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El ‘galacticidio’ de Queiroz

Lunes, 18 Abril 2016

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“¿El hecho de haber ganado te quita un poco de ansiedad? El que te diga que no, te miente. La victoria te da tranquilidad y confianza, y la derrota te la quita”. Rafa Nadal, la cabeza mejor amueblada del deporte, respondió a pecho descubierto a Joseba Larrañaga en el Tiempo de Juego de anoche. Gerard Piqué dio la cara ante los periodistas y afirmó estar “cero preocupado”; un discurso demasiado protocolario, de manual y para no alarmar al barcelonismo. Sin embargo, el ‘cagómetro’ de Tomás Guasch ya se ha disparado por las nubes porque el Barça no ha sabido hacer un torniquete a su hemorragia de puntos. Acaba de entrar en la U.V.I con síntomas del ‘galacticidio’ que acabó con el Madrid de Carlos Queiroz; éste acabó muerto, el todavía líder de la Liga aún tiene tiempo de evitar la hecatombe. De repente, el equipo que hace menos de un mes era el Circo del Sol sobre la faz de la Tierra ha entrado en descomposición. Antes del empate de Villarreal nadie, ni siquiera el vestuario, intuía que la carga de partidos y las cero rotaciones podrían ponerles bolas con grilletes en los pies. No obstante, el físico no le jugó una mala pasada contra el Valencia. Fue un accidente porque Diego Alves volvió a sacar tentáculos en un estadio con solera y porque Luis Suárez descalibró su Kalashnikov.  En lo que dura un chasquido de dedos, las tertulias periodísticas han pasado de debatir si la MSN es la mejor delantera de la historia a por qué el club permitió a Neymar viajar a Brasil en plena competición para no perderse la fiesta de cumpleaños de su hermana.

Paco González comentó que “la buena suerte se trabaja y la mala suerte se acaba encontrando”. Es el resumen perfecto del estado catatónico en el que ha entrado el Barça. Piqué la provocó con sus tuits y Periscopes, mientras que Dani Alves levita en un mundo paralelo. Hasta Neymar ha entrado en barrena por un sospechoso estado de forma que le priva de sus lambrettas. Por eso, Messi sigue dando la cara con goles y pases versión Michael Laudrup, y jugando con molestias musculares por si dudan de su compromiso. De la noche a la mañana la ironía de Luis Enrique ha desaparecido en la sala de prensa; ahora sólo contestaciones groseras, secas y rancias, esperando a la última pregunta para levantarse de la silla. Su cabreo permanente con los periodistas también alcanza a la planta noble: ¿dónde está ese Nolito porque el que tanto insistió? La tesorería no se podía permitir 18 millones. Tarde o temprano llegará el dardo a la directiva. Seguro.

Salió el comodín Sergi Roberto en la banda derecha cuando en el banquillo miraban cuatro laterales, tres diestros (Alves, Aleix Vidal y Douglas) y el zurdo Adriano. Hasta Munir, convocado por Del Bosque contra Macedonia para evitar conflictos diplomáticos, esperó su turno para salir a morir en los minutos de la basura. Ingenuo de él, todavía no conoce esa ley no escrita que prohíbe tocar a la MSN, aun cuando el brasileño se desvive por las broncas y no por los regates. Suena ventajista soltarlo ahora, pero exiliados como Halilovic, Deulofeu o Adama le habrían dado cierto caché a los secundarios. A Luis Enrique le está sucediendo como al avinagrado Queiroz: miraba al banquillo para recomponer a sus galácticos y sólo encontraba a Santi Solari y a Guti cuando no estaba revenido. El mensaje del vestuario a la calle no tiene aristas: un tropiezo sin más. Pero perder contra el mismo Valencia deconstruido que sufrió la humillación de un 7-0 en el Camp Nou hace dos meses no lo imaginaría ni la ciencia ficción de Spielberg.  Luis Enrique sí, pero nunca lo diría. 

Y ya no regateaba ni a una farola

Jueves, 21 Enero 2016

Con o sin Messi. Con o sin Suárez. El Barça ni se inmutó en plena metamorfosis. Si Luis Enrique deja huella en la posteridad, habrá que agradecerle su poca obsesión con La Masía. Respeta el universo Cruyff, pero sugiere el noble arte del contraataque. Sus detractores le restregarán que es estilo Mourinho, será entonces cuando Luis Enrique escupa esa carcajada entre la ironía y el descojone. Por tierra, mar y aire el Barça parece imbatible. Es el Roger Federer que clava aces, mete reveses a una mano imposibles y volea como los ángeles. En San Mamés no necesitó velocistas para cuadrar el contragolpe perfecto: cinco pases desde la portería de Ter Stegen que acabó resolviendo Munir con un ‘tac’. Y entre medias, una ración de ardaturanismo (genio y figura del balón), y el pase final con escuadra y cartabón de Rakitic. En otra época todavía reciente había un madridismo que acusaba a su equipo de prehistórico; era cuando la perfección se apellidaba Guardiola. Entonces, Madrid y Barça eran el yin y el yang, y Mourinho y Guardiola héroe y villano para una camiseta u otra. Pero Luis Enrique pasa de todo: su enemigo es la prensa que le incomoda cada vez que pisa su sala de prensa, y el Real Madrid sólo un club de su pasado. El asturiano fichó por el Barça convenciendo a Zubizarreta de que no perseguiría la escuela holandesa. El producto final, consensuado con Leo Messi, es un Barça que no se agobia por defender atrincherado y sigue bailando claqué con el balón en un palmo de césped. Véase el 0-4 del Bernabéu.

Con Messi o sin él. El Barça salió aplaudido de Madrid, y el Athletic rugió como un gatito. La hipnosis de San Mamés desapareció con el contraataque perfecto. A partir de ahí, alfombra roja a Don Andrés Iniesta, cuyas virguerías tendría que probarlas dentro de una cabina de teléfono. Su eterna tranquilidad sólo se altera en Bilbao, donde parece que juega cabreado desde que el viejo San Mamés le acusó de tramposo por provocar una expulsión de Amorebieta en 2011. Llama la atención que el manchego rompa con esa facha discreta y a veces sosaina, sobre todo por decisiones absurdas como la amarilla del árbitro González González. Amonestar a Iniesta suena hiriente, casi como cuando penalizaban a Raúl González. Quizá porque apenas queda un reducto de futbolistas que no pierde los nervios. Si el barcelonista hubiese nacido en un club pequeño, nadie se molestaría en recordarle: le habría faltado el lado vividor del Mágico González. Pero, por suerte para España y el Barça, le cuesta menos de un segundo pensar la mejor decisión.  Por eso, Arda alucina por estar jugando con los mejores.

Y en este país tan cainita y amante de destrozar mitos por el mero ocio de ponerlos a parir como cotorras, Iniesta también sirvió de carnaza. Y no hace demasiado tiempo. Sucedió al principio de la temporada y coincidió con la versión más centrada de Isco (odiosas comparaciones). Mientras el madridista convencía a Ancelotti con noches de teatro y días en la mina, esforzándose en correr, a Iniesta no le funcionaban sus gafas de rayos X: la mente nublada y el ánimo bajo tierra. Llegamos a decir que ya no regateaba ni a una farola. Otra reliquia al trastero para cubrirse de polvo. Sin embargo, el manchego supo desde que Xavi Hernández se retiró que él debía volver a pintar lienzos. Tarde o temprano la inspiración le llegaría. Sólo rezamos para que no vuelva a esfumarse.

Pintando Giocondas

Domingo, 20 Diciembre 2015

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“La última Gioconda la pintó Guardiola”. César Menotti atajó de golpe el creciente debate de barra de bar insinuado desde Barcelona. ¿Pep o Luis Enrique? Los títulos casi les dan empate técnico (el Athletic lo desigualó con la última Supercopa), pero el fútbol atrinchera a los puristas (menottistas, y bielsistas son los maestros filósofos) contra el ataque directo, sin delicatessen (en el Bernabeu mourinhistas, en el Calderón cholistas…). Luis Enrique es una versión híbrida apta para ambas tendencias: sin ensayar el baile de salón con el que el Barça maniató al Santos de Neymar en 2011, su secuela no está obsesionada con empujar el balón en el área pequeña. Al contrario, se esfuerza tanto en el contraataque como en combinaciones escurridizas al primer toque. ”Cualquier atajo es perfecto para chutar a portería”, insisten desde el cuerpo técnico del asturiano. Julio Maldonado ‘Maldini’, que de dinastías futboleras sabe un rato (tiene toda la historia del fútbol digitalizada, TODA) cree que sólo una dupla ficticia formada por Messi y Ronaldo Nazario superaría a la MSN. Y siendo tan escrupuloso en sus análisis, la osadía de ‘Maldini’ quizá no sea tan exagerada.

Michael Schummacher acabó peleando contra su leyenda en Ferrari; a Roger Federer le pesó tanto la hegemonía, que llegó un momento en el que no ganar títulos suponía fracasar. Este Barça intenta superar su propia barrera del sonido y el primer reto, como dice José Mari Bakero, es romper la maldición de la Champions: desde el Milan total de Arrigo Sacchi, ningún club ha podido repetir dos Copas de Europa consecutivas (1989 y 1990). El villano más peligroso de los azulgranas es el Real Madrid más inconsistente de los últimos tiempos: de la Champions de Lisboa a subirse a la barca de Caronte en tiempo récord. Todo sucede a la velocidad de la luz en el Madrid, ése es el problema que nunca sufre un Barcelona que da tiempo a sus proyectos, moldeándolos según la ideología de Cruyff. Unos como alumnos aventajados (Guardiola) y otros un poco más díscolos (Luis Enrique). Sin embargo, la génesis prevalece y salvo excepciones forzadas y precipitadas como el ‘Tata’ Martino, la idea es ejecutar rivales con elegancia, como un fino esgrimista con florete. No a cañonazos en pleno ambiente discotequero, como suele ocurrir en el Bernabéu.

Messi, Neymar y Luis Suárez. Tres estrellas, tres amigos que suelen cenar en familia. Alves es el alma de las fiestas, tan querido por todos que su felicidad pesó demasiado para no largarse rajando; Piqué, el liante del grupo y tan amado entre sus huestes como odiado entre tantos otros con sentido común; Mascherano, ‘jefecito’ sobre el césped y en la calle. Son la pandilla de amigos que cualquier directivo querría. Sin guerras civiles, sin malos rollos. La última vez que hubo una colisión de egos en Can Barça, Eto’o y Ronaldinho se declararon el fuego cruzado y el proyecto de Rijkaard se resquebrajó para siempre. A Luis Enrique le salvó el puesto su vestuario porque entendió que con Messi no cabían broncas. Sus buenos y nuevos amigos, ‘Ney’ y Luis, se sienten su guardia pretoriana, saben quién es el D10S. Y como las armonías son perecederas, el Barça juega en una época para la posteridad. Como el Brasil del 70, como el Dream Team, como Pep.

 

 

La ilusión del Circo del Sol

Mircoles, 25 Noviembre 2015

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Disneyland en el Camp Nou. Del miedo de “sobrevivir hasta enero sin Messi”, este Barça se ha metido por méritos propios en la tertulia que más apetece al soci culé: ¿Rijkaard, Guardiola o Luis Enrique? A bote pronto, Pep pintó el perfeccionismo y el holandés una juerga continua que empezó y acabó Ronaldinho. El fútbol con Luis Enrique no escanea el campo palmo a palmo, ni marea el balón en versión delicatessen; el suyo también es de salón, pero con un toque más vertical. El que le pone Neymar y sus regates o ‘elásticas’ de Rivelino; el de las ráfagas eléctricas de Messi o el del martillo pilón de Luis Suarez, de oficio ejecutor. Tres fenómenos que salen al campo con la misma ilusión con la que llevarían a sus hijos al Circo del Sol; tres amigos que a menudo cenan en familia; y dos guardias pretorianos que saben cómo rendir pleitesía a su César. Es la gracia de un Barça programado en modo rodillo, “para divertirse atacando y defendiendo”, como dijo Rakitic anoche. Vino la Roma a morder el segundo puesto del grupo y en quince minutos quedó reducida a un guiñapo, un muñeco de pim, pam, pum. Y no porque bajara los brazos como el Real Madrid en el clásico, simplemente porque delante tenían al Djokovic del momento, que te barre por tierra, mar y aire. Ése es el Barça de Luis Enrique.

Si el fútbol son estados de ánimo (Valdano dixit), el Barça es campeón; si el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre gana Alemania, entonces el Barça es muy germano. Y como citó Renato Cesarini tan brillantemente (a él se le debe el concepto de ‘zona Cesarini), “el futbolista es como un caballo. Si uno lo monta bien, lo respeta y obedece. Pero si usted no sabe apretarle bien los tacos, lo bellaquea y por ahí lo tira”. El Barça ha aprendido a mimar su juego, primero acorazándose en retaguardia sin distracciones estrepitosas. Piqué ha sabido separar sus provocaciones del fútbol, Vermaelen acabará siendo el central por el que mató el incomprendido Zubizarreta, y Dani Alves, sin llegar a la explosividad de la era Guardiola, se irá motivando entre tanta euforia. Sin un coladero en la defensa, emerge el gran Busquets de siempre, al que le ha costado coger ritmo a la temporada. Albañil de vocación, a los puristas les da rabia que la FIFA no le haya elegido en el mejor once del año. Tipos como él, Makelele y próximamente Casemiro son imprescindibles para comerse marrones. Porque detrás del fútbol hay mucho trabajo sucio y pocos jugadores son los elegidos para pringarse en el barro. Que se lo pregunten al seleccionador alemán Joachim Löw, que reservó la titularidad al lesionado Khedira para el Mundial de Brasil. El resultado fue incuestionable.

El contraste entre institución y primer equipo es alucinante. El club afronta juicios, debe cuidar a estrellas imputadas y lidiar con los castigos de la FIFA. Sin embargo, el vestuario vive una realidad paralela reducida a una pelota y dos porterías. Son exageradamente buenos, pero sólo presumen en el campo; juegan a velocidad de crucero pero tienen un manual de emergencias, por si se repite otro drama de Anoeta de género apocalíptico. Y así es metafísicamente imposible que este Barça se empotre como el Madrid de Carlos Queiroz. Aquellos merengues también jugaban como los ángeles y en febrero se les regaló el triplete. Pero Luis Enrique no desgasta al mismo once partido a partido, y en enero recibirá a Arda y Aleix Vidal. Oro y mirra para el banquillo. Las expectativas son tan planetarias que da miedo. Y no es una hipérbole. 

Un grupo de colegas

Domingo, 22 Noviembre 2015

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Gerard Piqué y Dani Alves podrán ser políticamente incorrectos, descarados en las redes sociales e incluso bromistas de mal gusto (que se lo pregunten al Getafe con su fiesta improvisada de Halloween), pero su permanente alarde de buen rollo y cualquier foto que cuelgan con el vestuario medio desnudo después de cada partido insinúan que los futbolistas del Barça son colegas. Esa camaradería la han utilizado tanto para levantar una crisis cáustica, cuando Luis Enrique no tenía buen feeling con la plantilla hace un año natural, como para irse junto al mismo cuerpo técnico a Port Aventura en un día de entrenamiento. Las numerosas comidas, cenas y asados de por medio delatan a un grupo de amigos que se diviertieron en el Santiago Bernabéu y sufrieron juntos en Balaídos. Luis Suárez reconoció que a menudo organizan reuniones familiares con Messi y Neymar; lejos de guerrear en una pelea de egos, las estrellas del Barça actúan como los juveniles que se han ganado una cerveza (o dos) después del partido matinal del domingo. Siempre sonriendo, la troupe azulgrana viaja a los estadios como una panda de amigos en las que Piqué es el alma fiestera y Messi una especie de jefe al que nadie se atreve a incordiar. Neymar desveló la esencia del buen rollo instantes después de ganar en el Vicente Calderón (1-2): “Messi es el líder y luego estamos el resto para ayudar”. Imposible que germine un ‘galacticidio’.

Los jugadores del Real Madrid suelen ir por libre. Sólo en muy contadas ocasiones montan cenas de hermanamiento (así se llaman) y en las redes sociales no son tan alocados. Quizás porque el código interno del club se lo impide o, simplemente, porque no les interesa, cada uno se dedica en cuerpo y alma a sus patrocinadores. Iker Casillas dijo una vez que los jugadores “no tenían por qué tomarse una coca cola después de los entrenamientos”. Cierto. Pero unos amigos que bailan sobre el césped como Billy Elliot en un escenario, jamás morirán por falta de actitud. Y cuando alguien se desanime, el resto le motivará para no alejarse de la manada. Eso no sucede en el vestuario del Madrid. Primero, Benítez titubeó en su respuesta cuando le preguntaron en verano si Cristiano Ronaldo era líder absoluto del proyecto; segundo, la intromisión táctica y mediática de Gareth Bale provoca una colisión con CR7, quien nunca ha halagado en público a la otra mole millonaria del equipo.

Dani Alves tenía una oferta mareante del Paris Saint Germain, pero prefirió quedarse en Barcelona por “su felicidad y la de su familia”. Cristiano coquetea con el mismo club porque considera que su marca comercial necesita nuevos retos, o como estrategia para mejorar por segunda vez un contrato. Mal momento para visitar el despacho del presidente, aunque siempre podrá usar la coartada de que a Messi se lo ampliaron un puñado de veces. La temporada pasada Audi entregó sus coches oficiales a los jugadores de Madrid y Barça en sendos actos: los blancos se lo tomaron como un marrón que se alargó demasiado, mientras que Neymar y Piqué se picaron al volante como si entrenaran para el rally de Cataluña.

Esas sensaciones de colegueo llegan hasta la caseta del jefe. Por ejemplo, Rafa Benítez exprime a sus jugadores incluso en la forma de pegarle al balón (información, no opinión), y Luis Enrique tardó en entender que su Barça funcionaba si él mismo actuaba como otro futbolista pero con ciertos galones. La obsesión del entrenador merengue es ese “equilibrio” que anoche consiguió con ironía: tan desastroso arriba como abajo; Luis Enrique avisó que la lesión de Messi no iba a alterar su hoja de ruta, “¿Sobrevivir hasta enero? De eso nada”. Roberto Carlos solía contar en las entrevistas que un equipo jugaba bien cuando todos se divertían. Ése fue Andres Iniesta, tan soso en sus declaraciones como cachondo en sus botas. A él le ponía “como una moto” el clásico. Lo supimos porque salieron a rueda de prensa durante la semana a contar sus impresiones. En el Madrid todo fue (y es) hermetismo, un búnker para evitar filtraciones. Ninguna arenga para excitar a las masas en momentos tan inciertos. Demasiado bloque de hormigón entre el vestuario y afición.

El piojo López en Balaídos

Jueves, 24 Septiembre 2015

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Al Barcelona se le apareció el fantasma del ‘Piojo’ López. De repente, el escurridizo y diminuto delantero argentino asomó por Balaídos para triturar la defensa azulgrana. En la pierna derecha de Nolito o en la zurda eléctrica de Iago Aspas, poco importa, el espectro del ex valencianista dinamitó el armatoste de Luis Enrique. Hacía demasiado tiempo que el Barça no se colapsaba tan pronto y entraba en barrena sin poder de reacción. El partido se intuía como una partida de ping pong con un Celta vacilón, pero que  Messi decidiría en cualquier instante. Sin embargo, un gol de escuadra y cartabón de Nolito desató la orgía goleadora. Esta vez Ter Stegen se estiró como un chicle en busca de la parada imposible; nada que reprochar al portero alemán que aún no se escapa del ojo del huracán. Y cuando cualquier equipo blindaría con tanques y autobuses el área en un intento suicida por mantener el resultado, el técnico Berizzo ordenó a sus buitres que rapiñaran el cadáver hasta dejar los huesos. Así lo entendió Iago Aspas, que aprovechó una torpeza de Piqué para rememorar la famosa ‘cuchara’ de Raúl, el eterno ‘7’. Esa genialidad invita a pensar cómo un goleador del desparpajo de Aspas entró y salió de Anfield con la misma fugacidad que Faubert lo hizo en el Madrid.

“El Celta ha jugado con la intensidad que nos ha faltado”. Busquets mentó la palabra que Luis Enrique y Mascherano obviaron en rueda de prensa. Porque aunque la revelación del campeonato salió y acabó más espabilado, al Barça de esta temporada le sobra suficiencia y cierta desgana. Pero, básicamente, necesita la mejor versión de Busquets, que descarga trabajo a Iniesta, y protege a Piqué y Mascherano. Sin Busi se apaga la luz y todos se mueven como zombis. Tal cual sucedió en el tercer gol, otro volátil contraataque que Aspas ejecutó con la facilidad del ‘Piojo’ López. En ese sentido, el Barça no es el Madrid porque no controla la mística de las remontadas taquicárdicas. La buena noticia  es que el espíritu de Anoeta les inmunizó de este tipo de contratiempos; la gran noticia es que el Barça es otro gigante anestesiado al que un par de portadas envenenadas le puede despertar. Será entonces cuando Messi se adelante diez metros y él solo trace en una pizarra la táctica tan simplona como efectiva del prisionero Pelé en Evasión o Victoria.

Por cierto, Dani Alves consiguió la renovación de su vida y parece que sus retos se agotaron. Ni un atisbo de aquel lateral que defendía a tumba abierta y, en un chasquido de dedos, se plantaba en el otro área. Cuestión de actitud, que no aptitud. Y, por ultimo, un aplauso para ‘Tata’ Martino, que sin buscarlo se ha encontrado con el centrocampista argentino más completo desde el adiós de Riquelme. Él es Augusto Fernández, bueno para hacer coberturas, notable en el manejo del balón y sobresaliente en cambios de sentido de 40 metros. Un híbrido entre Fernando Redondo y Xabi Alonso. El mercado europeo se lo apunta.

Bartomeu saca los panzer

Jueves, 11 Junio 2015

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“Si Juan Villalonga se ha adjudicado un salario de 1000 millones de pesetas, no entiendo por qué Raúl no puede cobrarlos”. Fue la justificación del ex presidente del Real Madrid, Lorenzo Sanz, al programa Supergarcía el día que el club anunció la ampliación de contrato de su estrella madrileña. Sanz maniobró antes de convocar elecciones anticipadas para ganarse el favor de la gran masa social: recién ganada la ‘Octava’ en el año 2000 y para neutralizar el aluvión de ofertas por Raúl (el presidente José Luis Núñez dijo meses antes que un abogado había ofrecido a Raúl al Barça), la directiva merengue brindó al ‘7’ el contrato de su vida con el primer sueldo galáctico del Madrid. Y sin prometer grandes fichajes, tan sólo Diego Tristán, entonces delantero de moda en el Depor, el presidente de las dos Champions anticipó el periodo electoral. El desenlace de aquellas elecciones pertenece a la memoria histórica: Florentino Pérez y 10.000 millones de pesetas trajeron a Luis Figo.

Josep María Bartomeu ha sacado la artillería pesada desde su privilegiada poltrona. Anunció elecciones por presión popular y remordimiento de conciencia, pero antes sacó el Gran Berta para intimidar a los rivales. El primer cañonazo fue la renovación de Dani Alves. Cuando todo estaba perdido, el brasileño olvidó que había rociado con napalm a la directiva días antes. La Champions de Berlín y el clamor del Camp Nou durante la noche de los festejos han convencido al lateral. Quizás haya pesado más la sugerencia de Leo Messi, amigo íntimo de Alves en el vestuario. El caso es que la incertidumbre del jugador provocó el fichaje relámpago de Aleix Vidal, velocista explosivo del Sevilla al que no le importa entrenarse sin jugar durante media temporada. Oficialmente, Alves se queda porque mudar a sus hijos de ciudad le supone un marrón de proporciones bíblicas; extraoficialmente, el Barça le ha soltado un contrato “más que interesante”, como dice Miguel Rico. Hablando en plata, Bartomeu ha evitado el runrún de la grada: querían a Alves y le seguirán teniendo.

El discurso del presidente arrancó más fuerte que el mítico de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Su primer bombazo fue ampliar el contrato al esquivo Luis Enrique, que durante seis meses ignoró las preguntas capciosas de los periodistas. El entrenador del triplete no podía sufrir un final dramático. Arreglado (o congelado) el lío con Messi, el vestuario había salido en defensa de su técnico. Y habría sido demasiado feo si Luis Enrique hubiese anunciado el adiós: otra convulsión inesperada en Can Barça. Instantes después de la buena nueva y habiendo tocado la fibra del soci, anunció lo que a todo seguidor le gusta escuchar de refilón, sin mucha parrafada, para poder presumir en charletas de barra de bar: el Barça firmó un contratazo con Qatar Airways y mantiene saneada la tesorería. Clin, clin, caja. Que para fichar a Luis Suárez por 81 ‘kilos’ y a Neymar por 52 o casi cien redondos (nunca lo sabremos), se necesita dinero líquido o, al menos, aparentarlo.

Bartomeu ya ha diseccionado su programa electoral, poco puede mejorarlo salvo en la relación tormentosa del club y los juzgados. Justo el dardo que ha lanzado el directivo díscolo, Toni Freixa, candidato entre bambalinas que dará guerra en este periodo electoral. ¿Y Laporta? “Es el gran mesías para acabar con el nido de yuppies  que llegó a la directiva con Sandro Rosell”, dice un ejecutivo que pertenecía a la guardia pretoriana de Laporta al principio de su mandato. Su fantasma es el despilfarro a talegada limpia, pequeña gran anécdota que los contrincantes no tardarán en escupir. Se intuyen elecciones a tumba abierta, entre la trinchera y el campo de batalla. Pero Bartomeu dirige los panzer y, excepto Laporta, el resto se huele un aplastamiento total. 

El Barça de Foreman…el Barça de Ali

Martes, 9 Junio 2015

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George Foreman fue invitado por el ex presidente del Barcelona, José Luis Núñez, al palco del Camp Nou en un derbi catalán de noviembre de 1992. El club había garantizado al ‘Gran George’ un espectáculo parecido a sus combates en el MGM de Las Vegas: nada más y nada menos que presenciar en formato televisión al Dream Team de Cruyff en su momento más sublime. El Barça goleó al Espanyol por 5-0 en su enésima versión del Circo del Sol, protagonizada desde el lanzador Ronald Koeman hasta el trapecista Hristo Stoitchkov y con actuaciones estelares de un malabarista llamado Pep Guardiola y la infinita creatividad del funambulista Michael Laudrup. Justo antes de abandonar el estadio, a Foreman le preguntaron si ese soccer que había aplaudido desde su butaca se asemejaba más al del ‘Bombardero de Tejas’ (es decir, el suyo) o a la técnica acuñada por Cassius Clay de flota como una mariposa y pica como una abeja.  La respuesta del legendario boxeador no fue tan contundente como sus directos: “cualquiera vale porque sólo jugaba un equipo”.

Gerard Piqué escupió en Berlín una palabra prohibida en el vademécum de La Masía: el regusto por el CONTRAATAQUE. El Barça descubrió en la final su génesis del triplete: la estética del billar en el primer gol a la Juve y la contra escurridiza para la anestesia total. Odiando las comparaciones, Guardiola murió en la noche del Chelsea sin traicionar sus principios: toque, retoque y sobar el balón hasta desgastar su cuero. Casi siempre le valió, casi. Había un plan incomparable, el problema fue que carecía de plan B. Al Barça de este Messi (la figura de Luis Enrique ni se asoma) nunca se le catalogará en la colección ‘davinciana’. Ahí Cruyff y Pep acaparan la estantería. El flamante tricampeón es una reminiscencia del gran Pep, pero dotado de una cuchilla tan afilada como el Madrid de Mourinho. Tiqui-taca y pim, pam, pum agitados en una coctelera. El resultado es un elixir made in Barça. Y como sucede con el secreto de la Coca Cola, el fútbol necesitará tiempo para reencontrar un equipo que haya arrasado como Atila. Lo acabó haciendo en una Liga regalada por el Real Madrid y en la Champions aniquilando a los campeones de las grandes Ligas.

Xavi Hernández confesó en una entrevista en El País Semanal de diciembre que “el pasado había que olvidarlo”. Fue su respuesta a las sospechas ensordecedoras sobre Luis Enrique. Su caducidad se iba a precipitar tanto como la del Tata Martino porque ni los resultados eran explosivos, ni la sintonía con el vestuario tenía el buen rollo de Ancelotti, Mister Carletto en los círculos privados de los futbolistas merengues. La bronca de Navidades entre Leo Messi y su técnico descompuso a la plantilla, incluidos todos los familiares que escucharon el reguero de insultos que ambos se cruzaron. Los ecos de la bronca y el Madrid de las 22 victorias intuían un futuro inmediato apocalíptico: un segundo año en blanco (con todo el retintín del mundo) habría devuelto al club a la época de los horrores de Gaspart. Fue entonces cuando Luis Enrique supo abrirse a su psicólogo de cabecera y escuchar al mismo vestuario que había intentado dirigir con mano de hierro o, más bien, de chatarra. Es decir, que Messi necesitaba cariño o, al menos, la paz de los hippies: centrarse en su mundo de la pelota sin nadie que le taladrase con órdenes incómodas. Y si al mejor jugador del mundo le apetece hace diabluras, todo lo demás puede esperar. Absolutamente todo. 

Luis Enrique no era el protagonista

Lunes, 18 Mayo 2015

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“Como dijo Valdano, Messi lesionado sería el segundo mejor jugador del mundo”. Quizás entonces no habría primero. Josep María Bartomeu certificó la verdad innegociable que el barcelonismo quería escuchar: el Barça es Messi y éste es el Barça entero. Hacía demasiado tiempo, desde la plenitud de Maradona en Nápoles, que un futbolista no detenía o aceleraba el fútbol por capricho. El cataclismo de Anoeta, descrito por cierta prensa con drama apocalíptico, fue la prueba de que el algodón no engaña: gana cuando él quiere, el resto cuando puede. El Barça hizo examen de conciencia a principios de año: necesitaba la versión más bestial de su D10S para remontar la temporada y no estrellar el Titanic contra otro iceberg. Aquel Messi meditabundo, ausente en el limbo y que agachaba la cabeza por las famosas arcadas rebobinó al delantero puñetero de siempre, el mismo del que Iker Casillas decía “otra vez me la ha vuelto a liar”. En el vestuario es el capo di tutti capi porque todos se encomiendan a él, incluidos Neymar y Luis Suárez. Su séptima Liga es un detalle más en el currículum, el gol al Atleti es la rendición de esos incrédulos que todavía usan la coartada de que Messi no ha levantado una Copa del Mundo. Si mete el cuerpo en formol, puede que Rusia 2018 aún le rinda pleitesía.

Cuesta creerlo pero el Barcelona ha tenido un final de temporada balsámico. Desde Anoeta tan sólo sufrió una hora de fútbol contra el Real Madrid y la remontada del Sevilla en el Pizjuán. Simples gajes del oficio. La imagen de un Luis Enrique exultante, poseído en la celebración del Calderón es la recompensa a los palos de su paso por Roma, las dudas de Vigo y, sobre todo, la tensión de alto voltaje que sufrió con Messi. El técnico asturiano entendió que no podía imitar a Guardiola: él no era el protagonista. Y cualquier acto de chulería o gesto de Clint Eastwood en el Sargento de hierro podría haber activado una bomba de neutrones, lo último que le faltaba a un club que podría ser empapelado por la justicia. Sin embargo, Luis Enrique no es como el Del Bosque que, según las malas lenguas, arengaba a sus ‘galácticos’ con un “salgan y jueguen como saben”; llegó el pasado verano con un librillo en el que el primer mandamiento rezaba ‘rotaciones’. El cabreo de los cracks venía estipulado en el contrato. Messi, Neymar y Luis Suárez han fruncido el ceño más de una vez, pero hoy el Barça da las gracias por una puesta a punto de escudería ganadora. Todos han disfrutado de minutos, incluidos Bravo y Ter Stegen, seguramente ambos los porteros más en forma en España.

Y luego está Xavi Hernández. Octava Liga en su sala de trofeos y una leyenda detrás de proporciones bíblicas. Si el pasado sábado Anfield retumbó en un estruendoso aplauso con la despedida de su mito Steve Gerrard, el Camp Nou vivirá el homenaje de su último histórico contra el Depor. Todavía queda la final de Copa, pero el campeón se ha brindado un trámite perfecto para despedir a su CPU de la última década y media. Queda un puñado de minutos para que el soci disfrute de sus últimos pases trazados con escuadra y cartabón, como sus cejas. Luis Aragonés, padrino futbolístico del centrocampista, explicó una vez la inmensidad oceánica de su aventajado alumno: “Sí, Iniesta ha marcado el gol de nuestra historia, pero no se olviden que Xavi es el más importante de esa historia”. Bien lo supo Guardiola cuando copió al ‘Sabio de Hortaleza’ y cogió la muestra completa de aquel Xavi de Viena. ¡Que le disfruten en Qatar!

La hora del estratega

Domingo, 19 Abril 2015

“Es la hora de Lucas Silva. Para eso le hemos traído”. Es la reflexión de madrugada de un vocal del Real Madrid instantes después de conocerse el fatídico diagnóstico. Modric se pierde el resto de la temporada y, con ello, el Titanic se aproxima inexorablemente al iceberg. Candidatos para el casting los hay a patadas: Lucas Silva, Illarramendi (de quien nadie en su sano juicio se atreve a susurrar ya que era el padawan más aventajado de Xabi Alonso) y Sami Khedira, a quien su entrenador pediré un alarde de profesionalidad para un último servicio a la causa. Joachim Low le pondría con los ojos cerrados, pero comparando sus méritos con la selección alemana, en el Madrid sólo hemos visto un Khedira de Mercadona. La pasarela es descorazonadora en una plantilla que ronda los 500 millones, kilo arriba kilo abajo, Por eso, el hueco oceánico que deja Modric tiene una solución más cara aún: adelantar a Toni Kroos varios pasos su posición y suplir a éste por un mamporrero. En el fútbol contemporáneo desaparecieron esos ‘Makeleles’ limpios e higiénicos en el trabajo sucio que tanto valoran los entrenadores y los puristas de la prensa.

Son los mismos cronistas que antes aplaudían el fútbol seductor del Barça, copiándolo para la marca España, y ahora han tenido que tragar por succión el juego práctico del pim, pam, pum. No pega con el seny azulgrana, aunque tarde o temprano tenía que venir un entrenador vendiendo las tesis de Maquiavelo. El resultado no sólo importa, sino que vale de coartada para ocultar el extinto tiqui-taca. El calendario es tan vertiginoso que los consejos de sabios en Barcelona no tienen tiempo de fusilar a Luis Enrique y su osada traición al ‘cruyffismo’. El Barça es líder y, con las piernas arrastrando grilletes por el cansacio de la Champions, noqueó a un Valencia sin el arte de Muhammad Ali. Este Barça ya no flota como una mariposa y pica como una abeja; prefiere tumbar al rival a puñetazo limpio, como George Foreman. Un estilo inédito en Can Barça, pero que el Bernabéu lleva presenciando por los siglos de los siglos. Y a la grada blanca le gusta.

El Valencia descerrajó la defensa azulgrana y sólo le faltó abrir en canal al casi muerto. Fue entonces cuando Claudio Bravo imitó al Casillas de sus mejores tiempos y sostuvo al equipo entero. Y Luis Enrique, que todavía es novato para dar giros inesperados a las películas, puso tras el descanso a Busquets en su sitio y el Barça cortocircuitó el énfasis del Valencia. Ahí acabó todo. El murmullo del público a la salida del estadio no despotricaba contra el entrenador: ya no hay tiempo. El ‘triplete’ inimaginable desde la crisis de Anoeta asoma detrás de la esquina y ganar por lo civil o lo crimimal es el único cometido del entrenador asturiano. Tampoco Florentino Pérez le exige a Ancelotti que traiga el Circo del Sol a Chamartín, pero sí un poco de amor propio para salir al derbi como un ciclón y gritar a Europa que esto es el Real Madrid, donde no valen las excusas. Que no juega Modric, pregunten a Carletto; y si tampoco está Bale, de nuevo al entrenador. Se le fichó para tomar este tipo de decisiones, no para arengar al vestuario con un simple ‘Salgan y jueguen como saben’. Las malas lenguas dicen que eso fue lo que repetía Del Bosque e irritaba tanto al presidente. Es la hora de los estratega. Una partida de ajedrez a vida o muerte para Ancelotti.