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De Las Gaunas al Camp Nou

Domingo, 19 Julio 2015

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14 de agosto de 2014. El Espanyol acaba de empatar un amistoso en Olot (Girona) y a la salida del vestuario, entre el escaso puñado de periodistas que se había acercado a cubrir el bolo, Kiko Casilla tiene un gesto de complicidad con Tomás Guasch: “¿El Real Madrid? Veremos qué pasa, pero por qué no”, dice con sonrisa picarona el portero ‘perico’. Es el preludio de lo que tarde o temprano le iba a suceder a un portero de La Fábrica de Valdebebas. Sus casi dos metros gustaron tanto a Fabio Capello en 2006, que advirtió a los técnicos de la cantera que le cuidaran porque tenían en sus manos al “futuro Bodo Illgner”. Sobrio, valiente en las alturas y poco ‘palomitero’, Manolo Sanchís cree que es un portero de los que se requiere el mercado actual: talludo, que domina el área chica y bastante potable en el juego de pies. Credenciales que cubren de sobra la ausencia, ¿momentánea?, de David De Gea, también del mismo corte pero con la experiencia de haber celebrado su bautismo de fuego en un estadio tan exigente como Old Trafford. Casilla ha sostenido durante varios años al Espanyol, un equipo fusilado por tierra, mar y aire, y que con otro portero quizá hubiera sufrido en la zona caliente de la clasificación. El cambio de Cornellá al Bernabéu servirá de tubo de ensayo para averiguar si Casilla tiene porvenir y no es otra promesa embalada en la caja de otras aspiraciones fallidas como Adán, Jordi Codina, Cobeño, etc.

Julen Lopetegui aclaró una vez la razón de su ostracismo en el Barça de Johan Cruyff: “Me dijeron que a Cruyff le gustaba por mis reflejos. Pero yo sabía que la sombra de Zubizarreta era demasiado alargada”. Lopetegui, santo y seña del inolvidable CD Logroñés del ‘Tato’ Abadía y Toni Polster, también llamó la atención de los ojeadores en la vieja ciudad deportiva de La Castellana. Y como a Kiko Casilla, sabía que el club riojano era inexorablemente una estación intermedia. Nunca habría esperado la llamada personal de Cruyff; fue entonces cuando la oportunidad de su vida acabó en un tormento psicológico. De Las Gaunas al Camp Nou: el cambio fue demasiado brutal. “En el Logroñés me chutaban desde cualquier sitio. Estaba caliente todo el partido. En el Barça tienes que prepararte para detener los dos balones que te llegan”. No es fácil cambiar una costumbre tan peligrosa. Fernando Hierro comentó durante la Octava Copa de Europa que el portero del Real Madrid debía estar preparado para las dos o tres ocasiones que le llegaban. Sus palabras fueron rápidamente rebatidas por una estadística demoledora: a finales de los noventa, y  ya con Iker Casillas como titular indiscutible, el Madrid era uno de los equipos más acribillados tanto en Liga como en Champions. Casillas había empezado un máster acelerado de manera fulgurante: precoz para una responsabilidad “muy jodida”, como le dijo J.B. Toshack cuando le hizo debutar.

Kiko Casilla ya ha pisado cualquier estadio que engulla psicológicamente a un portero, aunque como  rival; es decir, sin tener que justificar la hoja de quejas. En el Espanyol se ha fogueado y ha madurado tanto para que Del Bosque le tenga en cuenta. Ahora llega el momento de la verdad: cualquier parada puede pasar desapercibida, pero una cantada sobredimensiona la crónica más aséptica. La comparación con el mito saliente se hace inevitable: no es sólo la presión del Bernabéu, también el holograma de Casillas que se le aparecerá en cada fondo. Kiko es un portero serio, muy alemán para aplacar los nervios y poco amigo de excentricidades teatrales de Paco Buyo. Puede que sea lo que necesite el Madrid en estos momentos. Un personaje ajeno a toda la guerra de trincheras que ha tambaleado al vestuario blanco en los últimos tiempos. “Casilla tiene que parar, ni más ni menos. Es su trabajo”, dice César, otro ex que tardó en digerir el paso de Valladolid a Madrid. También Rafa Nadal sólo se dedica a pasar bolas por encima de la red, como tantas veces ha insistido Toni Nadal en su sobrino. Aunque al final es más que eso. Simple, pero crudo.