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Alma de chupón

Domingo, 11 Enero 2015

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“Maldito rumano de los demonios”. Fue el grito de desesperación de Fernando Hierro cada vez que se refería a su compañero Gica Hagi. Su individualismo llegó a exasperar a toda la plantilla, hasta el punto que el holandés Leo Beenhakker, entrenador del Real Madrid en la temporada 91-92, amenazó a Hagi en el vestuario de Mestalla con quitarle la titularidad los siguientes partidos por un egoísmo de proporciones bíblicas. Genio y figura, el ‘Maradona de los Cárpatos’ era un futbolista demasiado especial: “no había término medio: o le aceptabas con todas las consecuencias o mejor mandarle a freír espárragos”, comentó Míchel en una entrevista a la desaparecida revista Don Balón. El colmo del cabreo de Hierro sucedió la noche de la vuelta de cuartos coperos en Mestalla; el Madrid había ganado 2-1 en su casa y el Valencia salió en tromba a por un solo gol que le clasificara. El malagueño, entonces centrocampista goleador aún no reconvertido en central, compartía palmos de césped con Hagi cuando a éste no se le cruzaban los claves y probaba un disparo de cuarenta metros o sobaba el balón en toda su superficie con compañeros desmarcados por todos lados. Hagi quería demostrar que podía ser la estrella de un Madrid que, a esas alturas, combatía en la temporada contra el naciente Dream Team de Johan Cruyff. “El Real fue el escaparate que me dio la fama”, suele comentar Hagi cuando le preguntan por su etapa merengue. Y, claro, no podía menospreciar el apodo que le habían acuñado sus compatriotas sintiéndose un amago de Maradona o, por lo menos, jugar con esas ínfulas.

Hierro nunca lo tomó como un asunto personal: la advertencia de Beenhakker a Hagi delante de sus compañeros continuó con unas declaraciones lapidarias del presidente Ramón Mendoza, “el equipo juega con un balón y Hagi, que es muy bueno, necesita otro para él solo”. Decenas de veces, Butragueño arqueó los brazos en señal de desaprobación a Hagi. Sus golazos de falta solventaban partidos, pero su talento chupón también estropeó algunos, como la decisiva derrota liguera en Oviedo por culpa de un control estúpido e innecesario. Ayer Cristiano sacó toda la rabia contenida justo en el dramático momento en que Bale decidió jugársela a jugarla. La ocasión delante de Kiko Casilla era propicia para el segundo gol del galés, pero CR7 se había pegado un sprint de treinta metros para sólo tener que empujar un envío que nunca llegó. Ejerciendo por un momento de abogado del diablo, quizás este mano a mano del galés era más fácil que el de Mestalla, pero tanto Benzema allí como el portugués en el Bernabéu habían preparado el gatillo para dos goles demasiado placenteros. Bale ha recibido muchos palos y ninguna zanahoria tras la derrota de Mestalla; “si se la llega dejar a Benzema, hubiéramos ganado a Valencia”, dijo un peso pesado del vestuario. Tal fue su egoísmo que incluso un defensor acérrimo del galés como J.B. Toshack analiza su golazo en la última final de Mestalla y suspira de alivio. “Menos mal que batió a Pinto porque también podía haberla pasado….”.

La grada se mosqueó con Bale no por mandarla fuera de la portería sino por los aspavientos de Cristiano. El galés viene acostumbrado de la Premier a golopar con el balón y su punto máximo de velocidad es inalcanzable para el resto del mundo. “Él fabrica jugadas y él las ejecuta”, fue el mensaje que difundió el representante de Bale, Jonathan Barnett, entre los periodistas el día que el Madrid anunció su fichaje. Ayer fue héroe y villano, capaz de calibrar dos centros perfectos de banda a banda (el primero a CR7 acabó en gol de James) y también de fallar un gol imposible. El propio Cristiano fue generoso cediéndole una falta al borde del área que acabó en un trallazo a la red, pero Bale necesita más; primero, para reivindicar su P.V.P. de 100 millones (o 91 según a quien se pregunte) y, segundo, porque inventando goles con ínfulas ‘maradonianas’, como Gica Hagi, quizás él también pueda competir en el futuro por algún Balón de Oro. Y no se trata de un conflicto de egos porque Cristiano y Bale se han hecho amigos. La invitación personal del portugués a su fiesta privada del pasado Balón de Oro es la prueba del algodón. Pero es evidente que en la cabeza de Bale está controlar esa relación o no deteriorarla con su alma de chupón.