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Consuelos para Ancelotti

Jueves, 17 Octubre 2013

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Ancelotti no se ha metido en una casa cualquiera. A su antecesor le llovieron las críticas en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo que tardó el equipo en aburrir a la grada. Sin embargo, Mourinho pidió un margen de confianza: “Mis segundas temporadas mejoran a las primeras, y la tercera, sin duda, es la mejor”. La profecía se cumplió a medias. Quizá por ello, Carletto reclama un balón de oxígeno en el Corriere della Sera. “No se puede jugar peor”, el titular es demoledor. Revisando hemerotecas, hacía muchos años que un entrenador del Madrid no hacía un examen de conciencia tan crudo y sensato. Precisamente, el último fue un compatriota, Fabio Capello, quien en las páginas de la Gazzetta dello Sport soltó la misma declaración una semana después de que el Recreativo de Huelva golease 0-3 en el Bernabeu en la temporada del milagro. Entonces, afición y periodistas no entendían qué atractivo tenían Emerson, Diarra, Gago o el postrero Cassano; con Ancelotti es diferente porque el club le ha construido una plantilla para jugar en dos pizarras: la del contraataque que tanto encandila a l vestuario, y ese fútbol control que susurra el entrenador por miedo a decirlo muy alto.

El consuelo más simplista apunta a que Pep Guardiola también fue silbado antes de erigirse en el semidios que es ahora en Can Barça. Su era vivió un par de convulsiones, exactamente los dos primeros partidos de la primera Liga: derrota en Soria y empata contra el Racing en el Camp Nou. Y entre medias, una derrota contra el Sant Andreu en la Copa Catalunya con un once de segunda fila. Todo influía y Laporta empezó a sospechar hasta que el Barça encadenó nueve victorias consecutivas metiendo media docena a Atlético, Sporting y Valladolid, y una manita al Almería. A partir de la duodécima jornada, aquellos dos pinchazos sólo eran sombra y cenizas: Guardiola había recuperado la esencia del extinguido Dream Team. La comparación suena escandalosa, un disparate en sí, pero a Florentino Pérez apenas le queda la baza de su nuevo técnico; no en vano, otro revés en la Champions pinta terrorífico. El tópico de que no ganar en el Madrid es fracasar vuelve a airearse, porque sólo los blancos y el Barça contemporáneo, no el victimista que acabó con Cruyff, caminan con esa maldición que a la vez les ha regalado su grandeza.

También hay otra tendencia escapista para comentarla en la barra del bar: la ‘Séptima’, ‘Octava’ y ‘Novena’ también comenzaron con demasiadas dudas. En la primera, el Madrid de Jupp Heynckes se conjuró para conquistar Europa descuidando la Liga desde el principio. Las estadísticas fueron palmarias: el equipo sólo logró seis victorias en las primeras diez jornadas. El año de la Champions de París fue un auténtico thriller: el equipo pasó la primera liguilla de grupos con velocidad de crucero, pero Toshack fue fulminado con dos victorias en trece partidos ligueros y el ilusionismo de ver un cerdo volando sobre el Bernabéu. Y, paradojas del fútbol, la ‘Novena’ de Zidane se fraguó bajo el plebiscito público de su gran estrella: tres victorias en diez jornadas auspiciaron el debate de si el Madrid jugaba mejor sin Zidane que con él. La volea del astro francés enterró para siempre aquella estúpida discusión.

El Madrid de Ancelotti marca las mismas trazas que los antecesores campeones. El clásico de la próxima semana decidirá si los blancos retoman la candidatura liguera o si es mejor involucrarse de lleno en la Champions. El entrenador es experto en manejar los tempos del torneo por antonomasia; los campeonatos domésticos tampoco le han importado demasiado (un Calcio en ocho años), a pesar de haber ganado casi en tantos país como Mourinho. ¿El año de la Décima? Mejor no insistir en ello, como aconsejó el madridista confeso Rafa Nadal. Sin embargo, a la autocrítica se le llama un buen principio.

Auf wiedersehen, Heynckes!

Martes, 4 Junio 2013

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Telmo Zarra llegó a decir que Jupp Heynckes había “espabilado a la estancada cantera de Lezama”. Viniendo de la gran leyenda del Athletic, el poso que dejó el entrenador alemán durante su primera etapa (1992-94) fue bastante emotivo; no en vano, fue él quien apostó por un chaval muy técnico y con alma de líder como Julen Guerrero. En Tenerife todavía le añoran: con una plantilla trabajada y haciendo caso a los jefes Julio Llorente, Chano y Felipe Miñambres, estuvo a un paso de jugar la final de la Copa de la UEFA del 97 (el Schalke lo impidió). Pero sus grandes lecciones tácticas de aquella temporada en el Camp Nou (1-1) y en el Bernabeu (0-0), convencieron al presidente Lorenzo Sanz para sustituir a un Fabio Capello que añoraba su vuelta a Milan. Heynckes, un señor en toda regla, sólo tuvo palabras de agradecimiento para la gente de Tenerife y, sobre todo, se ganó la admiración de todos siendo honesto: “Quiero entrenar en un club en el que gane títulos”. Había empezado de abajo y el trabajo a destajo le había propiciado su gran oportunidad.

Pero la tragicomedia dantesca de Heynckes comienza por su final en el Real Madrid. Acostumbrado a dirigir plantillas sin puño de hierro, nunca pensó que los egos caprichosos de un vestuario le acabarían devorando. Así se lo transmitió en una charla privada a Lorenzo Sanz en la noche de un lunes, minutos después de que el Madrid perdiese contra el Zaragoza en el Bernabeu y fiara todas sus opciones de jugar la siguiente Champions a ganarla precisamente ese año. La débil autoridad del técnico alemán se esfumó en un grupo comandado por Fernando Hierro, y en el que gente como Seedorf, Suker, Mijatovic o Raúl se comportaban como estrellas de rock (fue el origen de la llamada ‘Quinta de los Ferraris’). Heynckes confesó a Sanz que estaba hundido y no tenía apoyos en el vestuario; Raúl salió en su defensa semanas después diciendo que la junta directiva no defendía al entrenador, acusación que rápidamente fue rebatida por el mismo presidente: “Yo le diría a Raúl qué ha hecho el vestuario para defender a Heynckes”. Las discrepancias entre los directivos y la plantilla sólo contemplaba una solución: el despido del entrenador. Tal cual se lo comunicó Lorenzo Sanz tres semanas antes de la final de Amsterdam. Daba igual que ganase o perdiese, Heynckes podría ser quien devolviese al Madrid a la gloria europea  y punto. Y así fue: el Madrid ganó la Séptima, su primera Copa de Europa en color y el club no tuvo ningún tacto con él.

La imagen que resume la historia maldita de Heynckes fue verle cenando con su familia a solas en el restaurante Txistu durante la celebración del título en Madrid, mientras futbolistas y directivos lo hacían juntos con su gente en el mismo sitio. Pero Heynckes, señorial siempre en su discurso, no dedicó ni una palabra fea a nadie, ¿qué sentido tenía? Sí lo hicieron algunos jugadores a los que no les importó seguir hurgando en la herida; por ejemplo, Álvaro Benito, quien dijo que “el vestuario prefería a Fabio Capello porque a Heynckes le vacilaban demasiado”. Por eso, no es de extrañar que Heynckes se haya emocionado en la rueda de prensa de hoy en Munich. La frase que mejor explica las lágrimas de Jupp la ha pronunciado el presidente del Bayern, Uli Hoeness: “Heynckes vino tres veces como un extraño y se va las tres como un amigo”. Lo mismo sucedió en Bilbao y en Tenerife, lástima que Lorenzo Sanz no pueda presumir igual. Pero a sus sesenta y ocho años, el técnico que lo ha ganado todo con el Bayern sigue rigiéndose por su naturalidad: “Mi vida es la misma de siempre: esta mañana le he preparado el desayuno a mi mujer”. Jupp sólo quería terminar su contrato que expira en unos días, aunque el Bayern le ofreció la renovación hace medio año, antes de que anunciara la contratación de Guardiola. Mejor un adiós triunfal, como el que ha tenido Sir Alex Ferguson, porque la aventura del Madrid podría haber sido excitante pero no tanto como disfrutar de una jubilación muy merecida con su mujer, quien ha tenido que soportar días y noches de interminables concentraciones. Se va un gentleman del fútbol que ha hecho “25 amigos en Munich”, los mismos que completan la plantilla. Tal ha sido el grado de confianza con sus chicos que hasta Bastian Schweinsteiger ha estado a punto de coger un avión para presenciar su despedida. Danke, Jupp!!

La noche que reventó el Bernabeu

Viernes, 26 Abril 2013

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“Vamos a vengarnos porque somos un equipo muy orgulloso”. El Real Madrid decidió que fuese Emilio Butragueño quien enardeciese al público la víspera de la inolvidable noche contra el Borussia Monchengladbach. Ramón Mendoza tenía claro que uno de los suyos debía levantar el ánimo de una afición todavía atónita por el severo correctivo que el Borussia de Jupp Heynckes les había infligido en Alemania. Y quién mejor para hacerlo que un chico que había mamado el Madrid desde alevines, entonces convertido en el santo y seña de la cantera de la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana. El entrenador Luis Molowny, especialista en apagar fuegos y nombrado entrenador durante ese año 1985 por el despido de Amancio,  reconoció años después que planteó una táctica suicida que, por lógica, acabaría en goleada escandalosa, o bien para los merengues o a favor de los alemanes. Molowny apostó todas las posibilidades a una sola carta, lo que se llamó el dragón tricéfalo: Valdano, Santillana y Maceda. El argentino debía asumir el ‘trabajo sucio’, es decir, incordiar a la zaga del Borussia hasta la desesperación y, de este modo, permitir a Santillana rematar cualquier balón o melón que centrase Juanito. El espigado Maceda fue designado comandante en jefe para intentar la madre de todas las proezas inimaginables.

Aquella noche de diciembre del 85 el Bernabeu respondió al llamamiento del Buitre. La reventa de la calle Concha Espina había funcionado hasta unos minutos antes de la nueva de la noche, hora del partido. En los aledaños del estadio se percibía una locura colectiva, como si algo grandioso fuera a suceder dentro de la caldera madridista. Entonces, la grada baja no tenía asientos, lo que convertía al Bernabeu en una olla a presión; el llamado gallinero, también de pie, embutía a más de diez mil aficionados gritando sin cesar. El ambiente nada tenía que ver con el de estos días: hace tres décadas era imposible detectar a un solo ‘pipero’ a los que alude José Mourinho. Ahora son ‘tribuneros’ que contemplan los partidos como en una sala de cine; antes la sola presencia del jugador número doce acojonaba a cualquier rival. Precisamente, ése es el origen del miedo escénico que acuñó Jorge Valdano.

El caso es que el Madrid no tardó ni cinco minutos en contagiarse de su particular infierno turco. Un testarazo de Valdano fue el prólogo de la remontada; diez minutos más tarde otra vez el argentino grandilocuente. Todavía quedaban dos goles para remontar el vergonzoso 5-1 de la ida y la misión de ataque total implicaba demasiadas riesgos. En el minuto 17 y con 2-0, los blancos pudieron echar el freno de mano y sugerir un partido más calmado, pero lejos de atemperar el ímpetu, se echaron como hordas asesinas contra la portería de Sude. Con esta táctica el Borussia se garantiza un buen puñado de contraataques, uno de ellos tan claro como para que Heynckes aún lo siga recordando con rencor. Si aquella ocasión de Liesen hubiera entrado, el esfuerzo hercúleo del Madrid se habría reído de la épica. No obstante, ese equipo jugaba espídico, con la única obsesión de golpear el muro alemán hasta romperse los nudillos. Y fue a falta de quince minutos cuando Santillana cabeceó por todo el Bernabeu. Un solo gol les distanciaba de la gloria eterna. Poco habría importado que no hubiesen ganado aquella Copa de la UEFA; se estaban labrando una historia que no pasaría desapercibida en Europa.

Al final, tuvo que ser el propio Santillana quien aprovechase un barullo en el área para reventar el estadio entero en el 44 de la segunda parte. Un grito al unísono de rabia y furia se escuchó  hasta en el barrio de Pirámides, donde se ubica el Vicente Calderón. El Madrid había dejado claro que el Bernabeu era un templo de gozo para su gente y de penitencia para cualquier rival que lo pisase. Cuentan que Ramón Mendoza pidió en el palco una camisa nueva al descanso porque había empapado de sudor la que vestía en la primera parte. Y cuentan que al día siguiente también tuvo que mandar la americana a la tintorería toda mojada. Su cuerpo estaba rojizo como si hubiese salido de una sauna; la corbata la llevaba como unos adolescentes que amanecen después de nochevieja. Era el sufrimiento y, sobre todo, la excitación que le habían provocado sus jugadores.  “Valía la pena venir esta noche al Bernabeu. Esta victoria pasará a la historia”.

El Bayern, digno heredero del Barça

Mircoles, 24 Abril 2013

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Xavi Hernández había desechado el papel de víctima ante la insistencia de la prensa alemana en la víspera de la fatalidad. Su Barça, éste que tanto nos ha flipado a todos, merecía un margen de confianza, ya que seis semifinales consecutivas suponían una coartada bastante creíble. Por momentos, la pregunta que inquietaba en el ambiente, a expensas del estado físico de Messi, no era si los azulgranas estarían a la altura, sino si el Bayern era de verdad esa apisonadora que deforesta todo lo ve delante. El legendario Paul Breitner, hoy directivo del club bávaro, pensaba que la catarata de exageraciones hacía un flaco favor a la estima de los soldados de Jupp Heynckes. Pero nada más lejos de la realidad: el Bayern retó al Barça a una pelea de gigantes contra liliputienses. Ése es el gran mérito que se le atribuye a Heynckes; su monumental bronca a Alaba y Ribery con el resultado favorable constata que ha devuelto a su club la perfección que los alemanes perdieron hace tiempo, quizás desde aquella semifinal del Mundial de Italia 90 entre Alemania e Inglaterra, en la que Gary Lineker soltó para la posteridad que “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”.

La goleada del Allianz Arena reafirma la hoja de ruta que un grupo de magníficos ex futbolistas se propuso hace tiempo mediante una elegante visión empresarial, una chequera con fondos millonarios (el fichaje sorpresa de Mario Götze) y gente de fútbol extremadamente competitiva, desde los despachos hasta el último suplente del vestuario. Este Bayern aniquila por fútbol, fuerza y, sobre todo, por la obsesión de acabar con la maldición de las finales: la del Camp Nou contra el United fue un sopapo antológico; la del Bernabeu contra el Inter de Mourinho se olía a la legua y el trágico final que Drogba les regaló la pasada temporada con un cabezazo mortal en su propio estadio mitificó el gafe europeo. Quién sabe si Wembley se volverá en otro motivo de guasa, pero la demostración de anoche coloca a estos alemanes como favoritos indiscutibles para el gran público, por encima si cabe del exultante estado anímico de Cristiano Ronaldo. Un colaborador muy cercano a Heynckes aclara que el misterio de la trituradora es un ambiente de piña en el vestuario como jamás se había visto antes. El técnico que parece afable delante de las cámaras, se las gasta y de qué manera de puertas para adentro para imponer su magisterio y, de paso, acabar con luchas absurdas de egos, como la que Ribery y Robben mantuvieron el último año.

“La preocupación del Barça es más el equipo que el resultado”. Aunque suene paradójico, la reflexión del periodista Miguel Rico, de Mundo Deportivo, tiene todo el sentido del mundo. ¿Con qué ánimo festejará el Barça la Liga dentro de unos días? Una Liga que ganó antes de navidades y sólo espera fecha de caducidad. El Milan fue el primero que detectó los síntomas de debilidad azulgrana; el Paris Saint Germain a punto estuvo de corroborarlos. Duele que una goleada tan sonrojante delate las preocupaciones que Guardiola advirtió en su día. Y Messi es el mejor, sí, pero sin un “alta médica” (así lo confesó Zubizarreta antes de ayer) su talento se gripa y su físico peligra. Si hasta el padre de Messi confesó a José María Minguella ayer a mediodía que creía que su hijo no estaba para jugar. El vapuleo psicológico que ha sufrido el grupo cuando se conoció la retirada momentánea de Tito, unido al trasplante de Abidal, han menguado el ritmo competitivo de un equipo del que se intuía cierta complacencia, quizás por la borrachera de títulos de los últimos tiempos. Ni siquiera esta Liga consuela a un Barça acostumbrado a una tendencia arrolladora en la teoría y la práctica, y que está heredando el Bayern a su manera.

Visto desde una atalaya, los interminables elogios de la prensa casi exigían que el Barça fuese perfecto en todas las competiciones; parecía que si no ganaba todo, fracasaba, y eso es muy duro, durísimo en el deporte. Que se lo pregunten al suizo Roger Federer  hasta hace bien poco. Sin embargo, sólo una paliza de tal calibre  podía destapar de una vez por todas los miedos al cambio; vamos, las premoniciones de Guardiola. Al menos, Tito se ha dado cuenta a tiempo que hay que moldear todas las líneas: desde la portería, si Valdés decide escapar antes de tiempo, pasando por centrales nuevos (Hummels, del Dortmund, es el elegido), un lateral derecho que espabile a Dani Alves y, por encima de todos, dos puestos: un sustituto de garantías para que Busquets no se trague más de cincuenta partidos por temporada y un delantero centro, sea clásico rematador o que construya jugadas, da igual, pero al fin y al cabo delantero. Ha quedado claro que el Barça no puede intimidar la jerarquía del Bayern con nueves falsos; tampoco ha surtido efecto contra el Madrid en los últimos clásicos. Los ciclos sólo acaban con cambios drásticos de estilo como le sucede al Madrid cada cierto tiempo o a base de planes renove que tanto le gustaban a Jesús Gil. El Barça debe matizarse a sí mismo, pero ya.

 

 

Una misión mesiánica

Jueves, 17 Enero 2013

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La cervecería más grande de Europa, la Hofbräuhaus de Munich, no tardará en acicalarse para recibir al que será su huésped más ilustre en la próxima Oktoberfest. En la pasada fiesta de la cerveza, que se celebra en septiembre aunque se llame así, al neófito Javi Martínez tan sólo se le ocurrió chapurrear ich bin schön (estoy guapo) cuando las cámaras le inmortalizaron vestido con el típico traje bávaro. ¿Se atreverá a ponerse el próximo entrenador del Bayern camisa a cuadros rojos y blancos, pantalones cortos de cuero y medias de lana hasta las rodillas? Desde luego, a Guardiola le han sugestionado bien para que se haya decidido por la plácida vida alemana. Seguramente, su amigo íntimo Raúl le haya contado las comodidades cotidianas para los extranjeros adinerados que residen en Alemania. El ex madridista y su familia quedaron prendados de Düsseldorf, donde vivían en un chalet pegado al río Rin, y no es de extrañar que Guardiola, quien también es de costumbres tranquilas, se adapte rápido a Baviera. Quizá le cueste el contraste entre el ritmo vertiginoso de Manhattan y la calma chicha del sur de Munich. Pero si el ex técnico azulgrana ha elegido la Bundesliga por delante del puñado de ofertas que ha escuchado desde Nueva York, significa que la decisión está más que meditada; no en vano, se trata de un futuro a largo plazo.

La directiva del Bayern, encabezada por el presidente Uli Hoeness y su mano derecha, Karl-Heinz Rummenigge, tenían clara la única condición del contrato: nada de firmar año a año, tal como transigieron Laporta y Sandro Rosell. Para eso, se habrían quedado con el viejo pero fiable Heynckes, a quien, precisamente, la directiva había ofrecido la renovación. El actual entrenador les había comunicado que todavía era pronto para el papeleo: la Bundesliga encara su segunda vuelta después del parón invernal y todavía queda un mes para que la Champions abra fuego en sus octavos de final. Heynckes tiene claro que el Bayern será el último equipo de su carrera a sus 67 años y sólo haría una excepción si se trata de la selección alemana, pero la federación tiene el compromiso de Joachim Löw hasta el Mundial de Brasil. O sea que el club germano ha resuelto el “grave problema” que acuciaba sus planes, como reconoció anoche en la COPE el legendario Paul Breitner, ahora director de relaciones institucionales del Bayern.

Guardiola tendrá tres años para presentar su obra, es el margen prudente que le dan los mandamases del club con la aquiescencia del tótem y actual presidente de honor, Franz Beckenbauer. En marzo de 2007, meses antes de coger las riendas del filial del Barcelona, Pep publicó una artículo en El País a propósito de la eliminatoria de Champions que el Barça iba a jugar contra el Liverpool; el texto era una oda a la esencia del club, el estilo que debía distinguirle del resto de equipos. “Mañana el Barça perderá. O pasado. A todos nos pasa. Pero nadie puede discutir que hace ya mucho tiempo que el Barça es un equipo reconocible. Único”. Queda clara cuál es la aspiración deportiva del Bayern con Guardiola al frente: puede que moldear un émulo de su Barça sea un propósito quimérico porque, simplemente, en Munich no juegan Iniestas y Messis, claro que ni allí ni en ningún lado. Pero la carta continúa: “En Barcelona se entiende que se puede ganar de mil maneras. Todas válidas. Todas sirven. Faltaría más. Pero en Barcelona también se entiende que jamás se puede ganar de una forma que no se sienta. Que no la sientan los jefes, los técnicos, sus jugadores, los amigos de la prensa y la gente que va cada semana a verlos”. La imagen pública del Bayern es la de equipo que saca el rodillo en su rancho alemán y que a veces se cuela entre los favoritos para levantar la Champions (Drogba se lo privó por dos minutos en la última final), pero si bien el Barça contemporáneo o el United de Ferguson tienen su estigma, al Bayern le sucede como al Real Madrid: tiene que elegir un estilo y defenderlo a muerte. De lo contrario, los alemanes no habrían optado por Guardiola ni éste se habría decantado por ellos.

Instantes después de que el Bayern anunciara el fichaje, una interpretación simplona corrió como la pólvora. Salvador Sostres lo llamó La Cobardía en su columna de El Mundo. Habla del conformismo de Guardiola por haberse dejado seducir por una liga menor. Sostres no se ha parado a pensar qué campeonato es más fácil de ganar: si la Bundesliga o la Liga. Le habría bastado con echar un vistazo a las rotundas estadísticas: en los últimos seis años, Borussia Dortmund por dos veces, Stuttgart y Wolfsburgo han conquistado el torneo; en España, la era Guardiola sólo fue sacudida por el Madrid de la temporada pasada. Es decir, que los paseos militares del Barça han sido más descarados que los del Bayern. La exigencia para su próximo entrenador no se limita a arramblar con más títulos nacionales, eso lo puede hacer el propio Heynckes, ni siquiera a conquistar Champions (Otmar Hitzfeld ganó una y perdió otra contra el United en un abrir y cerrar de ojos). No, el Bayern se ha modernizado y con él la Bundesliga, que poco a poco se está convirtiendo en una liga modélica en todos los sentidos: el del buen fútbol y la mercadotecnia. Guardiola viene a implantar un modelo que aplauda el público y, sobre todo, identifique consigo mismo. Se acabaron los tópicos de ese fútbol alemán intenso pero más simple que un cubo. Al Bayern le apetece ganar y gustarse.

Pep sólo tendrá que preocuparse por crear una marca propia con sus futbolistas, el dinero está más que garantizado. Los grandes patrocinadores Audi, Adidas, Telekom, Coca Cola y la aerolínea Lufthansa, por enumerar los más destacados, le han dado al Bayern una solvencia económica inigualable en el mundo. En junio de 2012 obtuvo casi cuatrocientos millones de ingresos, récord absoluto en su historia, y su prudencia en el gasto, típica de los alemanes, le confieren una balanza de pago envidiable. Respecto al patrimonio, el Allianz Arena es una joya arquitectónica en la que Guardiola se sentirá tan a gusto como en el Camp Nou, y la ciudad deportiva de Säbener, al sur de Munich, ha sido concebida como un centro de alto rendimiento donde podrá entrenar y convivir con su vestuario las siete u ocho horas laborables que acostumbran a trabajar los clubes alemanes, al estilo de los ingleses. Beckenbauer sólo espera que al término de la temporada 2015-16 Guardiola matice las primeras declaraciones que hizo Javi Martínez el pasado septiembre: “Estoy casi como en casa porque la gente es muy amable”. Las mismas pero sin el casi.

“Heynckes pecó de buena persona”

Sbado, 7 Abril 2012

Jupp Heynckes había reprimido sus ganas de rajar desde que empezó su experiencia en el Real Madrid. Ni él como entrenador ni el madridismo exultante por la Séptima  entendían por qué el entrenador que les había devuelto a la élite europea era fulminado. “Cada directivo dice lo que piensa a los periodistas; se empeñan en hablar todos los días sin saber de fútbol”, espetó el alemán el día de su despedida, el último de mayo de 1998. Entonces, la prensa había desgranado durante toda la temporada los caprichos de una plantilla que ni confiaba en su dócil entrenador ni habría aguantado otro régimen autoritario como el que impuso Fabio Capello el año anterior. Suker y Mijatovic creyeron que su titularidad era inamovible, Seedorf se las tuvo tiesas con el técnico más de una vez y la sensación que daba el vestuario de cara al público era que Fernando Hierra mandaba más que el propio Heynckes. Incluso, ese año Raúl se vio obligado a ofrecer una rueda de prensa para explicar su bajo rendimiento. Demasiados fuegos como para apagarlos todos de golpe o, al menos, eso es lo que debió pensar el presidente Lorenzo Sanz.

Este es un club muy complicado y muy difícil por dentro: el entrenador que venga no lo tendrá fácil”. Heynckes tenía preparado el dardo desde el partido que el Madrid perdió en Vigo a falta de cinco jornadas para el final de Liga. El equipo era segundo, a catorce puntos del Barça, y sólo la Champions salvaba el año. Pero más que la debacle liguera y la falta de carisma de Heynckes, a éste le molestó que la prensa filtrara posibles sucesores…y todos coincidían en uno: José Antonio Camacho. El vestuario asumió pronto el cisma entre directiva y entrenador, pero los jugadores esperaron la salida del técnico para rajar: “No era lógico que a Heynckes le buscaran sustituto desde hacía ocho meses”, comentó Hierro durante la concentración de la selección española previa al Mundial de Francia. Heynckes no se quedó corto en su rueda de prensa: “Si el verano que me fichan aseguro que ganamos la Champions, me fichan tres años más”. No fue una crítica desacertada, porque treinta y dos años de penurias en la Copa de Europa y, sobre todo, el sentimiento de ser el hazmerreír de Europa un año sí y otro también dejaban a los directivos merengues en una posición de nula credibilidad respecto a la afición.

Lorenzo Sanz pudo tolerar la rabia contenida de Heynckes, más que nada, porque su única preocupación a partir del despido era negociar los doscientos millones que debía cobrar el alemán por la siguiente temporada. Pero la opinión de Hierro y otras de Raúl y Morientes en el mismo sentido, le obligaron a coger el micrófono. “Los jugadores, que se dediquen a jugar y punto”, sentenció el presidente, quien también aprovechó la misma comparecencia para mandarle un par de mensajitos a su ya ex entrenador: “No es que a Heynckes le haya venido grande el Real Madrid, pero ha querido pasar de la dictadura de Capello y no ha podido controlar a la plantilla”. Razón no le faltaba a Lorenzo Sanz, porque los caprichos de unas estrellas con ínfulas de dioses habían servido de continua carnaza para la opinión pública. Por eso, futbolistas y directivos concluyeron que la Séptima había salvado una temporada que se intuía desastrosa a pesar de la Supercopa ganada al Barça en verano. No obstante, la razón capital del despido de Heynckes la reveló Sanz, quizás sin darse cuenta: “A lo mejor ha pecado de buena persona, como se lo dije a él personalmente”. Y es que Heynckes no era Capello, ni en carácter ni en metodología; ésa fue la cruz del actual entrenador del Bayern de Munich.