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Mcmanaman…40 años de carcajadas

Sbado, 11 Febrero 2012

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“No tengo ni idea cómo me ha salido el gol: yo salté, cerré los ojos y el balón entró. Fue un milagro” (14/01/2001). Así describió Steve Mcmanaman la acrobática volea al Oviedo que puso patas arriba al Bernabeu en su segunda temporada. La gracia de Macca no era qué decía sino el compendio de gestos que hacía delante de las cámaras para aclarar su ‘spanglish’. Hoy cumple cuarenta años y sigue siendo especial…en su carácter, que al fin y al cabo es lo que enamoró al Madrid, incluido a ese tendido siete del Bernabeu que siempre le criticó haber olvidado sus famosos regates en carrera de Anfield. Su década prodigiosa de Liverpool fue demasiado ingrata; no en vano, Mcmanaman lanzó un chascarrillo inolvidable el día después de que los reds ganasen la Supercopa de Europa al Bayer de Munich sin él….”¡Joder! Estoy yo diez años en Liverpool para una Copa inglesa, y van ahora sin mí y ganan Copa, Carling, UEFA y Supercopa, ¡joder!”. Su naturalidad le ha hecho ganar adeptos en todas partes; todas, menos en el Everton, pues fue seguidor confeso de los toffees y labró su leyenda en el enemigo de enfrente. Quién sabe si por su pública afición o por una enajenación mental transitoria del portero Bruce Grobbelaar, pero una de las primeras anécdotas que se le recuerdan fue la monumental bronca que recibió delante de su compañero de equipo después de no haber defendido bien un gol en la derrota del Liverpool por 2-0 en un derbi de Merseyside. Por entonces, el extremo de ascendencia irlandesa y profunda creencia católica todavía estaba en periodo de madurez con 21 años, pero después de aquel partido comentó con su buen humor de siempre que él “no era nadie para rebatir algo a un ídolo de Anfield como el gran Grobbelaar” (18/09/93).

Sus fintas, quiebros y autopases en velocidad por el carril derecho de Anfield fueron grabados en vídeo por los grandes de Europa, en especial Barcelona y Real Madrid. Primero fue Joan Gaspart quien se fijó en él en plena descomposición holandesa del Barça de Van Gaal. Tan serio fue el interés azulgrana que Mcmanaman llegó a reunirse con el mandatario culé en la Ciudad Condal. El futbolista inglés ya había anunciado que no renovaría contrato con el Liverpool, por lo que su carta de libertad sólo cotizaría con salarios estratosféricos. A Macca no le debieron convencer los cantos de sirena de Gaspart porque acabó diciendo sí a los 800 millones netos que le ofreció Lorenzo Sanz. “Macca, Yes”, tituló MARCA en una edición de la primavera de 1999. Todavía recuerdo el reportaje de Michael Robinson en Canal Plus enseñando a Mcmanaman el Bernabeu antes de empezar su primera temporada. Robinson le sugirió visitar lugares tan turísticos como la Plaza Mayor o el Paseo del Prado, consciente de que su compatriota era un tío muy de la calle, al que le gustaba ir a conciertos o sentarse en una plaza pública con una buena pinta. A tenor de sus expresiones durante el reportaje, Macca quedó gratamente sorprendido; daba la sensación de que en Madrid se lo pasaría en grande. Y así fue. No obstante, nunca olvidó sus raíces: al poco de instalarse, se interesó por el club de fans españoles de los Beatles.

Como cualquier británico que intenta abrirse camino en un país mediterráneo, los inicios de Mcmanaman fueron complicados. Su llegada había causado demasiada expectación…por sus credenciales futbolísticas en Liverpool y por una ficha insultante, una de las más alta de la plantilla después de la gran adquisición de ese verano de 1999, Nicolas Anelka. Debutó en el Bernabeu contra el Numancia en la segunda jornada, marcó un gol pero dejó ciertas dudas: ninguno de sus esláloms funcionó y a la enésima vez comenzó el murmullo en la grada. Tuvo que vivir con ese sambenito al principio de su estancia en la capital: dejó de ser el extraordinario Macmanaman para degradarse en el vulgar Steve. Sin embargo, lejos de amedrentarse, explotó otras habilidades como esas voleas en el aire a lo Karate Kid (para la memoria del club el gol a Cañizares en la final de Champions de París) y su generosidad en el esfuerzo. Por arte de magia, dejó de obsesionarse con el catálogo de regates que creó tendencia en Inglaterra y se comprometió en la ardua faena de distribuir balones desde el centro del campo. Su inestimable ayuda a Fernando Redondo en la final de París todavía la agradece el volante argentino y, sobre todo, Vicente Del Bosque, quien siempre le consideró imprescindible en ese Madrid.

Sus últimas aportaciones fueron de traca: el golazo por alto que se inventó ante Bonano en el Camp Nou en la semifinal de Champions del 2002 y una magistral clase de conducción de balón en la exhibición de Ronaldo en Old Trafford en 2003. Muy amigo de Figo y también de Ronaldo en la temporada que compartió con el brasileño, Macca nunca se quejó por haber quedado a la sombra de los incipientes ‘galácticos’ (faltaba Beckham). No obstante, en 2003 volvió a su tierra, al Manchester City, para retirarse allí. No escucharéis a ningún compañero rajar de él; sus carcajadas diarias dejaban muy buen rollo en el vestuario. Era futbolista de profesión, pero nunca ignoraba esos pequeños placeres de la vida, como la cerveza tibia de la taberna Irish Rover. Vamos, que Macca se lo pasó de coña en Madrid: cuando le tocaba jugar, se dejaba el alma, y cuando no, le gustaba aprovechar, los privilegios de la capital, como a cualquier guiri. Una vez le preguntaron si no le molestaba quedarse en el banquillo con asiduidad, se le ocurrió responder: “Vivo en Madrid, estoy en uno de los mejores clubes del mundo, gano mucho dinero y, de vez en cuando, tengo la suerte de jugar”. Simplemente genial. Tratándose de Macca, al final siempre acabas riéndote.