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Archivo de la categoría ‘raúl’

La calle ‘melancolía’

Jueves, 3 Marzo 2016

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El espíritu de Raúl González reencarnado en Borja Mayoral. Ningún ciclo del Real Madrid se sostiene sin su cantera. Sucedió con el eterno ‘siete’ cuando Valdano entendió que la figura de Butragueño se extinguía; Iker Casillas mantuvo vivo al Madrid galáctico con aquel runrún popular de los goles de Ronaldo y sus paradas milagrosas; Guti fue un genio incomprendido entre taconazos antológicos y una vaguería inexplicable, y desde entonces a Valdebebas se le acusaba de nutrir a medio fútbol español menos a su primer equipo. Mayoral ha reventado todos los récords goleadores en categorías inferiores y su ascenso ha sucedido por accidente. Como Raúl, Guti o Iker. Su gol de carambola alienta a las masas, como diría Brotons, y amortigua el saco de palos que merecen ciertas estrellas. Porque es incomprensible que James todavía esté buscando a Rodríguez entre discotecas madrileñas y el diván de un psicólogo que descubra por qué se ha relajado tanto; ¿qué títulos ha ganado el colombiano para no levantarse de la tumbona? Incluso en Colombia se alarman por ese icono publicitario que cada vez empapa menos de sudor la camiseta. Y Florentino Pérez ha tomado nota con la ristra de telefonazos que van a llegar de media Europa.

James recibirá el famoso warning del argot tenístico,  Isco sufrió el castigo de la suplencia y espabiló goleando. Al fin y al cabo, la solución que pide el Bernabéu es muy simplona: echarle huevos (con perdón). Raúl sí sabía cómo excitar a la grada: arrancaba una carrera imposible sin balón de cuarenta metros, persiguiéndolo como un rottweiler por todo el campo. Y nadie dudaba de su compromiso con el escudo. Zidane ha jugado con él y, quizás tirando de la ‘calle melancolía’, sacó en Valencia a la clase media que juega como si no hubiera mañana. Todos recuerdan aquel núcleo con Míchel Salgado, Helguera, Mcmanaman o Morientes, que aliviaba las noches aciagas de Zizou o Figo. A este Madrid, el de Benítez o Zidane (descubran ustedes las diferencias) se le achaca no tener un grupo entre bambalinas que resuelva los marrones cuando Cristiano se cansa del mundo con gestos y aspavientos. Y la noche de Levante exigía desempolvar a futbolistas que se estaban oxidando con tanto vedetismo. Como dijo el volcánico Juanito, “no importan los millones, sino los cojones”, al referirse a las grandes remontadas europeas.

Lucas Vázquez y Casemiro se salieron del mapa en El Parque de los Príncipes, y desde la llegada de Zidane apenas han calentado por la banda. Lucas recuerda a Santi Solari, banquillero de lujo en el primer Madrid de Florentino y que inventaba regates campo a través. Este equipo necesita chavales sin vergüenza, que revolucionen partidos de pocos voltios. Casemiro va a ser la llave maestra del proyecto: José Ángel Sánchez, director general, le reclamó del Oporto la pasada primavera, consciente de que su vuelta a Madrid sería capital tras un máster acelerado con Lopetegui. Fue el cemento armado de Benítez y Zidane se ha dado cuenta de que no sólo le basta con once bailarines. Necesita un bloque de hormigón para no quebrar al equipo como un palillo. Desde luego, Kroos agradecerá no ser siempre el cortado de césped. 

‘Qué malo es el Getafe’, trending topic

Sbado, 5 Diciembre 2015

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En una de las últimas escenas de la película Philadelphia, el moribundo Tom Hanks le cuenta un chiste a su abogado Denzel Washington: “¿Cómo llamarías a mil abogados encadenados en el fondo del mar? Un buen comienzo”. Ningún directivo del Real Madrid se atreve a recordar a su presidente el chiste del la película, ni siquiera a modo de chascarrillo. El club está tan empecinado en defender su etérea coartada hasta las últimas consecuencias, que ese buen comienzo no ha lugar en el gabinete jurídico del Madrid. Después de la rueda de prensa del viernes, uno se imagina a Florentino Pérez como el todopoderoso señor Burns de Los Simpsons rodeado de una legión de abogados trajeados y engominados. Ellos creen en su ley, a pesar de que el Juez Único escriba con saña una resolución durísima para la imagen mundial de la institución. El TAD tomará la última decisión y hasta entonces (próximo viernes) el Barça aún no podrá cachondearse al estilo Piqué, con descaro y sin reservas.

El tsunami institucional todavía no ha alcanzado a un vestuario conjurado para enganchar otro récord de victorias como el de la temporada pasada. O el del Madrid de Juande Ramos,, que en la temporada 2008/09 cuadró una vuelta entera sin perder: desde el clásico del Camp Nou (2-0) hasta aquel fatídico 2-6 con gol vacilón de Piqué, incluido. El Getafe pagó una factura que no era suya; son los efectos secundarios indicados en el prospecto del medicamento anticrisis. Un Madrid enrabietado quiso despistar a su público con una primera parte orgiástica. Goles, carreras y buen gusto. De repente, la BBC recela de la MSN y quiere demostrar que no es un simple nombre artístico para vender camisetas (tampoco está tan claro). Un Atleti o una visita de gracia a San Mamés en esta jornada habrían sido el barómetro perfecto para concluir si el equipo salió de la UVI o sigue jugando como un gigante anestesiado. Pero el calendario ligó un Madrid-Getafe que los blancos se ventilaron en un puñado de minutos. Como dice Paul Tenorio, periodista madridista y activista tuitero, de un momento a otro de este sábado ‘Qué malo es el Getafe’ será trending topic’.  Sin embargo, si la MSN aplasta a la Real Sociedad en 90 minutos, meterle cuatro al Getafe en la mitad de tiempo debería rellenar crónicas generosas. ¿Agravio comparativo?

La segunda parte fueron minutos para la basura. Craso error que la grada no tolera, y menos en estos tiempos de pañoladas y silbidos de proporciones bíblicas. En eso Raúl era el más espabilado: cuando los partidos languidecían, el capitán se pegaba un par de carreras imposibles para arrancar el aplauso del público. Casi nunca robaba el balón en esos prontos rebeldes, pero el Bernabéu agradecía su trabajo en la mina. Era otra clase de vedetismo que, por supuesto, calaba mejor que finiquitar un resultado en lo que dura un chasquido de dedos. El Madrid se ganó la oportunidad de abultar un marcador para la historia, pero se desconectó en el descanso. Quién sabe si para descansar para no sé qué (próxima parada: Malmoe) o por miedo a alimentar la plaga de lesiones con esfuerzos inútiles. La única lectura irrefutable es que el contraataque sigue siendo el Kalashnikov de este equipo. Nunca falla, nunca se encasquilla. Aviso para navegantes, uno en concreto.

El ’siete’ en todo

Jueves, 15 Octubre 2015

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En el homenaje de Canal Plus a Raúl por los veinte años de su debut, Jorge Valdano cuenta que se reunió en las oficinas del club con Zamorano y Prosinecki para anunciarles su intención de despedirles en el verano de 1994. Instantes antes de aquella reunión, el director de la cantera merengue, Ramón Martínez, deslizó al entrenador argentino que el diamante en bruto de la vieja Ciudad Deportiva de La Castellana pretendía regresar a las categorías inferiores del Atlético de Madrid. Aquel chaval de cuerpo esmirriado no intuía ni una sola oportunidad en el equipo de los mayores, ni siquiera una palmadita de algún técnico de arriba. Ese chaval arrabalesco de piernas arqueadas había decidido, previa consulta con su padre, regresar a sus orígenes, pero no a los primigenios en la Colonia de Marconi, sino del Atleti. Valdano reaccionó como un resorte a la  noticia de Ramón Martínez y convocó al juvenil Raúl González a su despacho. “Te garantizo que en dos años acabarás jugando en el primer equipo”. Tal garantía le disuadió de volver a la acera contraria.

Raúl le debe mucho a César Menotti; indirectamente, claro. Ángel Cappa, asistente de Valdano en aquel Madrid, presume de exportar el “modelo de explotación de cantera” que inventó el maestro Menotti en el Peñarol uruguayo. Valdano no sólo moldeó el primer equipo con adquisiciones de Quinta Avenida como Laudrup o Redondo, sino que le sacó las entrañas al club, diseccionando lo que él consideraba potable en la cantera. Convocó una serie de entrenamientos extraordinarios con los chavales más talentosos de ‘La Fábrica’’ y les impartió una clase magistral sobre los valores del Madrid.

Aquel día en La Castellana acudieron Raúl González, Luis Martínez, García Calvo, Fernando Sanz, Víctor Sánchez del Amo, Sandro, Alberto Rivera, Álvaro Benito y Guti. De todos ellos, a Valdano le constaba por los informes de Del Bosque que la voracidad de Raúl era inagotable y, en letras capitales, que “cualquier categoría le quedaba pequeña”. Fue entonces cuando llegó el amistoso de Oviedo en el Carlos Tartiere y Raúl corrió de banda a banda como si no hubiera mañana, enchufado a una pila duracell. Semanas después, viajaron a Karlsruhe para otro bolo y durante el vuelo, entre libros de instituto, Cappa le dijo que mojaría esa noche. La profecía se cumplió y aquel incómodo viaje fue el más prolífico de Valdano en años (confirmado por él) porque, de repente, había encontrado la solución al ocaso de un mito, Emilio Butragueño.

Raúl devolvió al club la tan manoseada universalidad y calló a los cachondos que se reían con aquel amable viejecito que preguntaba inocentemente “¿El Madrid qué, otra vez campeón de Europa?”. Ni chutaba fuerte, ni tenía reprís, ni cabeceaba de maravilla, ni siquiera era un aventajado en el regate. Apenas importó. Se inventó la famosa cuchara en Vallecas, le salió el gol del ‘aguanís’ en Tokio y abusó de su pillería, la que le ha convertido en el personaje más mediático en tertulias periodísticas y charlas de barra de bar hasta la irrupción de José Mourinho. Hasta Luis Aragonés se hartó en una rueda de prensa del ‘Raúl sí, Raúl no’; el madridista se desmarcó como solía hacerlo en el tapete,  sin devolver fuego cruzado.

Transcurridas dos décadas y un largo debate de trincheras entre ‘raulistas’ y ‘antiraulistas’, aquel “Ferrari” patentado por Fernando Hierro perdió la aceleración de cero a cien, pero ha continuado con un motor diesel de máxima fiabilidad. Raúl sigue gustando y se deja gustar por cualquier entrenador; aconseja y escucha a los futuros ‘raúles’ de la causa madridista; pelea en Nueva York por un puesto como lo hacía en los campos de barro. En definitiva, Raúl recuerda al genial Paul Newman de La leyenda del indomable: aquel tío orgulloso que aguantaba estoicamente cualquier desafío, por muy extraterrestre que fuese. En aquella película, Newman apostó que se comía cincuenta huevos en una hora. Si Raúl hubiese anunciado su retirada para un futuro lejano, tampoco habría vacilado. Aunque nunca presumiría, sabe dónde termina su guión: Manhattan. Eterno ’siete’, el ’siete’ en todo.

Bartomeu saca los panzer

Jueves, 11 Junio 2015

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“Si Juan Villalonga se ha adjudicado un salario de 1000 millones de pesetas, no entiendo por qué Raúl no puede cobrarlos”. Fue la justificación del ex presidente del Real Madrid, Lorenzo Sanz, al programa Supergarcía el día que el club anunció la ampliación de contrato de su estrella madrileña. Sanz maniobró antes de convocar elecciones anticipadas para ganarse el favor de la gran masa social: recién ganada la ‘Octava’ en el año 2000 y para neutralizar el aluvión de ofertas por Raúl (el presidente José Luis Núñez dijo meses antes que un abogado había ofrecido a Raúl al Barça), la directiva merengue brindó al ‘7’ el contrato de su vida con el primer sueldo galáctico del Madrid. Y sin prometer grandes fichajes, tan sólo Diego Tristán, entonces delantero de moda en el Depor, el presidente de las dos Champions anticipó el periodo electoral. El desenlace de aquellas elecciones pertenece a la memoria histórica: Florentino Pérez y 10.000 millones de pesetas trajeron a Luis Figo.

Josep María Bartomeu ha sacado la artillería pesada desde su privilegiada poltrona. Anunció elecciones por presión popular y remordimiento de conciencia, pero antes sacó el Gran Berta para intimidar a los rivales. El primer cañonazo fue la renovación de Dani Alves. Cuando todo estaba perdido, el brasileño olvidó que había rociado con napalm a la directiva días antes. La Champions de Berlín y el clamor del Camp Nou durante la noche de los festejos han convencido al lateral. Quizás haya pesado más la sugerencia de Leo Messi, amigo íntimo de Alves en el vestuario. El caso es que la incertidumbre del jugador provocó el fichaje relámpago de Aleix Vidal, velocista explosivo del Sevilla al que no le importa entrenarse sin jugar durante media temporada. Oficialmente, Alves se queda porque mudar a sus hijos de ciudad le supone un marrón de proporciones bíblicas; extraoficialmente, el Barça le ha soltado un contrato “más que interesante”, como dice Miguel Rico. Hablando en plata, Bartomeu ha evitado el runrún de la grada: querían a Alves y le seguirán teniendo.

El discurso del presidente arrancó más fuerte que el mítico de Steve Jobs en la Universidad de Stanford. Su primer bombazo fue ampliar el contrato al esquivo Luis Enrique, que durante seis meses ignoró las preguntas capciosas de los periodistas. El entrenador del triplete no podía sufrir un final dramático. Arreglado (o congelado) el lío con Messi, el vestuario había salido en defensa de su técnico. Y habría sido demasiado feo si Luis Enrique hubiese anunciado el adiós: otra convulsión inesperada en Can Barça. Instantes después de la buena nueva y habiendo tocado la fibra del soci, anunció lo que a todo seguidor le gusta escuchar de refilón, sin mucha parrafada, para poder presumir en charletas de barra de bar: el Barça firmó un contratazo con Qatar Airways y mantiene saneada la tesorería. Clin, clin, caja. Que para fichar a Luis Suárez por 81 ‘kilos’ y a Neymar por 52 o casi cien redondos (nunca lo sabremos), se necesita dinero líquido o, al menos, aparentarlo.

Bartomeu ya ha diseccionado su programa electoral, poco puede mejorarlo salvo en la relación tormentosa del club y los juzgados. Justo el dardo que ha lanzado el directivo díscolo, Toni Freixa, candidato entre bambalinas que dará guerra en este periodo electoral. ¿Y Laporta? “Es el gran mesías para acabar con el nido de yuppies  que llegó a la directiva con Sandro Rosell”, dice un ejecutivo que pertenecía a la guardia pretoriana de Laporta al principio de su mandato. Su fantasma es el despilfarro a talegada limpia, pequeña gran anécdota que los contrincantes no tardarán en escupir. Se intuyen elecciones a tumba abierta, entre la trinchera y el campo de batalla. Pero Bartomeu dirige los panzer y, excepto Laporta, el resto se huele un aplastamiento total. 

Xavi Hernández y su Rumble in the jungle

Jueves, 21 Mayo 2015

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Louis Van Gaal siempre esboza una sonrisa en cada entrevista en la que cae la pregunta de rigor. ¿Es verdad que Xavi Hernández le salvó una vez del despido? “Rotundamente sí. Lo he dicho una y mil veces. Aquel gol suyo en Valladolid lo cambió todo”. Diciembre de 1998. El Barça había sufrido cuatro derrotas consecutivas y el presidente José Luis Núñez había puesto la guillotina sobre el holandés. La noche pucelana suponía el juicio final de un Van Gaal que no había logrado introducir sus métodos como a él siempre le gusta: por succión. El club le había dado un proyecto nuevo que, al menos, amagase con ser la sombra del extinto Dream Team de Cruyff. Y una de las cláusulas tácitas (no figuraba en su contrato) suponía impulsar una Masía marchita cuyo producto de la ‘Quinta de Lo Pelat’ (Iván de la Peña) había resultado defectuoso. Xavi Hernández fue el elegido aquel verano para “dotar de alma al club”, tal como reconoció Guardiola en una de sus últimas declaraciones como futbolista azulgrana. La prensa barcelonista, en sus ansias por vender futuras estrellas, consideró al bajito de Terrasa como el discípulo adelantado de Pep. Éste lo había sido de Cruyff, y de la escuela creada, la nueva promoción estaría liderada por Xavi. Sin embargo, tardó años en macerar, a pesar de que el Milan casi le convence con 19 años para que dejase el club de su vida por una más lujosa (250 millones de pesetas por temporada y chalet en residencia exclusiva) y con la tutela de mitos como Paolo Maldini.

La historia de Xavi y sus maneras de Von Karajan datan su año 0 en la Eurocopa de Viena. O, mejor dicho, con aquel diálogo entre Luis Aragonés y su confidente Jesús Paredes, en el que el ‘Sabio de Hortaleza’ honró su apodo diciendo que la selección española jugaría a lo que quisiera Xavi. Entre las eternas discusiones de barra de bar, Iniesta aparece como el jugador más decisivo de la historia de España y Xavi el más importante de sin discusión. Años después y sin nada que demostrar, a esa diminuta CPU no le molestó que Luis Enrique le convenciese seguir como segundo plato. Su azotea sigue siendo tan privilegiada como la de Rafa Nadal, y su reto durante estos dos últimos años ha sido acabar con las malas lenguas o, hablando en plata, jubilar a sus jubiladores. En Balaídos instruyó un máster acelerado de balón durante el puñado de minutos que tomó la batuta. Rafinha tiene mucho potencial, y demasiado que aprender; Xavi ha sido hasta hoy su vademécum del perfecto centrocampista. Lo saben en la Academia catarí Aspire, que perdió un maestro como Raúl González, pero que lo va a sustituir por otro Einstein del fútbol. Porque a cualquier entrenador que se le pregunte, dirá sin pestañear que madridista y azulgrana (amigos personales, por cierto) son los más espabilados que ha dado el fútbol contemporáneo. Raúl tuvo que pelear contra aquel murmullo molesto de la calle que insinuaba que ‘nunca hacía nada’; Xavi no ha sufrido esa losa tan injusta. Venerado por el Camp Nou, es una cuestión de orgullo propio, como el Muhammad Alí pasado en años que volvió al ring para retar al púgil que más pegaba entonces. Alí preguntó a quién había que noquear para volver a ser considerado el mejor de todos los tiempos, Cuando le dijeron que George Foreman era el boxeador del momento, entonces espetó: “¡Traédmelo, que le daré una paliza!”.

Xavi también ha disfrutado de su particular Rumble in the jungle. Los pases imposibles y su visión en cuatro dimensiones envejecen con la edad, pero nunca desaparecen. Y Sergio Busquets lo sabe, por eso a veces miraba de reojo al banquillo esperando la entrada del mesías al que poder entregar el paquete, que éste ya se encargaba de entregárselo en bandeja a Messi. Frans Hoek, ex preparador de porteros de la selección holandesa en el pasado Mundial de Brasil, habla un perfecto español de sus tiempos en Can Barça con Van Gaal: “Si hubiéramos estado más rápido, Louis habría intentado persuadir a Xavi para que viniese a Old Trafford”. Y quizá esa tentadora oferta le habría hecho replantearse su amor incondicional por el Barça.  Steve Gerrard, otra leyenda que ha remado contra su jubilación, siempre lo ha tenido claro: “Hay buenos centrocampistas, otros más completos, están los top y luego Xavi Hernández”. José Mourinho se reunión con Raúl días antes de su adiós para conocer sus intenciones de primera mano y, si acaso, buscarle un resquicio para evitar su salida. No lo consiguió. Con Xavi todo ha sido más fácil: las toneladas de orgullo tragado, sin un mal gesto ni una rajada pública, le han dado un rato más de balón.

Un fondo de cartón piedra

Lunes, 2 Marzo 2015

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El Bernabéu esperaba el arreón final. Ese puñado de minutos que el Madrid convierte en vendaval, sobreexcitando a la grada y a puñetazo limpio con el rival de turno. Faltaba ese Raúl González que provocase una ocasión imposible, un córner forzado, cualquier resorte que enardeciera a las masas. Cristiano intentó imitar al eterno ‘siete’ en estímulo y la copia le salió barata. El talento del portugués es extraterrestre, pero no pega con los mitos de las remontadas. Y, precisamente, el equipo necesitaba morir matando, golpeando hasta la extenuación como el boxeador que busca desesperado el ko. No lo encontró porque el Villarreal ama el buen fútbol y no se avergüenza de tutear al Madrid (o al Barça) en sus casas: si necesita el balón, lo mueve de banda a banda; si encuentra un contraataque, sale con el cuchillo entre los dientes. El equipo de ese señor entrenador llamado Marcelino es un Real Madrid diminuto, con varios cientos de millones menos pero una propuesta grandiosa. Otros como el Manchester City o el Paris Saint Germain se construyen a golpe de talonario y se quedan en marca blanca de Mercadona. Marcelino dijo hace unos meses que estaba “harto de jugar como nunca y perder como siempre”. Ningún cronista podrá reprocharle que intentase asaltar la banca, como hizo en el Vicente Calderón.

“Si el Bernabéu no entendió el cambio de Isco, lo siento”. La pedrada de Ancelotti le retrató ante la prensa. Isco deambuló por el césped desaparecido en combate pero su chistera invita a soñar con una jugada repentina en el descuento. Illarramendi es buen centrocampista del montón con ínfulas de Xabi Alonso, y se ha quedado por el camino. El 1-1 obliga a pensar que Illarra no debió sustituir al malagueño sino a Kroos, fundido como un maratoniano en el kilómetro 42. Su gasolina diesel se ha agotado y Ancelotti no se fía de nadie cuando mira de reojo al banquillo. El italiano no para de mirar el reloj, esperando el regreso de Modric ‘el deseado’. Desde que se proclamó campeón en Marruecos, el Madrid ha ido sacando adelante sus partidos contra rivales poco puñeteros, demasiado escaparate para un fondo de cartón piedra: el Atleti le pinto la cara en Copa, el Sevilla le dio un susto de mal gusto y ante el Villarreal Casillas evitó el 1-2 en un cabezazo prodigioso de Vietto. Y la coartada de que Asenjo sacó mil y un tentáculos no es apta para los blancos. La cena de la ‘conjura’ (así lo hemos vendido desde los medios) ha quedado en anécdota de programa de Telecinco no por desgana merengue sino porque pocos osados se atreven a lucirse en el coliseo madridista.

La carrera por el clásico se ha estrechado y el Barça ya depende de sí mismo para ganar la Liga. El desplome ante el Málaga lo subsanó rápido en el Etihad; en cambio, el Madrid tiene toda la semana para hacer terapia antes de visitar San Mamés, leones heridos, pero al fin y al cabo, leones. Quizá el empate de anoche sea pasajero (también lo fue el 0-1 del Málaga en el Camp Nou), pero la única lectura indiscutible es que la Liga sufrirá más sobresaltos. De uno u otro lado. Y eso es apasionante. Como el próximo Barça-Madrid, del que muchos madridistas se contentarán con un empate y otros lo verían milagroso. Adivinar un ganador del clásico no es precisamente lanzar una moneda al aire ahora mismo.

 

 

 

El juego del Stratego

Domingo, 26 Octubre 2014

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La última vez que el Bernabéu coreó ‘olés’ en un clásico el Madrid había ganado la Liga más fácil de los últimos tiempos ante un Barça desintegrado, que cumplió con resignación el tradicional pasillo al campeón. Fue el último derbi de Frank Rijkaard, quizá el más humillante de toda su era. Es lo que pensaron Eto’o, Ronaldinho y Deco, que ni siquiera viajaron a Madrid a presentar sus respetos. Quien sí aplaudió a cada futbolista blanco, colocado a un lado del pasillo, fue Leo Messi, entonces un pipiolo que ya advertía un futuro descomunal. Aquella goleada también fue el último gran clásico de Raúl González, que ayer cogió un avión desde Qatar para recibir en su estadio otro baño de masas. Seguro que ni el propio Raúl habría imaginado a un Madrid tan descarado con el balón y osado para pagarle al Barça con su misma moneda. La batalla de estilos fue demoledora porque Ancelotti demostró al Bernabéu que su equipo maneja todas las velocidades, aunque Xavi Hernández no quiera reconocerlo públicamente: reposa la pelota cuando necesitan un respiro y sale en estampida para pegar directos como Tyson. Este Madrid lo tiene todo y la presunta grave baja de Di María la están subsanando James e Isco corriendo de arriba a abajo a pecho descubierto.

Ni siquiera el tempranero gol de Neymar desquició a los blancos. Al contrario, espabilaron con el sopapo del brasileño y da la sensación que ese grado de masoquismo sigue sobreexcitando al Madrid. Pasan las temporadas pero el gigante anestesiado reacciona furibundo a la mínima que le incordian. Casi habría sido más oportuno para el Barça tantear el resultado hasta los momentos decisivos. Pero ni en esas habría aparecido Messi, el gran ausente del clásico; en un puñado de minutos Luis Suárez demostró estar más enchufado que ninguno de sus compañeros. Parecía que se movía con una pila duracell de un lado a otro con el fin de que Messi le pusiera un balón para engatillar a Casillas. “La clave ha sido la parada a Messi”, dijo un Piqué fallón en Canal Plus a pie de campo. Bajo esa lupa de mil lentes que le observan cada partido, el capitán volvió a encontrarse a sí mismo, primero con una parada imposible ante el argentino y, segundo, volando para despejar un misil tierra aire de Mathieu. Aquellos silbidos del derbi madrileño fueron reprimidos anoche con ese ‘¡Iker, Iker!’ que tantas ganas de desempolvar tenía la mayoría del estadio. Lástima que aún haya sectores cafres que juren odio eterno.

Cristiano Ronaldo se cabreó con razón en la zona mixta de Anfield: no era un duelo contra Messi, sino un Madrid-Barça. Y se cumplió literal. Ninguno de los dos salió como un coloso del clásico; fueron los actores de reparto quienes decidieron el resultado. Por delante de todos, monsieur Karim Benzema, al que nadie se atreverá a soltarse eso de ‘empané’. Ancelotti dio en el clavo: “Benzema no necesita marcar muchos goles”. Cierto, para eso está CR7. En este equipo, el ‘nueve’ tiene que saber hacer de ‘nueve’, ‘diez’ y cualquier número próximo. Ésa es la esencia del delantero francés porque participa en cada jugada y, sólo de vez en cuando, pisa el punto de área para poner la guinda del pastel. Si el Madrid jugara con el típico delantero centro, su estilo se haría demasiado telegráfico. Por eso, ni Falcao, ni Luis Suárez, el más apto para este equipo es  Benzema, que además sabe disparar, ¡qué cosas!

El primer gran examen del año se lo llevó el Madrid porque estudió más y mejor que el Barça. Como en el juego del Stratego, Ancelotti supo colocar más soldados que Luis Enrique en cada palmo del campo. La batalla del centro del campo fue decisiva porque el eje blanco no sólo consistía en Kroos-Modric-Isco; eran ellos más James y a veces Benzema. En cambio, el tridente Busquets-Xavi-Iniesta evidenció que es una reliquia del pasado ‘guardiolista’. ¿Qué había hecho mal Rakitic para chupar banquillo? Absolutamente nada. Y mientras Busquets no esté fino y a Iniesta le cueste sacar conejos de la chistera, Rakitic se antoja imprescindible para no sufrir migrañas. A la espera de que el nuevo Barcelona se aclare, el madridismo puede leer con placer los periódicos de hoy: seis años después, su equipo volvió a aplastar al eterno rival jugando al fútbol. Simple de decir y complicadísimo de hacer si a un entrenador le ciega la tozudez. No es el caso de Carletto.

Raúl también pegó “cuatro gritos”

Lunes, 1 Septiembre 2014

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Octubre de 2001. Raúl González aparece por la zona mixta del estadio Insular de Las Palmas para justificar lo injustificable: “Tenemos que ser conscientes del escudo que llevamos. No puede volver a suceder esto”. A continuación, un periodista escupe la tan ansiada pregunta: “¿Crisis?”…”Para nada, Esto se resuelve hablándolo en el vestuario y, si hace falta, gritándonos”. El Madrid acababa de recibir cuatro bofetones de Las Palmas y la prensa ya no cuestionaba la presencia de Zidane en aquel ridículo debate sobre si el francés empeoraba el juego del equipo. Vicente Del Bosque no acertaba con un once tipo y los reporteros que cubrían la actualidad merengue sospechaban que el equipo se despistaba por falta de entrenamiento y, sobre todo, actitud, esa palabra que desangra al Madrid cuando corre como la pólvora entre el público.  Caprichos del fútbol, Casillas participó en el desastre pero las críticas no le ametrallaron a él en ese preciso momento: tardó varios meses más en perder la titularidad en favor de César por un aparente bajón de forma. Aquella noche Casillas ignoró los micrófonos porque, sencillamente, no era su responsabilidad dar la cara ante el madridismo.

Ayer sí salió a la palestra el capitán que anhelaba el club. La estrepitosa actuación del Madrid galáctico 2.0 (qué daño hizo ese apodo, según Raúl) ha convulsionado las ilusiones de una afición que presumía de la mejor plantilla de la historia, en el estricto sentido de la expresión. El presidente sabe cómo ganarse a las masas en la arena del circo y, por eso, necesita más cromos que sobreexciten a la gente. Falcao era la última estrella en el desfile de la alfombra roja, pero Florentino Pérez no quiere ampliar el vestuario con más egos. Hoy mas que nunca, las puestas de largo de Kroos y James quedaron en el olvido cuando el club decidió tullir al equipo con las ventas de Di María y Xabi Alonso. Pero “por dinero no va a ser”, como dijo el ex presidente efímero Fernando Martín, el célebre ‘Martinsa’. Anoeta contempló el desequilibrio monumental de un equipo que jugó como uno de fútbol americano: el ataque por un lado y la defensa por otro en departamentos estancos.

Falta un nuevo Makelele que se embarre con el trabajo sucio; Xabi lo hacía con elegancia y Khedira acabará siendo el elegido porque Ancelotti, ante todo, tiene sangre italiana y sólo entiende el espectáculo a partir de una defensa acorazada a prueba de balas. La de ayer fue más blandengue que la mantequilla y no sólo porque Ramos y Pepe no sacasen sus respectivas trilladoras: las jugadas a balón parado se entrenan hasta la saciedad y no parece que los madridistas se hayan esmerado mucho en practicarlas. Más bien, parecían cuatro jugadores que se juntan en el homenaje de algún compañero o en aquellos ‘Partidos contra la Droga’ en los que se marcaba una docena de goles. Si la Real Sociedad clavó cuatro después de ser fulminada en la Europa League tres días antes, qué no hará la apisonadora que ha construido (mejor dicho, comprado) Mourinho o el City de Agüero y el inminente Falcao.

Pero volvamos a Casillas. Ha perdido el santo que le sacaba manos prodigiosas donde nadie más llegaba y cada gol o mala salida se compara de reojo (o descaradamente) con lo que hace Diego López. Mal día para dejar de fumar, entonces: López detuvo un penalti en Milán como un felino instantes antes de que empezara el sainete blanco de la defensa. A Iker le urge un puñado de partidos que evoquen esos que Ronaldo el ‘gordito’ y él solventaban durante la época galáctica. Hasta que lleguen, el público seguirá murmurando si el portero pudo o no hacer algo más en cada gol. Sin embargo, tampoco es plan de debatir la génesis de este Madrid: no estuvo Cristiano Ronaldo, que seguirá siendo medio o casi todo el Madrid un año más. Y si Casillas cree que la caja de Pandora se cierra con pegar cuatro gritos en el vestuario, esperaremos acontecimientos. Raúl lo creyó y su Madrid acabó ganando la Novena.

 

El hombre que nunca traicionó su camiseta

Sbado, 12 Julio 2014

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A Florentino Pérez le entusiasmó que Fernando Hierro, Raúl y Mijatovic viajasen a la final de Lisboa como emblemas del Real Madrid. No sólo eran historia viva, tampoco simples motivadores de un vestuario que se jugaba el éxito o el fracaso en un solo partido. No, el presidente por fin entendió que a las grandes figuras había que cuidarlas y que en su mano estaba reparar el prestigio dañado en el pasado. De Florentino siempre se ha dicho que no tuvo ningún tacto para despedir a futbolistas convertidos en mito por el madridismo: con Hierro protagonizó la noche de los cuchillos largos instantes después de ganar la Liga del 2003 al Athletic en el Bernabéu. Al capitán todavía le escocía el trato de la directiva a su amigo y compañero Fernando Morientes, quien se mantuvo en la plantilla por petición expresa del propio Hierro y Raúl durante una conversación con Florentino en Mónaco en agosto de 2002. La maldita noche empezó con una bronca entre el malagueño y Jorge Valdano, entonces director deportivo, dentro del vestuario del coliseo merengue. El argentino les obligó a salir al césped a celebrar la Liga con la grada y Hierro poco menos que le mandó a esparragar. Horas después, las caras largas en el Mesón Txistu provocaron la chispa que hizo saltar todo por los aires: Hierro y Del Bosque despedidos, y Morientes cedido al Mónaco días después.

Tampoco Raúl tuvo la despedida de sus sueños. Dieciséis años de servicio blanco quedaron reducidos a una fría despedida durante una mañana de julio, y una rueda de prensa seca y sin apoyo institucional. Mourinho le pidió que se quedara para exprimirle sus dotes de liderazgo y eterna comunión con la afición, pero Raúl sabía que las heridas de guerra tardarían demasiado en cicatrizar. Guti, capaz de lo mejor y lo peor, tampoco se marchó en loor de multitud; casi siempre en el alambre, la prensa le había anunciado fuera del Madrid casi todos los años. Fue su talento lo que siempre le salvó. Claro que si con Raúl apenas se acicaló la sala de prensa, a Guti no se le iba a agasajar con la menor intención desde el club. En cambio, Zidane, uno de los hombres del presidente, sí tuvo su partido de homenaje: no fue ningún amistoso, ni siquiera un trofeo Santiago Bernabéu. El club aprovechó su anunciada despedida para rendirle tributo en el último partido liguero del 2006 en casa contra el Villarreal. El estadio se llenó y Zizou fue sustituido sobreexcitado por la fiesta. Por último, Manolo Sanchís, capitán de capitanes, declinó la oferta a un homenaje en 2001. Él fue el primer mito que se retiraba en tiempos de Florentino y fue Butragueño, ya directivo blanco, quien le llamó de parte del presidente para sugerirle una fiesta por todo lo alto. Sanchís, poco dado a fastos multitudinarios, no quiso su partido y el Madrid le brindó un pequeño gesto sobre el césped al término del último partido contra el Valladolid de la temporada 2000-2001.

Estos jugadores habrían merecido sendos amistosos, como sí los tuvieron Hugo Sánchez y ‘el Buitre’. Quizá por ello, Florentino con los años se ha dado cuenta que a los protagonistas de la historia centenaria del club hay que mimarles. Raúl recibió su homenaje el verano pasado, tarde pero muy cuidado. Incluso, el Rey Juan Carlos acudió al palco de honor a abrazar al ‘7’. Y Hierro no se vestirá de corto pero podrá disfrutar de una vuelta más emotiva: dirigir al equipo a las órdenes de Carlo Ancelotti. Experiencia en el banquillo apenas tiene, por eso viene como aprendiz. No obstante, sus pinitos después de colgar las botas han sido casi perfectos: como director deportivo de la Federación manejó extraordinariamente bien la transición entre Luis Aragonés y Del Bosque (fue Hierro quién eligió al actual seleccionador). Y en un Málaga arruinado convenció al jeque Al-Thani para que pusiera al frente del despacho deportivo a su amigo Antonio Fernández, quien construyó las bases del ‘EuroMálaga’ con Van Nistelrooy, Baptista, Isco, Joaquín, Toulalan, etc.

Hierro es puro madridismo porque nunca traicionó su camiseta. Su jerarquía en el vestuario pudo gustar (Raúl) o irritar (Iván Campo), pero siempre fue indiscutible. Cuando prensa y afición murmuraron que sus días de gloria tocaban a su fin, dejó su cuerpo en manos del mejor fisioterapeuta, Pedro Chueca, para que se lo devolviera con un motor diesel. Y funcionó. Su astucia le ha permitido cuidar su imagen pública, la de no delatarse como un hombre vengativo y rencoroso por el pasado. Jamás habló mal del Madrid, directamente lo ignoró. Sin embargo, no ha querido cortar de cuajo ese cordón umbilical: junto a Sanchís ha presidido en estos años la asociación de veteranos, con partidos por medio mundo y los Classic Match del Bernabéu. Ancelotti le ha pedido como sustituto de Zidane porque es un tipo que entiende los vestuarios donde se amontonan tantos egos. Y con el añadido extra de que Sergio Ramos, Pepe y, sobre todo, Varane, tendrán en unos días al profesor más laureado de su asignatura. “Con Hierro se puede hacer un máster acelerado de cualquiera cosa, pero los centrales se van a frotar las manos”. Palabra de Manolo Sanchís.

El secreto mejor guardado del Bernabéu

Domingo, 25 Mayo 2014

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Fernando Hierro confesó a Mijatovic en Lisboa que intuía un “papelón” de Sergio Ramos en la final. “Tiene adn madridista porque jamás hinca la rodilla”, le dijo al montenegrino. Y Ramos cumplió la profecía más de lo que Hierro habría imaginado. Él nunca marcó en una final de Champions, tampoco le hizo falta. Pero estaba escrito que el Madrid de esta Champions se tenía que agarrar al espíritu de Juanito, hoy reencarnado por el sevillano. Y al estilo de Hierro, entrando como una exhalación en el área, condenó al Atleti a un final cruel, merecido pero al fin y al cabo cruel. Ramos no es el capitán pero casi, lo sabe Iker Casillas, al que le bastaron tres segundos para susurrarle al oído que era el “puto amo”. También lo tiene presente Cristiano Ronaldo, amigo del camero y que suele comentar a sus amigos futbolistas portugueses que es el mejor defensa con el que se ha juntado. La Champions le debía una, o dos, o tres, o cuatro, o quizá una década de decepciones y mofas populares como el penalti que tiró al limbo delante de Neuer. El hundimiento fue tan brutal que Ramos tomó el ejemplo motivacional de Iniesta (“Te caes, te jodes, lloras y te levantas”) para emprender una carrera desenfrenada hasta la Décima.

El madridismo sospechoso de Ramos aclaró sus dudas durante la noche fatídica del Dortmund, en la no remontada del Bernabéu. Marcó el segundo gol, jaleó a su equipo, levantó a la grada y lloró desconsolado cuando el Madrid quedó oficialmente noqueado por undécimo año. Demasiados accidentes, demasiadas desgracias, la obsesión permanecía incrustada como una astilla puñetera. En el estadio Da Luz faltaron noventa segundos para que el club volviera a incendiarse con napalm; el enésimo Apocalipsis iba a ser insoportable, sobre todo por haber estado a punto de morder el polvo contra un Atlético grande, que ha recuperado respeto y prestigio después de un par de décadas sufriendo como el hermano pequeño al que el mayor daba collejas cuando le apetecía. Y en ese minuto 93 Ramos, que llevaba rato de delantero centro, se levantó en suspensión a lo Air Jordan y ejecutó un remate de escuela, de los que gustaban a Fernando Morientes. En la colección de héroes de nuestro tiempo, la Séptima tuvo a Mijatovic con su único gol de aquella edición; la Octava a Anelka y su redención ante Oliver Kahn; la Novena a Zidane con una volea antológica y la Décima los huevos de Ramos, tal como a él le gusta repetir.

Ramos tiene un aire a Raúl González en arrojo, bemoles y verónicas con el capote. Siempre da la cara ante la prensa cuando toca comerse el marrón y, gane o pierda, nunca suspende en actitud. Llegó del Sevilla en plena maceración y Monchi, director deportivo sevillista y maestro cazatalentos, no se equivocó cuando insinuó allá por 2005 que “Ramos sería el futuro de España”. Desde luego, la ‘Roja’ se desvive por él tal como lo hizo por el eterno ‘siete’; y el Madrid también le ha encontrado sitio en el pedestal de los intocables. Hablar de leyenda todavía es una locura, pero es cierto que un Sergio Ramos campeón mundial y de Eurocopa chirriaba sin una Champions en el palmarés. Pero al club no le importa tanto su talento como su docencia del decálogo madridista: aprendió la génesis del Madrid y las pautas de comportamiento que exige vestir esa camiseta. Así se lo hizo saber a Mourinho y, por eso, le costó más de una bronca pública con el portugués. Ramós no es ídolo del Bernabéu porque agite la mercadotecnia o entre en quinielas de Balón de Oro. No, él sabe que rebañar un balón en carrera o rematar un cabezazo imposible es lo que arranca el aplauso de la grada. Ahí se oculta el secreto mejor guardado del Bernabéu que gente como Raúl, Casillas y Ramos conocen.