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Archivo de la categoría ‘Neymar’

Héroes de Marvel

Mircoles, 14 Septiembre 2016

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Messi, Luis Suárez y Neymar. Elijan a su héroe de Marvel preferido. Quizá el favorito de los niños sea el D10S (la ‘pulga’ se queda obsceno). Rebobinando cada jugada de anoche, resulta cierta la sugerencia de Mascherano a Neymar de la pasada temporada: “Debe seguir en el Barça si quiere ser el mejor del mundo”. Sobre todo, porque cuando su compañero de diabluras y Cristiano dejen de rifarse balones de oro, Neymar y sus lambrettas esperan turno.  Su álbum de regates por tierra, mar y aire no tiene epílogo; él es un jugador de playa, mientras que Messi es de barrio. Y aunque la comparación suene muy ‘menottista’, imagíneselo así. Al fin y al cabo, el fútbol es un deporte caro de ver en la grada, en el que pagar sesenta euros (en España, claro) por un soporífero cero a cero es un pecado demasiado repetitivo. Por eso, sea madridista o anticulé, no se deje llevar por la pasión y entiéndanlo como una diversión de patio de colegio. Las bicicletas de Neymar imitando al gran Djalminha hay que ensayarlas mil veces; la combinación entre los dos astros dentro del laberinto escocés es casi inspiración divina. Filigranas improvisadas que se discuten en la oficina y durante el recreo.

En este negocio cada vez más hermético, en el que la distancia entre futbolistas y aficionados la separa un muro de hormigón, y en el que el fútbol no es una cuestión de vida o muerta, sino mucho más (palabra de Bill Shankly), de repente se agradece un Circo del Sol. Es una pena que la eterna guerra de trincheras entre Real Madrid y Barcelona vaya a ensuciar una bestialidad (en el sentido cariñoso) que todos deberíamos aplaudir, por lo civil o lo criminal. ‘Pasen y vean’ es el eslogan del Barça de Luis Enrique, que le costó macerar un buen vino al principio de sus tiempos, pero que nos ha regalado (a periodistas y forofos, sin distinción de camiseta) una de las mejores añadas de la historia. Y la gracia de ese club es que cada Barcelona ofrece una función distinta: el Circo del Sol del Dream Team, el de Ronaldinho y Eto’o, el de Guardiola, la MSN. Juegos de mesa para entretener a toda la familia.

La foto del tridente abrazado ya se subasta en Christie’s. Quien page varios ceros por ella, se guardará una reliquia irrepetible. Todo es tan estético, que ganar o perder más títulos se queda en la letra pequeña, pregúntenselo al inolvidable Mágico González.  Y si en el trío, Messi y Neymar traman quiebros de dibujos animados, Luis Suárez plantea cada partido como un duelo en el Lejano Oeste. Dispara nada más recibir, sin pensar, sin imaginar el ángulo. Le da igual a bote pronto o en pirueta, el balón espera el remate de un nuevo Hugo Sánchez. Y cualquier aroma añejo siempre es bienvenido. Suárez es el delantero del momento, que dio pistas en Amsterdam y se consagró en Anfield. Si Football Leaks desvelase que el Real Madrid le tuvo tan a tiro…

El estado contra Neymar

Mircoles, 7 Septiembre 2016

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“La estrella de rock ya no se puede lanzar al público”.  Romario da Souza Faria, futbolista de vocación y senador de profesión, sólo habla de fútbol para sobreexcitar al pueblo. Alejado del discurso de sota, caballo y rey, la gente sabía que tarde o temprano usaría su afilada lengua para referirse a Neymar. Asunto nacional en Brasil, su cabreo de proporciones bíblicas en Maracaná (final olímpica) todavía guarda facturas pendientes. Leyendas como Roberto Rivelino le tildan de blasfemo a la canarinha; Felipao Scolari declina pronunciarse porque “podría causar problemas” y Globoesporte, el gigante mediático que fabrica corrientes de opinión, le defiende a capa y espada porque tiene contratos de exclusividad firmados con Neymar. Ídolo de masas y proscrito a la vez, su renuncia a la capitanía terminó de irritar a una nación temerosa de otro ‘maracanazo’. Él no compartió la pesadilla de Alemania pero, aun así,  también fue colocado en el paredón; peleó a tumba abierta los primeros partidos de los Juegos y la torcida se burló jaleando el nombre de la estrella femenina Marta. El barcelonista tragó bilis y calló, por recomendación de uno de sus agentes, Wagner Ribeiro, el mismo que le regaló el consejo de su vida cuando fichó por el Barcelona: “Pégate a Messi y aprende de él…de momento”.

Neymar acató la decisión de Dunga sin patalear como un niño de preescolar. Los JJ.OO. son un sueño de una noche de verano, literal, y él quería jugarlos en detrimento de la Copa América. La partida de póker había comenzado: o todo o nada, la gloria o la culpa del all-in sería suya y de nadie más. Cientos de Kalashnikovs cargadas para fusilar al astro con ínfulas de Pelé: demasiados muñecos de trapo para hacer vudú a un atleta al que su país critica que no rinda en el césped más de lo que lo hace en anuncios de televisión. Sin embargo, Neymar sacó la escuadra y el cartabón en la final contra Alemania, marcó por el ángulo imposible y luego repitió con el penalti que terminó una travesía demasiado dolorosa, la que empezó el día después de que Ronaldo le robara la cartera a Oliver Kahn. De enemigo público número uno a héroe del año, Maracaná le ovacionó hasta que Neymar descubrió a los aduladores. Los que decían que era un encantador de serpientes, los que escaneaban sus partidos para comprobar cuántas veces vagueaba y no corría por el campo. El campeón tiene memoria y así se lo hizo saber a un espectador de primera fila en la ya célebre imagen. O a todos aquellos que se sintieron aludidos con ese arrebato demoledor “¡Ahora van a tener que tragar!”.

En un puñado de días su supuesta infidelidad a la selección ha dado un giro de 180 grados. Ante Ecuador se remangó la camiseta e intentó robar balones como si no hubiera mañana; anoche peleó desde el suelo, corrió, amagó regates, tiró lambrettas y revolucionó a un equipo que necesita más talento que músculo. Casemiro y Neymar, piedra y pincel, los grandes protagonistas ante Colombia. La gente de la calle vuelve a congraciarse con su rey, porque el presente es él y el futuro….también es suyo. Los que dudaban del heredero de Messi se han quedado sin balas, aguardando a la próximo resacón en Las Vegas de Neymar, a que se hunda en el egoísmo del típico genio brasileño. No pasará de momento: el consejo de Ribeiro no se olvida.

 

El ‘galacticidio’ de Queiroz

Lunes, 18 Abril 2016

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“¿El hecho de haber ganado te quita un poco de ansiedad? El que te diga que no, te miente. La victoria te da tranquilidad y confianza, y la derrota te la quita”. Rafa Nadal, la cabeza mejor amueblada del deporte, respondió a pecho descubierto a Joseba Larrañaga en el Tiempo de Juego de anoche. Gerard Piqué dio la cara ante los periodistas y afirmó estar “cero preocupado”; un discurso demasiado protocolario, de manual y para no alarmar al barcelonismo. Sin embargo, el ‘cagómetro’ de Tomás Guasch ya se ha disparado por las nubes porque el Barça no ha sabido hacer un torniquete a su hemorragia de puntos. Acaba de entrar en la U.V.I con síntomas del ‘galacticidio’ que acabó con el Madrid de Carlos Queiroz; éste acabó muerto, el todavía líder de la Liga aún tiene tiempo de evitar la hecatombe. De repente, el equipo que hace menos de un mes era el Circo del Sol sobre la faz de la Tierra ha entrado en descomposición. Antes del empate de Villarreal nadie, ni siquiera el vestuario, intuía que la carga de partidos y las cero rotaciones podrían ponerles bolas con grilletes en los pies. No obstante, el físico no le jugó una mala pasada contra el Valencia. Fue un accidente porque Diego Alves volvió a sacar tentáculos en un estadio con solera y porque Luis Suárez descalibró su Kalashnikov.  En lo que dura un chasquido de dedos, las tertulias periodísticas han pasado de debatir si la MSN es la mejor delantera de la historia a por qué el club permitió a Neymar viajar a Brasil en plena competición para no perderse la fiesta de cumpleaños de su hermana.

Paco González comentó que “la buena suerte se trabaja y la mala suerte se acaba encontrando”. Es el resumen perfecto del estado catatónico en el que ha entrado el Barça. Piqué la provocó con sus tuits y Periscopes, mientras que Dani Alves levita en un mundo paralelo. Hasta Neymar ha entrado en barrena por un sospechoso estado de forma que le priva de sus lambrettas. Por eso, Messi sigue dando la cara con goles y pases versión Michael Laudrup, y jugando con molestias musculares por si dudan de su compromiso. De la noche a la mañana la ironía de Luis Enrique ha desaparecido en la sala de prensa; ahora sólo contestaciones groseras, secas y rancias, esperando a la última pregunta para levantarse de la silla. Su cabreo permanente con los periodistas también alcanza a la planta noble: ¿dónde está ese Nolito porque el que tanto insistió? La tesorería no se podía permitir 18 millones. Tarde o temprano llegará el dardo a la directiva. Seguro.

Salió el comodín Sergi Roberto en la banda derecha cuando en el banquillo miraban cuatro laterales, tres diestros (Alves, Aleix Vidal y Douglas) y el zurdo Adriano. Hasta Munir, convocado por Del Bosque contra Macedonia para evitar conflictos diplomáticos, esperó su turno para salir a morir en los minutos de la basura. Ingenuo de él, todavía no conoce esa ley no escrita que prohíbe tocar a la MSN, aun cuando el brasileño se desvive por las broncas y no por los regates. Suena ventajista soltarlo ahora, pero exiliados como Halilovic, Deulofeu o Adama le habrían dado cierto caché a los secundarios. A Luis Enrique le está sucediendo como al avinagrado Queiroz: miraba al banquillo para recomponer a sus galácticos y sólo encontraba a Santi Solari y a Guti cuando no estaba revenido. El mensaje del vestuario a la calle no tiene aristas: un tropiezo sin más. Pero perder contra el mismo Valencia deconstruido que sufrió la humillación de un 7-0 en el Camp Nou hace dos meses no lo imaginaría ni la ciencia ficción de Spielberg.  Luis Enrique sí, pero nunca lo diría. 

Felix Baumgartner

Domingo, 10 Abril 2016

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Estadio Luis II de Mónaco; abril de 2004. Zinedine Zidane se acerca a su compatriota Ludovic Giuly en el túnel de vestuario durante el descanso y le suelta un susurro cómplice: “Estamos muertos, agotados”. El Madrid plantea la segunda parte de aquella fatídica Champions con grilletes en los pies, sin físico para la reacción. De repente, el Mónaco del exiliado Morientes voltea los cuartos de final y el proyecto faraónico de Florentino Pérez entra en barrena en el famoso ‘galacticidio’. El equipo construido para barrer en Europa comienza a arrastrarse sobre el césped monegasco sin amago de ruletas de Zidane ni manadas de búfalos (Ronaldo). Es entonces cuando la prensa aduladora dispara toda su metralla contra Carlos Queiroz y su nulo ojo clínico, porque el Madrid galáctico fueron once titulares, con Solari y Guti como banquilleros de lujo; rotar a las estrellas no estaba autorizado en el reglamento del club. Primero fue el sopapo del Zaragoza en la final de Copa; días más tardes la catástrofe de Mónaco y, a continuación, cinco derrotas ligueras que desmontaron la plantilla como si fuese un lego.

El madridismo recuerda en estas horas su fatal recuerdo. Anhela que al Barça le suceda la misma Apocalipsis, ese paso del cielo al infierno a la misma velocidad que bajó Felix Baumgartner desde la estratosfera. Desde la Ciudad Condal surge cierta corriente pesimista que rememora el victimismo ochentero culé: son varios ex jugadores como Jose Mari Bakero los que se acuerdan del descalabro de Queiroz. Sus declaraciones off the record no cambian nada de las públicas: son cautos porque el ocaso del Dream Team les forjó su cautela. Sin embargo, en el vestuario azulgrana se aferran a la palabra de su capitán Iniesta: necesitaban un colchón demasiado mullido para amortiguar la caída. Visto desde fuera, el Barça se agrieta porque Luis Enrique no ha embadurnado con antioxidante a su MSN. El ritmo de partidos es brutal desde la Supercopa de agosto, sin apenas descanso y con un puñado de viajes transatlánticos que atenaza los músculos. Existe cierto temor en la planta noble del Camp Nou (esto es información, no opinión) a que el equipo se desmorone como el del ‘Tata’ Martino, que se quedó sin gasolina para el esprint final de temporada y con Leo Messi en las portadas por sus arcadas y no su Circo del Sol.

Por pura estadística, el Barça tenía que sufrir la pájara en su Tourmalet. Por pura estadística, los jugadores no podían aguantar el fútbol ciclónico de estos meses. Por pura estadística, Messi, Neymar o Luis Suárez tenía que quebrar. No ha sido el uruguayo, cuyo letalidad sostuvo a todos ante el Atlético. Y del mejor jugador del mundo tampoco se duda porque, al fin y al cabo, él decide el destino del Barça y no al revés. Curioso, entonces, que el mejor año de Neymar se ennegrezca ahora con escapadas disolutas (aceptadas por Luis Enrique); y como este deporte olvida su memoria en pocas horas, el brasileño necesita devolverse a sí mismo a las favelas donde le descubrieron. Allí encontrará el catálogo de regates que asombró al mundo hace…..¡tres semanas! De locos. Por pura estadística y sin fanatismos, el Barça sigue siendo favorito para todo. Tampoco lo olviden.

Gin tonic de moda

Jueves, 4 Febrero 2016

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Cruyff, Rijkaard y Guardiola agitados en una coctelera. El gin tonic de moda es este Barça que comparte los míticos rondos del Dream Team, los malabarismos de Ronaldinho y los bailes de Billy Elliot nacidos de la era Pep. El debate se traslada a la barra de los bares: ¿Laudrup-Stoichkov-Romario?. ¿Ronaldinho-Eto’o-Deco?, ¿Xavi-el mejor Iniesta-Messi? ¿O la MSN? El bienestar del vestuario, traducido en un grupo de colegas que hacen piña para cenar o visitar Port Aventura en familia, motiva estas sanas discusiones. En este país todos opinan de política, critican al Real Madrid y eligen a su Barça favorito. El de anoche masacró a un Valencia de cartón piedra, con piernas de plástico y corazón de madera. Al Blitzkrieg o ataque relámpago de los primeros minutos ni siquiera se le opuso una patada de respeto, cualquier gesto que delatara que ellos estaban allí. En un puñado de minutos Luis Suárez engatilló su Kalashnikov y twitter bulló de bromas y memes: la más original de las primeras fue Salvar al soldado Ryan; el meme fue el de Pepe Gotera y Otilio en plena reforma de los baños del Bernabéu. Por si al Barça se le ocurre insinuarlo como sede de la final.

La tormenta perfecta llegó en el primer gol de Messi: internada de Iniesta con pared a Neymar, taconazo en pleno giro del brasileño, amago de Luis Suárez y ejecución de Leo. Una jugada maestra de billar a cuatro bandas. De repente, los nostálgicos recordaron aquellos goles patrimonio de la humanidad: cítese la vaselina de Romario en El Sadar a pase aéreo de Michael Laudrup o cítense los 38 toques que pasaron por diez barcelonistas antes del primer gol de Luis Suárez en el último 0-4 del Bernabéu. Cualquier Barça, menos los de la época ominosa de Joan Gaspart sirve para pintar un cuadro con pinceladas de Van Gogh, Rembrandt y Monet, por elegir tres al azar. Hubo un tiempo en el que el madridista Roberto Carlos reconocía cada fin de semana que se divertían como niños en un parque (antes del galacticidio, claro); desde entonces, ni rastro de columpios por Chamartín. En Barcelona, las fiestas cambian de deejay según las tendencias: de las colas de vaca de Romario a la efímera manada de búfalos de Ronaldo; de los trallazos inteligentes de Rivaldo al sambódromo de Ronaldinho; de LEO MESSI en letras capitales a los juegos de magia Borrás de Neymar. Un Circo del Sol que siempre se prorroga en el Camp Nou.

Dice Michael Laudrup que “sólo el Barça puede tumbar al Barça”. Porque en la voluntad de Messi está hacer trizas el último hito de Arrigo Sacchi (dos Champions consecutivas): de él depende que el Barcelona levite o caiga en otro proceso autodestructivo como el que originó la crisis de Anoeta. Por eso, suena imponente para el mundo e impotente para los rivales que los azulgranas arrollen con D10S en plan ahorro. Y como siempre insistía Xavi Hernández, “el peor enemigo del Barça es la autocomplacencia”. Quizá entonces no todo pinte tan negro para el resto: si Ronaldinho se cansó del balón, ¿por qué no Messi, o Neymar, o Luis Suárez…o los tres juntos? En fin, consuelo de tontos. 

El show de Truman

Jueves, 28 Enero 2016

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El Real Madrid quiso fichar a Leo Messi hasta en tres ocasiones. Lo desveló anoche El Partido de las 12 en plena efervescencia del ¿caso? Neymar. Noticias del pasado cuyo morbo nunca caduca. En los cenáculos madridistas siempre se ha comentado que el Florentino Pérez le dijo a Cristiano Ronaldo en su despacho que si estaba “triste” (¿recuerdan?) y quería irse, pusiera el dinero en tesorería para traer a D10S. Leyendas quizá no tan ficticias. El mejor jugador del mundo nunca deslizó una mirada cómplice al Madrid; una negativa tan tajante que reafirma su compromiso con el Barça. El de Neymar espera su fumata blanca, pero no merengue. La estrategia de Wagner Ribeiro, agente del futbolista, huele a guión de Alfred Hitchcock: enciende el ventilador, esparce el estiércol, no niega la mayor y espera que el Barça acepte un buen estacazo por la renovación. El entorno del brasileño negocia el futuro del próximo Balón de Oro y con ese caché comenzaron las gestiones. En la planta noble del Bernabéu disfrutan con palomitas los cuentos asombrosos de Spielberg y el miedo que pueda provocar la sombra alargada de Luis Figo. Y entre la guardia pretoriana de Pérez nunca dirán de Neymar otro never, never, never. Y menos cuando creía tenerlo atado en Brasil con reconocimiento médico incluido meses antes de dar el sí quiero a Sandro Rosell.

Y mientras Neymar calla, esperando firmar un cheque en blanco en Can Barça, la página web del Madrid no publicará comunicados oficiales hasta que Cristiano Ronaldo reaccione. Un golpe de billar a tres bandas donde Ribeiro simpatiza con Florentino desde el fichaje de Robinho y pretende hurgar en la tesorería culé. Si fuese por el representante, Neymar sería blanco; si fuera por el padre de Neymar, su hijo sería blanco; pero los jugadores casi siempre acaban donde quieran, excepto Falcao. Tratándose de intermediarios brasileños, las partidos de póker suelen alargarse demasiado por faroles que no van a ninguna parte. El mejor ejemplo sigue siendo Roberto de Assis, hermano y agente de Ronaldinho, quien en el verano 2012 convenció a tres clubes diferentes para fichar a Dinho. Y al igual que el ex azulgrana en el Camp Nou, Roberto sacó la magia y tuvo engañados a dos clubes que creían haber fichado al crack. El tercero en discordia fue el Atlético Mineiro, que realmente le contrató.

Entre el Real Madrid y Neymar no hay contacto, ni por vía oficial ni de barra de bar. Porque antes de acometer la macro operación de la historia, 190 millones + I.V.A (no se olviden), Cristiano tiene que ser declarado transferible y ceder todos los honores al brasileño. Primer problema. El segundo tiene origen galés, también está en el club de los tres dígitos y oposita para ser la Isabel Preysler de la jet set.  Sólo hay una, como sólo un líder en el Madrid. Un despilfarro de tales proporciones obligaría al club blanco a montar un Show de Truman en torno a Neymar. Él sería el protagonista permanente de la taquicárdica actualidad blanca, desde que se cepilla los dientes por la mañana hasta que se pone las pantunflas y el pijama. Pagar por O’ Rei Neymar a toca teja el presupuesto entero del Atlético de Madrid no suena a bendita locura; servidor sí lo habría hecho, si los tuviese, por aquel Ronaldo Nazario que se salió del firmamento en el Barça de Bobby Robson. Pero es sólo una opinión. Neymar ha madurado en el Barça y no cometerá alta traición. Eligió jugar allí y allí ganará su Balón de Oro. O no.

La ilusión del Circo del Sol

Mircoles, 25 Noviembre 2015

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Disneyland en el Camp Nou. Del miedo de “sobrevivir hasta enero sin Messi”, este Barça se ha metido por méritos propios en la tertulia que más apetece al soci culé: ¿Rijkaard, Guardiola o Luis Enrique? A bote pronto, Pep pintó el perfeccionismo y el holandés una juerga continua que empezó y acabó Ronaldinho. El fútbol con Luis Enrique no escanea el campo palmo a palmo, ni marea el balón en versión delicatessen; el suyo también es de salón, pero con un toque más vertical. El que le pone Neymar y sus regates o ‘elásticas’ de Rivelino; el de las ráfagas eléctricas de Messi o el del martillo pilón de Luis Suarez, de oficio ejecutor. Tres fenómenos que salen al campo con la misma ilusión con la que llevarían a sus hijos al Circo del Sol; tres amigos que a menudo cenan en familia; y dos guardias pretorianos que saben cómo rendir pleitesía a su César. Es la gracia de un Barça programado en modo rodillo, “para divertirse atacando y defendiendo”, como dijo Rakitic anoche. Vino la Roma a morder el segundo puesto del grupo y en quince minutos quedó reducida a un guiñapo, un muñeco de pim, pam, pum. Y no porque bajara los brazos como el Real Madrid en el clásico, simplemente porque delante tenían al Djokovic del momento, que te barre por tierra, mar y aire. Ése es el Barça de Luis Enrique.

Si el fútbol son estados de ánimo (Valdano dixit), el Barça es campeón; si el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre gana Alemania, entonces el Barça es muy germano. Y como citó Renato Cesarini tan brillantemente (a él se le debe el concepto de ‘zona Cesarini), “el futbolista es como un caballo. Si uno lo monta bien, lo respeta y obedece. Pero si usted no sabe apretarle bien los tacos, lo bellaquea y por ahí lo tira”. El Barça ha aprendido a mimar su juego, primero acorazándose en retaguardia sin distracciones estrepitosas. Piqué ha sabido separar sus provocaciones del fútbol, Vermaelen acabará siendo el central por el que mató el incomprendido Zubizarreta, y Dani Alves, sin llegar a la explosividad de la era Guardiola, se irá motivando entre tanta euforia. Sin un coladero en la defensa, emerge el gran Busquets de siempre, al que le ha costado coger ritmo a la temporada. Albañil de vocación, a los puristas les da rabia que la FIFA no le haya elegido en el mejor once del año. Tipos como él, Makelele y próximamente Casemiro son imprescindibles para comerse marrones. Porque detrás del fútbol hay mucho trabajo sucio y pocos jugadores son los elegidos para pringarse en el barro. Que se lo pregunten al seleccionador alemán Joachim Löw, que reservó la titularidad al lesionado Khedira para el Mundial de Brasil. El resultado fue incuestionable.

El contraste entre institución y primer equipo es alucinante. El club afronta juicios, debe cuidar a estrellas imputadas y lidiar con los castigos de la FIFA. Sin embargo, el vestuario vive una realidad paralela reducida a una pelota y dos porterías. Son exageradamente buenos, pero sólo presumen en el campo; juegan a velocidad de crucero pero tienen un manual de emergencias, por si se repite otro drama de Anoeta de género apocalíptico. Y así es metafísicamente imposible que este Barça se empotre como el Madrid de Carlos Queiroz. Aquellos merengues también jugaban como los ángeles y en febrero se les regaló el triplete. Pero Luis Enrique no desgasta al mismo once partido a partido, y en enero recibirá a Arda y Aleix Vidal. Oro y mirra para el banquillo. Las expectativas son tan planetarias que da miedo. Y no es una hipérbole. 

“Ponte detrás de Messi”

Martes, 20 Octubre 2015

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“Busquets es innegociable en el doble pivote”. La cabezonería de Vicente Del Bosque terminó cuando Xabi Alonso se despidió en Brasil. Luis Enrique, por su parte, no ha tenido tanta paciencia: Busquets siempre ha confesado que su hábitat termina un puñado de metros por delante de la defensa. Ahí es donde encuentra oro y mirra. Sin embargo, su entrenador se empeña en usar el comodín por cualquier palmo del campo; a la antigua usanza, como el polifacético Miguel Ángel Nadal, de profesión central del Dream Team y de afición delantero centro en situaciones imposibles. La primera parte de Borisov fue la prueba de que el algodón no engaña: perdido de interior izquierdo y, mirando cómo Mascherano oteaba plácidamente la colina, Busquets ni siquiera se postulaba como la amenaza fantasma. El 0-0 del descanso tenía coartada, Luis Enrique no.

Busquets es el fontanero del Barça y, por eso, no figura entre los 23 candidatos para el Balón de Oro. A la FIFA no le conviene por estética elegir a futbolistas que se ensucian en el fango. Busi se embarra en el juego oscuro, ése que el equipo necesita entre bambalinas. Y aunque el BATE no requirió sus servicios, sí evidenció que el catalán sólo ha nacido para comerse marrones. Y a mucha honra. Como Neymar, que presionado en la condición de líder interino, ignoró el photocall con susmejores fintas y bicicletas. Suya fue la internada que acabó con asistencia a Rakitic en el balcón del área, y también facturó el segundo pase de gol. Y cuando los mentideros de Barcelona todavía dudaban si Neymar acabaría engullido por su egocentrismo (como le sucedió al ex madridista  Robinho), de repente imitó a Leo Messi. El vestuario azulgrana nunca ha sospechado del brasileño; simplemente refunfuñaba cuando quería la patente de todas las jugadas. De Neymar se cuentan demasiadas fábulas, cada una de ellas sellada con el prejuicio sobre su entorno juvenil. Su grupo de amigos, los ‘toiss’, suelen disparar los rumores de una vida disoluta; sin embargo, su verdadero círculo lo forman dos personas: su padre, Neymar, y el representante de toda la vida, Wagner Ribeiro. Un Jorge Mendes brasileño que controla cualquier promesa con ínfulas de Pelé.

“Eres carismático en Brasil, aprende ahora a ser líder en el Barcelona: ponte detrás de Messi”. Fue el primer consejo de Ribeiro a su futbolista minutos después de la presentación ‘hollywoodiense’ que le brindó el club en el verano del 2013. De hecho, Neymar nunca se avergüenza en confesarlo delante de un micrófono: “Messi es único y luego estamos todos para ayudar”, contó a Canal Plus después del Atlético 1-Barcelona 2 de esta Liga. Sabe que la pole position está reservada por los siglos de los siglos, o al menos hasta que D10S deje de rifarse los Balones de Oro con Cristiano. De momento, expediente cumplido: el Barça casi en octavos y Neymar gustándose como en el Santos, pero sin sentirse tan estrella de rock. Allí la táctica recordaba a la escena de Evasión o Victoria en la que, precisamente, el preso de guerra Pelé traza su jugada en una pizarra de portería a portería. El Barça es distinto a todo. Este Neymar también.   

Messi: “Quién soy yo para felicitar a Maradona”

Domingo, 13 Septiembre 2015

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Fue un 30 de octubre, cumpleaños de Diego Armando Maradona. El Barça había jugado ese fin de semana y Leo Messi todavía no era titular en el once de Frank Rijkaard. En la entrevista posterior en Barça TV le preguntaron si había felicitado al ‘Pelusa’ y su respuesta titubeante, al cuello de su camiseta, fue: “No, me da vergüenza”. Los periodistas del canal azulgrana se rieron por la timidez de un juvenil al que los focos de las cámaras le intimidaban. Su cara tradujo lo que nunca se atrevió a decir: “Quién soy yo para felicitar a Maradona por su cumpleaños”. Ni su padre, Jorge, ni Josep María Minguella, responsable de traerle desde Rosario a La Masía, habrían inventado una película de Spielberg en la que Messi llegara a ser el epicentro del fanatismo argentino. Y con el mismo ruido mediático y popular que Maradona. Uno es el mítico 10 que detuvo el mundo durante los 10 segundos más bestiales que recuerda la historia de los mundiales, y él es D10S en el cielo y en la tierra. Cada día más arriba que abajo.

“Lo sabemos tú, yo y el vecino: Messi es el mejor del mundo”. Ivan Rakitic tardó media temporada en hincar la rodilla ante la evidencia. Quizá demasiado tiempo si aún tenía sospechas. Saltó al césped del Vicente Calderón andando, relajado tras la emoción de su segunda paternidad. Su socio Neymar había hecho justicia a las intenciones del Barça; sólo faltaba un último chispazo eléctrico. Poco importa que Messi esté cansado o que no haya entrenado, las aguas se abren a su paso y, en su caso, no suena a hipérbole. Con Messi las crónicas apenas cambian, si acaso habría que pedirle a Valdano otra patente verbal como con ese “futbolista de dibujos animados” llamado Romario o “la manada de búfalos” que provocaba Ronaldo, que no Cristiano. Precisamente, el portugués del Real Madrid también subió a la estratosfera con cinco goles que trituran las estadísticas históricas del club. Es una guerra de dos mundos, el suyo y el de Messi. El primero arrasó en Cornellá y el argentino nos recordó que al fútbol juegan diez y luego (o antes) está él. Sigue sin admitir comparación.

Messi pactó con Luis Enrique no jugar de inicio. Hábil maniobra del entrenador, que evitó otra crisis apocalíptica como la de Anoeta. Pero la clave de que no haya estallado ninguna pelea de egos en el vestuario la desveló Neymar en la entrevista a Canal Plus a pie de campo: “¿Cómo no voy a dejar a Messi que tire la falta?”. El brasileño, probable futuro Balón de Oro cuando Messi y CR7 dejen de rifárselos, asume el reinado de su compañero, igual que Luis Suárez. Y sea tirano o comprensivo, en Madrid dirán lo primero y en Barcelona lo segundo (nuestro queridísimo periodismo de dos caras), el Barça necesita a su D1OS. Es la razón por la que demasiada gente se preocupa por qué un depredador que supera a Raúl González en la mitad de partidos sólo ha ganado una liga y una Champions en seis años. 

Nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez

Mircoles, 13 Mayo 2015

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Gary Lineker hincó la rodilla anoche en la BBC: “Siempre he pensado que el Manchester United era el equipo más competitivo de la historia reciente de la Champions. Ahora me he dado cuenta que es el Barça”. La proeza del triplete está a tres partidos; “la nada”, como dice Mascherano, también espera a la misma distancia. Lineker ha entendido que el Barça maneja como nadie los tempos de la Champions porque anoche no necesitó exprimirse, simplemente sacó el aguijón dos veces y a esperar que el veneno hiciese su efecto. Guardiola, muy celoso de su creación, había espetado en la previa que los azulgranas eran los mejores al contraataque: la posesión de balón ya no era patrimonio culé. Cayera o no el Bayern, el principio más ‘guardiolista’ nunca se traiciona, ni aunque lo pidan a gritos grandes leyendas bávaras como Beckenbauer o Lothar Matthäus. En cambio, Luis Enrique no sufre el agobio de la historia, sólo ha tenido que llegar a una Entente Cordiale con el jefe del vestuario. Desde que Pep se hartó de Rosell y sus yuppies, el Barça dejó de ser el de los entrenadores: en la memoria histórica Cruyff, Rijkaard, Guardiola y desde hace tiempo el Barça de Messi. Y discrepando con el ‘Kaiser’, sin Leo el Barça no es un equipo normal, asusta a medio mundo porque, simplemente, nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez, ambos en la órbita del Real Madrid en un pasado muy reciente.

No fue un partido de hemeroteca, sino un trámite plomizo con el que el Barça jugueteó desde que Luis Suárez dijo ‘basta’. Hasta entonces, un cabezazo de Benatia sobreexcitó al Allianz Arena, conjurándole en una remontada made in  Bernabeu. Poco le importa a Luis Enrique que sus genios del balón corran detrás de él: con Messi en versión Michael Laudrup contraatacar también es una pasada, lejos de la blasfemia que suponía este noble arte en la época de Mourinho.  Que se lo digan a Neymar, incansable en los quiebros, esquivando bosques de piernas en un metro cuadrado. Su exhibición en Munich le propone como el primer Balón de Oro posterior a la guerra Messi-Cristiano. Y a Suárez como el delantero centro perfecto, de los que echa de menos el fútbol de este siglo. El Bayern tiene a Lewandowski, otro rematador que mata la figura del ‘falso nueve’ a la que Guardiola ha rendido tanta pleitesía. Si hubiera jugado sin máscara, quizás no sólo Mascherano necesitaría una prótesis de cadera. Como el sombrero de tacón del uruguayo, una delicatessen que sale una vez en la vida. Pero merece la pena.

El Barça acumula tanta artillería pesada como el Madrid, con la ventaja de que si no le funciona un destructor, aún tiene otros dos para ametrallar a cualquiera. El tridente impresiona ahora más que la BBC, averiada desde las lesiones de Bale y Benzema. “Messi es el Barça y el Barça es Messi”, espetó Cesc en COPE el lunes pasado. Pero si D10S desaparece en combate, los otros dos socios de diabluras reclaman su estrella en el paseo de Hollywood. De momento nadie tose al líder porque, hablando en plata, no ha nacido un futbolista que le haga sombra. Guardiola lo temía y por eso no quería ni en pintura al prodigio al que dio vida hace unos años: prefería la vendetta contra Ancelotti. Y a estas alturas y sin conocer al otro finalista, el Barça tampoco quiere cruzarse con el Madrid: es el Federer que arrollaba hasta que le entraba el apagón psicológico contra Rafa Nadal. Eso piensa en el club azulgrana. Otra historia es el Leo Messi que quiere seguir rompiendo la barrera del sonido.