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El triunfo de la supervivencia

Lunes, 11 Julio 2016

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Eder Antonio Macedo Lopes es un delantero que en Vallecas podría ser confundido con Manucho. Desconocido para el gran público, incluso los periodistas portugueses creen que Fernando Santos le convocó porque el casting de goleadores lusos era demasiado reducido. En Swansea se parten de risa porque su fichaje de los 5 millones (los que pagó el club galés al Braga) no olió ni un gol en catorce partidos. La presión de los socios fue tan brutal que el Swansea le pasó el marrón al Lille. Allí, en Francia, sí vio puerta, ganándose el reclutamiento nacional. Es la biografía más reciente del héroe anónimo de la Eurocopa, que provocó el segundo lloro de Cristiano Ronaldo y grabó su nombre para la posteridad, quizá por delante de un tal Eusebio, Ruo Costa o Luis Figo.  El espigado Eder ya es ídolo de masas en su país y las generaciones futuras recordarán que él (y sólo él) reventó Saint-Denis y calló de un derechazo a la multitud de la Torre Eiffel.  La gesta sin Cristiano es hercúlea porque la campeona ha llegado a la final con el cuerpo lleno de cicatrices de guerra: Hungría le tuvo noqueado tres veces y entró como mejor tercera por el formato somnífero de la UEFA. Y cuando el día D iba a coronar el Balón de Oro de CR7, se lesiona y su vestuario apeló A las armas, en honor a su himno.

Portugal emuló a Grecia en 2004 porque sin fútbol tumbó a quien se puso por delante. No perdió ningún partido gracias a las intervenciones divinas de Rui Patricio y su fútbol mediocre enmarañó a una tosca Francia en la que el mejor no fue Griezmann sino esa proeza genética llamada Sissoko que jamás firmó un partido así en tres temporadas en el Newcastle. Santiago Segurola tituló en El País la victoria de Italia en el Mundial de Alemania 2006 como El triunfo de la nada; los portugueses han superado un ejercicio de supervivencia tan gratificante como el alpinista que holla cima en el Everest. Sin embargo, dentro de un puñado de años nadie hablará de esta Eurocopa, si acaso del tropezón de España y el milagro islandés. Demasiada racanería y un descarado miedo a perder que contagió a selecciones tan alegres como Croacia. Habría que proponer un consejo de sabios que dirima si conviene anteponer el negocio a los castigos físicos de los jugadores: la mitad han llegado reventados y el resto apenas descansará antes de las pretemporadas. Entre ellos, un Cristiano extasiado al que le iba media vida en la final.

Ni siquiera en los bares lisboetas se hablará de Fernando Santos. Discreto, siempre en segundo plano, cogió un equipo destrozado en el último Mundial. Las casas de apuestas tampoco se habían congraciado con su Portugal y mañana seguirá festejando el título entre bambalinas; los protagonistas son otros. Bueno, el sorprendente Eder y el Pepe más imperial de los últimos tiempos. Todo el vestuario, incluida la gran estrella del Real Madrid, han obedecido las órdenes de Santos con disciplina espartana. Ni una voz estridente, ni una queja convulsa. Cuando Fernando Santos entrenaba a Grecia, ordenó un entrenamiento en Atenas a las 8 de la mañana. Los jugadores helenos se quejaron de que no llegarían puntuales por el caótico tráfico de la ciudad, a lo que el entrenador portugués contraprogramó la sesión a las 07. Finalmente, la plantilla acabó accediendo a las 08. Ése es el nuevo campeón de la Eurocopa, de carácter firme pero calmado. Aunque el fútbol nunca se lo agradecerá, Que piense en Otto Rehhagel.