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La industria de Hollywood

Mircoles, 9 Diciembre 2015

“La grandeza del Real Madrid es que si no ganas, fracasas”. El ex presidente Lorenzo Sanz murmuró la frase con un habano en la boca en pleno éxtasis de la Octava de París. Aquel Madrid del cerdo volando de Toshack y el interino Del Bosque había recibido palos por tierra, mar y aire, incluido el unísono grito del Bernabéu ‘¡Lorenzo, vete ya! durante un vergonzoso 1-5 contra el Zaragoza. Pero la Champions es la competición fetiche en la que los blancos manejan como nadie el “tempo del torneo”, como dice Santi Segurola. Y la mejor medicina para aliviar la crisis (sí, todavía no ha terminado el ciclo) era darse un gustazo ante una presa facilona. Quizá el Malmoe no compita ni en la Segunda División española, a lo mejor ni siquiera aparece en otra fase de grupos, pero el mérito de estirar la goleada hasta ocho sólo está al alcance de pocos. O más bien de uno solo: Rafa Benítez. La goleada va mullendo el colchón de confort que necesita el entrenador. Rivales asequibles que esconden resultados peligrosos, porque, en cualquier momento, un resbalón imprevisto bordearía el abismo. Porque este Madrid siempre está a un paso entre el Elíseo y el infierno; del júbilo y el cataclismo. El maniqueísmo merengue siempre hasta el extremo, nunca en tierra de nadie. Debe ser su grandeza.

Ancelotti cuenta en una entrevista para Mediaset que el fútbol de hoy necesita un respiro. “En el Madrid no hay paciencia, empezando por el presidente”. Él, que ganó un Scudetto durante casi una década en el Milan, aceptó ser un funambulista sobre una vara entre dos rascacielos  cuando respondió a la llamada de Florentino Pérez. Y ése es el problema del club blanco: de ahora y de siempre. Su realidad transcurre a todo trapo, a un ritmo demasiado vertiginoso. Casi como la vida de Cristiano Ronaldo. Susana Guasch sintetizó en medio minuto el caos vivido en una pregunta a Benítez antes de ayer: “El fax de De Gea, diecisiete lesionados, la eliminación copera, el affaire Benzema, los viajes fugaces de Cristiano a Marruecos…para volverse locos”. Y, claro, Mister Rafa responde con el manual en la mano: “Todo se sobredimensiona”. La excusa de siempre. Entonces, ¿cuál es la grandeza de este Madrid: los títulos en las vitrinas o que se hable del club bien o mal hasta en la sopa?

El mítico Hugo Sánchez, que suele pasar largas estancias en California, afirmó una vez que el Madrid se mueve como la industria de Hollywood. “De repente, una superproducción aprueba cientos de millones para una película que luego fracasa en taquilla”. Gran ejemplo del Matador para describir cómo se fabrica el club entre bambalinas. La eterna urgencia de copas concibe cada proyecto como un clínex: a la mínima que se mancha, a la basura. Sería impensable una era Alex Ferguson en el Madrid. No hay tiempo para pegársela o empezar de cero con el mismo entrenador. Y no será por falta de presupuesto porque, como anunció el efímero ex presidente Fernando Martín ‘Martinsa’, “por dinero no va a ser”. Es ganar o morir. Juzguen ustedes si ésa es su grandeza.

Fútbol de cloacas

Viernes, 7 Febrero 2014

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Manolo Sanchís suele contar que las remontadas legendarias del Real Madrid comenzaban desde el túnel de vestuario con el ‘otro’ fútbol. Víctimas como el Mönchengladbach o Anderlecht escucharon lindezas como “¡os vamos a comer los huevos!” instantes antes de saltar al Bernabeu. Era una manera alegal de intimidar al contrario antes de continuar increpándolo sobre el césped mediante un buen puñado de insultos, empujones, codazos, agarrones y pataditas furtivas. De ese fútbol es un experto el gran Carlos Salvador Bilardo que, como capitán de Estudiantes de La Plata allá por los sesenta, perpetró marrullerías tales como pinchar a los rivales con alfileres o echar tierra a los ojos de los porteros en los córners a favor. También tiene un doctorado Hugo Sánchez, de profesión goleador de proporciones bíblicas y de afición maestro del fútbol de alcantarilla. Cabrear a defensas y aficiones enemigas por igual era su primer cometido en sitios hostiles como el Camp Nou, Calderón o San Mamés; una vez encabronado hasta el utillero, los goles de Hugo tenían mejor regusto.

El ‘Cholo’ Simeone es defensor a ultranza de la escuela ‘bilardista’. No sólo por su pragmatismo sino también por ese reverso tenebroso del fútbol. Como jugador del Atlético sabía provocar en los momentos decisivos y sacar tajada de cada tangana Lo mismo que Diego Costa, admirado por su letalidad delante de la portería y sospechoso en su versión mamporrera. O el madridista Pepe, a quien su ida de olla en la espalda de Casquero le perseguirá siempre; por eso, cualquier aspaviento del portugués en el área es indicio de bulla de patio de colegio. El propio Pepe y Arbeloa estuvieron esperando a Costa en las catacumbas, mentalizados de que debían ser ellos quienes controlasen el juego de la provocación. De ahí, en parte, que el Madrid saliese sobreexcitado contra el vecino puñetero que le había aguado la fiesta en el Bernabéu las dos últimas veces. Quizá, el problema del rojiblanco es que se vio tan acorralado como Rambo, solo ante el peligro de una zaga que le tenía ganas por goles y algún que otro salivazo de hace algunos derbis (que se lo pregunten a Sergio Ramos). El columnista del El Mundo, Manuel Jabois, lo explica con la metáfora perfecta: “Costa amagó con la caja B de los equipos que juegan sin pelota y que a veces desnivela el partido en las cloacas; un asunto delicado al tratarse de Pepe, Ramos y Arbeloa”.

Y como Simeone es un auténtico pícaro en este mundillo, no se atrevió a quejarse del arte subterráneo del Madrid. Hasta Miguel Ángel Gil contó anoche en El partido de las 12 de la COPE que “Diego Costa estaba solo aceptando las vejaciones, insultos y provocaciones que le hicieron. Los compañeros tenían que haber estado más cerca de él”. Y no es porque el hispano brasileño se acobardase, sino por el desgaste que causa una pelea de uno contra tres. Los últimos antecedentes habían escocido demasiado a un Madrid tumbado por un EQUIPO. Y eso, precisamente, fue lo que aplaudió Ancelotti; puede que sea la pista para su particular espectacularidad, la que prometió el día de su presentación. Pero el fútbol nos ha enseñado en España su visión poliédrica: del baile de salón del Barça al estilo mosquetero del Atlético en ese imperturbable todos para uno y uno para todos, pasando por el modelo híbrido de los blancos: vertiginoso con el balón y camino de la zorrería de equipo italiano cuando la pelota no es el ombligo del mundo. Las guadañas de la defensa merengue pillaron por sorpresa a un Costa que, por una vez, no fue el chico malo. Pero tampoco se iba a quedar de brazos cruzados. Lo que sucedió fue que Pepe y Arbeloa fueron los amos del barrio. Ése en el que este Madrid también achanta.