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Archivo de la categoría ‘Lorenzo Sanz’

La industria de Hollywood

Mircoles, 9 Diciembre 2015

“La grandeza del Real Madrid es que si no ganas, fracasas”. El ex presidente Lorenzo Sanz murmuró la frase con un habano en la boca en pleno éxtasis de la Octava de París. Aquel Madrid del cerdo volando de Toshack y el interino Del Bosque había recibido palos por tierra, mar y aire, incluido el unísono grito del Bernabéu ‘¡Lorenzo, vete ya! durante un vergonzoso 1-5 contra el Zaragoza. Pero la Champions es la competición fetiche en la que los blancos manejan como nadie el “tempo del torneo”, como dice Santi Segurola. Y la mejor medicina para aliviar la crisis (sí, todavía no ha terminado el ciclo) era darse un gustazo ante una presa facilona. Quizá el Malmoe no compita ni en la Segunda División española, a lo mejor ni siquiera aparece en otra fase de grupos, pero el mérito de estirar la goleada hasta ocho sólo está al alcance de pocos. O más bien de uno solo: Rafa Benítez. La goleada va mullendo el colchón de confort que necesita el entrenador. Rivales asequibles que esconden resultados peligrosos, porque, en cualquier momento, un resbalón imprevisto bordearía el abismo. Porque este Madrid siempre está a un paso entre el Elíseo y el infierno; del júbilo y el cataclismo. El maniqueísmo merengue siempre hasta el extremo, nunca en tierra de nadie. Debe ser su grandeza.

Ancelotti cuenta en una entrevista para Mediaset que el fútbol de hoy necesita un respiro. “En el Madrid no hay paciencia, empezando por el presidente”. Él, que ganó un Scudetto durante casi una década en el Milan, aceptó ser un funambulista sobre una vara entre dos rascacielos  cuando respondió a la llamada de Florentino Pérez. Y ése es el problema del club blanco: de ahora y de siempre. Su realidad transcurre a todo trapo, a un ritmo demasiado vertiginoso. Casi como la vida de Cristiano Ronaldo. Susana Guasch sintetizó en medio minuto el caos vivido en una pregunta a Benítez antes de ayer: “El fax de De Gea, diecisiete lesionados, la eliminación copera, el affaire Benzema, los viajes fugaces de Cristiano a Marruecos…para volverse locos”. Y, claro, Mister Rafa responde con el manual en la mano: “Todo se sobredimensiona”. La excusa de siempre. Entonces, ¿cuál es la grandeza de este Madrid: los títulos en las vitrinas o que se hable del club bien o mal hasta en la sopa?

El mítico Hugo Sánchez, que suele pasar largas estancias en California, afirmó una vez que el Madrid se mueve como la industria de Hollywood. “De repente, una superproducción aprueba cientos de millones para una película que luego fracasa en taquilla”. Gran ejemplo del Matador para describir cómo se fabrica el club entre bambalinas. La eterna urgencia de copas concibe cada proyecto como un clínex: a la mínima que se mancha, a la basura. Sería impensable una era Alex Ferguson en el Madrid. No hay tiempo para pegársela o empezar de cero con el mismo entrenador. Y no será por falta de presupuesto porque, como anunció el efímero ex presidente Fernando Martín ‘Martinsa’, “por dinero no va a ser”. Es ganar o morir. Juzguen ustedes si ésa es su grandeza.

Bartomeu saca los panzer

Jueves, 11 Junio 2015

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“Si Juan Villalonga se ha adjudicado un salario de 1000 millones de pesetas, no entiendo por qué Raúl no puede cobrarlos”. Fue la justificación del ex presidente del Real Madrid, Lorenzo Sanz, al programa Supergarcía el día que el club anunció la ampliación de contrato de su estrella madrileña. Sanz maniobró antes de convocar elecciones anticipadas para ganarse el favor de la gran masa social: recién ganada la ‘Octava’ en el año 2000 y para neutralizar el aluvión de ofertas por Raúl (el presidente José Luis Núñez dijo meses antes que un abogado había ofrecido a Raúl al Barça), la directiva merengue brindó al ‘7’ el contrato de su vida con el primer sueldo galáctico del Madrid. Y sin prometer grandes fichajes, tan sólo Diego Tristán, entonces delantero de moda en el Depor, el presidente de las dos Champions anticipó el periodo electoral. El desenlace de aquellas elecciones pertenece a la memoria histórica: Florentino Pérez y 10.000 millones de pesetas trajeron a Luis Figo.

Josep María Bartomeu ha sacado la artillería pesada desde su privilegiada poltrona. Anunció elecciones por presión popular y remordimiento de conciencia, pero antes sacó el Gran Berta para intimidar a los rivales. El primer cañonazo fue la renovación de Dani Alves. Cuando todo estaba perdido, el brasileño olvidó que había rociado con napalm a la directiva días antes. La Champions de Berlín y el clamor del Camp Nou durante la noche de los festejos han convencido al lateral. Quizás haya pesado más la sugerencia de Leo Messi, amigo íntimo de Alves en el vestuario. El caso es que la incertidumbre del jugador provocó el fichaje relámpago de Aleix Vidal, velocista explosivo del Sevilla al que no le importa entrenarse sin jugar durante media temporada. Oficialmente, Alves se queda porque mudar a sus hijos de ciudad le supone un marrón de proporciones bíblicas; extraoficialmente, el Barça le ha soltado un contrato “más que interesante”, como dice Miguel Rico. Hablando en plata, Bartomeu ha evitado el runrún de la grada: querían a Alves y le seguirán teniendo.

El discurso del presidente arrancó más fuerte que el mítico de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Su primer bombazo fue ampliar el contrato al esquivo Luis Enrique, que durante seis meses ignoró las preguntas capciosas de los periodistas. El entrenador del triplete no podía sufrir un final dramático. Arreglado (o congelado) el lío con Messi, el vestuario había salido en defensa de su técnico. Y habría sido demasiado feo si Luis Enrique hubiese anunciado el adiós: otra convulsión inesperada en Can Barça. Instantes después de la buena nueva y habiendo tocado la fibra del soci, anunció lo que a todo seguidor le gusta escuchar de refilón, sin mucha parrafada, para poder presumir en charletas de barra de bar: el Barça firmó un contratazo con Qatar Airways y mantiene saneada la tesorería. Clin, clin, caja. Que para fichar a Luis Suárez por 81 ‘kilos’ y a Neymar por 52 o casi cien redondos (nunca lo sabremos), se necesita dinero líquido o, al menos, aparentarlo.

Bartomeu ya ha diseccionado su programa electoral, poco puede mejorarlo salvo en la relación tormentosa del club y los juzgados. Justo el dardo que ha lanzado el directivo díscolo, Toni Freixa, candidato entre bambalinas que dará guerra en este periodo electoral. ¿Y Laporta? “Es el gran mesías para acabar con el nido de yuppies  que llegó a la directiva con Sandro Rosell”, dice un ejecutivo que pertenecía a la guardia pretoriana de Laporta al principio de su mandato. Su fantasma es el despilfarro a talegada limpia, pequeña gran anécdota que los contrincantes no tardarán en escupir. Se intuyen elecciones a tumba abierta, entre la trinchera y el campo de batalla. Pero Bartomeu dirige los panzer y, excepto Laporta, el resto se huele un aplastamiento total. 

La maldición liguera

Sbado, 10 Mayo 2014

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“La Champions remedia cualquier crisis”. Ésa fue siempre la bendita excusa de Lorenzo Sanz cada vez que los periodistas le preguntaban por los desastres ligueros del Madrid. Sucedió con la ‘Séptima’ y también con la ‘Octava’; y para no traicionar esa curiosa historia merengue, a Florentino Pérez también le persigue la maldición. El madridismo vive en una nebulosa incierta, aferrado a la final de Lisboa y decepcionado tras ver cómo el equipo ha tirado la Liga por el retrete. Y con ese panorama, Ancelotti ha sacado el diván del psicólogo en el vestuario con el único propósito de motivar a unos jugadores alicaídos, los cuales son demasiado conscientes de que Lisboa marca la delgada línea roja que separa un exitazo de temporada de un fracaso sonado. Pero “el Madrid está programado para ganar grandes finales”, dijo un Del Bosque durante la efervescencia de la Champions de Glasgow, la de la inolvidable volea de Zidane. Es la creencia de cualquier aficionado blanco que una la premisa mayor (“El Madrid falla en Liga”) con la menor (“El Madrid juega la final de Champions”) para formar el silogismo más esperado: “El Madrid, campeón de Europa”.

Este pensamiento aristotélico ha regido la historia del club durante su relación contemporánea con Europa. De hecho, Jupp Heynckes fue fulminado el día después de la victoria en Amsterdam por adolecer de mando militar en el vestuario y desistir de pelear por la Liga. En aquella temporada 97-98 los blancos se desengancharon del campeonato la noche que fueron goleados en el Camp Nou por 3-0. El Barça de Rivaldo se lanzó a por el título y en el Madrid nadie desde dentro, ni tampoco la prensa, se atrevieron a levantar el hacha de guerra. Esa misma semana recibían al Bayer Leverkusen con la misión de meterse en semifinales de una Champions que ya no eran tan imposible, a pesar de la supremacía de la Juventus. La presión para Heynckes fue agotadora: quedaba una sola bala en la recámara y, si se fallaba, caos total. La Copa de ese año se resolvió con una vergonzosa eliminación en el Bernabéu contra el Alavés de Segunda División, así que la consigna fue clara: ganar o morir. Treinta y dos años de penurias por el continente supusieron que la grada ignorase los continuos batacazos ligueros en pos de un sueño: el gol de Mijatovic.

“Si no somos capaces de ganar a Rayo Vallecano, Racing y Alavés, cómo vamos a ganar en Old Trafford”. A Roberto Carlos le gustaba arengar a sus compañeros con indirectas mitad hirientes mitad motivadoras. El Madrid de la 99-00 había llegado a estar a dieciséis puntos del Deportivo, líder durante todo el campeonato; sin embargo, en uno de esos arrebatos que les da a los blancos, emprendieron una remontada que les aproximó a sólo cinco puntos. La Liga estaba en el punto de mira y la Champions no invitaba nada al optimismo, sobre todo después de recibir dos correctivos históricos del Bayern Munich con ocho goles encajados en dos partidos. Los cuartos de final emparejaron al Madrid con el temible Manchester United, favorito junto a los bávaros. Y quizá sobreexcitados por un duelo de tan alta alcurnia, el equipo del recién llegado Del Bosque, que sustituyó a JB. Toshack y su “cerdo volando sobre el Bernabéu”, se descentró en el torneo doméstico provocando una auténtica sangría de puntos en Chamartín. Con decir que hasta nueve equipos rascaron un buen resultado del Bernabéu (dato inédito), sobra cualquier otra interpretación. Por eso, aquel mítico taconazo de Fernando Redondo en Manchester sirvió de piedra filosofal para creer en la quimera europea. Los goles del indolente Anelka a Kahn fueron la salvación blanca ante la deriva liguera. Y aquella final de París contra el Valencia debía ganarse por lo civil o lo criminal, de lo contrario el Madrid no habría jugado la Champions del siguiente año.

“No podemos recordar este año por el ‘Centenariazo”. Las palabras de Raúl González fueron entendidas como un dogma de fe en el madridismo. La dolorosa derrota del Bernabéu contra el Depor en la fecha más universal del club reventó los fastos preparados en el estadio. Sin embargo, la gracia de aquella Copa del Rey no fue el título en sí, sino la celebración de una noche centenaria que Florentino había vendido a escala planetaria. El ‘Centenariazo’ devolvió al Madrid a su realidad liguera y, más importante, continental. La eliminación contra el Bayern en la anterior edición motivaron al equipo a recuperar su hegemonía de los últimos tiempos. Pero, una vez perdida la Copa, el presidente blanco exhortó en privado a sus jugadores a ganar los dos títulos. Y a mediados de abril del 2002, la misión era muy palpable. Lideraban el campeonato a falta de cinco jornadas y acababan de noquear al ogro del Bayern, cobrándose su venganza. Entonces, una horrorosa visita a El Sadar y otro bofetón en Anoeta dejaron al Madrid tiritando, y al Valencia a punto de celebrar unas segundas Fallas. Otra Liga al sumidero. Menos mal que la ya legendaria victoria en el Camp Nou en semifinales de Champions expió todas las culpas. De la vaselina de Mcmanaman al ‘voleón’ de Zizou. El Madrid conquistaba su última Copa de Europa y mantenía viva su maldición liguera en años de Champions.

 

Vino gran reserva Clarence Seedorf

Jueves, 16 Enero 2014

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Cuando Lorenzo Sanz fichó a Fabio Capello en su primera aventura madridista de 1996, el técnico italiano le puso varios nombres encima de la mesa con uno como máxima prioridad. “Estoy muy orgulloso de haber satisfecho el encargo de nuestro entrenador”, comentó el ex presidente a los reporteros para anunciar el fichaje de un interior derecha holandés de 21 años y fuerte como un roble, de los que gustaban a Capello. Clarence Seedorf acababa de fichar por el Real Madrid por la nada despreciable cantidad de 600 millones de pesetas, los que Sanz tuvo que desembolsar a la Sampdoria. El padre del futbolista espetó al presidente que “el Madrid no imaginaba lo que acababa de comprar”. Seedorf siempre ha venerado a su padre hasta el punto que nunca le estará lo suficientemente agradecido por prestarle unos zapatos tres tallas más grandes que la suya en su debut con los juveniles del Ajax de Amsterdam. Aquello no fue más que el prólogo de una carrera exitosa por Europa, levantando copas de Europa por todo el continente. No en vano, recién retirado, sigue presumiendo de ser el único futbolista de la historia con Champions en tres clubes diferentes.

Seedorf ejemplifica la madurez de cualquier jugador que nació humilde (su familia de Surinam tuvo que emigrar a Amsterdam para seguir adelante) y soñó convertirse en ídolo de masas. En Madrid rindió, ganó títulos y se adaptó rápido a la cultura española, sobre todo, con la gastronomía. Muchas veces ovacionado por el Bernabéu y otras sospechoso de cierta apatía, su talento sí gozaba de unanimidad absoluta. El problema de grandes clubes como el Madrid, sobre todo éste, es el desgaste de la exposición mediática. Aquella invención periodística de ‘la Quinta del Ferrari’, formada por Suker, Mijatovic, Panucci, Roberto Carlos y el propio Clarence, perjudicó en exceso al holandés. Si se marcaba un partido sensacional, era el gran Seedorf; si fallaba un puñado de pases o no corría a defender una jugada, entonces no era más que otro ‘Ferrari boy’. John Benjamin Toshack tomó nota y le quiso purgar desde el principio. El galés ordenó a Lorenzo a Sanz venderlo en el verano del 99 y días después de que en un amistoso de pretemporada en Compostela aficionados madridistas gritasen ‘Seedorf, si; Toshack, no’, la respuesta del presidente fue demoledora: “Oficialmente, el Madrid no vende a Seedorf aunque venga el representante de San Pedro”. Toshack, cegado por su obsesión de sacarlo de la plantilla, había ignorado la única petición que le hizo el holandés, una recomendación táctica: que le pusiese en el centro del campo para crear juego, no arrinconado en la banda derecha. El tira y afloja duró hasta Navidades, cuando Sanz acabó aceptando la oferta del Inter de Milan por casi 4.000 millones de pesetas. Ciertamente, con dos Champions en el zurrón, no era un P.VP. exagerado.

En el Inter Seedorf tan sólo fue una pieza más en la torre de Babel que había construido el presidente Moratti. En un vestuario con argentinos, uruguayos, brasileños, colombianos, franceses, croatas, serbios, turcos, eslovacos y hasta el español Farinós, el entendimiento no fue fácil. Seedorf intuía que el Inter preparaba cada año proyectos etéreos que no iban a ningún lado. Así que no dudó en cambiar de acera para jugar en el Milan. Una frase de Carlo Ancelotti durante esta semana resume la influencia de Clarence en el club milanista: “Seedorf fue mi jugador. Un futbolista con gran personalidad que tiene la capacidad de conocer todo en el mundo del fútbol”. Otro buque insignia como fue Andrea Pirlo nunca escamita elogios cuando le preguntan por su ex compañero: “He jugado con genios del balón, portentos físicos que se mueven sin balón, pero nunca, nunca con un solo futbolista que sea tan bueno con y sin pelota”. La etapa de Seedorf en Milan recuerda a unas palabras de Cristiano Ronaldo en COPE: “Doy el 120 por cien como profesional”. Ése, exactamente, es el elixir de la eterna juventud del todo terreno holandés. Y, precisamente, el Bernabéu pudo contemplar su motor turbo diesel en un Real 2 – Milan 3 de Champions de 2009. Un buen puñado de periodistas escribió en sus crónicas que ese Seedorf bien podría haber jugado en el Madrid de Florentino.

Milan era la ciudad propicia para celebrar los fastos de su despedida. Pero a Seedorf siempre le ha picado la curiosidad del fútbol brasileño. Tan desmedido es su amor por la cultura carioca que, en una entrevista en El País durante los días previos a la fatídica Champions de Estambul, el entonces centrocampista del Milan confesó que de niño había llorado con la eliminación de Brasil a manos de Francia en el Mundial del 86, pero no porque cayera la canarinha, sino por el lamento de Zico, uno de sus grandes ídolos de la infancia. En otra entrevista posterior con el mismo periódico, pudimos comprobar la versión reposada y madura de Seedorf: “¿La final contra el Liverpool? No es que nos relajáramos seis minutos, fue obra del destino”.

El Botafogo ha tenido el honor de escribir el epílogo del Seedorf con botas. En año y medio su huella tiene un valor incalculable: que fuera nombrado mejor extranjero del campeonato brasileño es sólo una medallita más; la hazaña ha sido liderar un vestuario en pleno proceso de formación, con chavales que escuchaban atónitos al cuatro veces campeón de Europa. La gente sólo ve los 90 minutos que dura el encuentro, pero antes de eso paso mucho tiempo conversando con ellos, haciéndoles preguntas…Fuera del campo hay que plantearles los asuntos de manera más pausada, con la idea de que reflexionen y crezcan”. Es Seedorf ‘el maestro’, el mismo que adora una afición en la que algunos padres han bautizado a sus hijos con el nombre de Seedorf. Y no es broma. Por cierto, ha ganado cuatro Champions pero las estadísticas enumeran cinco, la del Madrid del 2000 en la que participó en la primera fase. Nunca le pillaréis en un renuncio,  él siempre contará cuatro, por méritos, porque son las que él se ha ganado. Un hombre de fútbol ha vuelto a Milan, el mismo que Botafogo perdió como futuro entrenador. Veintidós años de fútbol le han dado el aroma de un vino gran reserva. El Milan no tiene más que disfrutarle…el resto vendrá rodado.

Auf wiedersehen, Heynckes!

Martes, 4 Junio 2013

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Telmo Zarra llegó a decir que Jupp Heynckes había “espabilado a la estancada cantera de Lezama”. Viniendo de la gran leyenda del Athletic, el poso que dejó el entrenador alemán durante su primera etapa (1992-94) fue bastante emotivo; no en vano, fue él quien apostó por un chaval muy técnico y con alma de líder como Julen Guerrero. En Tenerife todavía le añoran: con una plantilla trabajada y haciendo caso a los jefes Julio Llorente, Chano y Felipe Miñambres, estuvo a un paso de jugar la final de la Copa de la UEFA del 97 (el Schalke lo impidió). Pero sus grandes lecciones tácticas de aquella temporada en el Camp Nou (1-1) y en el Bernabeu (0-0), convencieron al presidente Lorenzo Sanz para sustituir a un Fabio Capello que añoraba su vuelta a Milan. Heynckes, un señor en toda regla, sólo tuvo palabras de agradecimiento para la gente de Tenerife y, sobre todo, se ganó la admiración de todos siendo honesto: “Quiero entrenar en un club en el que gane títulos”. Había empezado de abajo y el trabajo a destajo le había propiciado su gran oportunidad.

Pero la tragicomedia dantesca de Heynckes comienza por su final en el Real Madrid. Acostumbrado a dirigir plantillas sin puño de hierro, nunca pensó que los egos caprichosos de un vestuario le acabarían devorando. Así se lo transmitió en una charla privada a Lorenzo Sanz en la noche de un lunes, minutos después de que el Madrid perdiese contra el Zaragoza en el Bernabeu y fiara todas sus opciones de jugar la siguiente Champions a ganarla precisamente ese año. La débil autoridad del técnico alemán se esfumó en un grupo comandado por Fernando Hierro, y en el que gente como Seedorf, Suker, Mijatovic o Raúl se comportaban como estrellas de rock (fue el origen de la llamada ‘Quinta de los Ferraris’). Heynckes confesó a Sanz que estaba hundido y no tenía apoyos en el vestuario; Raúl salió en su defensa semanas después diciendo que la junta directiva no defendía al entrenador, acusación que rápidamente fue rebatida por el mismo presidente: “Yo le diría a Raúl qué ha hecho el vestuario para defender a Heynckes”. Las discrepancias entre los directivos y la plantilla sólo contemplaba una solución: el despido del entrenador. Tal cual se lo comunicó Lorenzo Sanz tres semanas antes de la final de Amsterdam. Daba igual que ganase o perdiese, Heynckes podría ser quien devolviese al Madrid a la gloria europea  y punto. Y así fue: el Madrid ganó la Séptima, su primera Copa de Europa en color y el club no tuvo ningún tacto con él.

La imagen que resume la historia maldita de Heynckes fue verle cenando con su familia a solas en el restaurante Txistu durante la celebración del título en Madrid, mientras futbolistas y directivos lo hacían juntos con su gente en el mismo sitio. Pero Heynckes, señorial siempre en su discurso, no dedicó ni una palabra fea a nadie, ¿qué sentido tenía? Sí lo hicieron algunos jugadores a los que no les importó seguir hurgando en la herida; por ejemplo, Álvaro Benito, quien dijo que “el vestuario prefería a Fabio Capello porque a Heynckes le vacilaban demasiado”. Por eso, no es de extrañar que Heynckes se haya emocionado en la rueda de prensa de hoy en Munich. La frase que mejor explica las lágrimas de Jupp la ha pronunciado el presidente del Bayern, Uli Hoeness: “Heynckes vino tres veces como un extraño y se va las tres como un amigo”. Lo mismo sucedió en Bilbao y en Tenerife, lástima que Lorenzo Sanz no pueda presumir igual. Pero a sus sesenta y ocho años, el técnico que lo ha ganado todo con el Bayern sigue rigiéndose por su naturalidad: “Mi vida es la misma de siempre: esta mañana le he preparado el desayuno a mi mujer”. Jupp sólo quería terminar su contrato que expira en unos días, aunque el Bayern le ofreció la renovación hace medio año, antes de que anunciara la contratación de Guardiola. Mejor un adiós triunfal, como el que ha tenido Sir Alex Ferguson, porque la aventura del Madrid podría haber sido excitante pero no tanto como disfrutar de una jubilación muy merecida con su mujer, quien ha tenido que soportar días y noches de interminables concentraciones. Se va un gentleman del fútbol que ha hecho “25 amigos en Munich”, los mismos que completan la plantilla. Tal ha sido el grado de confianza con sus chicos que hasta Bastian Schweinsteiger ha estado a punto de coger un avión para presenciar su despedida. Danke, Jupp!!

“Heynckes pecó de buena persona”

Sbado, 7 Abril 2012

Jupp Heynckes había reprimido sus ganas de rajar desde que empezó su experiencia en el Real Madrid. Ni él como entrenador ni el madridismo exultante por la Séptima  entendían por qué el entrenador que les había devuelto a la élite europea era fulminado. “Cada directivo dice lo que piensa a los periodistas; se empeñan en hablar todos los días sin saber de fútbol”, espetó el alemán el día de su despedida, el último de mayo de 1998. Entonces, la prensa había desgranado durante toda la temporada los caprichos de una plantilla que ni confiaba en su dócil entrenador ni habría aguantado otro régimen autoritario como el que impuso Fabio Capello el año anterior. Suker y Mijatovic creyeron que su titularidad era inamovible, Seedorf se las tuvo tiesas con el técnico más de una vez y la sensación que daba el vestuario de cara al público era que Fernando Hierra mandaba más que el propio Heynckes. Incluso, ese año Raúl se vio obligado a ofrecer una rueda de prensa para explicar su bajo rendimiento. Demasiados fuegos como para apagarlos todos de golpe o, al menos, eso es lo que debió pensar el presidente Lorenzo Sanz.

Este es un club muy complicado y muy difícil por dentro: el entrenador que venga no lo tendrá fácil”. Heynckes tenía preparado el dardo desde el partido que el Madrid perdió en Vigo a falta de cinco jornadas para el final de Liga. El equipo era segundo, a catorce puntos del Barça, y sólo la Champions salvaba el año. Pero más que la debacle liguera y la falta de carisma de Heynckes, a éste le molestó que la prensa filtrara posibles sucesores…y todos coincidían en uno: José Antonio Camacho. El vestuario asumió pronto el cisma entre directiva y entrenador, pero los jugadores esperaron la salida del técnico para rajar: “No era lógico que a Heynckes le buscaran sustituto desde hacía ocho meses”, comentó Hierro durante la concentración de la selección española previa al Mundial de Francia. Heynckes no se quedó corto en su rueda de prensa: “Si el verano que me fichan aseguro que ganamos la Champions, me fichan tres años más”. No fue una crítica desacertada, porque treinta y dos años de penurias en la Copa de Europa y, sobre todo, el sentimiento de ser el hazmerreír de Europa un año sí y otro también dejaban a los directivos merengues en una posición de nula credibilidad respecto a la afición.

Lorenzo Sanz pudo tolerar la rabia contenida de Heynckes, más que nada, porque su única preocupación a partir del despido era negociar los doscientos millones que debía cobrar el alemán por la siguiente temporada. Pero la opinión de Hierro y otras de Raúl y Morientes en el mismo sentido, le obligaron a coger el micrófono. “Los jugadores, que se dediquen a jugar y punto”, sentenció el presidente, quien también aprovechó la misma comparecencia para mandarle un par de mensajitos a su ya ex entrenador: “No es que a Heynckes le haya venido grande el Real Madrid, pero ha querido pasar de la dictadura de Capello y no ha podido controlar a la plantilla”. Razón no le faltaba a Lorenzo Sanz, porque los caprichos de unas estrellas con ínfulas de dioses habían servido de continua carnaza para la opinión pública. Por eso, futbolistas y directivos concluyeron que la Séptima había salvado una temporada que se intuía desastrosa a pesar de la Supercopa ganada al Barça en verano. No obstante, la razón capital del despido de Heynckes la reveló Sanz, quizás sin darse cuenta: “A lo mejor ha pecado de buena persona, como se lo dije a él personalmente”. Y es que Heynckes no era Capello, ni en carácter ni en metodología; ésa fue la cruz del actual entrenador del Bayern de Munich.

El arte de insultar

Viernes, 9 Diciembre 2011

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“Quizás ahora los presidentes sean más inteligentes, porque nosotros siempre estábamos en primera línea de fuego”. Fue la respuesta del ex presidente Lorenzo Sanz en El Partido de las 12 al hermetismo del fútbol que incordia a nuestro periodismo deportivo. Madrid y Barça, o sea, Florentino y Rosell, apenas hablan más de lo que exige el protocolo (lo harán mañana en la comida de directivas). Pero bajando de las altas instancias, ni siquiera Mourinho ha dado su versión en la víspera del clásico; advirtió en verano que dosificaría sus comparecencias, pero no avisó que se ausentaría en el día más señalado. La reflexión de Sanz vaticina una política de comunicación cada vez más anquilosada; los clubes prefieren tirar de comunicados oficiales vía web antes de que a un directivo le dé un arrebato de vehemencia en el antepalco del estadio. Durante estos años los presidentes atienden gustosamente y con educación al micrófono inquisitorio de Mónica Marchante en Canal Plus, y justo hace una década Joan Gaspart reunió en un corrillo a periodistas con grabadora en mano para justificar que el cochinillo del Camp Nou estuvo motivado por “un futbolista (Figo) que vino a provocar”.

Lorenzo Sanz y Gaspart dominaban el teatrillo que rodeaba a los clásicos atribuyéndose el papel de folloneros: bastaba una indirecta al contrario para encender los ánimos y la respuesta del ‘ofendido’ no se hacía esperar…“¡Son unos impresentables, tanto el señor José Luis Núñez como Gaspart, que no paraban de levantarse!”, soltó Sanz a la salida del Camp Nou después un Barça 1 – Real Madrid 0 (10 de mayo de 1997). Pocos minutos después, Gaspart tomó el turno de réplica alegando que “el impresentable” era el presidente merengue, que se había ido sin despedirse, “¿qué creía, que le iba a atizar?”. Sanz recordó con nostalgia aquellos rifirrafes,  pues eran “un divertimento de niños”. Aquellos obuses dialécticos Madrid-Barcelona guardaban cierto parecido con el arte de insultar que una vez universalizaron Góngora y Quevedo: archiconocido fue el rapapolvo de Lorenzo Sanz a Núñez cuando éste se atrevió a opinar sobre las ‘prebendas’ que, supuestamente, se le concedían al jugador Fernando Sanz  por ser hijo de quien era y es…”el señor Núñez, aparte de ser bajo de estatura, me parece bajo de moral”. El dardo de la palabra se quedaba en anécdota y así lo entendían los periodistas que en aquellos tiempos preferían provocar la noticia (dando la vara a los presidentes, claro está) que estrujarla y tergiversarla como en las múltiples tertulias que bombardean los medios. Pero es lógico, Lorenzo y Gaspart contaban historias, como ahora Del Nido; las de Florentino y Rosell hay que intuirlas. En consecuencia, esta nueva corriente de mutis por el foro, sin entrevistas ni valoraciones, obliga a exprimir la creatividad del gremio. Sin los protagonistas directos, los recursos son obvios: ex presidentes, viejas glorias y demasiada interpretación. Corremos el peligro de que estas coartadas se agoten y las semanas de los clásicos deriven en ese puro chau chau del que hablaba Jesús Gil.

Sería inimaginable que Florentino exigiese a Mourinho salir a la palestra, en contraste con el protocolo de UEFA, que aplica en su decálogo ruedas de prensa obligatorias. Sin embargo, hasta en eso tiempos pasados fueron mejores: el propio Lorenzo Sanz quedó decepcionado cuando su entrenador Jupp Heynckes sugirió públicamente prudencia a sus directivos antes de un Madrid-Barça. “La línea de declaraciones la marco yo, el entrenador que se dedique a entrenar”, aseveró el máximo mandatario, quien después apostilló que le habría gustado escuchar la opinión de Heynckes sobre “lo que no le gustaba del señor Núñez o Gaspart”. Los ex presidentes sí entendían que los clásicos se animaban con carnaza para la prensa, y por ende, para el aficionado. Y así actuó Mourinho la temporada pasada, hasta que la opinión pública se echó las manos a la cabeza y convirtió los Madrid-Barça en una guerra de guerrillas periodísticas. Puede que un futuro próximo, cuando los directivos pasen el relevo, se suelten delante de un micrófono y cuenten historietas tan asombrosas como que Joan Gaspart tuvo que disfrazarse de camarero en un hotel de Miami para subir a la habitación de Ronaldo durante una concentración de Brasil y llevarle el contrato para que lo firmara. En definitiva, el fútbol progresa pero el teatrillo que alimenta los cenáculos periodísticos está en peligro de extinción; el orden se ha invertido y son los clubes los que dictan la hoja de ruta de los medios. Mal negocio para la comunicación.