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Entre Del Bosque y Queiroz

Domingo, 8 Marzo 2015

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La mano blanda de Del Bosque y el galacticidio de Carlos Queiroz se cruzan como misiles en las tertulias periodísticas de estos días. Ambas teorías agitadas en una coctelera explican el declive de un Real Madrid obligado a resetearse, a empezar de cero en juego y actitud o, dicho con un eufemismo, intensidad. “Si Fabio Capello no hubiese sido tan tozudo con su estilo, habría sido el entrenador perfecto”, lo dice un directivo de la planta noble del Bernabéu que no coincidió con el entrenador italiano. El caos táctico tiene un responsable y los periodistas, expertos en el arte del tremendismo, ya estamos haciéndole vudú a Ancelotti. También Del Bosque tuvo la cabeza debajo de la guillotina en dos ocasiones, y acabó compensando sendos desastres ligueros con la ‘octava’ y la ‘novena’. En la primera Champions le salvó una actuación antológica en Old Trafford, y en la segunda, la volea de Zidane estaba predestinada. O eso creyeron en el club hasta que admitieron que las órdenes del salmantino en el vestuario se resumían en ’salgan y hagan lo que saben’. El Barça-Madrid decidirá si Ancelotti tiene que salvar la temporada con la competición fetiche de los blancos.

La otra teoría tan manoseada desde hace semanas evoca al “monstruo” que acabó devorando a Florentino Pérez. De infausto recuerdo, el equipo más ‘hollywoodiense’ de la historia del fútbol hizo enloquecer al madridismo tanto como los Backstreet Boys a las quinceañeras de todo el mundo. El problema de aquel Madrid de Queiroz es que era un Apollo Creed que boxeaba con estilo refinado pero le faltaba fuelle en las costillas. Zidane se lo contó a su compatriota y rival, Ludovic Giuly, en el descanso del dramático Mónaco – Real Madrid de Champions: “Estamos agotados”. El robot cuasi perfecto de Ancelotti se ha cortocircuitado: juega cansado, sin ritmo y con grilletes en los pies, y además, se ha olvidado de golear. De repente, esa pegada que ha justificado tantos y tantos partidos, ha desaparecido. Peter Pan se hizo mayor y se olvidó de volar en el país de Nunca Jamás; no sabemos cuál es la kriptonita que está debilitando al Madrid, si la falta de veneno en el aguijón o que, de verdad, tienen las piernas mustias. Quizás sea una crisis mental porque el equipo no tiene la azotea privilegiada que ha salvado a Rafa Nadal en un buen puñado de aprietos en los que le falló el físico.

Dicen los cenáculos de la capital que el presidente podría presentarse otra vez en Valdebebas esta semana. Otra charla al estilo de Santiago Bernabéu para que cada futbolista sienta el peso del escudo. Sin embargo, disipado el efecto de la primera reunión con Florentino, el vestuario necesita organizar un brainstorming (‘tormenta de ideas’ que dicen los gurús del marketing) y aclarar a qué quiere jugar. La solución comodona y desesperante en estos momentos es seguir envidando todas las cartas a la pegada. Pero San Mamés delató que es un error, diagnosticado públicamente por Ancelotti. La otra alternativa es borrar de la pizarra el garabato del 4-3-3 que se va difuminando a pasos agigantados y volver al fútbol folclórico. A Modric se le espera como el maná, será entonces cuando Carletto ponga a prueba su talento para reciclar a Gareth Bale. Él se siente delantero, aunque su equipo preferiría su zancada de velociraptor en la banda izquierda, donde pueda centrar sin escorzos. De ese modo, la fábula de la ‘BBC’ reanudaría sus emisiones en otro formato, no tan atractivo para la prensa deportiva, pero muy práctico para compararlo con los tres goleadores del Barça. Al fin y al cabo, “el problema está arriba” (Ancelotti dixit), literal…o no. 

Las malas noticias a veces no son tan malas

Lunes, 11 Marzo 2013

“Que el Madrid no tontee en la Liga porque se puede llevar un susto”. Joan Laporta hizo leña del árbol caído después del vía crucis que sufrió el Madrid de Carlos Queiroz, cuando, de una tacada, se dejó la Copa en Montjuic y la Champions en un remate traicionero de Morientes con su Mónaco. Comenzaba el grotesco fenómeno del galacticidio que acabaría devorando a aquella constelación que mandó comprar Florentino; por de pronto, una Liga casi solventada se tornó en pesadilla a falta de once jornadas, con el Valencia a seis puntos y el Barça a una distancia sideral. La hecatombe de Mónaco se convirtió en un síntoma difícil de digerir (y reconocer): los blancos perdieron siete de los últimos diez partidos  y volatilizaron el campeonato. El capitán Raúl asumió los galones durante la tragedia y salió a la palestra para intentar calmar al madridismo: “A pesar de las últimas decepciones (Copa y Champions), no vamos a dejar escapar esta Liga”. Las palabras del siete estaban cargadas de heroicidad, pero la realidad delató un vestuario desplomado y aterrado por no haber colmado unas expectativas que la prensa describió con tintes faraónicos. El club se había encargado de vender una de las siete maravillas del mundo sin detenerse ni un instante a firmar una póliza de seguro en caso de accidente. Y el que sucedió fue demasiado aparatoso.

Tiempo después, Carlos Queiroz, ya fuera del club, diagnosticó las causas del derrumbe. Su conclusión fue que el propio Madrid “se mató a sí mismo”, exigiéndose la Copa de Europa por encima de cualquier éxito. El técnico portugués, en una entrevista concedida en Inglaterra, comentó que la eliminación de Mónaco desconectó para siempre al equipo. “La Liga ya no tenía sentido para los jugadores”, señaló con resignación Queiroz. En su intento por depurar responsabilidades y quitarse el marrón de encima, en parte tenía razón: el entrenador tan sólo era un convidado de piedra en aquella apuesta planetaria. La adulación a la enésima potencia había sedado a una pléyade de estrellas harta de aplausos y que, sin embargo, no había arrasado en títulos. El Madrid podría presumir de alinear juntos a Zidane, Ronaldo, Figo y Beckham, incluso de jugar a ratos un fútbol de fantasía. Pero el presidente sabía que los títulos o, más bien, la Champions, era la única coartada para inmortalizar su mastodóntico sueño.

El Barcelona de Jordi Roura (así será recordado al borde del cataclismo) cada vez se esfuerza más en emular al Madrid de Queiroz. Obviamente, parte de las circunstancias nada tienen que ver con el galaticidio: los azulgranas se han llevado golpes psicológicos con las noticias de Abidal y Tito Vilanova difíciles de digerir y, sobre todo, de olvidar en el césped. Tampoco el Barça se ha traicionado a sí mismo: el estilo es perenne juegue enfrente el Madrid o el Milan, quizá porque este equipo está moldeado para marear el balón en cualquier palmo del campo. Son las actitudes de ciertos futbolistas, como entonces ocurrió en el vestuario merengue, las que están dinamitando el establishment culé.

Primero, Victor Valdés reconoció públicamente y a destiempo que su futuro ya no pintaba nada en Barcelona. Desde luego, el portero se puso la pistola en la sien, pues era consciente de que cualquier cantada se la restregarían hasta la extenuación. Dani Alves era uno de los señalados por Guardiola y la salida de éste supuso un alivio, pero no una motivación para el brasileño; sigue viviendo de las rentas. Y en el incordio del nueve, Villa y Alexis sólo esperan finiquitar la temporada y encomendarse a los caprichos del mercado; entre que Messi eclipsa a todos y que ninguno de los dos  arietes han causado expectación en la grada, el club se ha dado cuenta que Neymar ahora o nunca. Y para no caer en ventajismos, estas carencias prevalecerán remonte o no al Milan mañana. En definitiva, si el Barça repite este año las gestas de Guardiola, agradecerá el mal trago de las últimas fechas. Queiroz avisó que su Madrid no se sostenía por el discurso inalterable del presidente, Sandro Rosell sabe de primera mano por dónde debe meter el bisturí. Las malas noticias a veces no son tan malas.

Segundos entrenadores

Mircoles, 2 Mayo 2012

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Jorge Valdano justificó el fichaje del portugués Carlos Queiroz como un “cambio de libro de estilo”. Sus credenciales como segundo entrenador de Ferguson en un solo año fueron impecables: metódico, firme en sus decisiones y, sobre todo, un gentleman que impresionaba cuando sacaba su vena políglota delante de los micrófonos. El Madrid de Florentino se asemejaba a una multinacional y la directiva creyó que la imagen de Del Bosque era obsoleta para un club con tendencias más ‘marketinianas’ que deportivas. A Valdano le convenció la alta estima con la el entrenador del Manchester United hablaba de su ayudante; Ferguson acaparaba todos los flashes en Old Trafford, pero Queiroz planificaba los entrenamientos diarios. Pero en medio de la nebulosa por el despedido fulminante del ahora seleccionador español, el madridismo no entendió el experimento de fichar a un segundo entrenador para mantener al equipo en el estrellato. No obstante, las noticias (o rumores) que llegaron a Valdano fueron las de un asistente que descargaba de trabajo a Sir Alex y valiente para encararse con Roy Keane, uno de los grandes líderes del vestuario del United.

La historia de Queiroz en el Madrid es archiconocida: calló a los escépticos con un arranque galáctico, pero a su vez fue devorado por el ‘galacticidio’ de unas estrellas intolerantes a disciplinas militares. Precisamente, al portugués se le acusó de blando y carecer de la personalidad rocosa de Ferguson. Sin embargo, Queiroz pagó la novatada de plegarse a los designios de la directiva sin importarle que el propio Valdano no atendiese a un requisito fundamental: Claude Makelele. El entrenador merengue pidió al club que retuviese al centrocampista francés consciente de que él solito era la espina dorsal del equipo y el mejor alivio para Zidane. Naturalmente, Makelele había pedido un aumento salarial por méritos sobre el césped y la tajante negativa le hicieron emigrar al Chelsea. La primera petición se había frustrado, así que Queiroz probó a recomendar un fichaje, el único que le hacía falta para apuntalar una plantilla desbordada de talento pero precaria de efectivos. En el Marítimo de Portugal despuntaba un joven central de veinte años que sobresalía por su colocación y rapidez en el corte de balón; ese defensa pronto iba a estar apuntado en la agenda de media Europa y Queiroz lo ofreció al Madrid por sólo 2 millones de euros. El Madrid, fiel a su nueva estrategia de ‘Zidanes y Pavones’, hizo oídos sordos a la pequeña demanda de su flamante entrenador……cuatro años después, en el verano del 2007, fichó a ese tal Pepe por la sonada cantidad de 33 millones. Hoy, evidentemente, parece barato, pues se trata de uno de los mejores centrales del mundo.

Las historias de segundos entrenadores han cobrado más relevancia que nunca a raíz del testigo que coge Tito Vilanova en el Barça. Y a diferencia de Queiroz, el nuevo primer técnico azulgrana no tendrá que sortear tantas reticencias; él sabe dónde flaquea la plantilla y el club ya ha garantizado una buena suma (se habla de 100 ‘kilos) para gastar en Jordi Alba y los que vengan. Cruyff dijo anoche en la COPE que Vilanova “ha asimilado las bases del Barça porque lo ha aprendido desde hace años”, así que la sombra de Guardiola seguirá siendo alargada. La maniobra de Sandro Rosell es muy hábil, pues evita ataques externos de Laporta o el mismo Cruyff.  En el Madrid, Mourinho también dejó entrever que Karanka podría seguir trabajando con él, si el español no quería continuar en el club. Le considera un fiel escudero y está entregado a ultranza a su causa. Pero como dice Míchel Salgado, “Karanka parece otra persona cuando sale a rueda de prensa”. El poder de Mourinho es tan omnímodo que sus acólitos deben asumir todas sus decisiones. Y Karanka está para ayudar a su entrenador en el campo, no para dar la cara ante los medios….hasta que reciba la llamada que sí tuvo Queiroz.