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El hambre de un tigre enjaulado

Mircoles, 28 Mayo 2014

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Mundial de Alemania 2006. Brasil debuta con una victoria pírrica ante Croacia por un gol a cero y su seleccionador, Carlos Alberto Parreira, lanza la primera advertencia a su vestuario: “No vamos a ganar el Mundial con las cinco estrellas de la camiseta”. Parreira quiso suturar la herida antes de que el batallón de periodistas brasileños enviados al Olímpico Berlín provocara la primera hemorragia. La constelación de estrellas invitaba a presenciar un espectáculo propio del Circo del Sol; Ronaldinho, Ronaldo, Kaká (entonces pletórico), Roberto Carlos y Robinho intuían una versión mejorada del Brasil campeón del 2002 contra la robotizada Alemania que no podía defraudar a toda una nación. Sin embargo, el seleccionador de la canarinha no compartía el entusiasmo popular: algo chirriaba y no era precisamente la mala puntería. “Insisto, ésta no es la manera de competir fuerte”, fue la segunda advertencia de Parreira en la rueda de prensa posterior a la segunda victoria amarga del torneo, contra la cenicienta Australia. Tuvo que ser el suplente Fred quien matara el partido con un segundo gol agónico, porque los australianos metieron el miedo en el cuerpo de Brasil hasta en tres córners. “Japón ha sido el mejor contrincante, pero no basta para jugar la final”. La prensa brasileña se sorprendió por la tercera advertencia del entrenador: Ronaldo, por fin, había perforado la portería y ésa era la coartada que necesitaba la torcida para creer en su equipo.

La goleada a Ghana en octavos provocó un estado de éxtasis engañoso. Aquel Brasil se parecía mucho al Real Madrid, con galácticos a granel que goleaban casi con desgana, por inercia. Y a Parreira no le hizo ninguna gracia. Sobre todo, cuando supieron que Francia se les cruzaba en cuartos de final.  Ellos habían liquidado a España tirando de oficio, Ghana sólo era un caramelo sin más aspiraciones que haber pasado la primera ronda. “A los franceses sólo se les puede ganar jugando en bloque, con la mirada del tigre”, aseguró Parreira en plan motivador. Rápidamente, los telediarios brasileños abrieron sus previas con escenas de Rocky, la frase del seleccionador había dado demasiado juego para cuentos épicos. ¿Quién estaba en lo cierto: el pesimista Parreira o la ruidosa afición brasileña que festejaba todos los goles aún sin su habitual ritmo de samba? La Francia de Zidane disiparía las dudas. Y vaya si lo hizo.

El Mundial de Alemania se recordará por ‘la victoria de la nada” (frase con la que Santi Segurola tituló en El País la conquista de Italia) y la gran última actuación de ‘Cinexin’ Zidane. Un puñado de controles davincianos, regates imposibles y pases estratosféricos tumbaron a una calcomanía muy barata de Brasil. El gol de Henry originado por el pasotismo de Roberto Carlos retrata la autocomplacencia que apabulló a la canarinha. Salir sin sudar la camiseta fue el viejo tópico que temió Parreira desde el principio en un vestuario que, sencillamente, no tenía que demostrar nada al mundo. Sólo presumir, sólo fardar. “Estuvimos desconectados, como si jugáramos un amistoso”, reflexionó el que fuera entrenador de la campeona del 94.

Vicente Del Bosque seguramente no pensará en los miedos de Parreira, pero su primera advertencia recuerda a la de su colega brasileño. “Los ojos de los jugadores no son los mismos que cuando empezaron”, alertó el seleccionador español contra la relajación. Dos Eurocopas, Sudáfrica y, lo más trascendental en el tiempo, el legado de la belleza estética, pueden anestesiar el apetito de otra selección que aspira a un récord inimaginable incluso a dos semanas de empezar el Mundial. Las habladurías de barra de bar dicen que los del Madrid ya han cumplido su misión; los colchoneros llegan baldados y hechos trizas, y los barcelonistas pendientes de sentirse importantes en el nuevo proyecto de Luis Enrique. Falta jugar, claro, pero esta vez no existe la sensación del hambre del tigre enjaulado de antaño.

Los peajes del campeón

Mircoles, 20 Noviembre 2013

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Ronaldo Nazario se quejó una vez de los “peajes que debía aguantar la campeona del mundo”. Se refería a los viajes pesados que debía soportar la selección brasileña como campeona del 2002. Tailandia, Japón otra vez, Australia, Canadá, Rusia y hasta Marruecos fueron los carteles de exhibición para un combinado cuyo caché había aumentado exponencialmente con el éxito del Mundial de Corea y Japón. Y, claro, Ronaldo, entonces flamante fichaje del Real Madrid, suponía el cebo mediático para contentar a todos esos países que querían presumir de un amistoso contra el mejor equipo de todos. Precisamente, a Ronaldo no le hizo ni pizca de gracia pasearse por medio mundo con una rodilla hecha trizas y una recuperación milagrosa a base de piscina y muchas carreras por la antigua ciudad deportiva de La Castellana. “Es el alto precio de la victoria”, dijo molesto Ronaldo en una entrevista para Brasil. Sus declaraciones no gustaron al seleccionador Carlos Alberto Parreira, un hombre leal a su federación, obsesionado con que cualquier partido de la canarinha paraliza la nación, por encima de los intereses nimios de los clubes. Lo que no sabía Parreira es que Ronaldo había dado su palabra a Florentino Pérez que se cuidaría y centraría en el Madrid como compensación a la oportunidad que le ofrecían los blancos.

España es la vigente campeona y, como tal, no puede mantenerse fuera de la burbuja comercial que sostiene al fútbol de estos tiempos. Su nombre se cotiza en cualquier país al nivel de Nike, Adidas o Coca Cola, por eso, cualquier país le quiere como gancho publicitario. “No hay mejor reclamo para una selección que ganar a España…igual que antes Italia, Brasil Francia, etc”, reflexionó Luis Aragonés en el diario MARCA, en una de las escasísimas entrevistas que ha concedido desde que abandonó el cargo. Hasta un ganador del Balón de Oro como Fabio Cannavaro puso el grito en el cielo en un viaje sin sentido al Lejano Oriente, durante la época en la que Italia gozó del respeto del planeta. Aquel viaje se convirtió en un auténtico marrón porque la selección italiana viajó a Japón para exhibirse ante chavales y entrenar con promesas amateur, no para jugar al fútbol. “¿Qué voy a decir? Italia es la campeona”, comentado resignado Cannavaro.

La aventura relámpago a Guinea Ecuatorial y el baño de masas en Sudáfrica han dejado tiritando a varios jugadores de la selección. Demasiados aviones en tan pocas horas y en unas fechas metidas con calzador por las repescas mundialistas. Las quejas no se hacen en público porque, afortunadamente, la selección es el maná de la Federación. La demanda es tan elevada que nunca faltan sparrings que contentar, aunque alguno como Guinea pareciese de cartón-piedra y en la práctica pegase como Mike Tyson en sus mejores combates. Curiosamente, ese amistoso resultó ser la tercera opción: la primera apuntaba a la Rusia de Capello en Emiratos Árabes y la segunda fue Gabón. Ninguna fructificó y sin ninguna explicación pública.

El caso es que, salvo Cristiano, Ibrahimovic o Ribery por motivos decisivos, el resto de Europa (y casi del mundo) estaba disperso por el globo. Y la situación en La Roja no es la más adecuada para que los futbolistas se borren de las convocatorias: los delanteros porque sienten en su cogote la presencia, todavía espiritual, de Diego Costa, y los porteros están sometidos al juego de la silla: una para tres, Casillas no es titular en el Madrid, Reina sí pero no, y Valdés se ha roto en otro intento por reivindicar ante el seleccionador su excelso estado de forma. Xabi Alonso sí fue convocado con el cuerpo todavía en taller y a punto estuvo de averiarse para siempre; Iniesta debía viajar sí o sí porque fue la figura indiscutible de aquel 11 de julio de 2010. Al final, Xavi Hernández fue el más listo. Siempre habrá quejas, pero para un campeón del mundo son esos peajes de los que se quejaba Ronaldo ‘el gordito’.

 

¿Quieres jugar?, ¿quieres jugar? Brasil te va a enseñar

Lunes, 1 Julio 2013

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Pep Guardiola explicó una vez a un empleado de comunicación del Barça su manera de sentir el miedo escénico del Bernabeu: “A diferencia del Camp Nou, que es más abierto, el Bernabeu son cuatro paredes que impresionan. Pero si aguantas los primeros diez minutos, que son fundamentales, entonces todo es más fácil”. Xavi, Iniesta, Busquets o cualquier otro compañero de Dani Alves que estuviese en la Confederaciones no le preguntó a éste cómo respiraba Maracana. Y quizá fuese un despiste importante a tenor de lo que España se encontró de bruces; no aquel Maracana del Maracanazo, con casi doscientas mil personas hacinadas en las gradas, pero sí una ‘torcida’ numerosa, ruidosa y, sobre todo, apasionada, justo lo que falta en el fútbol español. Anoche los diez minutos iniciales de los que hablaba Guardiola fueron fatídicos: en el césped Brasil salió como Mike Tyson en sus grandes veladas, obsesionado con buscar el KO rotundo sin dejar menearse al contrario, y en la grada el estadio engulló a la selección española, casi que la intimidó. Y no fue un problema de actitud, sino de maestría táctica del cuadriculado Scolari y poderío físico, pequeño detalle que España agotó en la prórroga contra Italia.

España encajó rápido y, lo peor, se fió de su inercia ganadora; quedaba demasiado partido cómo para que ese doble pivote de picapedreros formado por Paulinho y Luiz Gustavo aguantara la presión asfixiante sobre Busquets un rato más. Desgraciadamente, aguantaron y desactivaron a la columna maestra de ‘La Roja’. A partir de ahí se fueron sucediendo el resto de problemas. Con Busquets anulado, Xavi e Iniesta no rascarían balón y, por tanto, el equipo quedaría fracturado. Scolari tiró abajo el castillo de naipes español y Del Bosque, ayer nostálgico de su queridísimo doble pivote con Xabi Alonso, no supo volver a encajar las vértebras de la columna en su sitio. Sin duda, fue un partido para eruditos del fútbol, una lección táctica en toda regla: si Neymar necesitaba espacios sin el agobio de los defensas, alguien debía hacer el trabajo sucio, o sea, incordiar a Ramos y Piqué. Solución: Fred, delantero en la sombra que marca goles de nueve puro y se pelea con sus marcadores hasta desesperarles. El primer gol fue de ratón de área, muy al estilo de Raúl González. Vamos, el rol que falla en España, aunque no lo hayamos necesitado todo este tiempo.

Pero el crack del baño brasileño, y del torneo, es quien merece bastantes líneas. Por de pronto, Sandro Rosell habrá suspirado de alivio porque espanta los fantasmas de un posible efecto Robinho. Y vale que Neymar no se fogueará en un PSV Eindhoven (Romario y Ronaldo) o en un Paris Saint Germain (Ronaldinho), pero la Confederaciones ha confirmado que no necesita ese paso intermedio. Si es espabilado, que parece que lo es, aprenderá de Messi hasta mimetizar algunas de sus genialidades. Entonces ya será el súmmum de la excitación futbolística. Como muestra, el catálogo que anoche desplegó la cresta más popular de Sudamérica sirve de idea para que Sport y Mundo Deportivo lo regalen en un DVD con el periódico del domingo. Sí, es un escándalo de jugador, aunque en la final Neymar fuese la comedia y Arbeloa la tragedia. ¡Vaya contraste!

Es una derrota sin paliativos e indigna para la mejor selección del momento. Pero en España tenemos la maliciosa tendencia de hiperbolizar con nuestro fútbol y después vienen los sopapos a gran escala. Salvando las distancias, por supuesto, España goleó a Ucrania por 4-0 en el debut del Mundial de 2006 y eso creó una efervescencia en la gente que Francia nos borró de un plumazo. Hace dos semanas parecía que el mundo se acababa con la demostración de Harlem Globetrotters contra Uruguay; Maracaná se presumía como el destino final para que La Roja ganase el tan codiciado juego de tronos. Y no se trata de eso: la selección vive una época orgiástica de buen fútbol que no va a cambiar de la noche a la mañana. Incluso, la derrota tiene su lado didáctico porque España tiene margen de mejora: conquistar dentro de un año lo que anoche se escapó. Sin embargo, hasta entonces tendremos que seguir aguantando el grito unánime de Maracaná: “Quer jogar?, Quer Jogar? O Brasil vai te ensinar”. Pueso eso, que nos enseñen…de momento.

Del Bosque, el gran estratega

Viernes, 28 Junio 2013

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A Del Bosque le tomaron por loco cuando, en el Real Madrid, sacrificó el talento trequartista de Guti para rebautizarlo de delantero centro o, mejor dicho, ya entonces de ‘falso nueve’. Con Morientes a menudo entre algodones, Guti se convirtió en estilete de la noche a la mañana y muy a pesar de las críticas de la opinión pública. El ‘catorce’, lejos de molestarse, espabiló rápido y fue marcando goles, así hasta dieciocho en aquella primera Liga de Figo. El Madrid se proclamó campeón y Del Bosque, ese ‘suicida táctico’, fue coronado como estratega mayor del reino. Trece años después,  Del Bosque miraba de reojo al banquillo del estadio de Fortaleza sin encontrarle a Fernando Torres un sustituto de garantías: Cesc y Soldado habían estado tocados durante toda la semana y Villa hacía demasiado tiempo que no afrontaba situaciones críticas. Y como debía tomar una decisión, el salmantino pensó en la ‘opción Guti’, personificada anoche en Javi Martínez. Su ex compañero Ander Herrera cazó a la primera la intención de Del Bosque en el twitter: “De central a delantero centro en año y medio, éste es bueno donde lo pongas”. Loren, aquel delantero del Athletic que pasó a adueñarse de la zaga de la Real Sociedad, ha dejado de ser el único y genuino rara avis.

No fue el único experimento volátil que intentó Del Bosque. Sin ir más lejos, eligió a Busquets para lanzar uno de los siete penaltis; nada extraño de no ser porque era el segundo penalti que lanzaba…¡en toda su carrera! Como anécdota, el primero lo falló, así que máximo riesgo, aunque el barcelonista no se lo confesó al seleccionador en el césped, tal como aclaró en COPE. Pero la madre de todas las apuestas era Iker Casillas. Con él nos jugábamos el primer momento decisivo de la Confederaciones y con él sufrimos hasta el final. Sus dos paradas de la primera parte fueron detenidas por todo el país, incluida la afición culé, ansiosa porque Mourinho y todas sus consecuencias vayan cayendo como un castillo de naipes. Pero ayer el espectro de Mourinho no pintaba nada; bueno, quizá algo cuando el portero no tuvo la flor de siempre en la tanda final. No obstante, a Casillas le vienen de maravilla estos partidos sobre el alambre para recuperar la confianza perdida.

España volvió a demostrarse a sí misma que sabe ganar con el mismo oficio que Italia, Alemania o la misma Brasil. Ya no se trata de esforzarse en maravillar para ganar, sino que en circunstancias atascadas La Roja maneja tan bien los tempos como antaño lo hizo el Madrid de Del Bosque en las Champions. Sin embargo, Prandelli se reveló como un fabuloso ajedrecista intuyendo cada jugada por delante de su colega español. Fue entonces cuando llegó el cambio de Torres por Javi Martínez y la regeneración milagrosa de la prórroga. Quizá cinco minutos más y la selección española no habría necesitado penaltis: Buffon era el único de sus compañeros que se mantenía erguido sobre el tapete, el resto ya había prestado un servicio impagable a su patria azzurra. Los italianos tienen que sentirse contentos.

Y en el horizonte Brasil, aunque ésta que parece extraterrestre en el mundo del jogo bonito. Por eso, cada vez que Neymar intenta una gambeta o un caño sin éxito, no supone ningún fraude en un combinado más musculoso que ingenioso. Así lo prefiere el cuadriculado Scolari y también nuestra selección, que ha patentado y modernizado aquel fútbol marciano del Brasil del setenta. Por fin llega un sueño quimérico: Brasil-España en el sagrado (y remozado) Maracaná, pero con los papales cambiados. España es la número uno del mundo, Brasil sólo un aspirante más.  

Thiago, Isco y Von Karajan

Mircoles, 19 Junio 2013

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“Hemos vuelto a hacer historia desde el gol de Marcelino. Espero que otros sub’21 sigan nuestro camino”. Fue lo primero que respondió Eusebio Sacristán, todavía vestido de corto sobre el césped del estadio José Zorrilla, a un periodista de ABC el día que el fútbol español, al menos su base, ocupó por primera vez un pequeño hueco en las portadas nacionales. La hermana pequeña de la selección absoluta se había proclamado campeona de Europa contra la pétrea Italia de Walter Zenga, Donadoni y Mancini ante cuarenta mil espectadores, la cifra que la Federación Española había manejado para colmar el escaso interés mediático que había originado la final. Consciente de ello, el seleccionador de aquel combinado, Luis Suárez, empezó su conferencia de prensa diciendo que en 120 minutos se habían jugado el trabajo de dos años; entonces, el gran público apenas conocía el sistema de las competiciones inferiores. Pero el objetivo se había cumplido: el fútbol español podía fardar de un futuro más o menos creíble que pudiese acabar con la angustiosa maldición de los cuartos.

Los Eusebio, Sanchís, Quique Sánchez Flores, etc, abrieron el camino para unas generaciones venideras inolvidables, sobre todo la del gol de Kiko en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Quizá esa gesta olímpica todavía guarde más épica que cualquier Europeo, incluido el último y soberano repaso de ‘La Rojita’. Porque, precisamente, ellos van a heredar el nuevo estilo de nuestro fútbol, tan lejos y antagónico del grito histórico de Belauste, ‘A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo’, símbolo centenario de la furia española. Si la primera parte de los mayores contra Uruguay fue propia del Circo del Sol, ayer Lopetegui se erigió en Herbert Von Karajan, dirigiendo una orquesta sinfónica en la que Thiago e Isco dejaron boquiabiertos a los telespectadores. Arsene Wenger se atrevió a decir durante la pasada Eurocopa que él sería capaz de ganar la Premier League con los suplentes de España; la sub’21 tampoco le andaría a la zaga. La promoción de Del Bosque necesitará retoques después del Mundial de Brasil y las garantías son absolutas.

De Gea se ha consagrado ni más ni menos que a la vera de un tal Sir Alex Ferguson y el Manchester se frota la manos porque tiene portero para rato; a Iñigo Martínez se le intuye un central con el carisma de Hierro, pero aún tiene que corregir ciertas manías defensivas para dar el salto a un grande; Tello vive en un desborde permanente, le gusta fintar, quebrar y ridiculizar en la banda a quienes se ponen por delante; Morata, revulsivo durante todo el Europeo, va a hacer la mili en su Real Madrid, la mejor escuela para aprender el oficio de artillero. Y, por encima de todos, Thiago e Isco. He oído decir estos días que el hijo de Mazinho es un “Guti en malo”; desde luego, la final le ha borrado de un plumazo tal denominación de origen. Es cierto que sus diabluras con el balón no llegan a ser tan talentosas como las del ex madridista, pero ha demostrado alma de capitán y el Barça debería tenerlo en cuenta para no usarle de refresco la próxima temporada. A quien se le ha quedado pequeño su club (con todos los respetos) es a Isco. Málaga le ha visto nacer pero no culminar una carrera que se antoja deslumbrante. La Premier, el City, le irá como anillo al dedo para inventar pases increíbles y regates en un metro cuadrado, aunque en España tampoco le harán ascos.

En definitiva, la gracia es que todos ellos jueguen en sus clubes para que sus poderes no se oxiden; están en la edad perfecta de asumir responsabilidades importantes en sus clubes y dejar de ser niños. Porque, por detrás, se les acercan a pasos agigantados los sub’20, a quienes veremos en el inminente Mundial de Turquía con Jesé y Deulofeu en plan estrella. El fútbol español ha pasado de oler a naftalina en Eurocopas y Mundiales a excitar a las masas en cualquier categoría imaginable. De hecho, la FIFA lo tiene más fácil que nunca para ordenar su ranking mundial: primera, España (la de Del Bosque); segunda, la sub’21; tercera, quizá la sub’20…

El genuino Cesc Fábregas

Lunes, 17 Junio 2013

Arsene Wenger es un entrenador feliz este lunes. Su mejor producto de los últimos tiempos por fin ha encontrado el mercado donde mejor se va a vender si Tito Vilanova se deja aconsejar por Del Bosque. Es Cesc Fábregas en versión anglosajona, la que aprendió y perfeccionó a la vera de su mentor en el Arsenal; el mismo que una vez sugirió a los reporteros del Arsenal que estuviesen atentos a “uno de los mejores llegadores del futuro”. No se confundió Wenger con su aprendiz; sí lo hizo Guardiola cuando lo reclamó para el Barça con unos planes totalmente diferentes. Porque Cesc lleva año y medio intentado apreciar el falso nueve que tantos quebraderos de cabeza le está dando. Quizá si en el Barça le hubieran dado un puñado de partidos de mediapunta, la grada del Camp Nou jamás habría sospechado de él. Por eso, el fútbol español agradece a Del Bosque su sorprendente y arriesgada decisión: si Cesc no hubiera sido el mejor de anoche, una buena legión de twitteros  habría martilleado al seleccionador con esa pedrada que tiene Tomás Guasch en su cabeza para el Real Madrid, ‘Silva, Mata y Cazorla’. Por suerte, el técnico español no tiene twitter y, también por suerte, sus cambios tácticos suelen salir bien.

“El doble pivote es innegociable”. Fue el único imperativo que anunció Del Bosque desde que relevó a Luis Aragonés. Y, seguramente, no se lo habría ventilado de haber convocado al lesionado Xabi Alonso; para qué cambiar al campeón mundial y de Europa por dos veces. Cuestión de experimentar, debió pensar el técnico salmantino; por algo, tiene la plantilla más talentosa de largo en el fútbol mundial, con jugadores aptos para plantear cualquier táctica imaginable, sea la clásica 4-4-2, la típicamente culé 4-3-3 o ese 4-1-4-1 con el que sorprendió España luciendo un delantero centro como dios manda. Soldado aprovechó su oportunidad  y deja una pista clara para el futuro: la Confederaciones no verá falsos nueves. Aunque con Del Bosque nunca se sabe; para la prensa que sigue a la Roja acertar el once se ha convertido en un auténtico reto. De hecho, ningún enviado especial se la habría jugado por Iker Casillas. ¿Justo? Deportivamente no por su baja temporal. pero el carisma de quien ha sido el mejor jugador del Madrid temporada a temporada hasta que llegó Cristiano Ronaldo pesa demasiado. Y lo saben Del Bosque y Toni Grande, quienes no esgrimieron ninguna razón convincente para explicar su titularidad y la consiguiente suplencia de Víctor Valdés.

Uruguay nunca ha ganado a España ni en partido oficial ni amistoso. Y con la actitud de anoche será complicado que llegue la primera en un tiempo. Óscar Tabárez se confundió dejando a Forlán en el banquillo, no porque jugase bien los minutos que le dio sino porque siempre hará algo más interesante que cualquier otro compañero, exceptuando a Luis Suárez y Cavani. Sobre todo, la estrella del Liverpool, claramente desesperado por la falta de calidad del resto. Al menos, ha vendido su caché y quién sabe si Florentino Pérez le habrá subido puestos en su particular ranking de aspirantes. Suárez busca desmarques, regates, fija la mirada a los de su alrededor, y pone y lanza faltas. Lo tiene todo si se le compara con el casi saliente Higuaín. Mientras, Cavani reservó sus dotes de killer para partidos más sencillos porque, como al resto de su selección, España le desactivó desde el primer minuto con un ‘tiqui-taca’ de libro.

Las comparaciones están hechas para que nosotros, los periodistas, subamos a alguien a un pedestal tan rápido como lo hundimos,  pero no es ninguna idiotez afirmar que la primera parte fue la más perfecta de la era Del Bosque. Con más del ochenta por ciento de posesión, la visión en HD de Fábregas y la majestuosa lección de patinaje artístico de Iniesta dejaron a Uruguay al nivel de un regional preferente (y eso que en nuestro país esa categoría tiene nivel). El país más idóneo ha reeditado al Brasil del setenta en versión muy mejorada, y no es precisamente la selección de Neymar.

Del Bosque, el buen estratega

Sbado, 30 Marzo 2013

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Confiesa que le ha cogido el tranquillo a ser personaje público, sobre todo después de recibir mil y una distinciones por haber ganado el Mundial, título de marqués incluido. Pero Vicente Del Bosque nunca ha usado su rol público para inflamar asuntos de estado, salvo cuando le tocan la fibra con su despido improcedente del Real Madrid. Sin embargo, en el primer deporte nacional de este país (el segundo es el fútbol) su nombre sigue siendo fusilado por criticones obnubilados por teorías conspirativas. La más famosa y persistente, que durará por los siglos de los siglos, dice que Del Bosque es sólo un continuista de Luis Aragonés y que cualquiera podía haber ganado títulos en el Madrid con el mensaje simplón de ‘salid y jugar como sabéis’, sin olvidar, claro, su sambenito de mal estratega. Quizás estos teóricos ignoren que el seleccionador algo hizo para lidiar con los numerosos marrones que le aparecieron desde que una tumultuosa noche de noviembre de 1999 John  Benjamin Toshack estalló contra la directiva de Lorenzo Sanz y confesó sin titubeos al MARCA que era más fácil ver un cerdo volando sobre el Bernabeu que rectificar algunas declaraciones.

Por de pronto, Del Bosque fue declarado entrenador interino del Madrid tras el despido de Toshack y con la papeleta de conjuntar a una plantilla desguazada por una lucha intestina de egos, con el de Anelka como el más flagrante. “Creo que Nicolás esta confundido, en su mundo”, espetó el entonces técnico merengue cuando le preguntaron por qué no convocó al delantero francés para un Madrid-Sevilla. Y esgrimió su razón: “Anelka no se corresponde con lo que debe ser un deportista, o sea una persona altruista que se dé a los demás. Lo que nunca puede pretender un jugador es entrenar y jugar a la carta; el fútbol es universal: se juega en corto o largo, sea en Francia o en Vallecas”. Así zanjó Del Bosque la cruzada que el fichaje más caro de la historia del club había emprendido contra directiva, entrenador y sus propios compañeros. Meses después y con el equipo pensando en el limbo en cada partido liguero, el técnico salmantino convenció a Anelka de que necesitaba su talento para tumbar al Bayern de Munich en las semifinales de Champions. Se habían llevado dos rapapolvos gordos en la fase de grupos: cuatro goles en el Bernabeu y otros tantos en Alemania. Finalmente, el efecto Anelka funcionó, pues él, y sólo él, se convirtió en la pesadilla del desafiante Kahn.

Pero durante aquella temporada Anelka no fue el único quebradero de cabeza. Con la Liga casi perdida, el Madrid afrontaba los cruces decisivos de la Champions como única salvación de la temporada. Y para más inri, el líder de la defensa, Fernando Hierro, quedaba fuera de combate por lesión. El central había eclipsado a todos y cada uno de los escuderos que le habían alineado cada domingo: Karanka, Helguera e Iván Campo ni por asomo alcanzaban el carisma de Hierro. Así que Del Bosque contempló otra solución: en vez de hacer casting de centrales, cambió el dibujo táctico colocando juntos precisamente a los tres teloneros. El experimento de los tres centrales funcionó en Old Trafford la noche del taconazo de Redondo, prosiguió contra el Bayern y alcanzó su cénit en la final de París. Entonces, Del Bosque fue declarado ‘marqués de la estrategia’. No obstante, después de una década el técnico todavía recuerda el riesgo que asumió: “Nos la jugamos con los tres centrales, si nos sale mal nos matan”, confesó a MARCA hace pocos días.

El siguiente episodio de meritocracia no tardó en llegar. Del Bosque se había ganado su continuidad, así lo entendió y anunció Florentino Pérez a su llegada a la presidencia, incluso antes de ganar las elecciones con el as de Figo en la manga. Y eso que los primeros meses fueron demasiado convulsos: una sorprendente eliminación copera ante el liliputiense Toledo, unido a la derrota en la Supercopa Europea contra Galatasaray y otro bofetón en la Intercontinental de Japón ante Boca Juniors hizo dudar al Bernabeu. Del Bosque tenía una plantilla demasiado buena como para desperdiciar tantas competiciones y, encima, el arranque liguero no había sido el esperado. A ese Madrid le faltaba gol y el remedio no lo iba a encontrar con una billetera: Guti era el elegido para jugar de delantero centro, quizá más de ‘falso nueve’ que de ariete rematador en el punto de penalti. El caso es que el madrileño llegó a quitarle la titularidad a Morientes y clavó ni más ni menos que catorce goles. Del Bosque había sacrificado los pases inverosímiles de Guti por su desconocida capacidad goleadora. Funcionó.

Los capítulos galácticos de Zidane y Ronaldo no supusieron grandes comeduras de coco para Del Bosque. Si acaso, el desliz que se le recordará al salmantino será el de haber sacrificado momentáneamente la carrera meteórica de Iker Casillas por un puñado de malos partidos. No obstante, su suplente César cuajó buenas actuaciones y, quizá, de no ser por su lesión en la final de Champions contra el Leverkusen, Casillas no habría encontrado ese punto de inflexión que relanzó su vida para siempre.

Por último, y después de un mal trago en el Besiktas, donde no detectó ni la más mínima simbiosis  con gente que entendiera el fútbol alrededor de un balón (tampoco Del Bosque se aclimató), llegó la oportunidad envenenada de sustituir a Luis Aragonés. Éste consiguió el ansiado sueño de superar todos los clichés de la selección española, ¡por fin volvíamos a ser importantes en Europa!, pero su ciclo había caducado. El legado del sucesor quedaba claro: aprovechar la mejor generación jamás habida en España. Y así lo hizo Del Bosque, no sin las presiones de la prensa. Ocurrió en Sudáfrica, después del batacazo inicial contra Suiza. El tiqui-taca murió en la defensa helvética y la opinión pública no entendió la necesidad de jugar con Busquets por detrás de Xabi Alonso. Pero el seleccionador se mantuvo firme a su convicción y siguió confiando en el azulgrana, hasta tal punto que llegó a decir que si fuera jugador le habría gustado parecerse a Busquets. De ahí a ganar el Mundial, y de Sudáfrica a la última Eurocopa, en la que sorteó la discusión del ‘falso nueve’ experimentado tácticas hasta la final, en la que España demostró que hoy día está por delante de cualquiera. Gracias, en parte, a Del Bosque.

El mundo quiere jugar como España

Mircoles, 27 Marzo 2013

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“El mundo quiere jugar como lo hace España y nosotros cambiar de estilo. Es increíble”. La preocupante reflexión de Gerard Piqué para El País en la víspera de la toma de París invita a sentar en el diván a la prensa española. El desliz contra la pandilla finlandesa, trivial para cualquier selección del planeta salvo para la española por extraño que parezca, evidencia el maniqueísmo que sufre la imagen de ‘La Roja’: todo pinta blanco o negro. Así somos. Afortunadamente, Pedro, el goleador silencioso, ha barnizado el tapete con tonos cálidos y alegres; pero si Víctor Valdés no llega a recrearse a sí mismo con aquella sublime actuación ante Thierry Henry en la final de Champions de Paris contra el Arsenal, entonces la imagen de Del Bosque habría acabado hecha un cristo. Todo se simplifica al balón, “el pasado parece que no importa”, tal como denunció Sergio Ramos la pasada semana. Y es una pena porque tenemos delante de nuestras narices la mejor generación que ha parido España y desperdiciamos las tertulias periodísticas queriéndola mandar al garete: ya sabéis, el morbo siempre vende más que cualquier estado de felicidad, por consiguiente, aburrido.

Manolo Sanchís dijo una vez que “no hay nada más bonito que un país pueda disfrutar de su selección cuando es la mejor del momento”. No lo decía por España, sino con cierto tono de envidia sana; no en vano, la última vez que ambos países se enfrentaron en fase clasificatoria, en 1991, el ex capitán del Real Madrid tuvo que aguantar estoicamente como Jean-Pierre Papin y Eric Cantona aplastaban al combinado de Luis Suárez con un repaso monumental en el Parque de los Príncipes. Entonces, a nuestra selección no se le apodaba ‘La Roja’, sino un pobre enfermo con el síndrome de cuartos de final. Y a veces ni eso. Aquella España cincelada por la Quinta del Buitre jugó en París por debajo de sus posibilidades y perdió; evidentemente, era incomparable a ésta, por eso Sanchís no entiende cómo se le puede disparar ni la más mínima crítica a Del Bosque. Será el adn español con ese estúpido bipolarismo que, tal como describe Piqué, indica que “nuestra cultura está en crisis si pierdes un partido después de hacer lo que no ha hecho nadie: Eurocopa, Mundial y Eurocopa”.

La victoria de anoche es rotunda para un equipo que se mofa de los escépticos, y también para Del Bosque, a quien esos mismos le acusaron en Gijón de ser un nulo estratega. Cierto es que el seleccionador no dio con el martillo para destrozar el muro de hormigón de Finlandia, pero en París la gran novedad del once fue Pedro y la consecuencia no pudo ser más satisfactoria. Las teorías del fin de ciclo quedan aparcadas hasta la próxima convocatoria, precisamente contra los escandinavos. Entonces, hacer algo extraordinario, o sea no ganar, alimentaría a los mentideros periodísticos con otra palabra muy manoseada estos días: autocomplacencia. ¿Pero de qué? Si la madre de todos los retos ya la han confesado los propios futbolistas: retar a Brasil en territorio hostil. El Maracanazo del 2014 se aproxima, después poco importarán los ciclos finitos o la continuidad de Del Bosque.

Los peligros del éxito

Sbado, 23 Marzo 2013

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Morir de éxito. Siempre es la causa que amenaza a los equipos hartos de palmaditas en la espalda. Le sucedió al Barça de Rijkaard, al de Guardiola, y el de Tito también ha caminado al borde del abismo después de que la prensa lo encumbrara a los altares rompiendo récords. A la selección española también le ha afectado el síndrome; por eso, Del Bosque, viejo experto en los códigos del fútbol, siempre se ha desmarcado de tanto aplauso. El seleccionador no baja la guardia, incluso contra un grupo de amigos finlandeses cuya entretenimiento por Europa es recrear sin sentido el patapum parriba de Javi Clemente. Del Bosque discierne entre alabanzas y adulaciones porque, de repente, quienes no vacilaban en comparar a esta selección con el Brasil del 70 piden un cambio de actitud. Anoche en El Molinón la autocomplacencia planeaba desde el primer minuto: habíamos vendido un trámite menos atractivo que aquellos partidos contra la droga, obsesionados con la última campaña de estiércol de Mourinho y París en el fondo.

La historia de un Brasil-España en la final del próximo Mundial es, sin duda, el best-seller más reclamado. La prensa española activó la maquinaria nada más concluir la conquista de Polonia y Ucrania; no en vano, y para una selección que ha arramblado con todo en los últimos tiempos, un duelo contra Neymar o, quizá, Messi, es el último capítulo para concluir esta epopeya inimaginable hace un lustro. Por eso, a veces vienen bien curas de humildad como lo que nos ha dado el cándido Pukki con el gol más importante en la historia de Finlandia. Lo advirtió Maldini durante la retransmisión de Telecinco, “España está mareando el baón sin ritmo”; demasiados pases delante del autobús finés sin ninguna idea fresca. El tiqui-taca se oxidó de tanto usarlo, recordando el vacile que se pegaron Messi e Iniesta pasándose el balón hasta ocho veces en el clásico de las cuatro de la tarde. Tampoco a Del Bosque se le ocurrió exprimir el juego de bandas, de lejos el método más eficaz para hacer trizas el bloque de hormigón: Jordi Alba no desdobló lo acostumbrado y Arbeloa, bueno, suele ser un lateral correcto al que poco se le puede exigir de centro de campo para arriba.

¿Y ahora Saint-Denis? El gatillazo de ‘La Roja’ tampoco debe ser apocalíptico; al revés, debemos agradecer a Finlandia la dosis de morbo que le ha metido al cruce del martes. Acostumbrados a aguantar fases clasificatorias bastante coñazo, la cartelera del Francia-España se vende sola: ganar o morir. Pero España, por encima de cualquiera, se ha ganado la credibilidad absoluta hasta que la estadística diga lo contrario. Y, por cierto, los franceses aún tendrán que visitar Georgia y Bielorrusia, acabando con Finlandia en casa: no estéis tan seguros que ganará a todos. España, sí. No caben más advertencias…ni complacencias.

 

 

 

Un tío diferente

Jueves, 7 Febrero 2013

Guardiola siempre le ha definido como “un futbolista que lo hace todo bien”, correcto; pero quizá sea Sixto Alfonso, el descubridor de Pedro, quien más atine: “es muy bueno no porque le sale todo, sino porque siempre sabe elegir cómo perseverar”. Me quedo con esta última. Algún día este ojeador canario, que también dio fama a David Silva, tendrá el reconocimiento que se merece. El fútbol de las islas es una cantera de niños rápidos, escurridizos y con un mimo extraordinario del balón. Pero el último y más resolutivo sigue siendo Pedro (ya jamás ‘Pedrito’), velocista, futbolista y con rol de ‘desatascador’, aunque sus estadísticas en el Barça hayan bajado durante esta temporada. Cuando todos fallan, él acierta; si a Xavi e Iniesta se les bloquea el chip inteligente, es el canario quien programa un par de destellos y adelante. Lo lleva haciendo desde que marcó su primer gol oficial con el Barça en San Mamés, en la Supercopa del 2009. Fue entonces cuando firmó su primer contrato profesional y también cuando Guardiola intuyó que su chaval valdría para algo más que cubrir suplencias coperas o minutos de la basura.

Pedro ha recuperado su excelso estado de forma, sin duda la mejor noticia para Tito Vilanova y, por supuesto, Del Bosque. Su titularidad nunca se cuestiona porque una carrera repentina por la banda o un desmarque al contraataque solucionan partidos para el Barça. No obstante, esa arrancada explosiva, con permiso de la de Messi, también es un arma muy práctica para voltear resultados desde el banquillo. Por eso, pocos jugadores en la Liga atesoran la polivalencia de Pedro. Su actual entrenador comentó durante la pasada pretemporada que Pedro pertenecía a ese “selecto grupo de La Masía que entendió con creces a los mayores”; no en vano, su estreno hollywoodiense fue, simplemente, bestial, con goles decisivos en todas las competiciones. Sin embargo, una mala temporada estuvo a punto de condenarle el último verano: el club necesitaba hacer cajas y puso al canario el cartel de transferible. Pero ni una sola queja pública: Pedro confío en sí mismo, se entrenó hasta la extenuación, como querría cualquier entrenador del mundo, y se aprovechó como nadie de ese pequeño matiz entre las pizarras de Guardiola y Tito: éste último le ha abierto al Barça las alas, por tanto, requiere extremos puros que abran el campo hasta las líneas de cal. Y, claro está, Pedro es el más idóneo de entre toda la plantilla.

“Nunca he visto a un chaval tan espabilado con y sin balón”. Sergio Busquets ya avisó hace cuatro años, cuando Pedro irrumpió en los planes de Guardiola con la misma verticalidad con la que rompe defensas. Por algo, Busi es el mejor amigo del canario dentro del vestuario y quien mejor le conoce. Pero la explicación más convincente de por qué Pedro debe jugar con la selección la ha dado el mismo Del Bosque: “aporta la agresividad defensiva que rompe con nuestro molde de jugar al pie”. Cierto, lo sabe el seleccionador y también el Barça, cuando no apuesta todo a la inspiración de Messi y el fútbol de salón. Quizás, por eso, es entendible que el tutor de quien mejor recuerdo guarda el canario en los entrenamientos sea Thierry Henry, velocidad pura…como Pedro.