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Twitter gana la guerra

Lunes, 10 Octubre 2016

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Twitter ha ganado la guerra. Gerard Piqué anuncia que deja la selección después de verse obligado a demostrar su amor eterno a España. Salió en zona mixta delante de los periodistas con la prueba del delito: se había cortado las mangas de la camiseta porque jugaba con una prenda térmica debajo. Manía de futbolista. Ni rastro de banderas en las mangas ni blasfemia a los colores del país. Las redes sociales han formado yihades que atacan como una marabunta a cualquier ídolo que suscite amores y odios. La lista es larga, comenzado por Iker Casillas, el muñeco de vudú favorito para el universo tuitero; Sergio Ramos también tiene un ruidoso pelotón de fusilamiento que escanea cada error del central como si alcanzara proporciones bíblicas. Y Piqué, tan juguetón en las redes provocando ese teatrillo Madrid-Barça y España-Cataluña, se ha hartado de recibir tomahawks por tierra, mar y aire. En la Eurocopa se le acusó de hacer una peineta mientras escuchaba el himno, anoche de otra profanación. ¿Quién lo inventa? Ésa es la genialidad de twitter, volátil y que atraviesa los medios digitales a la velocidad de la luz. Y como la credibilidad periodística queda a la altura del betún, sólo importa la audiencia, sólo los clicks en las publicaciones. O noticias o como quieran llamarlo. Apenas importa, la calle ya no nos toma en serio. A los periodistas, digo.

Piqué se despide en dos años porque los pitos aún resuenan; porque necesitaría hacer una ofrenda humana para demostrar su compromiso; porque todo en La Roja huele a napalm si él está por medio. Twitter despierta en su sector cafre la noche de las bestias. Si Piqué tuitea una foto de un lago azul, de repente se escucha a la manada de fondo insinuarle que lo hace porque el azul es color de la Estelada; si salta a un campo y se hurga el oído, está desafiando al público. Más bronca. El barcelonista siempre ha sabido golpear y encajar en un juego que irrita a las masas. Por eso, los futbolistas son semidioses de una sociedad que mata por ellos o les odia como si les rompieran el alma. Este lunes Piqué es tema nacional en la barra de los bares de toda la vida, pero en la más larga, el Twitter, la conversación no se acaba con el café de la mañana. “No es fruto de un calentón, lo llevo meditando hace tiempo”, espetó el central en Albania. Lo dice un tipo con un coeficiente intelectual superior a la media. O sea, que va en serio y no suena a pataleta de Guti. Sí, Twitter ha tumbado a Piqué, destapando las nauseabundas alcantarillas de nuestro periodismo deportivo. Si uno ojea la red social, cualquier información o iniciativa periodística, viene decorada con salvajadas, cada cual más tremenda. Por ejemplo, el perfil de El partidazo de COPE publicó anoche una foto de Piqué con su hijo vestido con el uniforme de la selección española, y una de las primeras respuestas fue que “ojalá a la COPE le hiciesen un Charlie Hebdo”. Así está el patio. Y mientras sigamos en la burbuja de basura + audiencia + negocio, los periodistas seremos culpables de sacar del anonimato a cualquier imbécil que suelta una burrada y se encuentra con cien retuits. Es el lado tenebroso de Twitter, que no sólo vacila a Piqué, sino que le desea la muerte eterna. O lo cambiamos, o el gremio se extingue. 

Un grupo de colegas

Domingo, 22 Noviembre 2015

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Gerard Piqué y Dani Alves podrán ser políticamente incorrectos, descarados en las redes sociales e incluso bromistas de mal gusto (que se lo pregunten al Getafe con su fiesta improvisada de Halloween), pero su permanente alarde de buen rollo y cualquier foto que cuelgan con el vestuario medio desnudo después de cada partido insinúan que los futbolistas del Barça son colegas. Esa camaradería la han utilizado tanto para levantar una crisis cáustica, cuando Luis Enrique no tenía buen feeling con la plantilla hace un año natural, como para irse junto al mismo cuerpo técnico a Port Aventura en un día de entrenamiento. Las numerosas comidas, cenas y asados de por medio delatan a un grupo de amigos que se diviertieron en el Santiago Bernabéu y sufrieron juntos en Balaídos. Luis Suárez reconoció que a menudo organizan reuniones familiares con Messi y Neymar; lejos de guerrear en una pelea de egos, las estrellas del Barça actúan como los juveniles que se han ganado una cerveza (o dos) después del partido matinal del domingo. Siempre sonriendo, la troupe azulgrana viaja a los estadios como una panda de amigos en las que Piqué es el alma fiestera y Messi una especie de jefe al que nadie se atreve a incordiar. Neymar desveló la esencia del buen rollo instantes después de ganar en el Vicente Calderón (1-2): “Messi es el líder y luego estamos el resto para ayudar”. Imposible que germine un ‘galacticidio’.

Los jugadores del Real Madrid suelen ir por libre. Sólo en muy contadas ocasiones montan cenas de hermanamiento (así se llaman) y en las redes sociales no son tan alocados. Quizás porque el código interno del club se lo impide o, simplemente, porque no les interesa, cada uno se dedica en cuerpo y alma a sus patrocinadores. Iker Casillas dijo una vez que los jugadores “no tenían por qué tomarse una coca cola después de los entrenamientos”. Cierto. Pero unos amigos que bailan sobre el césped como Billy Elliot en un escenario, jamás morirán por falta de actitud. Y cuando alguien se desanime, el resto le motivará para no alejarse de la manada. Eso no sucede en el vestuario del Madrid. Primero, Benítez titubeó en su respuesta cuando le preguntaron en verano si Cristiano Ronaldo era líder absoluto del proyecto; segundo, la intromisión táctica y mediática de Gareth Bale provoca una colisión con CR7, quien nunca ha halagado en público a la otra mole millonaria del equipo.

Dani Alves tenía una oferta mareante del Paris Saint Germain, pero prefirió quedarse en Barcelona por “su felicidad y la de su familia”. Cristiano coquetea con el mismo club porque considera que su marca comercial necesita nuevos retos, o como estrategia para mejorar por segunda vez un contrato. Mal momento para visitar el despacho del presidente, aunque siempre podrá usar la coartada de que a Messi se lo ampliaron un puñado de veces. La temporada pasada Audi entregó sus coches oficiales a los jugadores de Madrid y Barça en sendos actos: los blancos se lo tomaron como un marrón que se alargó demasiado, mientras que Neymar y Piqué se picaron al volante como si entrenaran para el rally de Cataluña.

Esas sensaciones de colegueo llegan hasta la caseta del jefe. Por ejemplo, Rafa Benítez exprime a sus jugadores incluso en la forma de pegarle al balón (información, no opinión), y Luis Enrique tardó en entender que su Barça funcionaba si él mismo actuaba como otro futbolista pero con ciertos galones. La obsesión del entrenador merengue es ese “equilibrio” que anoche consiguió con ironía: tan desastroso arriba como abajo; Luis Enrique avisó que la lesión de Messi no iba a alterar su hoja de ruta, “¿Sobrevivir hasta enero? De eso nada”. Roberto Carlos solía contar en las entrevistas que un equipo jugaba bien cuando todos se divertían. Ése fue Andres Iniesta, tan soso en sus declaraciones como cachondo en sus botas. A él le ponía “como una moto” el clásico. Lo supimos porque salieron a rueda de prensa durante la semana a contar sus impresiones. En el Madrid todo fue (y es) hermetismo, un búnker para evitar filtraciones. Ninguna arenga para excitar a las masas en momentos tan inciertos. Demasiado bloque de hormigón entre el vestuario y afición.

“¡Madrid, cabrón, saluda al campeón!”

Jueves, 10 Septiembre 2015

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“¡Madrid, cabrón, saluda al campeón!”. Samuel Eto’o, genio y figura que sacó toda su bilis contra el club que le repudió. Una década después aún no se ha retractado de aquel éxtasis en el Camp Nou. Y jamás lo hará. “Yo soy como soy, que lo aceptes o no es tu problema”, dijo el camerunés en una entrevista íntima con L’Equipe en 2011. “Vete tú al Atleti, ¡qué pesado!”, soltó Guti a Roberto Carlos en medio de una rueda de prensa durante una pretemporada merengue en Shanghai. Hubo un verano en el que a Guti se relacionó con el rival vecino y, harto de tanto rumor infundado, no aguantó la broma del brasileño. Gerard Piqué rompe la aburrida ortodoxia de las salas de prensa: partido complicado, nunca se sabe qué puede pasar, en el fútbol cualquiera puede sorprenderte. El ‘fútbol es fútbol’ de Vujadin Boskov en versión moderna. Piqué es un personaje imprescindible en el periodismo deportivo: cualquier barrabasada que se le ocurra, cualquier rajada que escupa es bienvenida en nuestro mundillo. Al fin y al cabo, hablar de fútbol da pureza a un medio, pero inyectar dosis de morbo atrae audiencia. El negocio es el negocio.

Piqué ha aclarado que no es un santo ni tampoco un diablo. Es bromista (cuestión de gustos) pero entiende y siente la rivalidad Barça-Real Madrid. Por eso, se puso una camiseta de Buffon en su casa para ver la semifinal Madrid-Juve y, por supuesto, mentó a Kevin Roldán para sobreexcitar a las masas. Ése es el puente aéreo que reclamamos todos aquellos periodistas (me atrevo a decir que la mayoría) nostálgicos de aquel teatrillo que montaba José María García en sus noches radiofónicas, con héroes y villanos, con Mendoza y Núñez, con Jesús Gil y Caneda, con Stoichkov y Hugo Sánchez. Hoy es todo tan políticamente correcto que el espectáculo necesita más ‘Piqués’ para que no decaiga. Durante la noche en la que agradeció a Kevin Roldán sus servicios prestados a la causa, hay una imagen que capta a un grupillo de compañeros en el centro del campo susurrándose a los oídos “lo va a decir, lo va a decir”. Y el central no falló. Piqué se ríe de las portadas apocalípticas de la prensa; se ríe del incendio de Sergio Ramos porque simplemente pertenece al show. La sensación en las tertulias de los bares es que el barcelonista pasa de todo, le piten, insulten o cabreé al madridismo con sus provocaciones.

Piqué es un muñeco de pim, pam, pum al que la prensa hace vudú y suplicando en bajo que salga delante de las cámaras en cada zona mixta. Su sinceridad molesta en un fútbol impostado, en el que los clubes rezan para que las declaraciones sean sota, caballo y rey. Así, menos líos para los departamentos de comunicación. Pero, precisamente, tipos como Piqué que agitan la opinión pública, son quienes mejor explican a la gente esa realidad paralela y casi siempre estratosférica de deportistas tan elitistas. “La noche anterior a Macedonia nos reunimos 10 jugadores en la habitación de Iker Casillas, y allí estuve hablando con Ramos de muchos temas, no sobre la selección”. Con confesiones de este tipo, uno imagina a Ramos y Piqué descojonarse juntos por ese miedo mediático a que ‘La Roja’ se volatilice o vuelva la guerra de trincheras Madrid-Barça de la época mourinhista. Precisamente Mourinho otro personaje extremo en el odio y el amor que asquea mundos hipócritas. Al menos, los que él ve.

¿Pero son justos los pitos a Piqué? Ni en León ni en Oviedo. Reivindica su compromiso nacional sin alardear de españolismo ni catalanismo. Nunca besará el escudo pero lo sudará; nunca gritará un ‘¡Viva España!’ pero se peleará por un balón desde algún suelo de Macedonia o Letonia. Y como es un futbolista inteligente en el sentido literal de la palabra (se dice que es superdotado), él es quien mejor ha justificado las sospechas de la plataforma Guanyarem: ¿qué mejor publicidad que agradecer toda la ayuda que le prestó el deporte catalán desde pequeño? Y no se trata de sacar la vena nacionalista. Simple sentido común. Y como diría Guti, “a quien no le guste, amapolas”. 

El niño probeta

Lunes, 15 Junio 2015

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La travesía por el desierto está siendo dura. Las heridas del Mundial todavía no han suturado porque, sencillamente, no ha empezado la Eurocopa. Entre el lifting  poco convincente de España y la ternura del grupo de clasificación, la gente ha dado la espalda a ‘La Roja’; así lo certifican las audiencias de televisión. Ha tenido que hablar Piqué y responder la afición de León para encender (e incendiar) con napalm la convocatoria nacional. Quizá fuera la única forma de prestarle atención: Costa Rica y Bielorrusia apenas han ocupado un breve en los periódicos, salvo el morbo de Keylor Navas en la portería. Desaparecido el tiqui-taca, la selección es un niño probeta con un futuro sospechoso: nadie se atreve a asegurar que crecerá fuerte y sano.  A la generación de Luis Aragonés le ha sucedido otra promoción de locos bajitos que antes de triunfar tiene que meter la pata. Así sucedió en el Mundial de Alemania., pero entonces el ‘Sabio de Hortaleza’ había encontrado en Xavi la solución al eterno sudoku de España y peleó con esa idea. Del Bosque tampoco se olvida del balón, la verdadera génesis de tanta borrachera de éxito: Iniesta, ausente por lesión, todavía amaga con instantáneas de Oliver Atom que superan la ficción; Isco es el quinto elemento que está por llegar. De su imán en la bota de derecha depende la circulación sanguínea del ‘enfermo’.

Bielorrusia eligió el estadio del Bate Borisov para pergeñar una encerrona. Su particular Ipurúa amenazaba con cortocircuitar el juego de España y convulsionar aún más el incierto establishment de la selección. Pero, de repente, los nuestros salieron de la trinchera y buscaron la yugular del metalizado bloque bielorruso. Morata es un delantero centro que descompone defensas con red de arrastre; su pureza en el área facilita el fútbol en tres dimensiones del resto, entre ellos, un Jordi Alba que desgasta la banda como el correcaminos y ahora sólo tiene que alzar la cabeza para poner el balón en la olla. De la fábrica de laterales en serie que ha generado el Valencia, Alba es el que mejor imita la explosividad del ex madridista Roberto Carlos.; de su estado físico en Francia dependerá la viveza de la selección.  Y cómo no David Silva, considerado un duende en Manchester y que con la camiseta roja tan pronto saca el diablillo como se queda alelado en el limbo. El canario es creatividad pura, un Michael Laudrup en chico que nunca sabes cómo te va a sorprender; su espontaneidad atrajo al Real Madrid, que preguntó por él hace seis años. Y para romper muros de hormigón como el de anoche, mejor sortearlos que pegarlos de frente.

Y cómo no el efecto Casillas. Concentrado en la importancia de no complicar la clasificación, sacó un  mano a mano decisivo e inspiró confianza. Detuvo las tres ocasiones de los bielorrusos recordando aquella frase de Fernando Hierro cuando espetó que el Madrid necesitaba un portero que parase los dos balones que le llegaban al área. Casillas siempre superó esa expectativa, falseando además la reflexión de Hierro. Porque la estadística no miente y al Madrid del gran Iker le solían acribillar a disparos. Quizá sea tarde, pero un Casillas mentalizado, ajeno al ruido ensordecedor del entorno, puede competir contra De Gea sin ninguna sospecha. 

El Barça de Foreman…el Barça de Ali

Martes, 9 Junio 2015

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George Foreman fue invitado por el ex presidente del Barcelona, José Luis Núñez, al palco del Camp Nou en un derbi catalán de noviembre de 1992. El club había garantizado al ‘Gran George’ un espectáculo parecido a sus combates en el MGM de Las Vegas: nada más y nada menos que presenciar en formato televisión al Dream Team de Cruyff en su momento más sublime. El Barça goleó al Espanyol por 5-0 en su enésima versión del Circo del Sol, protagonizada desde el lanzador Ronald Koeman hasta el trapecista Hristo Stoitchkov y con actuaciones estelares de un malabarista llamado Pep Guardiola y la infinita creatividad del funambulista Michael Laudrup. Justo antes de abandonar el estadio, a Foreman le preguntaron si ese soccer que había aplaudido desde su butaca se asemejaba más al del ‘Bombardero de Tejas’ (es decir, el suyo) o a la técnica acuñada por Cassius Clay de flota como una mariposa y pica como una abeja.  La respuesta del legendario boxeador no fue tan contundente como sus directos: “cualquiera vale porque sólo jugaba un equipo”.

Gerard Piqué escupió en Berlín una palabra prohibida en el vademécum de La Masía: el regusto por el CONTRAATAQUE. El Barça descubrió en la final su génesis del triplete: la estética del billar en el primer gol a la Juve y la contra escurridiza para la anestesia total. Odiando las comparaciones, Guardiola murió en la noche del Chelsea sin traicionar sus principios: toque, retoque y sobar el balón hasta desgastar su cuero. Casi siempre le valió, casi. Había un plan incomparable, el problema fue que carecía de plan B. Al Barça de este Messi (la figura de Luis Enrique ni se asoma) nunca se le catalogará en la colección ‘davinciana’. Ahí Cruyff y Pep acaparan la estantería. El flamante tricampeón es una reminiscencia del gran Pep, pero dotado de una cuchilla tan afilada como el Madrid de Mourinho. Tiqui-taca y pim, pam, pum agitados en una coctelera. El resultado es un elixir made in Barça. Y como sucede con el secreto de la Coca Cola, el fútbol necesitará tiempo para reencontrar un equipo que haya arrasado como Atila. Lo acabó haciendo en una Liga regalada por el Real Madrid y en la Champions aniquilando a los campeones de las grandes Ligas.

Xavi Hernández confesó en una entrevista en El País Semanal de diciembre que “el pasado había que olvidarlo”. Fue su respuesta a las sospechas ensordecedoras sobre Luis Enrique. Su caducidad se iba a precipitar tanto como la del Tata Martino porque ni los resultados eran explosivos, ni la sintonía con el vestuario tenía el buen rollo de Ancelotti, Mister Carletto en los círculos privados de los futbolistas merengues. La bronca de Navidades entre Leo Messi y su técnico descompuso a la plantilla, incluidos todos los familiares que escucharon el reguero de insultos que ambos se cruzaron. Los ecos de la bronca y el Madrid de las 22 victorias intuían un futuro inmediato apocalíptico: un segundo año en blanco (con todo el retintín del mundo) habría devuelto al club a la época de los horrores de Gaspart. Fue entonces cuando Luis Enrique supo abrirse a su psicólogo de cabecera y escuchar al mismo vestuario que había intentado dirigir con mano de hierro o, más bien, de chatarra. Es decir, que Messi necesitaba cariño o, al menos, la paz de los hippies: centrarse en su mundo de la pelota sin nadie que le taladrase con órdenes incómodas. Y si al mejor jugador del mundo le apetece hace diabluras, todo lo demás puede esperar. Absolutamente todo. 

Piquenbauer

Lunes, 23 Marzo 2015

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Él es ‘Piquenbauer’. El mismo que juega al póker disfrazado; que se distrae con su vida de papel cuché y que se atreve a juguetear con su teléfono móvil en un banquillo. Le cayeron palos por tierra, mar y aire sin entrar al trapo; entrenaba y, gracias a esa inspiración divina llamada Carles Puyol, se reencontró con su mejor versión, aquella que durante la era Guardiola le metió de golpe en el club de los más grandes: Beckenbauer, Hierro, Baresi, etc. Piqué estuvo descomunal y evitó que el Madrid destripara su defensa de arriba abajo; colocado como un mariscal de campo, su cuerpo fue un muro de contención que rebotó cualquier balón. Si su cabeza está centrada, Luis Enrique sólo tendrá que preocuparse por rotar a Mascherano y Mathieu. Del resto ya se ocupa Messi, quien sin explosividad se pone el casco de capataz para dirigir al equipo como un arquitecto. Así desquició al Madrid, repartiendo cloroformo a los madridistas desde que Luis Suárez reivindicó que su Bota de Oro no cayó del cielo. Cuando el Madrid cocía el clásico a fuego lento, el uruguayo se desmarcó de la espalda de Sergio Ramos, pinchó un centro largo de Dani Alves, ¡sorpresa!, y cruzó el balón a un Casillas que cayó a plomo. “Por eso pagamos lo que pagamos por Luis Suárez”, justificó Luis Enrique cuando le preguntaron por la actuación sublime de su goleador.

El Barça se asegura media Liga porque puede pinchar dos veces en diez partidos. Y quizá suceda, pero en estos momentos los azulgranas siempre serán más fiable que un Madrid valiente y generoso en el esfuerzo. Los blancos tardaron en soltar el primer directo, pero desde que Cristiano reventó el larguero de Bravo, atacó como una víbora que observa a su presa hasta que lanza el mordisco. Le faltó veneno, el recurso habitual que soluciona la mayoría de sus partidos, Y es muy raro que el Madrid no sepulte a un rival cuando le tiene grogui entre las cuerdas, pero los puñetazos no fueron certeros y la moraleja del fútbol nunca falla en estos casos. Suárez mandó al Madrid al diván del psicólogo y parece que Ancelotti no sabe gestionar las semanas largas. Cristiano comentó una vez en una entrevista que necesita jugar cincuenta partidos por temporada para mantener los músculos tensos; el técnico italiano no sólo desperdicia el fondo de armario sino que tiene a los jugadores fatigados, arrastrándose en las segundas partes con grilletes en los pies. Es el caso de Isco, una liebre de lujo para desfondar contrarios en los primeros minutos, pero que transcurrido un rato se convierte en historia dramática.

Paradojas de este deporte, el casi adiós a la Liga descubre a Ancelotti una lectura demasiado evidente. Su Madrid se gustó cuando jugó en efecto acordeón, atacando y defendiendo en bloque, con Gareth Bale remangándose la impoluta camisa en marrones defensivos. El Bale centrocampista da empaque al equipo, el Bale delantero descuajeringa toda la pizarra táctica. A Carletto le susurran al oído la idea del 4-4-2, extravagante en el club porque el galés no puede ir al banquillo y Benzema no lo merece, menos anoche. Pero el italiano porfía en mantener ese 4-3-3 que se inmoló con estrépito en Mestalla, Vicente Calderón, San Mamés…casi nada. Y un dato espeluznante para Ancelotti: en dos campeonatos sólo ha conseguido una victoria y un empate en todos sus derbis contra Barça y Atlético de Madrid. La ‘Decima’ le salvó de un verano convulso y sólo la ‘Undécima’ le puede mantener en el cargo. La imagen del Camp Nou fue atrevida pero las derrotas pesan demasiado en Chamartín. No le queda otra que apelar a la historia reciente y fiarlo todo a una carta, la Champions. Su preferida. Y cuando se trata de situaciones al borde del abismo, el Madrid camina por el cable como el más experto funambulista. Ocurrió con la ‘Séptima’, la ‘Octava’, la ‘Novena’ y nunca falló. ¿Por qué debe ser diferente este año? La primera parte invita a pensar que no. 

La libreta de Van Gaal

Sbado, 14 Junio 2014

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La pizarra de Van Gaal sentenció el partido. Siempre con su libreta secreta bajo el brazo, el técnico imitó la táctica de Ancelotti que pulverizó a Guardiola en Munich. La prensa advirtió que Holanda se blindaría con cinco defensas y así pareció al principio de partido. Pero no, ilusiones ópticas: David Albelda avanzó en Tiempo de Juego que Van Gaal había colocado tres defensas y cinco centrocampistas; poblando la medular ahogaría la esencia del tiqui-taca español, el genuino que siempre propusieron Xavi e Iniesta. Nada que ver esta Holanda con el finalista macarra que cosió a patadas a los españoles en 2010. Ni siquiera De Jong, que ayer también sacó la trilladora pero que se esmeró en jugar de coche-escoba. El gran público no conocía a la zaga oranje, casi toda construido por Ronald Koeman en el Feyenoord, y a tenor de lo visto, son jóvenes pero sobradamente preparados. Los papeles de Van Gaal nunca se filtrarán, pero no hace falta ser entrenador para intuir un garabato que pusiera ‘Robben y Van Persie vs Piqué y Ramos’. Ésa fue la clave de la carnicería.

El penalti de España, lejos de garantizar la posesión de ‘La Roja’, sobreexcitó a los holandeses, con Sneijder como mente del plan a perpetrar, y Robben y Van Persie de ejecutores. El propio Arjen todavía se ríe del apodo que le puso el Bernabéu: ‘Rodilla de cristal Robben’; su cintura todavía gira mejor que la de una gimnasta del Circo del Sol. Desafortunadamente, la de Piqué necesita por ahora engrasarse con tres en uno. El problema de Ramos no fue tanto físico como de despiste: el cabezazo de Van Persie le cogió la espalda y en ningún momento exhibió esa proeza genética que le ha convertido en uno de los centrales más decisivos del mundo. Partido para olvidar del madridista y punto. Los enviados especiales a la concentración española habían resaltado el estado de forma del sevillano y también de Silva. El grancanario subió el voltaje del juego y compitió con Iniesta en un concurso de pases estéticos; la pena es que toda España hubiese preferido que fusilase a Cillesen en vez de adornarse con una vaselina sólo apta para cracks mundiales.

Hablando de porteros, Casillas no escapa de las crónicas periodísticas. Empezó siendo el ‘santo’ y acabó en la barca de Caronte como un difunto reciente. Sus fallos estrepitosos sirvieron de carnaza para el sector cafre de twitter, en especial los llamados ‘yihadistas’. La memoria es frágil y olvida rápido que el mismo capitán de España conjuró milagros en las pasadas Eurocopas y en Sudáfrica (que se lo digan a Robben, hoy resarcido de aquel ¡uy! De Johannesburgo). Un muy buen amigo de Casillas, Xavi Hernández, también nos recordó que sus mejores momentos ya han pasado. Asumió los galones de capitán general el tiempo que le duró el poco combustible diesel que le queda; “ha sido la derrota más dura de mi carrera”, confesó el barcelonista en rueda de prensa. Y lo dice un futbolista con un palmarés que no cabe en las vitrinas de casi ningún club del mundo. En un ejercicio de sinceridad, todos asumieron el mea culpa delante de la televisiones. “Es una cagada mayúscula”, como dijo Schuster en COPE, pero remediable. El problema no es la goleada, que afectará a las matemáticas del golaverage, ni siquiera que el siguiente perro de presa sea Chile, la alarma roja la anunció Piqué: “Lo peor son las sensaciones”. De cansancio físico y embotamiento mental. Y ahí entra de lleno Del Bosque, como ayer lo hizo Van Gaal, el gran vencedor del 5-1.

Tora, Tora, Tora…la película del ‘Tata’

Mircoles, 27 Noviembre 2013

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Cualquier lector intuiría un futuro apocalíptico en el Barça a tenor de las crónicas de su derrota en Ámsterdam. Sonaban a debacle irreversible, como si el equipo hubiera tirado la Champions por el sumidero. Juan José Pallás se pregunta en el Mundo Deportivo si ‘¿Fue sólo falta de actitud?’; Sport tituló en grande ‘Perder no importa, cómo se pierde, sí’; Ramón Besa no se corta en El País sugiriendo ‘Una lección histórica’, mientras que Francisco Cabezas escribe sin contemplaciones en El Mundo que ‘ha quedado claro que el balón le importan un comino, que el centro del campo no es más que un enorme trozo de campo donde Xavi ve los balones volar sin remedio’. Si a esos demoledores titulares, Pique añade más carnaza confirmando una ‘falta de actitud’, entonces el porvenir del entrenador, acusado por la opinión pública como el capitán Alfred Dreyfus, pinta demasiado negruzco. Más, si cabe, cuando el ‘Tata’ Martino no tiene una pluma como Emile Zola que le defienda.

El pasado 06 de noviembre Martino confesó medio en broma medio en serio que estaba viendo “películas de guerra” para defenderse. Una semana antes, no pudo contenerse delante del micrófono y confesó haberse hartado de tanta “crisis semanal”. Alguien que deteste el fútbol podría pensar que el Barça esta sumido en caos y destrucción, a punto de dilapidar el prestigio estratosférico de los últimos tiempos. Al menos, ésa es la sensación del ‘Tata’ cada vez que se sienta en conferencia de prensa para recibir metralla de la prensa que cubre al primer equipo. Da igual que sus chicos goleen al Levante 7-0, la sombra de Guardiola es demasiado alargada; tampoco importa que gane su primer clásico contra el Madrid si el ‘tiqui-taca’ se ha oxidado. ¿Qué películas habrá visto el míster? Encaja bien Tora! Tora! Tora!, maravilloso film americano-japonés sobre el ataque nipón a la base naval estadounidense de Pearl Harbor. El ‘Tata’ aceptó el encargo de dirigir un transatlántico con todo lo que eso conlleva, pero nunca imaginó sentir el impacto de los misiles tan pronto. La prensa culé le obligó a entender que ganar no es suficiente en can Barça, sin que nadie le diera un margen de espera, de adaptación. Al contrario, las hienas estaban esperando el primer cadáver, y llegó a costa del Ajax, en un escenario muy simbólico, pero que en la práctica poco le debe afectar al ‘Tata’.

Muchas de esas crónicas apelan a la génesis del Barça contemporáneo. Y para mayor escarnio del entrenador, Johan Cruyff presenció en el palco un equipo que, según sus declaraciones, poco se parece al suyo. El día de su presentación, Martino aseguró que venía a “adaptarse”. Utilizando esa palabra, los periodistas intuyeron que la esencia del club perduraba por encima de todos, incluso de un forastero elegido a contrarreloj por la directiva. Pero transcurrido el tiempo, el argentino ha aguantado carros y carretas mientras el Barça rompía récords y apuntaba a la Liga como candidato indiscutible en el primer tercio de campeonato. Y aunque la grada no es tan animosa como antaño y el fútbol haya perdido quilates, comprende que la promoción de oro liderada por Messi, Xavi e Iniesta es cinco años más vieja que cuando culminó la perfección más absoluta que jamás ha inventado un equipo.

La lectura simplona es que el Barcelona sigue siendo un club ‘familiar’ con una cultura insustituible, la ‘cruyffista’, y blindada contra injerencias externas. En cambio, el Madrid, por su urgencia de títulos, sí es voluble a cambios de filosofía: del metódico Pellegrini al extenuante Mourinho, y ahora con la incertidumbre táctica de Ancelotti. El ‘Tata’ no tiene la culpa: llegó para aplicar sus conceptos y de momento funcionan casi al cien por cien (dato estadístico). Que no gusten es cuestión de gustos. No obstante, no le vendría mal alguna ayuda que no salga de sus jefes. Quizá se sienta como el soldado Ryan en la oscarizada obra maestra de Spielberg.

Cruyff intuyó bien, ¿y Tito?

Viernes, 3 Mayo 2013

Pretemporada de 1994. El Barcelona se estrena en Holanda con la intención de perpetuar el Dream Team sin el tránsfuga Laudrup y con Romario jugando al fútbol-playa en Copacabana al calor de la verbena mundialista. El despido fulminante de Zubizarreta tras su deplorable actuación en la final contra el Milan  (se lo comunicó Gaspart en el autobús que trasladó al equipo a la terminal recién aterrizado de Atenas) y la salida del danés apenas inmutaron a Johan Cruyff, quien todavía confiaba en su eje Koeman-Guardiola-Stoichkov para encontrar más momentos de gloria. Pero aquel amistoso de agosto cambió de un plumazo las expectativas del técnico holandés: los azulgranas abrían fuego contra el Groningen, equipo de media tabla, y nadie habría presagiado al descanso una de las mayores catástrofes en la historia de los bolos veraniegos. El Barça se metía en la caseta con un 4-0 adverso merced a una defensa de cartón-piedra (Geli, Nadal, Koeman y el debutante Sergi Barjuán) y, sobre todo, a la actuación tragicómica del ‘meta de balonmano’ Carles Busquets.

Cuentan que durante el descanso Johan ni señaló ni sermoneo a ninguno, tampoco hubo arenga alguna: simplemente nombró a todos los que jugarían en la segunda parte. Al final, Gica Hagi, el fichaje estrella de ese año, solucionó el desastre con un alocado 5-5. Cruyff no tardó ni diez minutos en dar la rueda de prensa y soltar que su intención era la de “matizar el equipo”, pero que la primera parte “le había dejado claro quién era quién en ese equipo”. La intuición del holandés no le traicionó: aquello fue el principio del fin para un grupo que había rozado o, mejor dicho, tocado la perfección estética al primer toque. ¿Hartos del éxito? Guardiola dijo hace dos días en Bogota que todos se cansan y que la gracia de su vestuario fue seguir con esa ansia. Sin embargo, el ex técnico advirtió que su Barça también debía ser “matizado”; no en vano, propuso a la directiva de Sandro Rosell una pequeña criba para evitar complacencias o posibles ‘elementos distorsionadores’. Vamos, sacar de allí a gente como Piqué y Dani Alves, cuyo rendimiento había bajado quizá por un estilo de vida disoluto.

El propio Piqué pidió “decisiones”. Siempre sincero y a veces políticamente incorrecto, el central hizo honor a la genial frase de Moneyball con la que el dueño de los Red Sox resume a Brad Pitt su cruzada revolucionaria en el negocio del béisbol: “El primero que rompe el muro sale sangrando”. Piqué reconoció en caliente (instantes después del pitido final) lo que la directiva no se atreve a revelar hasta que canten el alirón. La prensa agradece contar con futbolistas que den titulares, ése es buenísimo, pero es lógico que al Barça no le haya hecho ni pizca de gracia, y menos a Rosell, que echó balones fuera en el micrófono de Mónica Marchante al ser preguntado por esas declaraciones. El jugador dijo lo que su afición barruntaba y los jefes temían desde hacía semanas, las que han contemplado una sola victoria en la fase decisiva de la Champions. Lo dijo, pero no debió hacerlo: política de cualquier de empresa. ¿Os imagináis que un encargado de Zara recomiende a Amancio Ortega cambios en Inditex? Piqué cobra para jugar; las decisiones las toman arriba, empezando por Tito Vilanova.

La cuestión es Messi, siempre Messi. Por algo es el mejor del mundo y quizá de la historia. Pero la segunda eliminación consecutiva deja una lectura preocupante: la puesta a punto del crack argentino. El público se pregunta por qué el Barça no ha contado con todo el talento de su estrella. Falló su dosificación y su recuperación. Leo ya ha reventado cualquier estadística imaginable, así que nadie le reprochará seguir superando sus propios números. Sólo de ese modo el Barça recuperará su perfección; bueno, con eso y los retoques del próximo curso. Entonces, sabremos si la intuición de Tito es tan certera como fue la de Cruyff.      

El mundo quiere jugar como España

Mircoles, 27 Marzo 2013

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“El mundo quiere jugar como lo hace España y nosotros cambiar de estilo. Es increíble”. La preocupante reflexión de Gerard Piqué para El País en la víspera de la toma de París invita a sentar en el diván a la prensa española. El desliz contra la pandilla finlandesa, trivial para cualquier selección del planeta salvo para la española por extraño que parezca, evidencia el maniqueísmo que sufre la imagen de ‘La Roja’: todo pinta blanco o negro. Así somos. Afortunadamente, Pedro, el goleador silencioso, ha barnizado el tapete con tonos cálidos y alegres; pero si Víctor Valdés no llega a recrearse a sí mismo con aquella sublime actuación ante Thierry Henry en la final de Champions de Paris contra el Arsenal, entonces la imagen de Del Bosque habría acabado hecha un cristo. Todo se simplifica al balón, “el pasado parece que no importa”, tal como denunció Sergio Ramos la pasada semana. Y es una pena porque tenemos delante de nuestras narices la mejor generación que ha parido España y desperdiciamos las tertulias periodísticas queriéndola mandar al garete: ya sabéis, el morbo siempre vende más que cualquier estado de felicidad, por consiguiente, aburrido.

Manolo Sanchís dijo una vez que “no hay nada más bonito que un país pueda disfrutar de su selección cuando es la mejor del momento”. No lo decía por España, sino con cierto tono de envidia sana; no en vano, la última vez que ambos países se enfrentaron en fase clasificatoria, en 1991, el ex capitán del Real Madrid tuvo que aguantar estoicamente como Jean-Pierre Papin y Eric Cantona aplastaban al combinado de Luis Suárez con un repaso monumental en el Parque de los Príncipes. Entonces, a nuestra selección no se le apodaba ‘La Roja’, sino un pobre enfermo con el síndrome de cuartos de final. Y a veces ni eso. Aquella España cincelada por la Quinta del Buitre jugó en París por debajo de sus posibilidades y perdió; evidentemente, era incomparable a ésta, por eso Sanchís no entiende cómo se le puede disparar ni la más mínima crítica a Del Bosque. Será el adn español con ese estúpido bipolarismo que, tal como describe Piqué, indica que “nuestra cultura está en crisis si pierdes un partido después de hacer lo que no ha hecho nadie: Eurocopa, Mundial y Eurocopa”.

La victoria de anoche es rotunda para un equipo que se mofa de los escépticos, y también para Del Bosque, a quien esos mismos le acusaron en Gijón de ser un nulo estratega. Cierto es que el seleccionador no dio con el martillo para destrozar el muro de hormigón de Finlandia, pero en París la gran novedad del once fue Pedro y la consecuencia no pudo ser más satisfactoria. Las teorías del fin de ciclo quedan aparcadas hasta la próxima convocatoria, precisamente contra los escandinavos. Entonces, hacer algo extraordinario, o sea no ganar, alimentaría a los mentideros periodísticos con otra palabra muy manoseada estos días: autocomplacencia. ¿Pero de qué? Si la madre de todos los retos ya la han confesado los propios futbolistas: retar a Brasil en territorio hostil. El Maracanazo del 2014 se aproxima, después poco importarán los ciclos finitos o la continuidad de Del Bosque.