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Decisión acertada de Juan Mata

Jueves, 23 Enero 2014

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Durante la jornada del pasado Boxing Day Eden Hazard atendió a la televisión Sky Sports casi jadeando y con la lengua fuera. Su palizón físico en la victoria del Chelsea ante el Swansea (1-0) le había dejado para el desguace, “con Mourinho casi es más importante el fútbol sin balón que con balón”, dijo el mediapunta belga. Para nada se trataba de un cumplido; no en vano, Hazard ha espabilado muy rápido con la llegada del portugués. En apenas unos meses, su actitud ha pegado un cambio repentino: de deleitarse con florituras poco prácticas y quedarse en el limbo cada vez que no olía la pelota, ahora se pega buenas panzadas a correr e incordiar a los rivales. Es el lema táctico de su entrenador: presionar hasta morir. Hazard lo ha entendido, el brasileño Óscar también lo está asimilando y Willian, fichado del descompuesto Anzhi ruso antes del cierre de mercado veraniego, comienza a practicar la filosofía Mourinho. Quien se ha quedado atrás es Juan Mata, elegido por la afición blue y sus propios compañeros mejor jugador del equipo los dos últimos años.

Mata nunca imaginó que en su primera temporada en Londres la gloria fuera tan repentina. En un grupo que concebía el fútbol de manera vertiginosa, el ex valencianista llegó para dar ciertas pinceladas al fútbol de hormigón del Chelsea. Y la afición se lo agradeció nombrándole el mejor del año. La inesperada Champions de Munich y la Europa League con Rafa Benítez elevaron su caché hasta el punto que los seguidores británicos no entendían por qué Del Bosque le dejaba siempre en el banquillo de ‘La Roja’. Su visión panorámica del juego y, sobre todo, su sutileza preciosista con el balón destacaron demasiado en Stamford Bridge. “Es un fenómeno, no sólo por sus goles, también por sus asistencias. Es fantástico. Aporta mucho al equipo. Es un mago, tiene un primer toque genial y una fantástica visión de juego”. No lo dijo cualquiera sino el gran capitán John Terry. Eso fue hace poco, cuando Mata se declaraba en un estado de felicidad absoluta. El Chelsea había colmado todas sus expectativas, incluso sueños pueriles como fantasear qué habría sucedido si el Real Madrid le hubiera echado el anzuelo. Sin embargo, el regreso de Mourinho ha llenado de tempestades el edén de Mata.

El técnico del Chelsea percibió pronto que el mediapunta español chirriaba en su maquinaria pesada. Cualquier jugador de Mourinho debe acabar a doscientas pulsaciones después de noventa minutos, y Mata no estaba acostumbrado a defender hasta la extenuación. Lo suyo es más estilo Barça o, lo que es igual, estilo selección española. O sea, una concepción absolutamente antagónica a los mandamientos mourinhistas. Un puñado de partidos insípidos desembocó en una sustitución que agotó la paciencia del entrenador. Ocurrió en Navidades durante un Southampton-Chelsea. Mata jugó de titular, hasta que en el minuto siete de la reanudación Mourinho se hartó y le cambió por Óscar. La entrada del brasileño despertó a un Chelsea que rompió el marcado y acabó goleando 0-3. Las cámaras de televisión estuvieron pendientes del rostro cabreado de Mata, pero Mourinho no quiso incendiar la polémica y, simplemente, explicó en rueda de prensa que contaba con el español, pero que la puerta del club “siempre estaba abierta”. No era un recado, sino una advertencia. El dueño del Chelsea, Roman Abramovich, se había cansado del desfile de entrenadores de los últimos tiempos: Di Matteo, Villas-Boas, Benítez…la opción era Guardiola, pero al fichar por el Bayern, Mourinho aceptó la oferta. Eso sí, atendiendo a dos exigencias: su manera innegociable de jugar y la obediencia absoluta del vestuario.

El fichaje exprés de Mata por el Manchester United no suscitará mucha polémica porque contenta a todas las partes. ‘El fútbol es business’, dijo Mourinho en una de sus últimas ruedas de prensa. Quizá sonaba a una indirecta por los rumores de salida del jugador. Y el portugués niega que se trate de odio visceral hacia lo español; de hecho, Azpilicueta se está batiendo el cobre por el lateral derecho y Fernando Torres es una pieza muy valiosa para desnudar defensas a la contra, el arma de destrucción favorita de Mourinho. Al final, el business le ha salido redondo: no cuenta con Mata y lo vende por 45 millones de euros. Un P.V.P demasiado exagerado por el cuarto mediapunta del Chelsea. Pero el United tiene pasta gansa para gastar y cientos de problemas tácticos y técnicos (la tanda de penaltis de anoche contra el Sunderland fue escandalosa). A partir de hoy, Juan Mata sólo tiene que preocuparse por reencontrar su sitio en la Premier, ser fiel a su fútbol y esperar la llamada de Del Bosque.

Chelsea a imagen y semejanza de Mourinho

Jueves, 2 Enero 2014

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“No me gustan los jugadores que intentan provocar situaciones y simulan. Y, aunque no sea inglés, defiendo los valores de la Premier League”. Los periodistas que cubrieron la victoria del Chelsea en St. Mary’s Stadium esperaban que José Mourinho reprodujese en rueda de prensa las mismas palabras que le brindó días antes a Luis Suárez, pero esta vez con efecto bumerán hacia a su futbolista Oscar. “El árbitro ha tomado la decisión correcta y Oscar merecía la tarjeta amarilla”, dijo el portugués. Le faltó el matiz gráfico que añadió con el delantero del Liverpool de que “parecía haber recibido un disparo en la espalda”. Pero, claro, en el universo Mou la tarascada de Eto’o a Luis Suárez fue la misma engañifa que el ‘piscinazo’ del brasileño del Chelsea. Y menos mal que el propio Oscar aplacó el cabreo monumental de su entrenador con un pase de gol involuntario y otro tanto, porque el Southampton-Chelsea pintaba a empate y con el protagonista crucificado ante la prensa, previa bronca en el vestuario.

Mourinho ha creado a un Chelsea a imagen y semejanza suya. El periodista de Canal Plus, Gaby Ruiz, fiel comentarista de casi todos los partidos del equipo londinense, expresó un argumento capital durante el Chelsea-Liverpool para entender el porqué de este equipo: la afición rinde pleitesía al portugués por títulos pasados, pero sobre todo porque le ha dado un estilo muy exclusivo en un club sin apenas historia. Por eso, dice Gaby, en un Madrid centenario los planteamientos de Mourinho chocaron de frente desde el inicio, porque jugar con el balón no es un principio básico para el entrenador, ni siquiera se puede llamar principio. Y, de momento, le funciona en su nueva etapa británica. El Chelsea juega con su naturaleza salvaje de intensidad y correr hasta la extenuación. Futbolistas de corte fino como el belga Hazard, Fernando Torres o el mismo Oscar han entendido que para ganarse el favor del entrenador no basta con golear o calibrar un pase de cuarenta metros, deben hartarse a presionar sin balón cubriendo todos los palmos del campo. Sólo así falla el rival.

El portugués trabaja con la tranquilidad balsámica de que en Stamford Bridge nadie osará a pitarle si ordena un repliegue descarado, como en la segunda parte contra el Liverpool. Al revés, la gente le ovaciona por cada decisión, sabiendo que el único interés importante es la victoria. El resto sobra. Sin ir más lejos, hace temporada y media el Chelsea se proclamó campeón de Europa profanando el Allianz Arena en las narices del Bayern; es el recuerdo del público, lejos del fútbol blue que fraguó aquella Champions. La prensa española se deshace en elogios hacia la vocación goleadora del Manchester City de Pellegrini y los bailes de salón que proponen los pupilos gunners de Arsene Wenger. Ambos son las noticias atractivas de la Premier, por eso, el Chelsea vive plácidamente en el rol de tapado, de equipo oscuro que apenas saca quince o veinte segundos de resumen en los telediarios. Es el plan perfecto de Mourinho: ganar sin llamar la atención en el césped, para eso ya está él delante de las cámaras.

Al Chelsea le encanta embarrarse, tanto si recibe al Sunderland como al City. El rival sólo difiere en la cantidad de prevenciones defensivas que tiene que planear. Por ejemplo, colocar a David Luiz, uno de los mejores centrales del momento, en el centro del campo para barrer a los centrocampistas del Liverpool es una genialidad de Mourinho. A Pellegrini casi le cuesta el partido en la jornada anterior y, por eso, Mou tomó nota. Otro caso palmario del axioma de jugar hasta morir es Eto’o, sustituido casi al final de la victoria contra el Liverpool porque casi iba cojeando del tute que se metió arriba y abajo. Su mayor recompensa fue un gol, pero Mou le dio más valor a los 10 o 11 kilómetros que recorrió el camerunés buscando el balón como un rottweiller. Hazard es otra estrella que ha espabilado rápido de la mano de su entrenador: perdido en el limbo cuando su equipo se ponía en plan defensivo, este año se está pegando un buen puñado de esprints cuando pierde un balón. Quizá Juan Mata aún tenga que comprender la sensación de agonizar de cansancio. Es el más talentoso del equipo con la pelota en los pies, pero ya sabe que no es más que un ligerísimo detalle en la mole física que alimenta su entrenador. Ayer se enfadó con el cambio, es entendible, pero casualidad o no, sin él llegaron los goles. A Mata le gusta el fútbol de calma y construcción, justo al contrario que el ‘deconstruído’ de Mourinho. Y por lo visto hasta la fecha, no es nada extraño que el entrenador conciba a Mata como un arma sorpresa para las segundas partes; o sea, de ‘banquillero’ de lujo.