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Thiago nunca sobra

Martes, 15 Noviembre 2016

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El Allianz Arena siempre espera su último pase versión Michael Laudrup. Quizás sea el único extranjero al que la Bundesliga permite meterse con el balón en la cocina. Su físico no es el de una tanqueta alemana ni su estilo se ofusca disparando a discreción fuera del área. A Thiago Alcantara le obsesiona la pelota desde que un campeón del mundo, su padre Mazinho, le soltaba de niño sobre el césped de A Madroa para dejar boquiabiertos a Karpin y Mostovoi. Dejó el Barcelona porque sin Guardiola no triunfaría; se fue con él a Munich porque necesitaba regalar jugadas (y no al oído, precisamente), sobreexcitar a la grada, y sin minutos no habría fiesta. Dos lesiones de rodilla le han hecho espabilar de la noche a la mañana; resetearse una y otra vez, sin miedo a la jubilación forzosa, y asegurando que lo importante no son los títulos, sino ser feliz jugando al fútbol. Es su vida, la de su hermano Rafinha, como fue la de Mazinho, a quien Thiago suele vacilar diciéndole que apenas metía goles. Las risas acaban con la misma sentencia paternal de siempre: “¡Sí, pero yo soy campeón del mundo”! Y su hijo mayor también aspira a levantar el trofeo más preciado, quizá cuando dejen de esperarle. ‘Thiago es presente y futuro de la selección’, la comidilla de cualquier tertulia en días desérticos; tampoco le molesta, porque su presente es el siguiente pase y nunca se atreve a otear el horizonte. Ha resucitado dos veces, y la última es la definitiva.

Thiago te apasiona o le aborreces. Es la gracia de los futbolistas rara avis.  Guardiola le abroncó una vez porque no comparte la idea de que dos pases son mejor que tres, ni tres mejor que cuatro. Le habría costado asimilar el concepto sagrado del primer toque de Cruyff. Al mediocentro del Bayern le ponen las virguerías, intentar regatear en una cabina de teléfono y dar asistencias sin mirar. Casi nada. O le tomas o le dejas, pero no intentes lavarle el cerebro: Thiago juega como aprendió de pequeño, dejando un reguero de su talento malabarista en cada jugada. Por eso, es demasiado especial. Y mola que la selección tenga un Thiago porque, de lo contrario, el fútbol se reduciría a sota, caballo y rey. La sensación de la calle es que todavía no ha alcanzado su nivel estratosférico; Lopetegui entiende que aquella estrella que nació como campeón europeo sub’21 puede clonarse en la élite más exclusiva. No obstante, sin prisa y ya sin pausa, sin mirar atrás, el mayor de los Alcantara intenta mejorar su habilidad como un crupier baraja cartas en Las Vegas: cada vez más rápido, cada vez más improvisado. Las defensas de hormigón son su especialidad, así le quiso Pep y así confía Ancelotti, otro incomprendido que entiende el fútbol con un balón en los pies. 

Primera lección

Sbado, 10 Septiembre 2016

image.jpgPaul Scholes tenía razón en su entrevista al Daily Mail de esta semana: quizá sea más divertido ver al Salford City de la Séptima División inglesa que a este Manchester United. Desde luego, Old Trafford dejará de ser por un tiempo el ‘teatro de los sueños’ porque a su entrenador apenas le importa. Ganar por lo civil o lo criminal sigue siendo el reto y la táctica de la famosa presión alta es una obsesión que el vestuario tardará en entender. Al menos, Mkhitaryan y Lingard, señalados a dedo por Mourinho para justificar el baile de Fred Astaire que se marcó el City en la primera parte. En el duelo de estilos tan vaticinado por la prensa, Guardiola fue fiel así mismo pero sin fanatismos, porque ahora entrena en la Premier y de vez en cuando hay que usar el patadón y tentetieso. Así nació el gol de De Bruyne, desde un pase largo de Kolarov y entre las calamidades de una defensa de cartón piedra. Mourinho no se lo creía porque está acostumbrado a blindar su portería con tipos duros como Terry y Cahill. Y mal empieza delante del micrófono, reclamándose el papel de Dios Ra al que sus sumisos no adoran lo suficiente.

Los aficionados citizens llenaron todos los pubs de la ciudad hasta altas horas de la noche. Fue un derbi diferente porque su equipo por fin juega al fútbol. Una cuestión tan simple que los petrodólares no supieron solucionar con Roberto Mancini y Pellegrini. El City de la semifinal del Bernabéu rompió el cristal nada más mirarse al espejo; el de Old Trafford es el candidato número uno de la liga. Y de haber estado ‘Kun’ Agüero, el United habría sufrido un viernes 13. El método Guardiola puede ser quisquilloso, demasiado rígido y a veces más complejo que armar un reactor nuclear, pero garantiza un curso completo de entrenador. El balón es un modo de vida, mientras que en el universo Mourinho tan sólo queda en anécdota. Por eso, Gündogan tiene ganas de entrar en ese patio de colegio y el extravagante Fellaini ha sido repescado como titular. Mientras Mou conserve la artillería pesada, tumbará enemigos a cañonazos, sin estrujarse el cerebro en imaginar jugadas. Le encanta la Premier porque es de fabricación casera: un puñado de pelotazos al pecho de Ibrahimovic y asunto liquidado. Al fin y al cabo, el portugués no miente a los periodistas cuando les insisten en no mirar el pasaporte de Zlatan.

El United no fue destripado en un rato por las manos de mantequilla de Claudio Bravo. Cuando todo su equipo estaba concentrado, él se liaba en cada balón aéreo. El dosier de fallos demuestra el calvario que supone la Premier para los porteros. Bien lo sabe De Gea, que sufrió en sus primeros años la mofa de la prensa británica con aquel apodo de Calamity De Gea. Pero a Bravo no se le recuerda un partido tan estrepitoso desde sus tiempos en la Real Sociedad. Quizá sean los nervios del debut tan precipitado o que en Inglaterra si no mides 1,90 estás muerto. El caso es que, preguntado después del partido, Guardiola reincidió en esas explicaciones marcianas que nadie entiende para defender su fichaje exprés. Un mal menor en un sábado apoteósico para el City. Sí, el Leicester es el campeón, pero Guardiola quiere demostrar que los accidentes no suceden dos veces. Normalmente gana quien mejor juega. Como dijo Mourinho, “es simple”.

El gran rondo de Guardiola

Mircoles, 17 Agosto 2016

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Vuelve el rondo de Guardiola. El balón siempre al pie, sin injerencias, y que corran los otros. Así hartó el City al Steaua en su propio estadio, tocando como si no hubiera mañana. A Nolito le preguntaron hace unas semanas si se arrepentía de no haber fichado por el Barça, sin duda una pregunta capciosa. “¡Pero si voy a estar con Pepe!” fue la respuesta juguetona del escurridizo delantero de la selección que anoche se asomó a la fiesta de esos locos bajitos de Manchester. De repente, el centro de gravedad ha bajado un palmo: Kun Agüero, David Silva, Sterling y el último invitado, Nolito. Un gran rondo de veinte metros cuadrados que hizo saltar por los aires la defensa rumana e hizo al portero Nita internacional. El Kun se ha quejado los últimos años del maldito último pase: socios que le pongan la pelota por delante para engatillar a la carrera, su especialidad. Con Guardiola los falsos nueves y los media puntas fantasmas estarán a su servicio: él es la estrella y si sus musculosas piernas y los penaltis no le traicionan, éste es su año. Prohibido rifar las jugadas; prohibido el patapum p’arriba; prohibido pasar sin pensar; prohibido centrar sin mirar. Es un decálogo de principios que cada jugador debe aprender o escribírselo en una chuleta como hacen los quarterbacks con las mil estrategias del fútbol americano.

A Roman Abramovich le costó conseguir la Champions para el Chelsea casi una década y más de mil millones de despilfarro. Nasser Al Khelaifi no ceja en su empeño de poner ceros en los cheques para regalársela al Paris Saint Germain, y los dueños del City  también han vaciado la caja pero con estrellas de segundas fila, algunas en permanente sospecha como Gündogan, al que las lesiones le han apartado de la élite en los últimos tiempos. Dicen que Kevin De Bruyne fue fichaje de Pep porque Ferrán Soriano y Beguiristáin ya sabían que su camarada acabaría ciclo en Munich. A él no le han traído un Pogba de 120 ‘kilos’, pero sí al central John Stones por la mitad. Suena a exageración su P.V.P. y que le nombren sucesor de John Terry en la selección inglesa. Desde luego, no será un zaguero de pedigrí británico, de los que como dijo ocurrentemente aquel Pedrag Spasic del Real Madrid, “o pasa el balón o el jugador, pero nunca los dos”. Anoche Stones tenía de referencia a Kolarov y, si no, a Otamendi, y si no, a Willy Caballero. Nunca el cielo rumano.

Desde la calle, Guardiola da la sensación de haber reunido un vestuario inmune a las peleas de egos; sin caprichos ni estrellas rebeldes. Le advirtieron que Yaya Touré se comporta como una vedete de sueldo exagerado y le está manteniendo a raya, poniendo y quitándole. Ayer ni siquiera viajó a Rumanía. Cuando Ibrahmovic fichó por el Barça en 2009, Guardiola le dio la bienvenida en su despacho de la Ciudad de Sant Joan Despí y le informó que en la primera plantilla nadie acudía a los entrenamientos en Ferraris o Lamborghinis, que intentaban educarlos en la normalidad. Ningún Ibra o Pogba encajaría en un protocolo en el que el líder entrena y el resto juega. No hay alternativas: o eres bueno con el balón o no vales para el equipo. Aunque siempre aparece alguna disfunción llamada Chigrinskiy. Las reverencias al show de Bucarest no dejan lugar a la duda: Nolito ha entrado en un patio de colegio donde no se siente extraño. Sólo falta averiguar el estímulo del público citizen, tan amante del pim, pam, pum como el del Munich. Es el fantasma que siempre persigue al a veces incomprendido Guardiola.

Pulgada a pulgada

Mircoles, 29 Junio 2016

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“Las ideas a veces ganan al talento”. Antonio Conte repitió una frase de Fabio Capello, patentada la noche que el Milan humilló al Barcelona en Atenas, y que Guardiola no olvidará jamás. El ex entrenador madridista suele confesar que aquella goleada comenzó con una presión asfixiante sobre Pep que cortocircuitó el primer toque de Cruyff. La batalla del centro del campo fue crucial para que Romario y Stoichkov se quedaran aislados en un islote perdido en el océano. Y Capello reconoce que Desailly se dedicó a un “trabajo oscuro” que nunca fue reconocido por la opinión pública. Ese 4-0 mortal para el Dream Team supuso una de las mayores lecciones tácticas del fútbol contemporáneo. Cada España-Italia guarda una imagen que lo inmortaliza: el codazo de Tassoti (1994), la tanda de penaltis de Casillas (2008), la apología del tiqui-taca (2012) y, desde esta Eurocopa, la pizarra perfecta de Conte. La prensa italiana le declara ganador absoluto del combate por KO; no en vano, el Corriere della Sera le ha comparado con Alejandro Mago en el arte de preparar una guerra.

Las tertulias previas a grandes partidos conllevan fuertes dosis de verborrea barata. Normalmente, los periodistas analistas (o los que presumen de ello) describen tácticas en el imaginario que luego saltan por los aires. Quizá por eso no todo el mundo aspire a entrenador profesional, aunque nos guste jugar a serlo. Conte ha guionizado a su equipo desde que tomó una selección devastada en el Mundial de Brasil; le ha dado forma como un jarrón y sin arcilla de primera calidad. Suena a Rafa Benitez y su “yo esperaba un sofá y me trajeron una lámpara”. Desde luego, no se ha complicado en su reducido reclutamiento: si la Juventus domina el país, la fundición la deben construir sus obreros. Empezando por esa cuchilla de tres hojas que forman Chiellini, Barzagli y, el mejor, Bonucci. Cuando Iniesta o Silva esquivaban a uno, todavía les quedaba un bosque de piernas demasiado frondoso. Los centrales de la Juve son espartanos que darían la vida por cada uno de sus hermanos de sangre. Es la mentalidad azzurra, en la que Leónidas, o sea Conte, morirá al lado de sus compatriotas. O todos o ninguno.

Del Bosque cayó en el jaque desde que anunció una alineación sin cambios. Las pistas de Italia en la primera fase avisaron de una cruenta pelea por el centro del campo. El movimiento más lógico en la partida de ajedrez suponía quitar a Nolito y poblar la medular con Koke, más siderurgia, o Thiago para descerrajar el telón de acero italiano. El seleccionador español no lo creyó oportuno y, de repente, se quedó pasmado viendo cómo Conte defendía en bloque y pisaba el área de De Gea con ¡cuatro!, los delanteros y los carrileros. Italia entendió el carismático discurso de Al Pacino de “pulgada a pulgada” como nunca antes en el deporte moderno. Bueno, sí, Chile también lo aplico letra a letra en la pasada final contra Argentina. A Del Bosque nadie le va a enseñar integridad: murió con sus principios, tocando el balón hasta el fin del mundo. Lícito pero poco inteligente, porque hasta los más grandes estrategas han tolerado jugar al suicidio, por lo civil o lo criminal: lo hizo Cruyff con Alexanco o el mismo Guardiola con Piqué. A veces tienes potra y otras no, pero que no te acusen de no haberlo intentado.

Dani Alves, Samuel Eto’o….gente imprescindible

Viernes, 3 Junio 2016

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“Si Guardiola me dice que suba al tercer anfiteatro y me tire, pensaría que algo bueno debe haber ahí abajo”. Dani Alves es un tipo agradecido a quien le ha dado la fama; “que la gente mire lo que hago dentro del campo, no fuera, que es mi vida. Y si bailo, así soy yo”. Dani Alves es tan sincero como Samuel Eto’o, el primer culé que puso patas arriba el Camp Nou al son de correré como un negro para vivir como un blanco; “Hay mucho racismo en el fútbol. En España se venden como un país del primer mundo, pero en algunas cosas están muy atrasados”. Dani Alves es tan gráfico, que es capaz de comerse un plátano tirado desde la grada y servir de inspiración a media humanidad; “Ser del Barça es recomendable para la salud”. Dani Alves no necesita haber jugado en La Masía para presumir de ADN azulgrana; “A mí me pone cachondo mi chica, no un partido en el que te golpean”. Y Dani Alves se siente futbolista, pero sobre todo un privilegiado de la vida. Genio y figura hasta la sepultura, los periodistas esperamos las ruedas de prensa de Alves como un rottweiler con espuma en la boca en busca del mordisco. Armamos la metralleta y a la primera que suelta un titular demoledor vaciamos el cargador. Es brasileño pero entiende que la rivalidad hay que calentarla a la antigua usanza, como Stoichkov y Míchel, Gaspart y Mendoza. Con él se va uno de los personajes de nuestro fútbol y eso que todavía tenemos nostalgia de Eto’o, Guti, Schuster…Aborrecidos de tanta sota, caballo y rey en las salas de prensa, siempre nos quedarán Piqué y Cristiano Ronaldo cuando se alinean los planetas.

Dani Alves había firmado su defunción azulgrana un año antes, cuando retó en público a la directiva y renovó en plena efervescencia del triplete. Digno sucesor de Cafú, ha sido, de lejos, el mejor lateral derecho de la última década. Sus cabalgadas por la banda convencieron a Guardiola para inventarse un carrilero con esencia de extremo; tan pronto defendía su área como se inventaba centros con escuadra y cartabón. Monchi le descubrió donde ningún otro ojeador buscó, en un modesto club llamado Esporte Clube Bahía que lo vendió al Sevilla por menos de un millón de euros. Cuatro temporadas después y con un buen zurrón de títulos, el Barça le compró por 35 millones, hasta entonces el segundo fichaje más caro de la historia azulgrana, sólo superado por el del holandés Overmars. El Real Madrid se quedó con la miel en los labios, a pesar de que el propio Alves inmortalizó una de esas frases que tanto gustan a Florentino Pérez, “¿a quién no le hace ilusión jugar en el Madrid?”. La única verdad indiscutible es que el Barça no despilfarró el dinero porque al brasileño le bastó un puñado de partidos para agenciarse la línea de cal. Proeza de la genética, Guardiola llegó a preguntarse públicamente que para qué necesitaba un jugador delante de Dani si valía para todo. La estadística es sobrecogedora: cierra su ciclo firmando más asistencias que ¡¡Xavi Hernández!! Pongámonos en pie.

Nunca engañó a nadie ni dentro ni fuera del césped. Jugaba cada partido como si no hubiese mañana, y las redes sociales delataron su vida alegre, con ese eterno vacile que no pretende ser hiriente. Logró tanto en tan poco tiempo que bajó las revoluciones en el campo: en el último año de Pep, a Dani se le había nublado la mirada del tigre. Sus centros se quedaban cortos o largos por milímetros, y el lateral a veces se convertía en un coladero delante de un media punta escurridizo. No en vano, el propio Guardiola recomendó su traspaso porque se había desgastado demasiado. Pero Alves es un luchador que sólo se motiva con retos gigantescos (“si no me enfrentara a los mejores, estaría en el equipo de mi pueblo”); se acercó a su versión más exagerada con Tito Vilanova para amortiguar todas esos chismorreos que le escaneaban con lupa,  y acto seguido volvió a dejarse llevar. En los últimos años ya no era esa tanqueta que recorría la banda de fondo a fondo con un motor diesel; jugaba como si estuviese agotado, distraído en jugadas absurdas. Como a cualquiera, le ha llegado su fecha de caducidad: ocho años en el Barça y el suculento honor de ser el tercer futbolista con más títulos de la historia…¡del fútbol mundial! Sólo detrás de Ryan Giggs y Vitor Baia. Quédense con el legado de Dani Alves, una trituradora de trofeos y la mejor rotativa que podría tener cualquier medio de comunicación. Que siga la fiesta en Turín.

 

El portero de los noventa

Mircoles, 4 Mayo 2016

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“En la primera Champions el balón de Iniesta entró por la escuadra. Hoy hemos disparado treinta veces y nada”. Con ese “nada” Guardiola quería decir Oblak, el gigante esloveno que costó 16 millones de euros hace dos temporadas. Un P.V.P. para llevarse las manos a la cabeza de no ser porque sólo se le puede batir de un trallazo a bocajarro o con un balón rebotado como la falta de Xabi Alonso. Las estrategias espartanas de Simeone empiezan por un muro de contención delante de la portería, y resulta que el Atleti ha construido el más sólido del mercado. Lo saben el entrenador y Gil Marín, quien ha blindado al esloveno con una cláusula de cien millones. por si algún día le tientan los petrodólares del City o el PSG. Pablo Vercellone es el preparador de porteros del ‘Cholo’ y en privado alucina con Oblak, no sólo porque “controla el espacio aéreo” sino porque también saca agilidad felina en balones rasos, de esos que, como dice Vercellone, “lamen la cepa del palo”. Todo se reduce al entrenamiento del Cerro del Espino, no existe más universo que ése para el guardameta de 23 años que repele cualquier pelota por tierra, mar y aire. En el fútbol moderno apenas quedan porteros que bloquen balones sin recurrir al despeje fácil; por eso el estilo de Oblak casi es contracultural, de vieja escuela. Precisamente, Jan tiene dos ídolos de antiguas promociones a los que se ha hartado de ver en vídeos: Bodo Illgner y Francesco Toldo.

Oblak habría sido el paradigma de portero alemán de los noventa. Su gran envergadura empequeñece la portería a los delanteros (que se lo digan a Lewandowski); los córners son su jardín, sobre todo en el área pequeña desde donde otea cualquier amago de peligro. Como dice el propio Illlgner, es un híbrido entre los explosivos reflejos de Oliver Kahn debajo de los palos y los mano a mano de Neuer. Quizá no brille en salidas con los pies ni en jugar de líbero como el gran José Antonio Molina, pero un portero tiene que parar al fin y al cabo, y salvo raras excepciones ‘guardiolistas’, suele ser el más tarugo del once titular. A diferencia de Luis Enrique con Ter Stegen, Simeone no le ha pedido a Oblak que sea portero jugador. No reza como mandamiento de ese flamante estilo de vida llamado cholismo. El Atleti ganó la Liga hace dos temporadas con un Courtois fabricado por la guardia pretoriana del entrenador. Sólo le exigían detener lo parable y lo imposible. Casi nada para un chaval imberbe que sueña con salir del Chelsea, tal vez al Real Madrid.

Colchoneros con solera como Kiko o Abel Resino coinciden en que la presencia de Oblak intimida tanto como la del mítico David Barrufet delante de una portería de balonmano. Sus brazos son tentáculos que apenas dejan ángulos libres para colocar el balón con escuadra y cartabón. Porque marcarle un gol al esloveno exige la precisión de un golfistas de alto nivel, no vale chutar adonde salga. Anoche, después del partido, Oblak ni siquiera se sentía héroe de la eliminatoria; su exagerada humildad no le permiten levitar sobre el suelo ni un instante. Tanto es así que Gabi le vaciló porque no había conseguido atajar el penalti de Müller. Si romper el hormigón de Godín es misión imposible; talar a Oblak es un acto suicida. Por eso el Atleti no pierde nunca y por eso disfruta sufriendo con esa sensación de estar recibiendo puñetazos con anestesia permanente.

 

 

Esto es Esparta

Jueves, 28 Abril 2016

El Atlético de Madrid venció 1-0 al Bayern Múnich en la ida de las semifinales de la Liga de Campeones.

Saúl Ñíguez es la respuesta de por qué Simeone es el entrenador más decisivo de los últimos tiempos. Banquillero discreto, el ‘Cholo’ le convenció con su particular terapia de que podría sustituir sin ninguna vergüenza al lesionado Tiago. Sentado en un diván, Saúl tardó poco en entender que el esfuerzo no se negocia y que, como sucedió con los espartanos de Leónidas, cualquier escudo mal colocado en la facción desarmaría a todos. Partido a partido, el todo terreno rojiblanco se ha convertido en otro prodigio de su entrenador; compañeros como Godín, Giménez, Koke o Griezmann agradecen eternamente a su entrenador que les sacara del montón y, en algún caso, de la nada. Un día después del gol ‘maradoniano’ al Bayern, a Del Bosque le plantean un debate improvisado: la selección necesita un trotón que recorra kilómetros con sentido y Saúl debe ser el elegido. La primera parte de anoche fue la enésima prueba de que la plantilla ha asimilado para sí el mensaje institucional de Arbeloa que parafraseó de J.F. Kennedy: “No te preguntes qué puede hacer el Atleti por ti, pregúntate que puedes hacer tú por el Atleti”.

Simeone nunca habla en vano y en su Arte de la Guerra demostró a Guardiola que “la guerra la gana el que utiliza mejor a sus soldados, no el que más tiene”. Precisamente, la táctica de Pep se hundió en los últimos minutos por llenar el área de Oblak de delanteros, no ‘falsos’ como a él le gusta y sí demasiado descarados para intentar cazar un balón. Reaccionó tarde el Bayern al empuje inicial del Atlético y su habitual resaca de mar que poco a poco arrastra a cualquiera a donde quieren los rojiblancos. Bastó un puñado de minutos para que la pizarra de Guardiola se llenara de tachones y los alemanes se sintieran paracaidistas aterrizados en Vietnam, sin saben dónde está el norte y el sur. El fútbol de alcantarilla tantas veces criticado a Simeone es, en realidad, el sacrificio de extenuantes entrenamientos en los que un solo jugador sin fuelle no es apto en la manada. Así se explica el ritual sagrado de que todos, titulares y suplentes, pasen por la báscula a diario. Si Mourinho es un obseso de la presión “alta, media y baja”, tal como él acuñó en el Real Madrid, al ‘Cholo’ no me molesta descubrirse como un alumno aventajado. La letra pequeña de este sistema es que corre riesgo de caducidad a partir de la hora de juego: de ahí que el Atlético retrasara líneas hasta sentirse acorralado por el Bayern, tal como le sucedió contra el Barcelona. Podría parecer suicida, pero no con  el argentino.

A la pregunta del principio, cada argumento pesa más que el anterior. En el atrevimiento de Saúl en una jugada sin peligro, en tierra nadie, Simeone es la explicación. Cada fichaje surge de una cuidadosa selección de guerreros que superan una criba, casi como los espartanos recién nacidos. Augusto jugaba en el Celta hace unos meses y parece que lleva una década en este Atleti. Es el muro de contención que encuentra el rival antes de arañar, si quiera, la defensa. Fernando Torres, sospechoso a principio de temporada, le ha devuelto la confianza a su entrenador en una misión hercúlea pero simple: enfangarse en el trabajo defensivo y sacar fuerzas para contraatacar. Lástima ese balón al palo de Neuer. Y hablando de porteros, Oblak sigue siendo el portero más caro de la Liga española, pero quién en su sano juicio se atreve a discutir su P.V.P de 16 millones. El club le ha blindado con una cláusula de cien, ¿exagerado? Con Simeone detrás, todo es premeditado. ‘Ya caerán’, decían los criticones acostumbrados a la guerra de dos mundos (Madrid y Barça).) Pero resulta que esa hormiga que intentaron pisotear sigue correteando.

El cráneo

Jueves, 17 Marzo 2016

Bayern Múnich remontó por 4-2 a Juventus y se metió en ´cuartos´

De repente el nombre de José Mourinho volvió a la palestra. La trinchera tuitera que exhibe su efigie en cada ‘twitterbronca’ estaba a punto de sacar la artillería. Apenas quedaba un puñado de minutos para que se consumara el fracaso global de Guardiola en Munich. El Bayern moría en el pase corto, obsesionado con meterse hasta la cocina entre el bosque turinés. Fue entonces cuando el técnico catalán entendió la súplica de la grada: balones a la olla para que Lewandowski rematara cualquier microondas que se cruzara por ahí, o Müller hiciese de Raúl González y se escondiera en el único palmo de césped fuera del control de la Juve. Este Müller tiene alma de ‘7’ porque pelea contra gigantes y casi siempre merece recompensa. Es el tribunero por excelencia del Bayern, que agita al Allianz con un par de aspavientos. No obstante, su teatro nunca habría sido suficiente si ese Douglas Costa no hubiera reanimado al zombi bávaro. Suena a disparate que el mejor zurdo brasileño del momento no cuente para la selección siderúrgica de Dunga; aunque quizá Costa hubiese preferido compartir rondos con Rivaldo, Ronaldinho y el mejor Kaká. A la vecchia signora, que más sabe por vieja que por diablo, sólo se le podía tumbar con jugones, y ahí es donde el Bayern echó de menos al eterno Robben, y sus amagos por fuera y quiebros interiores. Resulta paradójico que este Robben con mil cicatrices de guerra encajaría sin discusión en el once titular del Real Madrid.. Al fin y al cabo, su rodilla no aparentaba ser tan de cristal como temía el club blanco.

Despotricar de Allegri el día después chirría demasiado por ventajista. Cambió a Morata con 0-2 porque consideró que el delantero se había vaciado con sus galopadas a lo Ronaldo Nazario. Él solo desmontó a la defensa bávara y a sus dos guardaespaldas, Xabi Alonso y Arturo Vidal; la carrera con balón en el gol de Cuadrado quedará para la posteridad, casi como el estratosférico gol de Ronaldo en Compostela. Morata fulminó su debate de la selección porque cualquiera que ose a dudar de su presencia recibirá una colleja con argumentos. Se fue el ex madridista con un cabreo de proporciones bíblicas, y Guardiola ordenó el ataque relámpago, mientras Thiago calentaba para su momento de gloria. Entró para inventarse algún pase imposible entre líneas y acabó chutando el gol que mandaba a la Juve a la morgue. Corrió para celebrarlo gritando de rabia, recordando los duros y solitarios momentos de su lesión; un año fuera de combate que le exigió un esfuerzo brutal. Les recomiendo que vean en youtube el documental 371 en el Alcantara narra los 371 días de calvario físico y psicológico que sufrió para recuperarse de una rotura de ligamentos. La mejor versión de Thiago garantiza el futuro de la selección española y, salvo sorpresa del mercado, Ancelotti le exprimirá como al Isco más espabilado que ha visto el Madrid.

Guardiola se irá de Munich con la desazón de no haber contentado a toda la hinchada. Haya o no Champions, las advertencias pasadas del gurú Franz Beckenbauer todavía flotan en el ambiente. Y como el carácter germano es tan cuadriculado, mejor golear con un delantero centro que dibujar galimatías tácticos con cinco delanteros medio falsos medio puros. De todos modos, la eliminatoria completa compila el vademécum de Guardiola con la aclamación popular: los 50 primeros minutos del Bayern en Turín fueran escandalosamente apoteósicos, tanto que dejaron al Dream Team de Cruyff a la altura del betún. Y la última media hora de anoche reivindicó la vieja escuela alemana que defiende la teoría de que el cráneo es la parte más dura del cuerpo humano.

 

 

Busquets, el ‘huracán tranquilo’

Viernes, 12 Febrero 2016

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Debutó en 2008 siendo ‘el hijo del portero’, pero con los años a papá Busi le han terminado conociendo como ‘el padre de Sergio’. Vicente Del Bosque le rindió un tributo inolvidable en Sudáfrica defendiendo sin rubor que si fuera futbolista, le gustaría parecerse a Busquets. No acapara portadas porque cualquier gesto de Messi o Neymar acaba siendo trending topic, ni tampoco suele ser cómplice en el césped de los prodigios de Iniesta. Sin embargo, supera a casi todo el vestuario en las notas de los cronistas: suele sacar sobresaliente y apenas baja al notable; de lo contrario,  el Barça entraría en mayday!  Como dice el maestro César Menotti, “es el coche escoba que limpia la alfombra para que el resto de esos locos bajitos hagan sus diabluras”. La voracidad de nuestro periodismo deportivo, que escanea con lupa hasta la roña que puedan tener en la uñas Cristiano Ronaldo o Messi, se olvida a posta de la clase media. Y Busquets representa esa clase obrera de tarea poco glamurosa. Fue el peón decisivo que ansiaba Mourinho durante su época merengue; no en vano, un directivo de la planta noble del Bernabéu sugirió más de una vez intentar un segundo caso Figo, claro que no tan bullicioso.

Este Barça sufre de algún modo el ‘síndrome Makelele’: el francés aguantaba el equilibrio galáctico hasta que se hartó del ninguneo y se largó. El Madrid le consideró intrascendente y Zidane, Figo, Raúl y Ronaldo se estrellaron en aquel galacticidio. Ellos vendían el fútbol total y Makelele sostenía la viga maestra del tinglado táctico. Sólo cuando las piezas se desacoplaron, el proyecto faraónico de Florentino comenzó a resquebrajarse. Desde la irrupción meteórica de Guardiola, el Barça ha tensado un cable que Busquets mantiene firme para que, por una parte, su retaguardia no se encuentren de bruces con una invasión enemiga y por otra, Messi y el resto de alquimistas se liberen de cualquier marrón. “Es el mejor centrocampista del mundo”, espetó Guardiola en Munich. Pista más que fiable para que el resto de todopoderosos le quieran tentar. Busquets recibió dos ofertas el pasado verano de Chelsea y Paris Saint Germain, pero el Barça le había prometido un contrato de estrella de rock. Media temporada después, ni ha estampado la firma ni le han dado turno en las oficinas del Camp Nou. Y Busquets, que conoce los trapos sucios de este negocio, ya ha deslizado en la ESPN que le debe media vida a Guardiola: “Sólo mi mujer y Guardiola me harían dejar el Barça”. ¿Hora de cobrar el favor?

“Busquets arrasa con todo si el físico no le traiciona”, palabra de Frank Rijkaard. No lo dice uno de los entrenadores más decisivos de la historia moderna del club, sino uno de los mejores centrocampistas defensivos que ha visto el fútbol mundial: el ‘huracán tranquilo’, tal como le calificaron en un artículo de FIFA.com. “Todo fútbol, el rácano o el más vistoso, necesita fontaneros”, lo sabe bien Fabio Capello, que nunca ha querido cambiar la llave inglesa por un pincel. Y, desde luego y a pesar de las apariencias melindrosas, Guardiola siempre mete la llave pesada en su caja de herramientas. Busquets es imprescindible antes, ahora y siempre; sin duda, es otro ‘huracán tranquilo’. 

Cortita y al pie

Mircoles, 6 Enero 2016

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“Si pudiera dirigir un equipo, siempre jugaría Riquelme. Fue un honor haberme retirado con su camiseta en mis manos”. Es el libro de estilo de Zinedine Zidane. Cortita y al pie, en campo contrario y sin perder el balón. Florentino Pérez siempre tuvo dos obsesiones: reventar el mercado con Leo Messi (así lo soñaba y así se lo transmitió a Cristiano Ronaldo en su despacho de ACS) y moldear a Zizou, su galáctico de cámara, en una copia perfecta de Pep Guardiola. “Los grandes jugadores serán grandes entrenadores”, sentenció Johan Cruyff. Entonces, Maradona, Van Basten o Michael Laudrup son la excepción que confirma la regla. Zidane está llamado a desconectar esa trituradora andante que engulle entrenadores al ritmo que el club gasta millones. Es el Neo de Matrix, el elegido para abrir una nueva era sin vedetismos, estrellas de rock con derechos y sin obligaciones, y caprichos multimillonarios. Si hay un líder es, desde hoy, el hombre que fue convertido en mito por el Bernabéu. “Nunca se está preparado para entrenar al Real Madrid”; de repente, una incontinencia de sinceridad. La leyenda mundial bajó al barro, sin promesas ni ruido hipócrita: “¿Ganar? Vamos a intentarlo”. Dos palabras repitió Zidane hasta la extenuación: trabajo e ilusión. De lo segundo iba sobrado Benítez, otra historia en otra galaxia muy lejana fue ver un Madrid currado (y de currantes). Ni las persianas cerradas de Valdebebas mienten.

A un tipo volcánico como Zidane le habría molestado que un entrenador intentase corregir la técnica de sus roulettes. Cristiano Ronaldo aguantó cómo Mister Rafa le sugería patear las faltas y Toni Kroos cómo debía colocar el pie para un pase largo. La gente del fútbol respeta unos códigos que el vestuario blanco considera vulnerados por el técnico saliente. Por eso, ni rastro de agradecimientos públicos en las redes sociales: los mismos jugadores que abrasaron twitter con mensajes de apoyo a Ancelotti, han ignorado a Benítez, aunque su entorno confiese que sí ha recibido llamadas personales de algunos futbolistas. En julio no fingió lágrimas cuando se emocionó en su presentación porque, mimetizando el himno merengue de las mocitas madrileñas, “cuando pierde da la mano, sin envidias ni rencores, como bueno y fiel hermano”. Su carta de despedida lo atestigua. Él ya es historia (no literal, claro), Zidane es el presente y el futuro la gigante y eterna duda en el banquillo más complicado del mundo. No obstante, el adn del astro francés no miente: “ganar, no hay nada más”. Sí, otro fracaso de consecuencias apocalípticas. Y no es hipérbole.

Zidane ama el arte de Guardiola en rondos y ejercicios claustrofóbicos con balón. Cuanto menos espacio, más habilidad. James e Isco pueden volver a respirar; incluso si volviese el incomprendido Guti, al que el propio Zizou y Ronaldo el ‘gordito’ nunca dejaron de tirar flores. Pero quizá el vestuario más joven sólo conozca la historia de su nuevo entrenador desde el año cero de la volea de Glasgow o aquel regate de la ‘cuerda’ al deportivista Héctor. Tampoco sabrán que en los años del Madrid galáctico, la única vez que se detuvo un entrenamiento para aplaudir a alguien fue al que ahora viste de traje y corbata de seda.  Que Zidane sea entrenador no va a implicar sesiones made in Globetrotters; su talento aguantaba noventa minutos porque la Juventus le sometió a carne de gimnasio. Así que se anuncian cargas físicas pesadas en Valdebebas. Una dosis de pelota de Guardiola; otra de Ancelotti en gestión de cracks; Marcello Lippi la física…¿Y del Bosque? Habrá que preguntárselo.