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Broncas a escondidas

Jueves, 11 Agosto 2016

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Marcelino García Toral frunció el ceño en el preciso instante en el que su jefe, José Manuel Llaneza, le comunicó la histórica venta de Eric Bailly al Manchester United. Cuarenta millones de euros (treinta para el Villarreal y diez repartidos en comisiones) consolidaron el sistema Moneyball del submarino amarillo. Compras baratas, ventas millonarios y sin un genio de la compraventa como Monchi en la oficina. Marcelino aceptó la venta del central marfileño que él escogió y pulió, pero no entendió el momento: el bloque debía permanecer compacto para no hacer el primo en la Champions; cualquier victoria en la competición de los mayores nutrirían una tesorería que no es la cámara acorazada del tío Gilito, pero que presume de deuda cero con Hacienda y la Seguridad Social. Al entrenador le trajeron a Alexandre Pato, ídolo de barro en Brasil aunque atractivo para un estadio como El Madrigal, pero la lesión de Soldado y el tonteo del capitán Mateo Musacchio con el Milan reventaron la bombona. Demasiado inflamable es este último caso que ha menoscabado la autoridad de un míster que se ha ganado a pulso la potestad de gestionar con puño de hierro. A Marcelino nunca le ha temblado el pulso y ha detectado en Musacchio una apatía peligrosa para el bienestar del vestuario. Exigió castigo para el jugador, pero Fernando Roig le ignoró…otra vez más.

Aquella antológica queja de Rafa Benítez en Valencia espetando que pidió “un sofá” y le trajeron una “lámpara” la ha tenido muy presente Marcelino. La gesta de meter al club en Champions merecía otra voz autorizada en los fichajes, aparte de Roig y Llaneza. Pero el Villarreal es una estructura jerárquica perfectamente cuadriculada, en la que cada departamento tiene sus competencias inamovibles y las injerencias son mal vistas. El ejemplo financiero y logístico de Mercadona, dirigida cum laude por Juan Roig, hermano de Fernando, recuerda ese funcionamiento. El hasta anoche entrenador del equipo amarillo murió con sus principios, sin pedir árnica ni reflexiones de ducha fría. Roig y Llaneza son dos dinosaurios testarudos que han creado un fenómeno social en un pueblo industrial de cincuenta mil habitantes; su visión empresarial nunca les ha traicionado y ya puede venir Mourinho pidiendo la Quinta Avenida o Fabio Capello suplicando una purga para medio vestuario, que las decisiones sólo se tomarán en la planta noble. Es el Villarreal y así funciona. El comunicado oficial anunciando la bomba anoche olía raro; ni un atisbo de jaleo, ni un solo cabreo de proporciones bíblicas telegrafiado a la prensa. Al contrario, el pasado 09 de junio Roig disipó los rumores de la candidatura fantasma de su técnico para la selección española: “El Villarreal quiere a Marcelino y Marcelino quiere estar aquí”. Parafraseando a J.B. Toshack, un asistente muy cercano a Marcelino comentó una vez en privado que “la ropa sucia hay que lavarla en el vestuario, pero de vez en cuando airearla para que se seque. Quizá sólo así te tomen en serio”. No ha sucedido en el fatal desenlace presidente-entrenador, pero el tiempo irá revelando esas broncas, cuando Roig o Marcelino bajen la guardia delante de un micrófono.

Marcelino ha sido siempre estricto y distante con sus jugadores. No es amigo sino entrenador; escucha, pero su método prevalece por encima de todo. Sus plantillas son maquinarias en las que cada pieza pertenece al engranaje, sin arrebatos de divos ni caprichos de estrella de rock. Él habla y el vestuario obedece; no hay más lectura entre líneas. Y como un director de cuentas, se le renueva por resultados, sin agasajos ni palmaditas en la espalda. Funciona y lo demás apenas importa. Y si él ha creído que de repente podían aparecer otros ‘Musacchios’ en un futuro convulso, el estado de alarma era inevitable. Las paredes de Riazor (en el Teresa Herrera) todavía no han filtrado los gritos escandalosos entre Marcelino y su central argentino; y como un Lord Sith de La Guerra de las Galaxias, si no estás conmigo eres mi enemigo. Sin entrenador, ni delantero centro, y a una semana de la previa de Champions, Roig no se pone nervioso: la cartera de pretendientes ya está en la oficina. Sonaba Pellegrini, nostalgia del pasado; al final, Fran Escribá. Veremos si la afición que venera al presidente no se acuerda de Marcelino. Más nostalgia.  

  

 

 

 

 

 

 

Un fondo de cartón piedra

Lunes, 2 Marzo 2015

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El Bernabéu esperaba el arreón final. Ese puñado de minutos que el Madrid convierte en vendaval, sobreexcitando a la grada y a puñetazo limpio con el rival de turno. Faltaba ese Raúl González que provocase una ocasión imposible, un córner forzado, cualquier resorte que enardeciera a las masas. Cristiano intentó imitar al eterno ‘siete’ en estímulo y la copia le salió barata. El talento del portugués es extraterrestre, pero no pega con los mitos de las remontadas. Y, precisamente, el equipo necesitaba morir matando, golpeando hasta la extenuación como el boxeador que busca desesperado el ko. No lo encontró porque el Villarreal ama el buen fútbol y no se avergüenza de tutear al Madrid (o al Barça) en sus casas: si necesita el balón, lo mueve de banda a banda; si encuentra un contraataque, sale con el cuchillo entre los dientes. El equipo de ese señor entrenador llamado Marcelino es un Real Madrid diminuto, con varios cientos de millones menos pero una propuesta grandiosa. Otros como el Manchester City o el Paris Saint Germain se construyen a golpe de talonario y se quedan en marca blanca de Mercadona. Marcelino dijo hace unos meses que estaba “harto de jugar como nunca y perder como siempre”. Ningún cronista podrá reprocharle que intentase asaltar la banca, como hizo en el Vicente Calderón.

“Si el Bernabéu no entendió el cambio de Isco, lo siento”. La pedrada de Ancelotti le retrató ante la prensa. Isco deambuló por el césped desaparecido en combate pero su chistera invita a soñar con una jugada repentina en el descuento. Illarramendi es buen centrocampista del montón con ínfulas de Xabi Alonso, y se ha quedado por el camino. El 1-1 obliga a pensar que Illarra no debió sustituir al malagueño sino a Kroos, fundido como un maratoniano en el kilómetro 42. Su gasolina diesel se ha agotado y Ancelotti no se fía de nadie cuando mira de reojo al banquillo. El italiano no para de mirar el reloj, esperando el regreso de Modric ‘el deseado’. Desde que se proclamó campeón en Marruecos, el Madrid ha ido sacando adelante sus partidos contra rivales poco puñeteros, demasiado escaparate para un fondo de cartón piedra: el Atleti le pinto la cara en Copa, el Sevilla le dio un susto de mal gusto y ante el Villarreal Casillas evitó el 1-2 en un cabezazo prodigioso de Vietto. Y la coartada de que Asenjo sacó mil y un tentáculos no es apta para los blancos. La cena de la ‘conjura’ (así lo hemos vendido desde los medios) ha quedado en anécdota de programa de Telecinco no por desgana merengue sino porque pocos osados se atreven a lucirse en el coliseo madridista.

La carrera por el clásico se ha estrechado y el Barça ya depende de sí mismo para ganar la Liga. El desplome ante el Málaga lo subsanó rápido en el Etihad; en cambio, el Madrid tiene toda la semana para hacer terapia antes de visitar San Mamés, leones heridos, pero al fin y al cabo, leones. Quizá el empate de anoche sea pasajero (también lo fue el 0-1 del Málaga en el Camp Nou), pero la única lectura indiscutible es que la Liga sufrirá más sobresaltos. De uno u otro lado. Y eso es apasionante. Como el próximo Barça-Madrid, del que muchos madridistas se contentarán con un empate y otros lo verían milagroso. Adivinar un ganador del clásico no es precisamente lanzar una moneda al aire ahora mismo.