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Archivo de la categoría ‘Guardiola’

Pintando Giocondas

Domingo, 20 Diciembre 2015

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“La última Gioconda la pintó Guardiola”. César Menotti atajó de golpe el creciente debate de barra de bar insinuado desde Barcelona. ¿Pep o Luis Enrique? Los títulos casi les dan empate técnico (el Athletic lo desigualó con la última Supercopa), pero el fútbol atrinchera a los puristas (menottistas, y bielsistas son los maestros filósofos) contra el ataque directo, sin delicatessen (en el Bernabeu mourinhistas, en el Calderón cholistas…). Luis Enrique es una versión híbrida apta para ambas tendencias: sin ensayar el baile de salón con el que el Barça maniató al Santos de Neymar en 2011, su secuela no está obsesionada con empujar el balón en el área pequeña. Al contrario, se esfuerza tanto en el contraataque como en combinaciones escurridizas al primer toque. ”Cualquier atajo es perfecto para chutar a portería”, insisten desde el cuerpo técnico del asturiano. Julio Maldonado ‘Maldini’, que de dinastías futboleras sabe un rato (tiene toda la historia del fútbol digitalizada, TODA) cree que sólo una dupla ficticia formada por Messi y Ronaldo Nazario superaría a la MSN. Y siendo tan escrupuloso en sus análisis, la osadía de ‘Maldini’ quizá no sea tan exagerada.

Michael Schummacher acabó peleando contra su leyenda en Ferrari; a Roger Federer le pesó tanto la hegemonía, que llegó un momento en el que no ganar títulos suponía fracasar. Este Barça intenta superar su propia barrera del sonido y el primer reto, como dice José Mari Bakero, es romper la maldición de la Champions: desde el Milan total de Arrigo Sacchi, ningún club ha podido repetir dos Copas de Europa consecutivas (1989 y 1990). El villano más peligroso de los azulgranas es el Real Madrid más inconsistente de los últimos tiempos: de la Champions de Lisboa a subirse a la barca de Caronte en tiempo récord. Todo sucede a la velocidad de la luz en el Madrid, ése es el problema que nunca sufre un Barcelona que da tiempo a sus proyectos, moldeándolos según la ideología de Cruyff. Unos como alumnos aventajados (Guardiola) y otros un poco más díscolos (Luis Enrique). Sin embargo, la génesis prevalece y salvo excepciones forzadas y precipitadas como el ‘Tata’ Martino, la idea es ejecutar rivales con elegancia, como un fino esgrimista con florete. No a cañonazos en pleno ambiente discotequero, como suele ocurrir en el Bernabéu.

Messi, Neymar y Luis Suárez. Tres estrellas, tres amigos que suelen cenar en familia. Alves es el alma de las fiestas, tan querido por todos que su felicidad pesó demasiado para no largarse rajando; Piqué, el liante del grupo y tan amado entre sus huestes como odiado entre tantos otros con sentido común; Mascherano, ‘jefecito’ sobre el césped y en la calle. Son la pandilla de amigos que cualquier directivo querría. Sin guerras civiles, sin malos rollos. La última vez que hubo una colisión de egos en Can Barça, Eto’o y Ronaldinho se declararon el fuego cruzado y el proyecto de Rijkaard se resquebrajó para siempre. A Luis Enrique le salvó el puesto su vestuario porque entendió que con Messi no cabían broncas. Sus buenos y nuevos amigos, ‘Ney’ y Luis, se sienten su guardia pretoriana, saben quién es el D10S. Y como las armonías son perecederas, el Barça juega en una época para la posteridad. Como el Brasil del 70, como el Dream Team, como Pep.

 

 

El Barça de Foreman…el Barça de Ali

Martes, 9 Junio 2015

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George Foreman fue invitado por el ex presidente del Barcelona, José Luis Núñez, al palco del Camp Nou en un derbi catalán de noviembre de 1992. El club había garantizado al ‘Gran George’ un espectáculo parecido a sus combates en el MGM de Las Vegas: nada más y nada menos que presenciar en formato televisión al Dream Team de Cruyff en su momento más sublime. El Barça goleó al Espanyol por 5-0 en su enésima versión del Circo del Sol, protagonizada desde el lanzador Ronald Koeman hasta el trapecista Hristo Stoitchkov y con actuaciones estelares de un malabarista llamado Pep Guardiola y la infinita creatividad del funambulista Michael Laudrup. Justo antes de abandonar el estadio, a Foreman le preguntaron si ese soccer que había aplaudido desde su butaca se asemejaba más al del ‘Bombardero de Tejas’ (es decir, el suyo) o a la técnica acuñada por Cassius Clay de flota como una mariposa y pica como una abeja.  La respuesta del legendario boxeador no fue tan contundente como sus directos: “cualquiera vale porque sólo jugaba un equipo”.

Gerard Piqué escupió en Berlín una palabra prohibida en el vademécum de La Masía: el regusto por el CONTRAATAQUE. El Barça descubrió en la final su génesis del triplete: la estética del billar en el primer gol a la Juve y la contra escurridiza para la anestesia total. Odiando las comparaciones, Guardiola murió en la noche del Chelsea sin traicionar sus principios: toque, retoque y sobar el balón hasta desgastar su cuero. Casi siempre le valió, casi. Había un plan incomparable, el problema fue que carecía de plan B. Al Barça de este Messi (la figura de Luis Enrique ni se asoma) nunca se le catalogará en la colección ‘davinciana’. Ahí Cruyff y Pep acaparan la estantería. El flamante tricampeón es una reminiscencia del gran Pep, pero dotado de una cuchilla tan afilada como el Madrid de Mourinho. Tiqui-taca y pim, pam, pum agitados en una coctelera. El resultado es un elixir made in Barça. Y como sucede con el secreto de la Coca Cola, el fútbol necesitará tiempo para reencontrar un equipo que haya arrasado como Atila. Lo acabó haciendo en una Liga regalada por el Real Madrid y en la Champions aniquilando a los campeones de las grandes Ligas.

Xavi Hernández confesó en una entrevista en El País Semanal de diciembre que “el pasado había que olvidarlo”. Fue su respuesta a las sospechas ensordecedoras sobre Luis Enrique. Su caducidad se iba a precipitar tanto como la del Tata Martino porque ni los resultados eran explosivos, ni la sintonía con el vestuario tenía el buen rollo de Ancelotti, Mister Carletto en los círculos privados de los futbolistas merengues. La bronca de Navidades entre Leo Messi y su técnico descompuso a la plantilla, incluidos todos los familiares que escucharon el reguero de insultos que ambos se cruzaron. Los ecos de la bronca y el Madrid de las 22 victorias intuían un futuro inmediato apocalíptico: un segundo año en blanco (con todo el retintín del mundo) habría devuelto al club a la época de los horrores de Gaspart. Fue entonces cuando Luis Enrique supo abrirse a su psicólogo de cabecera y escuchar al mismo vestuario que había intentado dirigir con mano de hierro o, más bien, de chatarra. Es decir, que Messi necesitaba cariño o, al menos, la paz de los hippies: centrarse en su mundo de la pelota sin nadie que le taladrase con órdenes incómodas. Y si al mejor jugador del mundo le apetece hace diabluras, todo lo demás puede esperar. Absolutamente todo. 

Xavi Hernández y su Rumble in the jungle

Jueves, 21 Mayo 2015

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Louis Van Gaal siempre esboza una sonrisa en cada entrevista en la que cae la pregunta de rigor. ¿Es verdad que Xavi Hernández le salvó una vez del despido? “Rotundamente sí. Lo he dicho una y mil veces. Aquel gol suyo en Valladolid lo cambió todo”. Diciembre de 1998. El Barça había sufrido cuatro derrotas consecutivas y el presidente José Luis Núñez había puesto la guillotina sobre el holandés. La noche pucelana suponía el juicio final de un Van Gaal que no había logrado introducir sus métodos como a él siempre le gusta: por succión. El club le había dado un proyecto nuevo que, al menos, amagase con ser la sombra del extinto Dream Team de Cruyff. Y una de las cláusulas tácitas (no figuraba en su contrato) suponía impulsar una Masía marchita cuyo producto de la ‘Quinta de Lo Pelat’ (Iván de la Peña) había resultado defectuoso. Xavi Hernández fue el elegido aquel verano para “dotar de alma al club”, tal como reconoció Guardiola en una de sus últimas declaraciones como futbolista azulgrana. La prensa barcelonista, en sus ansias por vender futuras estrellas, consideró al bajito de Terrasa como el discípulo adelantado de Pep. Éste lo había sido de Cruyff, y de la escuela creada, la nueva promoción estaría liderada por Xavi. Sin embargo, tardó años en macerar, a pesar de que el Milan casi le convence con 19 años para que dejase el club de su vida por una más lujosa (250 millones de pesetas por temporada y chalet en residencia exclusiva) y con la tutela de mitos como Paolo Maldini.

La historia de Xavi y sus maneras de Von Karajan datan su año 0 en la Eurocopa de Viena. O, mejor dicho, con aquel diálogo entre Luis Aragonés y su confidente Jesús Paredes, en el que el ‘Sabio de Hortaleza’ honró su apodo diciendo que la selección española jugaría a lo que quisiera Xavi. Entre las eternas discusiones de barra de bar, Iniesta aparece como el jugador más decisivo de la historia de España y Xavi el más importante de sin discusión. Años después y sin nada que demostrar, a esa diminuta CPU no le molestó que Luis Enrique le convenciese seguir como segundo plato. Su azotea sigue siendo tan privilegiada como la de Rafa Nadal, y su reto durante estos dos últimos años ha sido acabar con las malas lenguas o, hablando en plata, jubilar a sus jubiladores. En Balaídos instruyó un máster acelerado de balón durante el puñado de minutos que tomó la batuta. Rafinha tiene mucho potencial, y demasiado que aprender; Xavi ha sido hasta hoy su vademécum del perfecto centrocampista. Lo saben en la Academia catarí Aspire, que perdió un maestro como Raúl González, pero que lo va a sustituir por otro Einstein del fútbol. Porque a cualquier entrenador que se le pregunte, dirá sin pestañear que madridista y azulgrana (amigos personales, por cierto) son los más espabilados que ha dado el fútbol contemporáneo. Raúl tuvo que pelear contra aquel murmullo molesto de la calle que insinuaba que ‘nunca hacía nada’; Xavi no ha sufrido esa losa tan injusta. Venerado por el Camp Nou, es una cuestión de orgullo propio, como el Muhammad Alí pasado en años que volvió al ring para retar al púgil que más pegaba entonces. Alí preguntó a quién había que noquear para volver a ser considerado el mejor de todos los tiempos, Cuando le dijeron que George Foreman era el boxeador del momento, entonces espetó: “¡Traédmelo, que le daré una paliza!”.

Xavi también ha disfrutado de su particular Rumble in the jungle. Los pases imposibles y su visión en cuatro dimensiones envejecen con la edad, pero nunca desaparecen. Y Sergio Busquets lo sabe, por eso a veces miraba de reojo al banquillo esperando la entrada del mesías al que poder entregar el paquete, que éste ya se encargaba de entregárselo en bandeja a Messi. Frans Hoek, ex preparador de porteros de la selección holandesa en el pasado Mundial de Brasil, habla un perfecto español de sus tiempos en Can Barça con Van Gaal: “Si hubiéramos estado más rápido, Louis habría intentado persuadir a Xavi para que viniese a Old Trafford”. Y quizá esa tentadora oferta le habría hecho replantearse su amor incondicional por el Barça.  Steve Gerrard, otra leyenda que ha remado contra su jubilación, siempre lo ha tenido claro: “Hay buenos centrocampistas, otros más completos, están los top y luego Xavi Hernández”. José Mourinho se reunión con Raúl días antes de su adiós para conocer sus intenciones de primera mano y, si acaso, buscarle un resquicio para evitar su salida. No lo consiguió. Con Xavi todo ha sido más fácil: las toneladas de orgullo tragado, sin un mal gesto ni una rajada pública, le han dado un rato más de balón.

Nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez

Mircoles, 13 Mayo 2015

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Gary Lineker hincó la rodilla anoche en la BBC: “Siempre he pensado que el Manchester United era el equipo más competitivo de la historia reciente de la Champions. Ahora me he dado cuenta que es el Barça”. La proeza del triplete está a tres partidos; “la nada”, como dice Mascherano, también espera a la misma distancia. Lineker ha entendido que el Barça maneja como nadie los tempos de la Champions porque anoche no necesitó exprimirse, simplemente sacó el aguijón dos veces y a esperar que el veneno hiciese su efecto. Guardiola, muy celoso de su creación, había espetado en la previa que los azulgranas eran los mejores al contraataque: la posesión de balón ya no era patrimonio culé. Cayera o no el Bayern, el principio más ‘guardiolista’ nunca se traiciona, ni aunque lo pidan a gritos grandes leyendas bávaras como Beckenbauer o Lothar Matthäus. En cambio, Luis Enrique no sufre el agobio de la historia, sólo ha tenido que llegar a una Entente Cordiale con el jefe del vestuario. Desde que Pep se hartó de Rosell y sus yuppies, el Barça dejó de ser el de los entrenadores: en la memoria histórica Cruyff, Rijkaard, Guardiola y desde hace tiempo el Barça de Messi. Y discrepando con el ‘Kaiser’, sin Leo el Barça no es un equipo normal, asusta a medio mundo porque, simplemente, nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez, ambos en la órbita del Real Madrid en un pasado muy reciente.

No fue un partido de hemeroteca, sino un trámite plomizo con el que el Barça jugueteó desde que Luis Suárez dijo ‘basta’. Hasta entonces, un cabezazo de Benatia sobreexcitó al Allianz Arena, conjurándole en una remontada made in  Bernabeu. Poco le importa a Luis Enrique que sus genios del balón corran detrás de él: con Messi en versión Michael Laudrup contraatacar también es una pasada, lejos de la blasfemia que suponía este noble arte en la época de Mourinho.  Que se lo digan a Neymar, incansable en los quiebros, esquivando bosques de piernas en un metro cuadrado. Su exhibición en Munich le propone como el primer Balón de Oro posterior a la guerra Messi-Cristiano. Y a Suárez como el delantero centro perfecto, de los que echa de menos el fútbol de este siglo. El Bayern tiene a Lewandowski, otro rematador que mata la figura del ‘falso nueve’ a la que Guardiola ha rendido tanta pleitesía. Si hubiera jugado sin máscara, quizás no sólo Mascherano necesitaría una prótesis de cadera. Como el sombrero de tacón del uruguayo, una delicatessen que sale una vez en la vida. Pero merece la pena.

El Barça acumula tanta artillería pesada como el Madrid, con la ventaja de que si no le funciona un destructor, aún tiene otros dos para ametrallar a cualquiera. El tridente impresiona ahora más que la BBC, averiada desde las lesiones de Bale y Benzema. “Messi es el Barça y el Barça es Messi”, espetó Cesc en COPE el lunes pasado. Pero si D10S desaparece en combate, los otros dos socios de diabluras reclaman su estrella en el paseo de Hollywood. De momento nadie tose al líder porque, hablando en plata, no ha nacido un futbolista que le haga sombra. Guardiola lo temía y por eso no quería ni en pintura al prodigio al que dio vida hace unos años: prefería la vendetta contra Ancelotti. Y a estas alturas y sin conocer al otro finalista, el Barça tampoco quiere cruzarse con el Madrid: es el Federer que arrollaba hasta que le entraba el apagón psicológico contra Rafa Nadal. Eso piensa en el club azulgrana. Otra historia es el Leo Messi que quiere seguir rompiendo la barrera del sonido.

 

 

 

Iniesta de mi vida

Mircoles, 22 Abril 2015

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Iniesta no ha regresado. Nunca se fue, aunque sí llevara tiempo en modo pausa. Y en ese intervalo de murmullo, de sospechas por una insidiosa jubilación anticipada (como Xavi), el manchego reeditó aquella foto con tropecientos rivales a su alrededor, imitando la jugada más imposible de Oliver Atom. El Barça necesitaba su versión mundialista, molesto por esa comparación mediática con Isco que dejaba al manchego a la altura del betún, porque la Champions exige a cada estrella afilar su talento cuando desenrolla la alfombra roja. Y en ese rol de casi dios (no es una hipérbole), el Camp Nou había tenido esa paciencia que las grandes aficiones nunca pierden con sus mitos: Anfield con Gerrard, Stamford Bridge con Frank Lampard, etc. Xavi, su antiguo compañero de diabluras, había demostrado a Luis Enrique que tomó la decisión correcta el verano pasado; Iniesta pidió tiempo a su entrenador hasta que encontrara la eclosión definitiva. Y de repente llegó en una noche sin urgencias, pillando a la grada a pie cambiado.

A la artillería pesada del Barça le hacía falta su armero más efectivo. No en cifras (cero goles y cero asistencias en Liga) pero sí en sensaciones. Que Messi mire de reojo al centro del campo y se reencuentre con el Iniesta de su vida, asegura el bienestar del balón. Al fin y al cabo, en este Barcelona traidor del cruyffismo la grada agradece que su manchego favorito entrecorte el aliento: junto a Messi, es la última reminiscencia de aquel fútbol de salón que inmortalizó Guardiola. Por eso, la primera parte de anoche es una obra artesanal casi a la altura de las que el equipo repitió partido tras partido no hace demasiado tiempo. Si es idea de Luis Enrique, su vestuario ha entendido tarde su galimatías táctico de principio de temporada; y si descubriéramos una autogestión, entonces el Barça es el más peligroso de los semifinalistas porque juega cuando quiere. Desde luego, es el más competitivo por una estadística única y demoledora: su octava semifinal en diez años. Y en esta Champions, se ha cargado a dos moles millonarias como el Manchester City y Paris Saint Germain. Sin el Barça por medio, uno de los pelearía por el título, por eso y con permiso del Bayern (o sin él), los azulgranas son el verdadero ogro de Europa.

Guardiola no quiere ver a su gente ni en pintura. No lo dijo él textualmente pero sí Pepe Reina en El partido de las 12. La herida del Real Madrid del año pasado seguirá supurando hasta que pase por Munich otro peso pesado. Y el Barça no es precisamente el más recomendable. Y eso que el Bayern dejó constancia de ese rodillo alemán que tanto gusta a Beckenbauer, pero al que Herr Pep prefiere dar su toque melifluo. El técnico catalán consiguió aplazar su apaleamiento público con una exhibición táctica y teórica que los estudiosos del balón grabarán en sus videotecas. Y el 5-0 de los primeros 40 minutos motivó una nueva corriente de opinión: un equipo que juegue sin laterales carrileros está muerto. La ausencia de Danilo pesó mucho a Lopetegui porque, con todo el descaro del mundo, los portugueses suelen volcar sus ataques en las galopadas del flamante fichaje del Real Madrid. Eso es lo que hizo Bernat para abrir la lata y construir la remontada bávara. Por cierto, Del Bosque suspira aliviado desde anoche: ha vuelto Thiago y su fútbol fulgurante. Y aunque sigue siendo un crack en potencia (maldita lesión), Guardiola le dio un abrazo cómplice después de la orgía goleadora. El hijo mayor de Mazinho no fue un capricho de Pep, es el futuro del Bayern sin exageraciones. Y de la selección española, a la que acaba de sacar de un marrón.

El problema es el pasado

Domingo, 14 Diciembre 2014

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Pep Guardiola jamás habría imaginado una distancia tan sideral entre el prodigio que él dejó y cualquier Real Madrid. En una conversación con su mano derecha, Manel Estiarte, durante su último año en Can Barça, el entrenador le comentó que “el modelo fabricado por Cruyff y moldeado por él tendría larga vida con o sin títulos” si nadie lo rociaba con gasolina. Han transcurrido dos temporadas y media, y el barcelonismo recurre con nostalgia a la final de Wembley de 2011, en la que el mundo presenció el último gran monumento al fútbol. Para un público tan acostumbrado al Circo del Sol, es duro asistir ahora a funciones de teatrillo de barrio. Lo sufrió en sus carnes Sir Bobby Robson cuando aceptó el encargo de comerse el marrón de la era post Cruyff e incluso al propio Guardiola, de quien el Camp Nou murmuró justo en su inicio que el banquillo dejado por Rijkaard le quedaba demasiado grande. Luis Enrique fue entrenador por Robson y Rijkaard y compartió vestuario con Guardiola. Pero ni siquiera en esa amalgama de ideas Luis Enrique puede ser encasillado.

El Getafe fue la enésima prueba de que el algodón no engaña y, a falta de veneno, se asoma una crisis galopante de estilo. La inspiración divina de Messi a veces se queda a pulgadas del gol y contagia a todo el equipo. Ni siquiera Iniesta, experto en sacar conejas de chisteras, se desmarca de esa extraña vulgaridad que arrastra su equipo. “Ni ellos mismos se reconocen”, comenta uno de pesos pesados del Dream Team. Leí un tuit fantástico ayer que decía que este Barça es un homenaje al New Team de Oliver Atom de Campeones, la famosa seria animada de los noventa. Y sí, da la impresión que si Messi no reclama el papel  de Oliver o su archienemigo, Mark Lenders, el resto juega al nivel del tuercebotas Bruce Harper.

Para el exquisito paladar del socio culé, ya no se trata de golear sino de volver a la génesis del balón que ha distinguido al Barça en eso de més que un club. “No podemos vivir del pasado”, es la cruda realidad que explica el capitán Xavi en una entrevista en El País Semanal. Las comparaciones, aparte de ser odiosas, suelen ser psicosomáticas en determinados vestuarios. Y el del Barcelona no es una excepción. El problema es el de siempre: por dos veces (Cruyff y Guardiola) el club se ha encontrado con un modelo perfecto en estilo, arte, jugadores y cantera. Ver al Barça era divertido, así de simple. Es la conclusión que les atormenta desde que Pep exigió a Sandro Rosell el despido de Piqué, Alves, Cesc y Villa, los que a su juicio iban a provocar inestabilidad futura.

Luis Enrique ha ido a pecho descubierto con sus ideas: a Xavi le retuvo sin la garantía de la titularidad; a Deulofeu, la joya de La Masía, le echó por vago y a cualquiera que se rebrinque, no tendrá inconveniente en cantarle las verdades del barquero. Las suyas, claro. Pero, aunque no lo confiese delante de las cámaras, es consciente que entrena a un Barça de Hacendado que podrá gustar más o menos, pero que no merece el gasto de un capricho. Quizá el asturiano necesite la manoseada coartada de la adaptación; el inconveniente es que ni Barça ni Madrid toleran la paciencia. Es ganar o a la calle. O, al menos,  intuir un futuro grandioso (como pasó con Rijkaard en su primer año con Ronaldinho). De momento eso tampoco sucede. 

Barça, como el resto de los mortales

Lunes, 1 Diciembre 2014

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“Ganamos como el resto de los mortales”. No es un comentario soberbio, sino la reflexión medio en broma medio en serio de una leyenda del barcelonismo. Ahora comenta en Bein Sport y, como el Barça actual, también sufrió un “bajonazo” de estilo: del primer toque de Cruyff a golear por lo civil o lo criminal con Bobby Robson. Esta voz autorizada en Can Barça cuenta que el Camp Nou les llegó a pitar instantes después de que marcaran el sexto gol al Valladolid en un partido liguero. El Barcelona de Luis Enrique sigue siendo un niño probeta experimentado partido a partido; y sí, ahora gana como el resto, remangándose la camiseta en el fango. El 0-1 de Mestalla es de los resultados imprescindibles en su videoteca si el Barça acaba ganando la Liga finalmente. En un combate de boxeo, habría ganado con un directo decisivo a la lona, pero a los puntos habría perdido porque el Valencia no mereció ese sopapo en el último suspiro. Marcelino, entrenador del Villarreal, se quejó hace unos días que estaba “hasta los cojones de jugar bien y perder”; Nuno no fue tan gráfico pero pensó lo mismo cuando Busquets ejecutó a Diego Alves después de una parada con la cara made in David Barrufet.

Casualidades de la televisión (o no), Cuatro emitió a la misma hora del Valencia-Barça una entrevista en profundidad con Cruyff en  la que repasó su vida con anécdotas, unas conocidas y otras inesperadas. Preguntado por una visión simplona del fútbol, el holandés respondió sin vacilar: “En un partido sólo hay un balón, y si lo tengo yo, mando yo”. Luis Enrique no comparte esa idea de que la mejor manera de defender es tener la pelota; sus partidos de alta alcurnia tienen pinta de ser carruseles de ida y vuelta en los que Claudio Bravo tiene mucho que decir. Sucedió en Paris donde jugó y cantó Ter Stegen, en el Bernabéu y, por supuesto, ante un Valencia preparado para una nueva instrucción en Europa. Y eso que la alineación del asturiano chirrió cuando el club anunció a Busquets y Mascherano en el centro del campo. Demasiado hormigón para un estilo afiligranado de pases rápidos y milimetrados. Guardiola fió su éxito al método de escuadra y cartabón de Xavi Hernández; ahora tiende más al típico Madrid (no éste) que gana pegando más duro. Del ‘’flota como una mariposa y pica como una abeja’ de Muhammad Alí al puñetazo seco de George Foreman.

De momento Luis Enrique necesita llenar el saco de goles y aguantar los palos del estilo. Con Messi reactivado y Luis Suárez olfateando el área, sólo le falta cuadrar el sudoku, el asunto más difícil. Hasta que lo consiga, las comparaciones seguirán siendo odiosas. Y más, con un Madrid en plan avasallador que no perdona ni una y va directo contra el récord de Frank Rijkaard. Dieciocho victorias son palabras mayores, pero aquel Barça las hizo fáciles sacudiendo a cualquier rival con un máster acelerado de fútbol estético impartido por el gran Ronaldinho, cuyo ímpetu fiestero le privó de ganar un puñado de Balones de Oro. Entonces era un Barça que levitaba sobre el césped, aunque tampoco es la idea que ansía Luis Enrique; él nunca echaría la bronca que Guardiola le pegó a Schweinsteiger por disparar fuera del área antes de intentar meterse con el balón hasta la cocina. Cuestión de estilos, pensará el asturiano; falta de tacto, dirá Cruyff. 

La imagen

Jueves, 4 Septiembre 2014

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A Juan José Millás le gusta desentrañar el lado oculto de las cosas escudriñando fotografías en El País Semanal.  Con su pluma ácida, intenta (o no) convencer al lector de cuál sería, a su modo, un mundo mejor. Por eso, en homenaje a su estilo a veces irónico y siempre agresivo, la imagen del selecto cónclave de entrenadores reunido en Nyon esta semana delata por sí mismo a cada personaje. Al más enrollado se le detecta a la legua: Jurgen Klopp nunca oculta esa sonrisa picarona de Joker, medio sarcástica medio vacilona. Disfruta del balón desde la banda del Westfalenstadion tanto como lo hacía con la pizarra magnética de la televisión alemana explicando tácticas que ningún telespectador veía en el Mundial de Sudáfrica. Debajo de él se sienta el padrino del tinglado, Sir Alex Ferguson, que seguirá acudiendo a estas reuniones para justificar su jubilación. Quizá Klopp se pregunte por qué no fue el elegido para el banquillo con más solera de Europa, aunque es más probable (sólo por la rumorología mentirosa del mercado) que mire de reojo al novato que está pegado a Guardiola.

Klopp sonó en las quinielas del Barça, que no de Zubizarreta, pero Luis Enrique es un tipo de la casa, no de La Masía sino proscrito del madridismo. Su resquemor hacia la falta de palabra de Lorenzo Sanz le ayudó a amar rápido a su nuevo club; era de cajón que tarde o temprano lo acabaría entrenando. Y como buen conocedor de la idiosincrasia culé, debía rendir pleitesía al tótem 2.0 de Can Barça; el indiscutible es Cruyff, por supuesto. Luis Enrique se acaba de sentar en la mesa de los aristócratas, aunque deja caer por sus zapatillas que su estereotipo runner y triatleta nada tiene que ver con las siluetas ensanchadas de colegas como Ancelotti o Rafa Benítez. Como los grandes generales norteamericanos, Carletto y Mister Rafa apenas tienen espacio en la solapa para más medallas; han pisado los estadios de toda Europa y el gremio les habla desde un respeto reverencial. Pueden hablar de vinos gran reserva porque ellos los han creado; Luis Enrique, en cambio, todavía no ha pasado la fase de la vendimia. Por lo visto, Herr Pep le ha servido de consigliere. Sigue siendo único y genuino por su éxito meteórico y esas ideas vanguardistas que otros de la foto aún no entienden. Descubrir una conversación táctica entre Guardiola y los otros invitados sería digno del Pulitzer; no obstante, lean Herr Pep (de ahí el apodo) de Martí Perarnau y entenderán su obsesión tremebunda por el estilo.

Míchel también es de los últimos invitados y por eso se coloca en un extremo, para no molestar. Conociéndole, seguro que ha ido más de oyente que de ponente. Emigró a Atenas para encontrar el reconocimiento que le negó España y cada año construye un Olympiacos nuevo con un puñado de euros. Su meta se parece a la original de Simeone, el gran ausente: incordiar a las grandes moles de Europa como una mosca cojonera. Y cuanto más dé la vara en la Champions, mayor será el botín en un banquillo futuro. En el otro extremo, un zorro viejo en este foro. Wenger prefiere aproximarse a Guardiola que a Ancelotti porque lo suyo es mimar el balón hasta descoserlo y fabricar promesas en cadena. El fútbol base es la génesis del Arsenal y, por eso, no habrá perdido la ocasión de susurrar a Platini que más cantera y menos cartera (a pesar de que los gunners presuman de talonario).

Unai Emery tiene pinta de vendedor en la foto; de vendedor de ideas, precisamente. Su gesto es el de un tipo agradecido por la invitación para que le tomen en serio. Y aunque la Europa League no es ninguna broma, los jerifaltes sólo piensan en  modo Champions. Emery huele a revelación, como lo fue André Villas-Boas en el Oporto. No obstante, al ex amigo de Mourinho le quedó demasiado grande el Chelsea y ésa es la sensación que planea sobre Emery. Revelación también lo fue Manuel Pellegrini cuando Riquelme estuvo a punto de meter al Villarreal en la final de las finales. Su carácter discreto le aleja de las bullas, de ahí que no lo moleste en la pose. Quizá si respondiera a la permanente guerra dialéctica de Mourinho, los periodistas ávidos de morbo dejarían de llamarle el ingeniero de caminos.

 

 

 

 

 

De Rocky a Ivan Drago

Jueves, 28 Agosto 2014

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“Khedira va a terminar jugando y renovando”. Son las palabras de Thorsten Merch, compañero del diario Bild Zeitung, instantes después de que La Sexta Deportes anunciará el bombazo de Xabi Alonso. Una reflexión perspicaz que soluciona (a medias) los achaques de columna que venía sufriendo el Madrid. El donostiarra, experto sumiller en catar bueno vinos, intuía que esta añada venía peleona, con un fulgurante y joven Toni Kroos delante y en un boceto tan predilecto para Ancelotti como el 4-3-3. De repente, el “regalo de Navidad” con el que el Madrid obsequió al entrenador se ha ido por el desagüe; Xabi había renovado dos temporadas más perfilando su plan de jubilación Madrid. Y seguir jugando en el Bernabéu dependía de no gripar su motor diesel, lo sabía él y así lo entendió Carletto. Casualidades de la vida, los dos arquitectos de la selección española se sienten trastos viejos en sus respectivos equipos: Xavi Hernández ha aceptado resignado su nuevo rol en el banquillo (ninguna oferta acabó prosperando), mientras que Xabi se dio cuenta en la Supercopa de España que Kroos, Modric y él, lejos de complementarse, se embarullan en un cajón desastre.

A Martí Perarnau, filólogo del ‘guardiolismo’, no le sorprendió la primicia de La Sexta. Tan cercano a Pep, había escuchado cantos de sirena hacía tiempo. No en vano, Xabi es la versión 2.0 de aquel Guardiola del Dream Team y, aunque se haya erigido junto a Arbeloa en la guardia pretoriana de Mourinho, comulga con la tesis de la posesión exagerada. Guardiola es el Spielberg del que esperaba una llamada para involucrarse en una superproducción, porque su modo de ver este negocio no coincide con el de Florentino Pérez, siempre ansioso por presentar nuevos cromos a la grada. El caché de Kroos se había disparado exponencialmente con el Mundial, mientras que la sanción de Lisboa y el calamitoso papel de España en Brasil habían quitado a Xabi de los créditos principales. En una temporada con tantos títulos por medio, Ancelotti necesitaba fondo de armario para intercambiar rápido la ropa de invierno con la de verano: sustituir peones entre Champions y Liga, y partir de diciembre Copa y Liga, para que nadie del vestuario esbozase aquello que Zidane susurró al oído de su compatriota Ludovic Giuly en aquel Monaco-Real Madrid de comienzos del galacticidio: “Estamos agotados”.

El Madrid de Queiroz fue un desfile made in Hollywwod de galácticos desde la portería (Casillas) hasta la delantera (Ronaldo), pero el proyecto faraónico del presidente comenzó a resquebrajarse desde un banquillo precario, con Solari y Guti como únicas alternativas, y el apocalíptico adiós de Makelele (su salida desató las siete plagas de Egipto). Las comparaciones de aquel Madrid con la actual constelación de estrellas tenían un matiz diferente: el club le había construido a Ancelotti la plantilla más compensada quizás de toda la historia merengue, con un equipo B capaz de pelear en la mismísima Champions League. Sin embargo, la efervescencia de la Supercopa de Cardiff ha desaparecido en un puñado de días: lo que han tardado Di María y Xabi en desguazar el equipo. Al argentino le han pesado los billetes y a Xabi el orgullo propio. Su estatus quo no le permitía ejercer de comparsa sólo para relevar a gente fatigada. No, él se siente comandante en jefe y Guardiola le ha convencido de que mantendrá los galones en el intento de asalto a Europa.

Xabi es el fichaje perfecto para reemplazar a un Schweinsteiger que acabó el Mundial más tiesto que la mojama. Además, su condición de ancla del equipo es la solución al afán de experimentar que le suele dar a Guardiola; es decir, que si no hubiera elegido a Xabi, el marrón de sostener a peso al equipo le habría tocado al polifacético Philipp Lahm, puesto que Javi Martínez jugará sí o sí de central el próximo año, cuando se recupere de la triada. Xabi ha elegido bien y el Madrid vuelve a perder empaque: la mole compacta que aparentaba este verano empieza a descubrirse puntos débiles. Ya no es ese Rocky Balboa IV rocoso e imposible de noquear, ahora se asemeja más al ruso Ivan Drago, letal en su pegada pero frágil de costillas. Y ya sabemos cómo acabó el combate de la URSS.

Cesc volverá a ser Patrick Vieira

Viernes, 6 Junio 2014

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“Patrick Vieira estará encantado con la vuelta de Cesc a la Premier”, dijo ayer Gary Lineker, mito con botas y comentarista estrella de la BBC. Lo dijo riéndose con cierta sorna, porque sabía que el barcelonista apunta con fuerza al Chelsea y no a un Arsenal que se ha retirado de la subasta. Y también porque Vieira eligió al español como su sucesor natural  cuando el volante francés daba sus últimos coletazos en Londres. “Está vendido por 33 millones”, deslizó sin querer (o no) Piqué a Del Bosque sin darse cuenta que el micrófono de la sala de prensa estaba encendido. La amistad entre el central y Cesc delata que éste ya sabe que no será bienvenido en Can Barça a la vuelta del mundial; conoce a sus pretendientes, todos ellos atónitos por el hecho de que el Barça quiera soltar a un centrocampista con unas últimas credenciales casi de estrella: 22 asistencias y 13 goles. Mejor que las de Iniesta y Xavi. Es por eso que Manchester United, Arsenal y ahora la suculenta oferta de Mourinho le han obligado a tomar una decisión. El propio Piqué también ha lanzado a la directiva un misil tomahawk por tierra, mar y aire, dejando claro que el club no se ha portado bien con su amigo. Lejos queda ya aquel consejo de padre a hijo, cuando Arsene Wenger recomendó a su discípulo Fábregas “divertirse en Barcelona tal como lo había hecho en el viejo Highbury”.

El deseo cariñoso de Wenger chocó de frente con las intenciones iniciales de Guardiola. El Barça ganó al Madrid en la guerra por Cesc por petición expresa del técnico a Sandro Rosell y, en vez de otorgarle galones de comandante en jefe al estilo Vieira, le metió en la cabeza que su Barça jugaba con ‘falso’ nueve, y ahí entraba en juego el ex gunner. Cesc empezó marcando goles en su primera año culé y arrancó los aplausos del Camp Nou, ‘el hijo pródigo ha vuelto’, rezaba una pancarta en la grada. Fábregas solía merodear el área contraria, pero siempre con el beneplácito de Messi, estrella única e indiscutible. Razón capital para que el de Arenys de Mar mirara de reojo al centro del campo con cierta nostalgia, imaginándose las pillerías que Xavi, Iniesta y él podían pergeñar juntos. En una entrevista a Sky Sport en 2011, Cesc confesó que “le encantaría jugar de Patrick Vieira en el Camp Nou”, en clara alusión a los planes tácticos de Guardiola. La frase no cuajó y el ‘falso’ nueve siguió jugando al escondite entre las defensas rivales. Su rol era demasiado peculiar para un estilo demasiado exclusivo: ningún equipo del planeta imitaba al Barça, sólo la España vertebrada por el propio Barcelona.

La relación entre Cesc y Guardiola contaminó a la opinión pública y, por ende, la de la calle. Sus viajes furtivos a Londres para verse con su nuevo amor, la libanesa Daniella Seeman, hartaron al entrenador, quien creía que esta clase de vida desestabilizaba el establishment que él mismo había creado en el vestuario. En los mentideros azulgranas se decía que Cesc aprovechaba dos días libres para hacer viajes exprés y eso minaba su rendimiento. Fue la causa por la que Guardiola pidió a la directiva deshacerse de él, además de Piqué, Dani Alves y Villa, para poder renovar con todos las garantías en 2012. Pep no era Wenger porque nunca escuchó a Fábregas ni le dio nunca la batuta para demostrar qué había aprendido en el Arsenal. Y Cesc comprendió pronto que él no iba a ser para La Masía el modelo en el que los niños de la escuela gunner se habían fijado como aspiración. Su nueva demarcación requería un esfuerzo hercúleo, moviéndose como una mosca cojonera durante los noventa minutos. No en vano, en una entrevista reciente al diario AS, se quejó de la “rabia que la deba la fama de vago que tenía”.  Desorientado por los cuatro costados, Cesc jamás ha llegado a acomodarse en ningún palmo del césped.

Míchel, ahora entrenador de Olympiakos, comentó una vez que Fábregas “sí habría tenido en el Bernabéu los galones del Arsenal”. Por eso le quiso Florentino Pérez para el Madrid pétreo de Mourinho. Caprichos del destino, el mismo Mourinho ha pedido su fichaje para el nuevo Chelsea que no contará ni con David Luiz ni seguramente con su jugador más talentoso, Eden Hazard. Es decir, que Fábregas sacará la primera plaza de las oposiciones al centro del campo. Para alivio suyo, a Mourinho no se le pasan por la cabeza ‘falsos’ nueves; quiere al catalán delante del timón. Y Cesc puede estar tranquilo: con los equipos de Mou cualquier amago de vagancia desaparece en un abrir y cerrar de ojos.