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De la UVI a la morgue

Domingo, 7 Febrero 2016

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Gary Neville, amigo íntimo de David Beckham e hijo predilecto de Sir Alex Ferguson. En el dorso de sus credenciales también figura como socio inversor de Peter Lim en el modesto Salford City. De repente y contra todo pronóstico, el Valencia anunció al Fergi boy  el pasado diciembre; las expectativas de Laudrup, Spalleti o el mismo Lubo Penev saltaron por los aires a la fuerza. La idea fue fichar a un entrenador ajeno al universo Mendes (instrucciones de la presidenta Lay Hoon Chan), pero no del holding empresarial de Lim. Después de tres meses y un buen puñado de frustraciones, la grada de Mestalla todavía no ha digerido que su Valencia se haya convertido en una multinacional con cuartel general en Singapur. El dueño tiene la última palabra desde su teléfono rojo en el sudeste asiático, y la inversión en Neville ha sido menos rentable que sus acciones en la escudería Mclaren. El mosqueo de la masa social está alcanzado proporciones bíblicas, porque si el Valencia Club de Fútbol acaba hundiéndose como el Titanic, Lim actuará como fondo buitre y revenderá las acciones a otro postor. La propiedad pasando de unas manos a otra, sin oficio ni de momento beneficio. Nuno se hartó en secreto antes de empezar la temporada con aquella sonora pitada durante el trofeo Naranja; Neville, comentarista estrella en la BBC hasta hace pocas fechas, sigue siendo el paracaidista que aterriza en Vietnam, sin saber dónde está el norte y el sur.

Rafa Benítez dejó el pabellón tan alto que cualquier resultado que no sea reeditar tiempos añejos sabe amargo. La paradoja es que el propio Mister Rafa acabó firmando el divorcio. Como Héctor Cúper, Quique Sánchez Flores, Unai Emery, Pizzi y cualquier sospechoso habitual en ese banquillo. El caso de Ronald Koeman pertenece a sucesos paranormales: un vestuario destrozado por una guerra de trincheras (Koeman vs Albelda y Cañizares) conquistó la última copa del Valencia. Desde entonces, la maldición de Bela Guttman personificada por el propio Koeman: ”El Valencia no volverá a ganar ningún título”, dijo en El partido de las 12  en 2012. Pero lo último que necesita este equipo es pensar a lo grande; por ahora, basta con sentar a cada futbolista en un diván para que el psicólogo les convenza de que la salvación se alcanza con cuarenta puntos. Ése es el objetivo como si no hubiese mañana.

De Neville, un culpable más de la caótica realidad ché, se esperaba el estilo escocés de su padre sentimental: mano dura y una buena pinta de cerveza para arreglar las crisis. Sin embargo, el técnico ni siquiera puede mantener un diálogo de besugos: él habla dentro de la caseta y su traductor actúa casi simultáneamente. El mensaje lo entienden cuatro futbolistas (mejor no mencionar sus nombres), para el resto es como una visita guiada a un museo en horario escolar. No obstante, tarde o temprano Neville no será más que otro cadáver que pase por delante de la puerta de Mestalla, y la plantilla un enfermo que pasará de la UVI al morgue antes de verano. Nadie ha tenido que sugerir a Lim una flagrante intervención quirúrgica con bisturí: fumigará la mitad del vestuario, la otra mitad dependerá de una decisión demasiado impopular: Jorge Mendes. Y su Valencia, una empresa de compra-venta de jugadores desde la llegada del magnate singapurense, ha entrado en un bazar turco del que es difícil salir sin regatear alguna baratija con botas.