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Archivo de la categoría ‘Mijatovic’

El mejor lateral del planeta

Domingo, 31 Julio 2016

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Noviembre de 2006. Real Madrid anuncia la última renovación de Roberto Carlos y termina el comunicado oficial añadiendo el fichaje de Marcelo Vieira, un lateral zurdo que había despuntado en el Fluminense pero que, a tenor de los vídeos que llegaron a España, tenía más pose de jugador de fútbol-sala. Ramón Calderón le fichó para cubrirse las espaldas por si al correcaminos más famoso de la historia le faltaba fuelle hasta su fecha de caducidad definitiva. Incluso, Pedja Mijatovic, entonces director deportivo, y Fabio Capello pensaron en mandarle al Castilla para que se fogueara en el fútbol español: “Era muy arriesgado sacarle tan pronto en el Bernabéu por miedo a que la sombra de Roberto Carlos se alargase demasiado”, comentaron en aquella época Pedja y su adjunto, Carlos Bucero. Durante la siguiente temporada, Schuster confío en Marcelo porque tampoco encontró más soluciones: el ‘gringo’ Heinze rendía mejor de central zurdo que de lateral y Drenthe ya había demostrado sus dotes de bufón con una comedia distinta cada vez que amagaba con hacer algo medianamente estético.

Marcelo siempre ha confesado su profunda admiración por Roberto Carlos y tampoco olvidará la oportunidad que le dio Juande Ramos. Sucedió en El Molinón, en febrero de 2009…el Madrid había cogido velocidad de crucero en la Liga a la caza del Barça y el técnico blanco no podía contar con Arjen Robben por el enésimo problema con su rodilla de cristal. Se decidió por Marcelo para cubrir el flanco izquierdo, de ese modo podría tontear con el balón sin riesgo de merodear su propia área. Marcelo se gustó a sí mismo y a su entrenador, porque no sólo se esmeró en florituras sino que se convirtió en puñal cada vez que rajaba la banda izquierda desde el interior. Juande había encontrado una alternativa diferente a la de esperar que Robben cogiese el balón en la línea de cal y desplegase el álbum de regates y fintas. Marcelo proponía asistencias de gol y disparos a media distancia, y el equipo había descubierto a un interior izquierdo más que prometedor. Con el tiempo el brasileño maduró su manejo del balón, capaz de enlazar varios quiebros en pocos metros y regatear en un palmo al estilo del gran Paul Gascoigne; en ataque se suele despendolar (para bien) cuando es liberado de responsabilidades defensivas. El problema de los últimas temporadas ha sido esa crisis existencial entre lateral o interior, que él ha intentado arreglar imitando a Roberto Carlos. No obstante, ha comprendido que ni tiene el turbo ni el diesel de su ídolo para ocuparse de toda la banda. Además, su mimo por la pelota a veces le juega malas pasadas, porque tan pronto inventa un zigzag sublime como le cogen la espalda en un contraataque.

Algunos cenáculos madridistas susurran que este Marcelo tapa las carencias de Cristiano Ronaldo. Él, Marcelo, es quien revienta los candados escondiendo la pelota al defensa; de repente aparece en el córner y en un pestañeo se cuela hasta la cocina. Quizá por despiste de los rivales o porque CR7 todavía es el enemigo público número uno para cualquier marcador,  ningún entrenador ha considerado colocarle un perro de presa que le haga sudar noventa minutos. Marcelo se está entendiendo con Marco Asensio durante esta pretemporada porque, como dice Jorge Valdano, “el brasileño juega en el mismo patio que Messi o Neymar”. No es una comparación, sino la opinión de que cualquier Brasil del 70 siempre sorprende más que una Italia siderúrgica. Sin discusión, Marcelo es el mejor lateral del planeta hasta que su silueta no vuelva a ensancharse, aunque los nostálgicos consideren obsceno compararle con el mejor Roberto Carlos. Pero mientras haya samba, ahí estará él bailando entre bosques de piernas. Es el secundario del que todo el mundo habla.     

Un veterano de guerra

Mircoles, 13 Julio 2016

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Mariscal sobre el césped y delante de los micrófonos, disfruta de una segunda juventud porque, como su amigo Cristiano, profesa un culto exagerado a su cuerpo que le mantiene en formol. A punto de cumplir una década en el Real Madrid y flamante campeón de la Eurocopa, el madridismo reconoce en Pepe el sucesor más digno de Fernando Hierro, y eso son palabras mayores. A sus 33 años le han intentado jubilar y defenestrar por esa fama de leñero, pero desde hace tiempo el central decidió devolver fuego cruzado en el campo, no ante la prensa. Sólo así se explica que siga siendo letal al cruce, expeditivo con el balón en los pies y reparta pólizas de seguro entre unos compañeros que suspiran de alivio cuando miran de reojo a la defensa. No importa que su carrera toque a su fin, Pepe es un seguro de vida porque, como suele decir Manolo Sanchís, “los centrales son mejores cuando rondan la treintena y tienen mil batallas que contar”. Desde luego, el portugués podría escribir su autobiografía desde que Pedja Mijatovic convenció al entonces presidente Ramón Calderón para que desembuchase la friolera de 30 millones por un defensa anónimo. Ante la incomprensión de la opinión pública, Mijatovic se enorgulleció del fichaje diciendo que “treinta millones serán poco para lo que costará Pepe en unos años”. Ningún ingrato, entre ellos quien escribe, se ha atrevido todavía a llamar al ex director deportivo para rendirle pleitesía.

Pepe, aquel central que sufría “enajenaciones mentales transitorias” (TV3 dixit) y al que había que negarle eternamente el perdón por su violenta escena en la espalda de Casquero, entendió a la fuerza que duraría poco en el Madrid en esa versión de Doctor Jekyll y Mister Hyde. Tan pronto dirigía a su defensa en armonía como se embarraba hasta el cuello en un juego de alcantarilla que sólo las cámaras captaban (Diego Costa lo sabe bien). Quizás el club nunca le vendió por su sublime condición atlética y esa pose terrorífica que achanta a cualquier delantero. Perdió su virginidad durante el ‘rally de los clásicos’, aquellos Madrid-Barça con Mourinho en el banquillo y el Messi más eléctrico de los últimos tiempos. Ahí estaba él para frenar a D10S a tumba abierta, por lo civil o lo criminal. Como debe ser en un central jerárquico. Sin portal el brazalete de capitán, las generaciones de Valdebebas escuchan al veterano de guerra que, sin haber mamado el Madrid de Juanito o la ‘Quinta del Buitre’, se declara madridista de sangre. Pepe se ha ganado la Medalla de Honor del Congreso porque aterrizó en Vietnam como un paracaidista sin brújula, y nueve años después, la lista de jugadores que le “deben la vida” da la vuelta a la manzana. Que se lo pregunten al vestuario de Portugal, tan apesadumbrado por la lesión de Ronaldo durante la primera parte de la final, como extasiado por la majestuosa omnipresencia de su central. “Fuimos unos guerreros en la batalla”, explicó el jugador que no entiende de galácticos ni vedettes, sino de merengues currantes que, como Mel Gibson y Rene Russo en Arma Letal, presumen de heridas de pelea callejera. Es el fútbol de Pepe y que, desmintiendo leyendas populares, sobreexcita al Bernabéu.

La maldición de Aquiles

Viernes, 27 Mayo 2016

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Milán espera al nuevo César entre la mística del #Nuncadejesdecreer y el flagrante debate de ganar o fracasar. Como una partida de ajedrez, Simeone ha entrenado al equipo en secreto para detener el contraataque del Madrid; intenta buscar la kryptonita contra ese arma de destrucción masiva de la que no presumen los blancos. Quizá por miedo a traicionar la historia del club o a evocar la era Mourinho, ningún mito merengue ha alardeado de un estilo que el portugués puso en sospecha. No debe sonar caballeroso que el Real Madrid disfrute del pim, pam, pum, cuando los últimos tiempos, exactamente desde Ronaldo Nazario, han delatado que el Madrid es mortífero devolviendo golpes y no con ese fútbol hegemónico con el que tanto se le llenaba la boca a Xavi Hernández. “Una final de ida y vuelta, con poca posesión y demasiados robos”, dice Pedja Mijatovic, acostumbrado a otros tiempos en los que sólo Luis Aragonés confesaba delante de una cámara que su Atleti jugaba a contraatacar con Futre, “lo demás, tonterías”. Curioso cuando el ‘Sabio de Hortaleza’ ha pasado a la posteridad por el tiki-taca de la Eurocopa 2008.

Simeone arma y desarma contraataques, y está blindando un cerrojo para que el Madrid se encuentre enfrente el Fort Knox. El experimento se convirtió en costumbre y los blancos casi siempre se han inmolado en ese laboratorio; ‘casi’ porque no fallaron el día D. El mundo colchonero puede seguir girando sin porque el primer mandamiento ‘cholista’ se ha vuelto a cumplir: terceros y clasificados para la siguiente Champions. Más allá todo es festival. Por eso, como escribía Roberto Palomar en Marca, “en el cholismo perder es ganar”, sin depresiones, sin acabar tumbado en el diván de un psicólogo. Es el atajo más rápido para sacudirse la presión. Porque si hay un club que debe cumplir no es el Atleti. Allí hay que estar mal de la chaveta para susurrar la palabra fracaso; y más, sabiendo que este Atlético no hace demasiado tiempo perdió contra el Albacete en Copa para bochorno del Calderón y de Goyo Manzano, inmediato antecesor del universo Simeone. Es el Madrid quien juega la final sin red, asomado al abismo al que se arriesga un funambulista. “Ganar o morir, y así cada año”, espetó Bernd Schuster pocos días después de ser despedido por el ex presidente Ramón Calderón. Y tiene razón el alemán: al Madrid le sucede como a Aquiles, que su gloria y su maldición caminaron juntas en Troya, separadas por una delgada línea roja.

La Champions eclipsa todo, es el quinto elemento. Bien lo saben en Barcelona, donde esperan ansiosos (aunque no lo reconozcan) a la gesta de su hermanado Atlético. Es la prueba indiscutible de que Madrid y Barça son vasos comunicantes: que el doblete sea histórico o anecdótico depende de los blancos. Explíquenselo a un marciano. Dicen que ésa es su grandeza: conquistar San Siro o fracasar, sin término medio. Suena durísimo, pero es la presión tan “única y exclusiva” de la que hablaba Arbeloa en los días de su despedida. Hubo un tiempo en el que a Roger Federer le exigían ganar todos los Grand Slam, cualquier otro resultado se olvidaría rápido. Noventa minutos dirán si el Madrid necesita una catarsis drástica para salir de un desierto de dos temporadas o desde el permanente epicentro del huracán farda de dos Champions en tres años. De cero a cien en lo que dura un chasquido de dedos; es el Ferrari imposible de controlar.

El fútbol echa de menos a Pedro Chueca

Jueves, 22 Mayo 2014

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“En un día me lo curas o te mato. Eres un fenómeno y me tienes que recuperar”. Pedja Mijatovic sintió un pinchazo en el gemelo durante el penúltimo entrenamiento previo a la final de Amsterdam, pero Pedro Chueca, recuperador por excelencia del Madrid durante muchos años, advirtió al montenegrino que, en condiciones normales, tardaría tres o cuatro días en obrar el milagro. El club ocultó a la opinión pública las molestias de Mijatovic; habría sido un golpe anímico para un madridismo que,  aún sobreexcitado por la final, temía el poderío de esa mole llamada Juve. Un buen puñado de masajes y varias cajas de antiinflamatorios anestesiaron el intenso dolor del gemelo del jugador. Pedja llegó a agobiarse por la cura a contrarreloj; sabía que el Madrid le había fichado para “algo grande” y un maldito dolor muscular no le iba a noquear.

Fernando Hierro también se tumbó en la camilla de Pedro Chueca. Con mil y una cicatrices de guerra, el fisioterapeuta merengue cuidó el chasis del capitán hasta sus últimos coletazos en el Madrid. Machacado por las lesiones, Chueca puso a tono todos sus músculos y le afinó tanto, que Hierro jugó una Copa de Europa imperial en 2002, la de la inolvidable volea de Zidane. Por eso, uno de los primeros agradecimientos de Hierro sobre el césped de Glasgow fue hacia su inseparable Chueca. Su trabajo entre bambalinas ha sido tan decisivo que los pesos pesados siempre le guardarán cariño. Por ejemplo, Raúl González, al que una rotura de menisco en 2005 le obligo a modificar su condición física de base, tal como le gustaba decir a Luis Aragonés. Pedro Chueca sufrió por y con Raúl: intensas jornadas de trote, ejercicios de fuerza y masajes intensos sobre la camilla resetearon el cuerpo triturado del ‘eterno siete’, que fue precoz hasta para quedarse sin gasolina en el cuerpo. Chueca y la famosa cámara de hipoxia marcaron un antes y después en la carrera profesional de Raúl.

Pedro Chueca lleva más de veinte años recuperando futbolistas del Real Madrid. La confianza entre jugador y recuperador es la génesis de una buena puesta a punto, lo dice Chueca y cualquier fisioterapeuta de élite. Por eso, en el fútbol de hoy llama la atención la sospechosa relación entre servicios médicos y jugadores. Chueca no es médico, al igual que Juanjo Brau, el otro gran gurú de los recuperadores en el Barça. Brau ha sido el hombre de confianza de Leo Messi varios años hasta el punto de no dejarle ni a sol ni a sombra, ni siquiera en vacaciones. Debido a la fragilidad muscular que sufrió Messi desde su infancia, el Barça quiso que Brau acompañara a su estrella hasta en las concentraciones de la selección argentina; su trabajo era simplemente imprescindible. Nadie más sabía cuidar a Messi hasta que éste se hartó. Las razones todavía no se han aclarado: la excusa oficial es que Brau ascendió de cargo y sus responsabilidades, por consiguiente, aumentaron; la versión más morbosa apunta a que el crack argentino se hartó del régimen espartano del recuperador, severo pero siempre exitoso.

La semana de la final de Lisboa se está manchando con demasiadas noticias médicas. Ayer se filtró que Diego Costa hizo un viaje relámpago a Belgrado para someterse al tratamiento enigmático de Marijana Kovacevic, una farmacéutica, que no médica, llamada ‘doctora milagro’. Se da por hecho que los servicios médicos del Atlético de Madrid han autorizado a Costa para que la doctora serbia le regenere el tejido muscular con placenta de caballo; de no ser así, habemus lío..y padre, además. Y para rizar el rizo, Arda Turan se ha traído de Turquía a un médico del Fenerbahce para curar su pubalgia, una lesión que no debería precisar de ayudas médicas especiales. Pero ni Diego Costa ni Arda tienen a su disposición un Pedro Chueca o Juanjo Brau de turno, un recuperador de confianza que arriesgue el todo o nada con un futbolista.

Tampoco Cristiano Ronaldo tiene fisio de confianza. Sí dispone de Pedro Chueca, pero esa relación está a una distancia sideral de la que Mijatovic, Hierro y Raúl mantuvieron con el prestigioso recuperador. Cristiano prefiere curar sus lesiones con el médico de confianza de Jorge Mendes, el doctor Noronha de Oporto, a someterse al examen de los galenos del Madrid. El cabreo de CR7 tiene su explicación: los médicos del Madrid no detectaron unas dolencias en el bíceps femoral que sufrió en la víspera de la vuelta contra el Borussia Dortmund y, además, le pasaron la patata caliente en la semifinal contra el Bayern. Jugar (y posiblemente romperse) dependería del futbolista, de ahí que Cristiano se molestara con esa indecisión. Con este panorama, está claro que faltan más ‘Pedros Chuecas’ en el fútbol.

El primer partido del siglo

Martes, 18 Marzo 2014

El primer partido del siglo, patentado por la prensa española, fue el Real Madrid – Barcelona de diciembre de 1996. La opinión pública lo llamó así porque fue el año en que blancos y culés asaltaron la banca; ambos venían de una temporada de transición, aprovechada por el Atlético para gestar su ‘doblete’, y decidieron romper las leyes del mercado aprovechándose del famoso caso Bosman que eliminó el cupo de extranjeros. Hasta la fecha sólo podían contar con cuatro foráneos en plantilla y, mientras en el Barça el trío Stoitchkov-Koeman-Laudrup, con la aparición estelar de Romario,  se había oxidado en el ocaso del Dream Team, Ramón Mendoza apenas acertó en los noventa con los remates del Bam Bam Zamorano y la finura danesa del tránsfuga Laudrup. La ley Bosman permitió a los dos grandes colocar ojeadores por todo el continente y convencer a un buen puñado de futbolistas a base de talonario. Fue una época en la que sólo Madrid, Barça y los grandes equipos italianos podían comprar a quienes se les antojase.

En el Madrid, el presidente Lorenzo Sanz decidió levantar una plantilla ruinosa con varios golpes de efecto: el primero fue Pedja Mijatovic, estrella del Valencia y comprado por 1.200 millones de pesetas. Después, el líder del Sevilla, Davor Suker, por quien Sanz extendió un cheque de 600 ‘kilos’. Sin embargo, el nuevo entrenador Fabio Capello exigió reconstruir el esqueleto entero: Bodo Illgner vino sobre la campana por 300; Roberto Carlos apenas despuntó en el Inter pero el presidente Moratti sacó por él 600 millones, la misma cantidad que costó un jovencísimo Clarence Seedorf. Aquel año el Madrid ni siquiera jugó la Copa de la UEFA, pero las exigencias de Capello no acabaron ahí: decepcionado y harto del lateral portugués Secretario, de quien el italiano contó en círculos privado que no tenía nivel ni para jugar en el filial blanco, pidió el fichaje exprés de Panucci (otros 600) en Navidades. El del italiano y el de Ze Roberto, que tampoco salió barato.

José Luis Núñez decidió acabar con cualquier vestigio de Johan Cruyff. Sin el holandés en el banquillo, la llamada ‘Quinta del Mini’ fracasó en un intento de emular a la promoción dorada de las cuatro ligas y la Copa de Wembley. La Masía fabricó una proeza del fútbol llamada Iván De la Peña y con él ascendieron, quizá demasiado rápido, los hermanos Óscar y Roger, Celades y Toni Velamazán. La responsabilidad de los canteranos fue tan gigantesca que el proyecto se desplomó en un solo año. En consecuencia, Núñez y Gaspart ignoraron las tesis ‘cruyffistas’ y tiraron la casa por la ventana. El gran crack de aquella Liga fue Ronaldo, vendido por el PSV por la friolera de 2.500 millones, un P.V.P que se quedó bastante corto por los méritos del brasileño. Ronaldo se convirtió en una atracción mundial y el anzuelo perfecto para vender el Madrid-Barça del Bernabéu como la primera guerra de los mundos. Pero el brasileño tan sólo fue la punta de un iceberg que formaron Giovanni (1000 millomes), el de las butifarras; el portero Vitor Baia (850), Fernando Couto (400) y la recompra sorpresa de Stoitchkov al Parma por 400. El colmo del despilfarro fue el fichaje de Amunike, por quien el Sporting de Lisboa sacó una tajada de 500 millones redondos.

Aquel partido de siglo del Bernabéu tuvo la mayor cobertura de fuerzas de seguridad organizada hasta entonces. Las audiencias televisivas se dispararon hasta casi diez millones de espectadores entre los canales autonómicos y La 2 en provincias sin televisión propia. Y la realización televisa imitó a Canal Plus y puso cámaras hasta detrás de las porterías. El seguimiento a jugadores como Ronaldo y Raúl, con formato de pantalla dividida, fue casi un hito de la televisión. Comenzaba una nueva era futbolística en la que iba a ganar quien fichase mejor. No sólo fue partido del siglo, también el primer partido de las estrellas, el que todo el mundo quería jugar. Sin embargo, el reclamo publicitario fue tan genial que la prensa exprimió tanto el eslogan, que el gran público llegó a aborrecer los partidos del siglo. Desde entonces, cada temporada hubo un porrón de esos partidos del siglo, pero el genuino sucedió aquella noche de 1996.

Higuaín, siempre en el alambre

Domingo, 13 Mayo 2012

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“El Madrid ha fichado a Higuaín por seis temporadas y media. Ha sido una buena venta”. Héctor Grinberg, tesorero de River Plate, no podía creerse todo el revuelo mediático que había montado el ‘Pipa’ cuando marcó dos goles a Boca Juniors en el torneo Apertura de 2006. Su impecable actuación en el clásico argentino llamó la atención de Pedja Mijatovic, entonces director deportivo del Real Madrid,  quien no dudó en rastrillar el mercado sudamericano para apuntalar una plantilla que Fabio Capello intuía poco competitiva. El River, fábrica de promesas con ínfulas de estrellas ‘maradonianas’, convenció al presidente Ramón Calderón de que 13 millones era una cifra asequible para el nuevo Batistuta del fútbol argentino. Ahogado por la urgencia de invertir la inercia triunfante del Barça de Rijkaard, el Madrid se aferró a la necesidad de contratar y no le importó soltar un cheque con tantos ceros; curiosamente, días después pondría veinte millones redondos por otra promesa rimbombante de Argentina, Fernando Gago. (more…)

El sustituto impensable de Ronaldo

Domingo, 24 Enero 2010

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Verano de 2006. Ronaldo, el ‘gordito’, da sus últimos coletazos en el Real. Sabe que sus correrías por la noche madrileña no son muy del gusto del nuevo míster, Fabio Capello. Éste se había comprometido con el candidato Ramón Calderón, entonces un tipo aparentemente serio, siempre y cuando se cumplieran sus estrictas condiciones. Una de las más importantes era fichar un delantero centro con credenciales y que garantizara un buen número de goles. Pedja Mijatovic, el delfín de Calderón, se puso manos a la obra y se decantó por un repudiado de Ferguson, a quien el sir escocés había profetizado su ocaso profesional. Pero el director deportivo merengue sí creyó que Ruud Van Nistelrooy podía seguir pegando tiros en España. Y vaya sí lo hizo.

A Van Nistelrooy se le dio de maravilla la Premier (cien goles en ciento cincuenta partidos) y sus incursiones en la Champions eran puro entretenimiento (treinta y ocho golitos en casi cincuenta apariciones). Con tan extenso aval, el holandés intuía que sus treinta tacos no serían óbice para divertirse en España. Lo pensó y cumplió: en su primera temporada con el Madrid fue pichichi y jugador clave en la remontada impensable. Pero, además, su afabilidad y buen humor calaron en una afición que jamás imaginó un sustituto tan tempranero para Ronaldo. Precisamente, el brasileño tuvo que abandonar el club en enero de 2007 frustrado por su suplencia y porque tuvo que resignarse a que un coetáneo más comprometido con la causa le arrebatara el puesto con todo merecimiento.

Pero, claro, el inconveniente de fichar a un jugador en la treintena y utilizarlo dos veces por semana (Liga-Champions; Liga-Copa) es que se puede romper. Y Ruud no fue una excepción en su segundo año de merengue. Primero, el menisco, después el ligamento de la rodilla y más tarde el cartílago, abocaron al ariete holandés a una posible retirada. Aún así, Van Nistelrooy, obcecado en dejar atrás una lesión irreversible a su edad, ha seguido entrenando, pero sus comparecencias se cuentan con los dedos de una mano.

Ahora, con Higuaín, Benzema y Raúl, en menor medida, por delante, la aportación de Van Nistelrooy en Madrid ya no estaba en la onda de este equipo. Pero el Hamburgo le ha dado la última oportunidad de su vida, el último espaldarazo para una retirada dignísima en un Mundial, ¡Ánimo, Ruud!

 

Pepe era quien hacía bueno a Cannavaro…

Martes, 15 Diciembre 2009

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¡Maldita coincidencia! Justo cuando el Madrid inquieta al Barça, va Pepe y se lesiona hasta la siguiente temporada. El mejor central del mundo (lo creo de verdad) está tristón, pero no tanto por no poder ayudar al Madrid, sino porque deja a Portugal coja para el Mundial, el caramelito más gustoso para cualquiera.

Ahora que el Madrid tiene mucho tiempo para echar de menos a su segundo gran portugués, es un buen momento para atribuir a Pepe todo el mérito que se merece, que no es poco. Su destino fue complicado de por sí: llegaba a un equipo deshecho después de la criba post-Capello. Su cometido inicial rayaba la osadía: hacer olvidar al mismísimo Fernando Hierro. Encima, a estos dos factores hay que añadir el dispendio de treinta millones que hizo el Madrid por él cuando Pepe era, sencillamente, un perfecto desconocido. El negocio de este mundillo se llevó las manos a la cabeza por semejante desembolso, pues era obvio que venía un defensa sin credenciales. Pero el entonces director deportivo, Pedja Mijatovic, apostó por este fichaje sin miramientos. Aquí sí que acertaron los ojeadores, el órdago del montenegrino salió de maravilla.

En consecuencia, a Pepe sólo le quedaba jugar como había aprendido y de aprendiz, valga la redundancia, junto a nada más ni nada menos que un Balón de Oro, Cannavaro. Sin embargo, pronto se vio que el chicarrón portugués ocultaba la lentitud del italiano una y otra vez. El veterano campeonísimo ya no estaba para muchos trotes, así que al novato le tocó el gran marrón del buen central: salir al corte. El Bernabeu comenzaba a mascullar que Pepe era quien hacía bueno a Cannavaro, y no al revés.

Han transcurrido tres temporadas y Pepe ha aguantado todos los embates mediáticos que han ennegrecido la historia de los centrales del Madrid. La lista de experimentos estrepitosos ha sido larga: Karanka, Iván Campo, Pavón, Mejía, Rubén González (el que lloró en un Sevilla-Madrid tras ser sustituido por Queiroz), Woodgate, Raúl Bravo (cuando fue reconvertido a central) y queráis o no, Cannavaro. Olvidados todos estos malos tragos, Pepe se ha erigido como el jefe de la zaga. Y si más triadas no lo impiden, así será hasta dentro de varios años.

No obstante, nada puede hacer el supercentral hasta después del verano. Por ello, Valdano ha reconocido que están batiendo el mercado invernal, pero los centrales fiables no salen así por así. El Madrid lo sabe bien. O sea que una apuesta creíble sería reconvertir definitivamente a Sergio Ramos, un cambio que le ayudaría a espabilar del todo;  recolocar a Arbeloa en su puesto natural de lateral derecho y, aquí viene la temeridad, arriesgar con Drenthe o Marcelo en la izquierda, o pensárselo dos veces y recuperar a Roberto Carlos sin su reprís de antaño. Sólo es una idea.