. Quizá, el problema del rojiblanco es que se vio tan acorralado como Rambo, solo ante el peligro de una zaga que le tenía ganas por goles y algún que otro salivazo de hace algunos derbis (que se lo pregunten a Sergio Ramos). El columnista del El Mundo, Manuel Jabois, lo explica con la metáfora perfecta: “Costa amagó con la caja B de los equipos que juegan sin pelota y que a veces desnivela el partido en las cloacas; un asunto delicado al tratarse de Pepe, Ramos y Arbeloa”.

Y como Simeone es un auténtico pícaro en este mundillo, no se atrevió a quejarse del arte subterráneo del Madrid. Hasta Miguel Ángel Gil contó anoche en El partido de las 12 de la COPE que “Diego Costa estaba solo aceptando las vejaciones, insultos y provocaciones que le hicieron. Los compañeros tenían que haber estado más cerca de él”. Y no es porque el hispano brasileño se acobardase, sino por el desgaste que causa una pelea de uno contra tres. Los últimos antecedentes habían escocido demasiado a un Madrid tumbado por un EQUIPO. Y eso, precisamente, fue lo que aplaudió Ancelotti; puede que sea la pista para su particular espectacularidad, la que prometió el día de su presentación. Pero el fútbol nos ha enseñado en España su visión poliédrica: del baile de salón del Barça al estilo mosquetero del Atlético en ese imperturbable todos para uno y uno para todos, pasando por el modelo híbrido de los blancos: vertiginoso con el balón y camino de la zorrería de equipo italiano cuando la pelota no es el ombligo del mundo. Las guadañas de la defensa merengue pillaron por sorpresa a un Costa que, por una vez, no fue el chico malo. Pero tampoco se iba a quedar de brazos cruzados. Lo que sucedió fue que Pepe y Arbeloa fueron los amos del barrio. Ése en el que este Madrid también achanta.

Aroma añejo de derbi

Mircoles, 5 Febrero 2014

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Vuelve el aroma de derbi. A finales de los ochenta y principios de los noventa el diario ABC solía dedicar portadas íntegras a los Madrid-Atleti por su expectación mediática. Los periódicos nacionales llenaban las mismas páginas para un derbi que para los grandes clásicos. Entonces, la atracción de los duelos madrileños eran sus respectivas figuras: Butragueño y Futre protagonizaron varias primeras planas. El siete blanco era el “patrimonio del club” (Ramón Mendoza dixit) y el portugués, campeón de Europa con el Oporto, fue el fichaje con el que Jesús Gil se metió en esa élite descarada formada por Núñez y el propio Mendoza. Cualquier derbi era impredecible: aquellos ‘Atletis’ tenían fuelle para asaltar el Bernabéu, mientras que el Madrid nunca era favorito en el Calderón. Después de veinte años y varios resurgimientos rojiblancos, España vuelve a quedar eclipsada con un Madrid-Atlético.

Una vieja leyenda del Madrid ha llegado a reconocer que le satisface un empate a cero en el Bernabéu. Y no es miedo, sino “saber jugar la eliminatoria completa”. Porque este Atlético es distinto a todos, incluso al del ‘doblete’. Pinta el mismo partido perro de las dos últimas veces, las que ha ganado el Atlético. La consigna de Simeone, aparte del ‘partido a partido’, es la tesis básica de la doctrina mourinhista: presión asfixiante y puñetazos continuos a las costillas del rival. Es decir, que medio partido dependerá de Xabi Alonso y Modric, porque sitiar el centro del campo es el argumento básico de la batalla. De ellos y de la mejor versión de Koke, por supuesto. Ésa es la batalla táctica, la emocional depende de los ‘Butragueños’ y ‘Futres’ contemporáneos. Cristiano no estuvo inspirado los últimos derbis y su equipo lo pagó; al contrario que Diego Costa, enchufado hasta la médula en el coliseo blanco. El ‘bicho’ se inventa sus jugadas mientras que Costa ejecuta las de sus compañeros. Es la diferencia entre un crack mundial y un  señor equipo.

Ancelotti intenta aligerar la presión intentando desmentir el discurso de Simeone. Pero el argentino, perro viejo en guerras dialécticas, se las sabe todos: erre que erre, no traiciona su discurso. Favorito es el Madrid por caché, no por méritos sobre el “pasto” (como le gustaba decir a Luis Aragonés). De hecho, la espada de Damocles pende sobre los blancos: todavía no han tumbado a ninguna mole, ni Barça, ni Atleti, ni siquiera al rocoso Athletic de San Mamés. Así que el crédito del Madrid está en juego y la ilusión del flamante líder puede alcanzar la estratosfera. Es la pequeña gran diferencia de tres puntos. Cuestión de sensaciones.

Atlético III Grande de España

Lunes, 16 Diciembre 2013

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Sulley Muntari, futbolista ghanés del Milan, todavía cree que el Atlético de Madrid acaba de volver de sus dos añitos en el infierno o que, auizás, sea el de Goyo Manzano (por mentar al último Atleti sufridor). Muntari se frota las manos con un Atlético-Milan en el bombo de la Champions porque “es el rival más débil”, según confesó al Corriere Della Sera. Simeone es un tipo de esos al que le gustan este tipo de provocaciones, y no porque vaya a responder con vehemencia, sino porque sabría devolverla con clase si el bombo es caprichoso. Sin embargo, poco le importará al ‘Cholo’ lo que raje un jugador del Milan, si apenas atiende a los discursos triunfalistas de su propia prensa. Se ha declarado el estado de felicidad en el Calderón, aunque el técnico argentino siga imbuido en su burbuja del ‘partido a partido’. Excelente lema para cualquier liliputiense que quiera incordiar a las dos moles de la Liga, pero inservible a estas alturas porque este Atlético dejó de ser una anécdota. Sencillamente es uno más en la pelea, y puede ganar tantos puntos como Barça y Madrid.

La Liga no es aburrida, como dice Simeone; el resto de equipos son los que la aborrecen. Ya no son dos, sino tres, y más si el Atlético logra la proeza (así sería) si derrota al Barça después de Año Nuevo. Las estadísticas están tumbando el día de la marmota del ‘Cholo’; bueno, los números y él mismo. Su arenga a los jugadores para que se lanzaran como fieras a por el cuarto gol contra el Valencia le delata: Simeone quiere ser líder porque su vestuario se lo ha creído. Tanto que hasta el capitán Gabi profetizó en COPE el fin del discursito si ganan al Barcelona. ¿A quién iban a engañar?

Y en medio del éxtasis, mejor dicho, la causa de tanto delirio se debe a ese mimo del Ronaldo del Madrid. Salvando las distancias, claro, Diego Costa ha revivido la figura del delantero tanque que se quita defensas en un tramo de diez o quince metros. Cada vez que coge el balón en tres cuartos de campo, el rival se prepara para sufrir otra manada de búfalos. Seguramente no tan agresiva como Ronaldo, pero de momento igual de letal. Costa disfruta reventando candados con las manos pringadas; pelea, corre, regatea, se embarra...Vamos, el delantero que cualquier entrenador del mundo pediría para su plantilla. Y, si encima, ataca con la tranquilidad de tener un bloque de hormigón detrás, entonces el Atlético es el equipo más inexpugnable de los últimos tiempos. De once peones a once estrellas jornaleras, eso es lo que transforma el fútbol con victorias. Por ejemplo, Miranda, sospechoso hace un tiempo de ser otro Pablo Ibáñez o Perea de la vida, y ahora convertido en el central de moda, hasta el punto que el Manchester United ya le ha echado el ojo. Es la pócima de Simeone. La del Atlético III Grande de España.

Atlético de Madrid, ‘reponedor’ de estrellas

Domingo, 3 Noviembre 2013

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Mientras Simeone se aferra a su discurso de prudencia hiperbólica, su Atlético vence, convence (ligero matiz que no logran ni Barça ni, mucho menos, el Madrid) y comienza a disfrutar de un hábito impensable en toda su historia contemporánea: la inercia de ganar. A estas alturas y con los récords del ‘Doblete’ fracturados en mil pedazos, cualquier aficionado al fútbol debería rezar por ellos, porque sólo los rojiblancos tienen la receta  para curar la crítica salud de nuestro campeonato. Ya no es aquel puñado de victorias reducido a anécdota, ahora el Atlético se lo cree, sin confesarlo a los medios, y lo mejor es que el gran público está dejando de sospechar: este equipo sí puedo codearse con Barça, ¿y Madrid? en la jornada 33, el tope que se ha autoimpuesto el ‘Cholo’ para formalizar públicamente su candidatura a la Liga. Y al césar lo que es del césar, porque el mismo gilifato de los tiempos oscuros, los creadores del ‘pupas’ y de esa brillante resignación resumida en el lema ‘¿Papá, por qué somos del Atleti?’, convencieron a Simeone para que devolviese al club una grandeza dilapidada en pocas décadas. Y vaya si lo está consiguiendo.

La película ha cambiado de género de terror a auténtico thriller. Jugará más o menos vistoso (poco le importa al entrenador), pero en doce jornadas este Atlético ha enseñado un estilo poliédrico, imprescindible para quien aspira a ser un grande: tan pronto amarra un 1-2 en Granada como golea con ‘manitas’ en el Calderón. Al Athletic no le cayeron más porque Gorka impidió el saco de goles, aunque quizá sea lo de menos: los rojiblancos suman, siguen y mantienen hipnotizada a toda la grada. Como Diego Costa, antiguo mamporrero (habladurías de cuando jugaba en Albacete y Valladolid) y hoy maestro artesano en fabricarse goles: él inventa la jugada y él la concluye. Su mérito es sencillamente extraordinario, porque, a bote pronto, apenas se conocen casos de futbolistas que, siendo del montón, se hayan transformado en auténticas estrellas del rock con una rodilla hecha trizas. Si acaso, Ronaldo Nazario, pero éste ya nació siendo un crack. O más cercano y certero, su compañero Villa. Del Bosque tiene un killer infalible por ahora e igualmente válido cuando lleguen los momentos de penurias: Diego Costa golea al tiempo que caliente los partidos irritando a los defensas. Derrite un témpano de hielo con su sola presencia, y ésa es la cualidad que más seduce a Simeone.

Pero Costa no esta solo ante el peligro. David Villa se ha convertido en la bicoca que cualquier broker de Wall Street querría comprar para multiplicar su venta. Una empresa en sí mismo que costó dos millones y que, ahora, cualquier club prefabricado con petrodólares se llevaría por veinte o treinta. Villa nunca perdió su instinto letal, quizá quedó oculto por la voracidad insaciable de Messi; sin embargo, el fútbol le debía un tributo más por servicios a nuestra Liga. La Premier no habría sido mala opción para su estilo, pero el Atleti se ha revelado como un club muy ergonómico para el asturiano: juega con dos puntas como a él le gusta, y se turna con el hispano-brasileño en el ‘trabajo sucio’; es decir, pelearse con todo lo que se menea en el área. Es curioso porque ambos, Villa y Diego Costa, han pasado las de Caín: sus carreras pendieron de un alambre por lesiones gravísimas y ahora devuelven a Atlético una confianza que no se paga con dinero, sino con curro y más curro hacia unos colores. Villa se sintió una baratija en verano y en apenas tres meses opta a la titularidad en el Mundial; exactamente lo mismo de quien era el espectro de Falcao. El colombiano se marchó al calor de los millones, pero este club actúa como ‘reponedor’ de estrellas. La última tiene nombre, apellido y nacionalidad clara.

La mirada del tigre…que no tiene el Madrid

Domingo, 29 Septiembre 2013

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Qué lejos queda la pretemporada del Madrid, sobre todo, con aquella bella factura que se cobró contra el Chelsea de Mourinho en la gira estadounidense. En aquel partido, los blancos funcionaron como un acordeón, dominando el balón en cada palmo del campo, anulando al Chelsea en cada jugada, emulando al Circo del Sol por momentos; el equipo se divirtió y empezó a cimentar la anunciada “espectacularidad”. Se intuían grandes fastos en el Bernabéu, con casi toda la mascletá preparada para la codiciada Champions y apenas unos cartuchos en una Liga ‘escocesa’ donde las orgías goleadoras estaban garantizadas a la espera del Barça. El presidente se fió de una apuesta ganadora (como presuntamente lo fue el portugués) y Ancelotti, viejo sueño de Florentino, tenía las mejores credenciales para comandar el nuevo portaaviones: “proyecto nuevo e ilusiones renovadas”, ésa fue la consigna en la planta noble del Bernabéu este verano. Pero nadie, ni los pretorianos más fieles del trienio olvidado (o quizá no tanto) hubieran profetizado un prólogo tan decadente, y eso que es el principio. Numerosos ‘analistas de flechas’ como Quique Ortego, Marcos López o Pedro Pablo San Martín se dedicaron en verano a gastar tintas especulando con el libreto de Carletto: que si 4-4-2 clásico, 4-3-3, doble pivote. posición en rombo…mil y un garabatos que anticipaban un Madrid poliédrico con recursos a granel. Sin embargo, mes y medio de competición ha revelado que este equipo todavía no tiene esa mirada de tigre que achanta a cualquiera. ¿Cuestión del míster? Se le paga para eso.

La alegría del derbi, y por ende de esta Liga, la protagoniza el Atleti más carismático desde que se fueron Juninho y Vieri. Entonces, la afición, por suerte cada vez menos sufridora, acudía al Calderón porque había algo emocionante que ver; el día que Simeone cierre ciclo en el club de sus amores se le nombrará hijo adoptivo del colchonerismo, porque él, y sólo él, cambió durante un tiempo la historia contemporánea de un Atlético triste, nostálgico del pasado y justificando sus continuos fracasos con la gran mentira del pupas. Los rojiblancos conciben el fútbol como los soldados en Salvar al soldado Ryan: jamás se deja tirado a un compañero. Arbeloa estaría encantado de formar parte de la disciplina de Simeone: su equipo sí que es un verdadero ejército de espartanos. Incluso, preparan los partidos con la misma mitología con la que el rey Leónidas afrontó la batalla de las Termópilas: en aquella guerra los soldados persas caían uno tras otro en un desfiladero, al igual que los jugadores del Madrid chocaban una y otra vez contra las emboscadas urdidas por Thiago, Gabi, Arda y Koke. Fue una lección táctica de Simeone a quien hay que reconocerle su magistral partida de ajedrez, por encima de la garra, el sufrimiento y los huevos que inculca día sí y otro también.

El Madrid no encontró el diamante perfecto para perforar el bloque granítico que tuvo delante y Diego Costa se doctoró en la promoción de los grandes cracks de la Liga. De su antecesor, Falcao, se decía que remataba hasta un microondas; el hispano-brasileño no sólo ejerce de killer de área, abre las defensas como si fueran hojalata y no se amilana ante temperamentos tan volcánicos como los de Pepe y Sergio Ramos. Es el delantero que todo entrenador querría tener pero del que nadie presume, al menos hasta este año, porque no suena políticamente correcto en este mundillo donde el marketing domina al fútbol. Diego Costa le debe mucho al ‘Cholo’, tanto como Rocky a Apollo Creed, porque el rojiblanco sí que tiene esa mirada del tigre. Y Del Bosque lo sabe: cada gol suyo agiganta un debate nacional que pronto no tendrá discusiones: ¿Negredo? Bien, pero aún no golea en Manchester; ¿Soldado? Dos goles de penalti en Premier League; ¿Llorente? Titular una sola vez en la Juventus. A Diego le vale con un desmarque para reivindicar una calidad no reconocida hasta hace nada.

Simeone sigue sin querer apostar por la candidatura liguera, “es demagógico decir que sí”, soltó en la sala de prensa del Bernabéú. Tampoco era el desafío impuesto por Jesús Gil a Radomir Antic en aquel gran año del 96, pero la apoteosis resultó descomunal. Y sus soldados rasos también tienen bien aprendido el discurso; por eso, ante la misma pregunta, Koke responde que son “candidatos a partido a partido”. Trabajar hasta morir, es la frase que deben esculpir en el dintel de la puerta del vestuario rojiblanco. Y, por cierto, a Koke no le queda mucho tiempo para jurar amor eterno a sus colores; centenares de clubes ya están redactando sus próximas ofertas a Gil Marín. ‘Koke tomó el Bernabeu’, dijo Tomás Guasch; esa frase vale más que cualquier título.

Bad Boys

Martes, 5 Febrero 2013

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Bastó un puñado de minutos en el Vicente Calderón para que el fútbol español evocase la figura del jugador sucio y liante. Quién no recordó por unos instantes la versión diabólica de Stoichkov, los comportamientos de Doctor Jekyll y el señor Hyde de Juanma López o esos codazos sibilinos (y no tanto) con los que Hierro anestesiaba a los delanteros. Sí, Diego Costa está desatado porque así lo quiere su entrenador y, ¡qué carajo!, recordó al público que el fútbol sigue siendo poliédrico: del Circo del Sol del Barça a las últimas victorias colchoneras con pico y pala…cualquier opción vale tres puntos. Simeone reclamó al ariete para su equipo después de su provechosa cesión al Rayo y a sabiendas de que podía suplir a Falcao de esa manera tan peculiar. Diego Costa encabrona a todos, menos a su vestuario, y sobre todo da puntos decisivos. Al ‘Cholo’ le pirran los delanteros machacones que se pelean con las zagas rivales hasta el límite, aunque a veces no exista línea roja. Las tánganas del Atlético-Betis se intuían desde el partido copero en el que el propio Costa le espetó a Amaya “gracias por el regalo”, en alusión a la pifia del defensa verdiblanco en el Villamarín.

Quizá Diego Costa no tuvo en cuenta las tropecientas cámaras que Canal Plus coloca en sus partidos para cubrir en primer plano el césped palmo a palmo. Sin embargo, lo vio claro: faltaba sacar la ‘cortacésped’ (en este caso, se la llevó Rubén Pérez) para agitar la concentración del Betis. Propósito logrado. Hace meses el Bernabeu fue testigo de las marrullerías del brasileño: lejos de achantarse, Costa se encaró con Pepe y Sergio Ramos, tíos de su talla que tampoco se amilanan. Al primero le insultó y al sevillano le intentó morder. Pero el ‘Cholo’ le defendió a capa y espada ante la prensa; no en vano, su misión no sólo consistía en intentar marcar: desesperar al contrario también es un arma bastante letal que bien conoce ese corajudo futbolista que se apellidaba Simeone. Un abogado del diablo argumentaría que Amaya tiene menos perdón que Costa por pardillo (los salivazos intencionados se pagan caro); pero ignorando la teoría de que el rojiblanco debió irse a la calle y en la práctica no se fue, Amaya estuvo a punto de cabrear del todo al genuino bad boy de la Liga. Entonces, se podría haber desatado la tercera guerra mundial. 

Pero al menos Diego Costa no tiene el dudoso honor de ser el más sucio. Sus episodios macarras se cuentan en varios partidos; hubo otro atlético que resumió todas las canalladas en un solo rato. Juanma López, antes de su conversión futbolística, detalló en un Atlético-Barça del 92 el menú del buen defensa. El maestro Santi Segurola escribió la crónica de ese partido para El País y su descripción de Lopez haciendo alarde de la habilidad con el cuchillo jamonero es, simplemente, sublime: “En su carrera con la trilladora tiene la complacencia de los árbitros. López cometió siete faltas gravísimas: a la tibia de Beguiristain, brazo al cuello de Stoichkov, patada con repetición a Bakero, codazo a Stoichkov, caza al cuello del búlgaro con codazo al estómago, derrote al peroné de Laudrup y coz incluida al muslo del danés”. Los puristas dirán que el fútbol de entonces era más verdadero, más de lucha y brega. Vamos, no apto para nenazas. No obstante y, a pesar de que los futbolistas de hoy sean más melindrosos, Diego Costa ha sobrepasado la raya.