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Sin miedo al “miedo escénico”

Mircoles, 4 Noviembre 2015

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Champions League 1995/1996. El Santiago Bernabéu hincó la rodilla en una de las mayores exhibiciones de los tiempos recientes. La última vez que el coliseo blanco aplaudió al enemigo, Ronaldinho se marcó todos los vises. La penúltima la motivó el Ajax de Amsterdam, artesanía de Louis Van Gaal con su ingeniería de cantera. El Madrid de Valdano&Cappa se cruzó en la fase de grupos con un fútbol robotizado, de memoria y sin margen de errores. De repente, la posesión del Ajax sube el porcentaje como la espuma: el balón rueda de Edgard Davids a Finidi; de Overmars a Kluivert y, a medio camino, Jari Litmanen. La grada empieza a impacientarse porque teme que su equipo muera por oxidación. A los pocos minutos, primer gol mal anulado a Kluivert; un rato después, golazo de falta de Litmanen que el árbitro vio fuera. La segunda parte se intuye como un funeral: Valdano no reaciona y el Ajax desborda cualquier línea merengue mareando la pelota. A Redondo y Sanchís les faltan cubos para achicar agua, Laudrup habría querido ser un tránsfuga aquella noche. Termina el partido, 0-2 y demasiadas gracias. 

Anoche el Bernabéu volvió a mosquearse. Entre silbidos y aspavientos, hubo minutos cronometrados en los que el Paris Saint Germain practicó rondos de entrenamiento. El balón escaneaba el césped palmo a palmo sin ninguna interrupción merengue. Y para un Madrid con pretensiones hegemónicas, la imagen es desagradable. Aquel tronco del Barça llamado Maxwell mutó por unos instantes en una especie de David Alaba o el mismo Marcelo. Sin embargo, el PSG no sacó el rodillo hasta que Verratti, eterna y sospechosa promesa, cedió su sitio a Rabiot, un jugador que agitará el futuro más inminente de la selección francesa. Como Anthony Martial. Y siempre quedará Di María, tan rápido de piernas como ágil de mente. Su fútbol es tan volátil que Ibrahimovic y Cavani no alcanzan a leerle entre líneas. Los nostálgicos de La Décima todavía le echan de menos; el grueso de la afición se ha quedado prendado de James. La predilección por el colombiano supera una catarsis de Cristiano Ronaldo.

El caso del portugués escapa de la demagogia, Sí, ha reventado récords  y sus ansias de superación personal merecen un hueco en la carrera de Psicología. Sin embargo, aún no ha sabido aprovecharse de la inexorable metamorfosis de cualquier futbolista. Ha perdido aceleración y no intenta remediarlo; su regate no escurre y él se empeña en amagar con bicicletas. No quiere ni oír la sugerencia de delantero centro, pero su último servicio al Madrid encajaría mejor desde el punto de penalti. Su oasis en la banda izquierda aún no preocupa a Rafa Benítez. Cuestión de tiempo. De momento, las estadísticas facilitan el trabajo del míster y disfrazan la coartada perfecta: el baño del PSG es un acontecimiento muy puntual, casi histórico que se repite con goteo durante décadas. No hay razón para la preocupación: Keylor Navas estuvo discreto, ¡noticia! Pero llama la atención que siga habiendo pesos pesados que no les pueda el “miedo escénico”. Y no se llamen Barcelona.

 

 

 

“Tanto vídeo, tanta mierda y para nada”

Viernes, 28 Agosto 2015

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“Quédense con un nombre: George Weah. La puede armar”. Benito Floro advirtió hasta diez veces a su vestuario de la amenaza desconocida. Ni un solo jugador de la primera plantilla había oído hablar del fenómeno que se agigantaba en el país vecino. Incluso, hubo un periódico español que entrevistó a Rappel para dar la exclusiva: ¿quién ganaría esa morbosa semifinal: Real Madrid o Juventus? “Es el año del Madrid”, profetizó el vidente. Poco importaba que los blancos tuvieran que lidiar en cuartos contra el desconocido Paris Saint Germain de Artur Jorge. Uno de los ojeadores del Madrid trajo una pila de vídeos a la vieja ciudad deportiva de La Castellana y comentó a Floro con cierta preocupación las dos trampas del enemigo anónimo. “Arriba juega un liberiano que podría esprintar los 100 metros y en la banda izquierda un malabarista del balón”. El entrenador merengue se quedó con la copla y, junto a su cuerpo técnico, consumió largas tardes en un cine para diseccionar a la presa. Manolo Sanchís sólo necesitó medio minuto de una cinta para enterarse de que iba a bailar con la más fea. George Weah corría con una zancada descomunal y en un contraataque podía desnudar al entonces capitán. Entre Ramis y él debían contener al delantero africano, atándole en corto y aplicando la mítica frase de otro ilustre central, Spasic: “Conmigo pasa el jugador o el balón pero nunca los dos”. A Nando, que jugaría de lateral derecho, le tocaba el otro marrón: frenar a un extremo espigado llamado David Ginola que mareaba el balón hasta descoser las costuras.

El miedo escénico de Valdano empequeñeció al PSG en el Bernabéu. Sanchís aprendió al dedillo sus deberes y, aplicando el manual de buen central, desesperó a un Weah que, a su vez, desesperó al árbitro con tanta queja. “Agarrarle la camiseta, incordiarle, tocarle las…pero no en modo literal”, el ex madridista todavía recuerda su marcaje piel a piel con el liberiano. Recuperando fragmentos del partido, Sanchís imitó a aquel Chendo que secó a Maradona en la semifinal Madrid-Nápoles del 88. Los que suspendieron fueron Ramis y Nando, incapaces de robarle la pelota a Ginola. Afortunadamente, el centro del campo parisino se cortocircuitó antes de que el extremo desplegase el Circo Del Sol entre sus piernas. Bernard Lama, el portero de pantalones largos, detuvo tres y encajó otros tres. Fue el mejor de los suyos y, al acabar el partido, espetó en un corrillo de periodistas que ahora les tocaba jugar en “su Bernabéu”. ¿Hablaba en serio? Las carcajadas de los reporteros apuntaron a vacilada. Nadie intuía la emboscada que se preparaba en El Parque de los Príncipes. El 3-1 de la ida había relajado tanto al Madrid que, incluso, el presidente Ramón Mendoza insinuó a los familiares de sus directivos que acudiría a la elitista tienda Hermés de París para ir de punta en blanco al palco presidencial. Nunca se llegó a contrastar la información.

La caldera parisina no bulló hasta que Weah colocó un cabezazo suicida en la escuadra de Buyo. La bronca entre Ramis y Nando alcanzó proporciones bíblicas hasta que Míchel, agazapado en el primer palo por donde el balón entró como un mísil, puso la paz. El Madrid espabiló con un Bam Bam Zamorano muy espídico ante las paradas felinas de Lama. Fue entonces cuando llegó el fatídico minuto 80: la defensa blanca achicaba cualquier fuga de agua hasta que Ginola cazó un trallazo que rompió la red. El estadio, los Campos Elíseos y la Torre Eiffel patas arriba en una noche histórica en París. El Madrid se desangró con un tercer gol; Zamorano lo sacó de la U.V.I casi en el descuento y otro cabezazo mortal del PSG volatilizó al equipo español. Artur Jorge había obrado el milagro y el Madrid perdió porque ni un solo futbolista repitió las chuletas personalizadas preparadas por el cuerpo técnico. “Tanto vídeo, tanta mierda, y para nada”, soltó Benito Floro en el avión de vuelta. “Al menos hemos puesto en órbita a estos parisinos, míster”. Sólo Míchel (siempre él) se atrevió a soltar la gracia.