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Zidane, gestor de egos

Lunes, 30 Mayo 2016

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“Asegúrate que el Real Madrid esté bien metido en el ataúd con los clavos bien clavados. Y, después, húndelo en el fondo del mar rodeado de una cadena con varios candados, porque si no….”. No es poesía de Manuel Jabois o David Gistau, dos de las plumas más brillantes del cáustico panorama periodístico, sino de Emilio Butragueño, cuyo arte de soltar párrafos cuadriculados y de manual a veces es rompedor. Por supuesto, no lo dijo delante de ninguna cámara, era el sentimiento unánime en el aeropuerto de Milán de los madridistas de pura cepa, los que vivieron un tiempo en el que el Atleti tenía instinto depredador. Recuerdo que durante mi primer año de universidad, en pleno éxtasis merengue en Europa (‘Octava’ y ‘Novena’), el maestro Santi Segurola sugirió una frase inmortal: “Gane o pierda, el Madrid maneja como nadie los tempos de la Champions”. Y salvo la época ominosa de la crucifixión en octavos, Segurola no mintió. Es el torneo que redime cualquier pecado, y el Madrid suele cometer un buen puñado cada temporada; es las sala previa a la morgue o la salida del hospital. El Elíseo o el Apocalipsis, sin término medio.

El Madrid disfruta jugándosela sin red, asomado a un precipicio del que siempre sabe recomponerse. Y la abismal diferencia entre dos años en blanco y dos Champions en tres temporadas sólo sucede en el club más ajusticiado de la historia. La lectura más merengona de este lunes es que llevan las mismas Champions que el Barça en su ciclo más triunfal, el que empezó con el Dream Team de Cruyff. Las odiosas comparaciones son el único barómetro que tiene el fútbol para aplaudir o atizar a alguien. Por ejemplo, a Zinedine Zidane, al que su presidente rescató de un insípido empate en La Roda con el Castilla para sofocar el conato de rebeldía contra Rafa Benítez. Decían en Valdebebas que el francés no era buen estratega, que no tenía suficientes cicatrices de guerra para dirigir el Acorazado Potemkin de Mister Rafa; los buenos en La Fábrica se llamaban Luis Miguel Ramis y Santi Solari. Quizá sí delante de una pizarra, pero Fabio Capello, un sabio, descubrió la esencia del banquillo más parecido a la silla eléctrica: “Entrenar al Madrid es gestionar a sus estrellas. Es lo primero y casi único”. Y eso que el italiano domaba los egos aplicando tácticas siderúrgicas en las que un destello improvisado causaba una bronca de proporciones bíblicas. El caso más laxo siempre ha sido el de Vicente Del Bosque, quien olvidaba la mano dura y las peroratas al son de ‘A jugar como vosotros sabéis’. Zidane se ha movido por instinto, pero no olvida sus influencias de Turín. Es el único argumento que explica su acertadísima predilección por Casemiro y la arriesgada decisión de retrasar líneas el pasado sábado, cuando pudo reventar la final antes del descanso.

Zidane merece su continuidad porque la plantilla todavía le ve en un póster voleando la ‘Novena’ de Glasgow. Y porque a Cristiano le trata como un divo, a Bale le permite sentirse velocista de 100 metros, y Benzema es el alumno aventajado que Aristóteles vio siempre en Alejandro Magno. Ni una rajada en la sala de prensa, ni un incendio gratuito; Zizou no suelta carnaza a la prensa porque no le interesa ni tampoco sabe ejercer como el personaje más teatral de Mourinho. No obstante, le recomendaron esbozar media sonrisa y enterrar el gesto arisco con el que hacía roulettes en el césped y hablaba fuera del campo. Ahora es un tipo simpático que no se altera, ni siquiera cuando Piqué cabecea a la basura otra Liga para el Madrid. En enero reseteó el vestuario y preparó una pretemporada de invierno para desentumecer músculos, como las que acostumbran los equipos nórdicos y rusos en La Manga. Fue el físico lo que mantuvo con vida al Madrid en San Siro, ese último reprís que acobardó a Simeone en la prórroga. Bale se había exprimido como nunca; Modric acabó jadeando como un maratoniano en meta y Casemiro todavía buscaba más tralla, ¡qué proeza de la genética! Queda Zidane para rato porque no molesta en la planta noble, ni sufre ataques de entrenador. Pero, sobre todo, el entrenador sigue siendo el galáctico del presidente que escribió ‘Sí, quiero’ en una servilleta.

La maldición de Aquiles

Viernes, 27 Mayo 2016

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Milán espera al nuevo César entre la mística del #Nuncadejesdecreer y el flagrante debate de ganar o fracasar. Como una partida de ajedrez, Simeone ha entrenado al equipo en secreto para detener el contraataque del Madrid; intenta buscar la kryptonita contra ese arma de destrucción masiva de la que no presumen los blancos. Quizá por miedo a traicionar la historia del club o a evocar la era Mourinho, ningún mito merengue ha alardeado de un estilo que el portugués puso en sospecha. No debe sonar caballeroso que el Real Madrid disfrute del pim, pam, pum, cuando los últimos tiempos, exactamente desde Ronaldo Nazario, han delatado que el Madrid es mortífero devolviendo golpes y no con ese fútbol hegemónico con el que tanto se le llenaba la boca a Xavi Hernández. “Una final de ida y vuelta, con poca posesión y demasiados robos”, dice Pedja Mijatovic, acostumbrado a otros tiempos en los que sólo Luis Aragonés confesaba delante de una cámara que su Atleti jugaba a contraatacar con Futre, “lo demás, tonterías”. Curioso cuando el ‘Sabio de Hortaleza’ ha pasado a la posteridad por el tiki-taca de la Eurocopa 2008.

Simeone arma y desarma contraataques, y está blindando un cerrojo para que el Madrid se encuentre enfrente el Fort Knox. El experimento se convirtió en costumbre y los blancos casi siempre se han inmolado en ese laboratorio; ‘casi’ porque no fallaron el día D. El mundo colchonero puede seguir girando sin porque el primer mandamiento ‘cholista’ se ha vuelto a cumplir: terceros y clasificados para la siguiente Champions. Más allá todo es festival. Por eso, como escribía Roberto Palomar en Marca, “en el cholismo perder es ganar”, sin depresiones, sin acabar tumbado en el diván de un psicólogo. Es el atajo más rápido para sacudirse la presión. Porque si hay un club que debe cumplir no es el Atleti. Allí hay que estar mal de la chaveta para susurrar la palabra fracaso; y más, sabiendo que este Atlético no hace demasiado tiempo perdió contra el Albacete en Copa para bochorno del Calderón y de Goyo Manzano, inmediato antecesor del universo Simeone. Es el Madrid quien juega la final sin red, asomado al abismo al que se arriesga un funambulista. “Ganar o morir, y así cada año”, espetó Bernd Schuster pocos días después de ser despedido por el ex presidente Ramón Calderón. Y tiene razón el alemán: al Madrid le sucede como a Aquiles, que su gloria y su maldición caminaron juntas en Troya, separadas por una delgada línea roja.

La Champions eclipsa todo, es el quinto elemento. Bien lo saben en Barcelona, donde esperan ansiosos (aunque no lo reconozcan) a la gesta de su hermanado Atlético. Es la prueba indiscutible de que Madrid y Barça son vasos comunicantes: que el doblete sea histórico o anecdótico depende de los blancos. Explíquenselo a un marciano. Dicen que ésa es su grandeza: conquistar San Siro o fracasar, sin término medio. Suena durísimo, pero es la presión tan “única y exclusiva” de la que hablaba Arbeloa en los días de su despedida. Hubo un tiempo en el que a Roger Federer le exigían ganar todos los Grand Slam, cualquier otro resultado se olvidaría rápido. Noventa minutos dirán si el Madrid necesita una catarsis drástica para salir de un desierto de dos temporadas o desde el permanente epicentro del huracán farda de dos Champions en tres años. De cero a cien en lo que dura un chasquido de dedos; es el Ferrari imposible de controlar.

Así de injusto, así de real

Lunes, 9 Mayo 2016

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De repente cayó el Atleti. Con grilletes en las botas tras la batalla de Munich, el Levante emuló a aquel descendido Hércules que en la Liga del 97 mandó al Barça de Ronaldo (sin Ronaldo) a la lona. Un aspirante menos para un título que los azulgranas han alargado demasiado. En el vestuario rojiblanco la consigna no era proclamar la Liga; al fin y al cabo, su misión era subir al podio y permanecer en el torneo de los mayores, en la Champions. Nadie se sorprenderá, entonces, de que hayan tirado sus opciones al retrete. Perdieron, como dijo Koke, porque no tuvieron la misma intensidad de los diez primeros minutos; la intensidad es el primer sacramento de un equipo que violó el segundo: el esfuerzo no se negocia. En las charlas de barra de bar se comparte el concepto de ‘cholismo’ que definió Roberto Palomar en MARCA: “Perder significa ganar”. Cierto.  No hay fracaso en la temporada del Atleti porque no se le exigen copas. Y Simeone usa ese disfraz delante de las cámaras porque se siento cómodo sin asomarse al abismo.

Roger Federer silenció las críticas que le incordiaron hace 2 temporadas cuando batió a Andy Murray en la final de Wimbledon 2014“Parece que todo lo que no sea ganar, es un fracaso; y eso es bastante duro”, sentenció el suizo después de levantar su decimoséptimo Grand Slam. Es la diferencia del Barça y el Madrid con el Atlético. Johan Cruyff motivó el debate y Guardiola lo confirmó: los azulgranas están en esa tesitura en la que perder es fracasar. Y si el equipo más perfecto de los últimos tiempos no ha llegado a la final de la Champions, el doblete (casi nada) se reduce a una escasa guarnición. Así de injusto, así de real. La memoria del fútbol quema capítulos a tal velocidad que la heroicidad del triplete quedó para las videotecas. La gente recordará que Luis Suárez se reivindicó como mejor goleador del año; una liga más para este Barça que las engulle a puñados sólo es una mera estadística. Así de injusto, así de real. Por cierto, los ansiosos de la segunda edición del ‘Tamudazo’ no se han detenido a pensar ni un segundo que este Espanyol no tiene ni a Tamudo ni a De La Peña. Son unos pericos de Hacendado.

Si al Barça le esperan con la recortada en la esquina, el Madrid vive en un Apocalipsis permanente. En diciembre era el ejército de Pancho Villa (comparado con los culés, claro) y  hoy le quedan menos de veinte días para triunfar con el enésimo proyecto faraónico. O todo o nada. Ganar en Milan o morir. Es la “exigencia absoluta que distingue al Madrid”, tal como dijo Arbeloa ayer a pie de campo. Los blancos usaron al Valencia como pista de pruebas y no derraparon del todo porque Kiko Casilla detuvo cuatro balones imposibles. Bueno, el árbitro y él. El portero catalán ha esperado a la penúltima jornada para convencer a Zidane de que no urgen porteros nuevos este verano. Keylor puede eclipsar a De Gea, y Kiko asume con paciencia estoica que lo suyo son la Copa y las migajas ligueras. Pero si en un par de partidos falla o, dicho simplonamente, no para, se le cambia y punto. Así de injusto, así de real.

Los puñetazos de Tyson

Mircoles, 13 Abril 2016

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Con la pegada de ‘El Terror del Garden’, el Madrid se metió en semifinales. No baila al blues del Barcelona ni presume del bloque granítico del Atlético de Madrid, pero los puñetazos de Tyson sólo se ven en el Bernabéu. A falta de jugadas de videoteca, al equipo le basta con una ráfaga de metralla, un pim, pam, pum para noquear al esparrin que suba al ring. Zumbar al Wolfsburgo era una obligación, pero cualquier otro semifinalista exige picar en la mina. Hablando en plata, que Bale y Cristiano (sí, el ‘Bicho’), no se queden pasmados arriba cuando el resto sufre con el agua al cuello. Dicen que es una remontada histórica porque los últimos intentos habían frustrado el espíritu de Juanito; en ese caso, aceptamos pulpo como animal de compañía. Fue la comunión del semidios del madridismo con la grada; del sospechoso runrún a la ovación más atronadora; del hay que  venderle por una pasta gansa a CR7 forever.  Y aunque la odiosa comparación con Messi le hierva la sangre, el portugués arrasó el debate de la calle, si es que aún lo había: sí, es el mejor futbolista de la historia del club, que no significa que sea el más importante. Porque ahí entran los folclóricos con Di Stéfano y los puristas de Raúl González.

A Cristiano le preguntaron en zona mixta por qué nunca descansa. “Estoy bien, no hay motivo para parar”. Lo dice el mejor profesional de su oficio; entregado al culto de su cuerpo mañana, tarde y noche; obsesionado con romper la barrera del sonido y sacudirse las habladurías de segundón. Un ex peso pesado del vestuario cuenta que durante las dos primeras temporadas de Mourinho, su fijación con ser el número uno llegaba a límites insospechados. Por ejemplo, estar cenando durante una concentración viendo al Barça en televisión, y tirar la servilleta al suelo instantes después de un gol de Messi. Y aunque su egolatría le ha causado odios por muchos campos, ese ansia de superación mantiene su voracidad de tiburón blanco, sin que ningún Jefe Brody lo arpone. Hace dos semanas encasquilló demasiados fusiles en el Camp Nou, anoche le demostró a Florentino Pérez una teoría peligrosa para un club de casi 600 millones: el Madrid es Cristiano por tierra, mar y aire. Y sin él, se asoma al Apocalipsis. Aunque lo misma dirán los merengues del Barça sin Messi. Sólo la estrella lusa podía evitar el cataclismo del club y las supuestas terribles consecuencias en la planta noble del Bernabéu.

Por cierto, partido horrible del Madrid que le vale para tumbar al Wolfsburgo que todos querían. Suena de chiste que la ida acabase en zozobra con una defensa que, lejos de tener fiabilidad alemana, se parece al cartón piedra. Demuestra que la psicología de los blancos necesita un buen rato de consulta en un diván. Cuando quiere y no se distrae, pasa por encima como una apisonadora, pero de repente viene el Málaga y le hace un brete. Lo decía el mítico Raúl en una entrevista con Jorge Valdano, “no sé por qué, pero la Champions nos evadía de todo. Y eso era muy peligroso”. Al fin y al cabo, desde que se extinguió la ‘Quinta del Buitre’ y su récord de cinco Ligas, el Madrid se ha acostumbrado a jugar a la ruleta rusa: o Champions o hecatombe. Sin término medio. Pero se divierte como nadie jugando a ser funambulista sobre el alambre.

Gareth se reencontró con Bale

Lunes, 21 Marzo 2016

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Noche ciclónica en el Bernabéu. Un alto directivo de la planta noble insiste en que “el mejor Bale es el as que se guarda en la manga Zidane”; no en vano, hasta su última lesión contestó con goles a toda esa corriente mediática que le restriega su P.V.P de 91 millones. Es un galáctico que necesita cuidados intensivos, una puesta a punto casi perfecta que evite amagos de contracturas, roturas o cualquier tipo de calambre muscular. Su preparación se asemeja a la de un velocista del hectómetro; de ahí, su zancada descomunal y la tensión en esos muslos de chicle para lanzar tomahawks inteligentes. A Steve Mcmanaman le llamaban Steve  por su carácter bonachón dentro y fuera del campo; Bale ha sido Gareth demasiado tiempo. Steve acabó complaciendo al Bernabéu hasta retomar el nombre y talento de aquel ‘Macca’ que surcaba la banda de Anfield con regatos y fintas, mientras que el tímido Gareth  se ha reencontrado con el torpedo Bale que puso patas arriba White Hart Lane. 

Le ocurre como a Will Smith en su papel de Hancock: derrocha poderes sobrehumanos sin nadie que se los corrija. Ancelotti consiguió por momentos controlar su hipervelocidad encorsetándole en la banda derecha, con esprines que no sobrepasaban la línea de fondo. Pero esa camisa de fuerza le inhibió de momentos antológicos como su carrera de medio campo en Mestalla, delante de la cara del impotente Bartra. Bale no tiene la cintura de avispa de Arjen Robben, que le permite amagar por fuera y adentrarse por el balcón del área. Pero tampoco lo necesita porque el defensa nunca sabe si se embala en la autopista o conecta el proyectil.

El Bernabéu suspira por esa conexión Bale-Benzema-Cristiano, tan comercial como poco práctica. Hasta el momento, demasiados cuentos chinos para una delantera de la que apenas se recuerdan jugadas de videoteca. Por supuesto, el Sevilla rompió con el pesimismo de una grada que no entiende cómo un vestuario tan bestial sufre en Granada, casi pierde en Málaga y no da una a derechas en los últimos derbis. El primer gol del Madrid demostró que Bale no arrastra una pata de palo en la derecha, y que el tópico de que Benzema sólo sabe fabricarse la jugada desde fuera del área es pura farsa. Quizá no tenga el salto gimnasta de Falcao ni el aguijón de Lewandowski (o sí), pero si su cabeza se lo permite y deja de pensar en el limbo, es el delantero nacido para jugar en el Real Madrid. Cristiano siempre insiste en que Karim es su “mejor socio” y cuando raja ante la prensa de que sufre en el campo cuando no están los mejores, su verdad no es políticamente correcta. Pero tiene más razón que un santo. Porque no es lo mismo poner un balón al espacio a Bale para que reviente un contraataque, que cedérsela a James y rezar para que salga cara y no cruz; porque no es lo mismo que Benzema escurra la jugada en un par de toques limpios, que ralentizar el ataque con el pegamento que suele llevar Isco en la bota. El 4-0 no fue el mejor partido de la temporada por chutar catorce veces a portería, sino porque al fin se vio ese vendaval que arrolla con todo a su paso. Y Zidane, que entiende que teledirigir su mito desde el banquillo es casi imposible, va ejerciendo de entrenador práctico, y si tiene que blindar al equipo en el Camp Nou con Casemiro, se olvidará del fútbol de Billy Elliot tan acostumbrado en su época.

Plan Renove

Lunes, 29 Febrero 2016

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Plan renove. Fue la expresión que utilizó Lorenzo Sanz cuando le preguntaron por la caótica temporada que borró de un plumazo a la pareja Valdano&Cappa. Aquel Real Madrid necesitaba fumigar el vestuario y nombrar a un general con puño de hierro. El elegido fue Fabio Capello, que entonces exigió sus fichajes uno por uno y, de paso, cobrar una peseta más que el futbolista mejor pagado de la plantilla. A Florentino Pérez no le gusta ser tan contundente delante de las cámaras porque, como presidente de una multinacional del Ibex 35, conoce el terremoto que origina cualquier decisión drástica. Mejor actuar entre bambalinas, preparando la lista negra mientras el Kalashnikov de Zidane guarda la última bala en la recamara: un disparo sólo apto para el mejor de los francotiradores. Y no parece que Zizou esté bien adiestrado para la misión. Varios ex jugadores merengues suelen comentar las lagunas tácticas del entrenador y deslizan en los cenáculos periodísticos vía Mesón Txistu y Asador Donostiarra que ahora mismo el técnico con más vocación es Luis Miguel Ramis, sucesor de Zidane en el Castilla.  Pero tampoco tiene experiencia, ni siquiera un nombre marketiniano que ayude a vender portadas. Su única oportunidad de entrenar al primer equipo empieza y acaba por ser un mero apagafuegos, como un desconocido llamado Vicente Del Bosque, coordinador de la cantera de la Ciudad Deportiva de La Castellana, durante la década de los noventa.

El club más rico de la lista Forbes ejecuta un plan económico anual digno de estudio en universidades como Harvard o Stanford, y toma decisiones deportivas como si las charlara en una barra de bar. Zidane no estaba preparado antes de Navidades, pero el hartazgo del vestuario con Rafa Benítez precipitó su ascenso. Él, por supuesto, anunció que estaba preparado; el gremio de entrenadores todavía le veía en un póster voleando el gol de la Novena. Y ha sido Simeone el que ha acabado por incendiar las discusiones de salita y redes sociales. De repente, el equipo siderúrgico de estilo plomizo maniató al fino estilista hasta ponerle una camisa de fuerza. Acorralado en un callejón sin salida, sin intercambio de posiciones o cambio de pizarra, el Zidane más impulsivo confió en Borja Mayoral para conjurar la primera gran noche de Raúl González o, a escala inferior, de aquel José Luis Morales que levantó al Bernabéu en un derbi. Cualquier acto de fe que comulgara con la grada. La conclusión es que este Madrid presume de una  alfombra roja de Hollywood en la que los actores se quieren lucir en su photocall más personal. Manolo Sanchís resumió el debate futbolístico en una declaración: “El equipo que más media puntas tiene no juega con ningún media punta”. Isco y, sobre todo, James quedaron señalados porque, hablando en plata, es complicado jugar andando. No hay más preguntas, señoría.

El Bernabéu se cansó de buscar muñecos de pim, pam y pum, y se giró al palco. Ya no había un Ancelotti o Benítez de turno en los que descargar la bilis, y Zidane tampoco merece la guillotina en tan poco tiempo. El presidente ha repetido innumerables veces que sólo convocará elecciones si los socios se lo reclaman; la advertencia en el derbi fue el primer aviso. Con o sin elecciones,  y con o sin otros candidatos. la reestructuración se intuye absoluta. Por ejemplo, una dirección deportiva que detecte por qué no hay un lateral izquierdo que sustituya a Marcelo; o un delantero centro a la vieja usanza que resuelva un plan ‘B’ o ‘C’. Sin profesionales que se dediquen a rastrear el mercado y olfatear futuras promesas, no suena tan descabellado que Cristiano Ronaldo pegue esos fogonazos de proporciones bíblicas. No le falta razón en lo políticamente incorrecto: “Faltan los mejores y la pretemporada está mal planificada”. Radiografía perfecta de un enfermo. El Madrid, no Cristiano.

Disparen al pianista

Lunes, 1 Febrero 2016

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Alfombra roja para el Real Madrid. La orgía perfecta para saciarse con un Espanyol hermano, tullido sin Caicedo y Asensio, y demasiado sedoso para dar patadas. Si el antiguo Sarriá fue considerado un ‘Mini Bernabéu’, el coliseo merengue fue un colegio mayor donde el hermano pequeño sufrió la novata anunciada; recibió collejas hasta que el Madrid lo consideró abusivo. Mérito merengue por no vacilar delante de la portería y culpa de Galca por no mentalizar a su vestuario como si no hubiera mañana. El miedo de los socios es que estas goleadas no amortizan la entrada, al menos las segundas partes, porque cualquier resultado que no sea un saco de goles suena tremendista. Y con la distancia tan abismal que ha puesto el Barça por medio, a los blancos sólo le quedan dos salidas: aferrarse a la nueva campaña del ‘Clavo Ardiendo’ del diario AS o utilizar la Liga como banco de pruebas para pelear la Champions. Es el destino del funambulista: un Madrid inseguro sobre el alambre que sólo dispone de un torneo para evitar el abismo. Una bala en la recámara que sí ha sabido utilizar en su historia contemporánea. No en vano, todas las Copas de Europa a color llegaron sin salvavidas.

Y otra semana más dando la barrila con Cristiano Ronaldo. Los mentideros merengues dicen que su obsesión por esculpir su cuerpo de culturista le ha mermado en agilidad y velocidad. Él responde abofeteando todos los argumentos menos uno: hace tiempo que no decide en grandes veladas. Roma y Atleti aclararán si Cristiano es digno de una venta millonaria este verano o merece seguir en la comparación con Leo Messi. Al fin y al cabo, ya hay demasiados madridistas que aplauden sus goles desde la grada y despotrican de él los lunes en la oficina. Es el maniqueísmo que persigue al Madrid: ganar o fracasar; la ‘Undécima’ o el famoso plan renove que acuñó Lorenzo Sanz para dar boleto a Jorge Valdano y comprarle a Fabio Capello una plantilla a su medida. Con los blancos el futuro inmediato es más imprevisible que el de Marty McFly: de repente se puede encontrar en la final de San Siro o escuchando una incesante catarata de entradas y salidas, unas reales y la mayoría inventadas, que para algo es el negocio más rentable del periodismo de este país.

Suena curioso que en noches tan plácidas Rafa Benítez siga siendo el muñeco del pim, pam, pum. Da la sensación de que el vestuario necesita hacerle vudú delante de las cámaras. El último fue, precisamente, Cristiano en MoviStar Plus: “Nos hacía falta trabajar más: la pretemporada no fue buena con muchos viajes”. Tomahawk inteligente al ex entrenador y a la planta noble del Bernabéu, donde se cierran las giras mundiales del clin, clin, caja. Es una rajada a mitad de camino entre la esperpéntica relación de Benítez y sus jugadores, y la eterna ansiedad del presidente por proteger el primer puesto de la Lista Forbes. Mola que Cristiano haya empatizado con nosotros, los periodistas, y suelte recados para apañarnos las tertulias y las conjeturas. Porque, al final, cada español, sea o no merengue, opina de su Real Madrid, con sus culpables y salvadores. Y echar todo el estiércol encima de Rafa (todavía Mister Rafa en Anfield) es la coartada fácil. Disparen al pianista.

La cirugía no ha terminado

Lunes, 25 Enero 2016

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El Barça atufa a campeón, mientras el Real Madrid todavía está tumbado en la camilla  en plena operación de lifting. La cirugía mejorará su imagen, pero el bisturí tardará en conseguir ese equipo apoteósico que aspira a la versión galáctica sin ‘galacticidio’, claro.  El empate en el Villamarín fue un accidente que sucedió por sorpresa, luego está la autopista de Danilo, ese portugués que el pasado abril iba a emular al mejor Roberto Carlos en banda contraria y anoche twitter le comparó con aquel pufo también luso llamado Carlos Alberto Secretario. Carvajal se ha ganado el puesto por meritocracia y Gareth Bale por absentismo laboral: dos años y medio después podemos decir que el Madrid echa de menos al fichaje de los 91 millones (o 100 según el diario AS). El debate comienza a cocerse a fuego lento: Bale entrará de lleno en el Ibex 35 del fútbol, Cristiano está a punto de salir. Sólo un puñado de goles decisivos le mantendrían en la poltrona de Zeus. Al final, lo mejor es escuchar a los madridistas en las barras de los bares: hace tiempo todo era imposible sin Cristiano, hoy es traumático que Modric o Benzema se constipen.

Zidane insistió a la prensa con la segunda parte, pero el instinto depredador de cualquier gigante anestesiado le impulsa a acorralar a la presa; lo contrario sería hablar de un pelele. El Madrid tenía que atrincherar al Betis sí o sí, por lo civil o lo criminal, y para no seguir desgastando el proyecto faraónico del presidente. Atacó por tierra, mar y aire pero se topó con Adán, santo y seña del Betis, que alterna actuaciones tipo Benji con otros de Alan (el eterno segundón de la serie). Que el balón no quisiera entrar no es coartada para seguir agrandando la efímera carrera del técnico; ni siquiera vale la perspectiva tan deslumbrante que éste pintó en rueda de prensa. Quizás detrás de sus palabras haya una sonrisa de joker. El calendario se ha envenenado porque la gente de la calle no presta atención a los equipos de media tabla hasta que llega un patinazo; hablando en plata, los primeros exámenes finales llegarán en la velada del derbi. Entonces, averiguaremos si Zidane ha construido un mecano con prisas y de cartón piedra, o de verdad hay cimientos macizos para que la grada se sobreexcite. El frenazo de Sevilla hará correr como la pólvora el runrún del Bernabéu. De eso no se salva ni una leyenda.

Sin Liga, el Madrid tiene que invocar el espíritu de las Champions recientes. Jugarse toda la temporada a una carta va en el adn merengue. La ‘Séptima’ salvó una Liga estrepitosa; la ‘Octava’ eclipsó el quinto puesto de aquel año; la ‘Novena’ abrió la puerta al título del Valencia y la ‘Décima’ de Ancelotti provocó despistes antológicos. No obstante, si tuvieran que jugarse un all in por un equipo, apuesten por el Real Madrid. No les defraudará. Como tampoco lo hará James Rodríguez si nosotros, como periodistas o ‘terroristas de la pluma’, no damos la vara con esa vida llena de salsa rosa. A él le “jode” que hablemos demasiado, al socio que paga 500 euros por su carné le cabrea aguantar cómo el mejor jugador de la temporada pasada se ha vuelto de repente en un rebelde sin causa. Su segunda parte ante el Betis le permite licencia para soñar. Ése es el método, si la noche no le confunde como a Dinio, ni se marca más Fast and Furious por la M-40.          

Madrid y Atleti olvidaron la letra pequeña

Viernes, 15 Enero 2016

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Sucedió el 30 de marzo de 2006. El diario AS desveló que la Federación Madrileña tramitó una ficha del Real Madrid a un brasileño enclenque de 14 años llamado Neymar Junior. La versión oficial es que su representante, Wagner Ribeiro (el Jorge Mendes de Brasil) pidió al club sesenta mil euros en concepto de fichaje. La versión desconocida es que el entonces director general, Carlos Martínez de Albornoz, decidió no ficharle porque el padre de Neymar no quería vivir en Madrid con un contrato de trabajo tramitado por el Madrid. Si la estrella del Barça hubiese emigrado entonces a la capital española, el radar de la FIFA habría detectado su caso porque la investigación comenzó en 2005. Hace dos años las cámaras de televisión captaron a un niño argentino de apenas un metro de altura que sorteaba un puñado de piernas en un palmo de césped. Argentina, tan obsesionada con vender al mercado europeo chavales con ínfulas ‘maradonianas’, le apodó el “Messi de las nieves” por su origen andino. Estuvo a prueba en Valdebebas dos días y otro en El Cerro del Espino del Atlético. Vino con su abuelo y su madre, pero ninguno aceptó el sacrificio que exigía mudarse desde un pueblo montañoso cercano a la Patagonia al jaleo de una gran ciudad. Claudio Ñancufil, el pequeño en cuestión, era tan exageradamente bueno, que el Madrid ya había sugerido a la mamá un trabajo fijo.

El Partido de las 12 de COPE adelantó el pasado 28 de abril que el máximo organismo del fútbol sancionaría a Real y Atlético por unos irregularidades en la contratación de menores de edad que el club blanco desmiente categóricamente, y el Atleti responde con un recurso. Un informe de cien folios enviado por burofax a ambos clubes con nombres y apellidos de niños bajo sospecha. De los rojiblancos no se han filtrado nombres, pero Paco González contó anoche que hay 150 expedientes mirados con lupa. El eje de la trama es que cualquier chaval extranjero que juegue en un club hermanado con los dos grandes (por ejemplo, el famoso Canillas del hijo de Mourinho, con el Real Madrid), puede ser sospechoso. La investigación al Madrid abarca 39 jugadores, entre ellos Luca Zidane, hijo de Zizou. Su ejemplo no encuentra ninguna ilegalidad: nació en Marsella en 1998 y con 6 años ya vivía en Madrid y jugaba en los prebenjamines   con la nacionalidad hispano-francesa. Extraña, como ha dicho el director general del Madrid, que José Ángel Sánchez, la sorpresa en la planta noble del Bernabéu haya sido mayúscula, cuando la Federación Española conocía esta investigación desde la pasada primavera (cuando COPE anunció la primicia). FIFA no publicó la sanción antes por los permanentes incendios y corruptelas a escala mundial en su directiva. Esto es información, no opinión.

El Barcelona fue sancionado con un veto de dos mercados porque la Federación Catalana de Fútbol tramitó fichas a ciegas, sin consultar a la RFEF, que precisamente había advertido de las posibles consecuencias. El Barça no escuchó y reaccionó demasiado tarde. Al menos, consiguió aplazar un mercado la sanción, aprovechándolo para fichar a Luis Suárez. En los casos de Madrid y Atlético, la Federación Madrileña garantiza que sus fichas están perfectamente tramitadas con la Federación de Ángel Villar. Entonces, ¿cuál es el problema? Quizás que la Federación Española no se ha puesto las pilas y ni siquiera ha mirado la letra pequeña de la normativa FIFA en sus estatutos de menores. No es mala pista. Tampoco lo es que los clubes debían saber que los niños tenían que vivir un año natural en España; sus padres debían tener reglados contratos de trabajo, alquileres de domicilio, etc. Pura burocracia que les ha jugado una mala pasada.

El pasado siempre fue mejor

Lunes, 14 Diciembre 2015

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Cristiano Ronaldo utilizó la ESPN de consultorio matrimonial: “Ancelotti era como un gran oso. Un tipo genial, muy sensible”. Obús directo a la planta noble del Bernabéu. La entrevista se grabó antes del panorama apocalíptico que asola al Real Madrid este lunes; no obstante, cualquier otro resultado en Villarreal no habría manipulado sentimientos. La plantilla no cree en Rafa Benítez, ni éste en el proyecto faraónico que impone a la BBC. Si el entrenador no se traicionara a sí mismo, su equipo prescindiría de ese tridente tan ‘marketiniano’, de alfombra roja de Hollywood. Hasta que llegó al Bernabéu, su predilección por el fútbol siderúrgico era innegociable; ahora paga el tributo por vestir traje de Armani. La temeraria alineación del clásico contentó al palco y a la gente, pero desquició las tácticas informatizadas del entrenador. En El Madrigal optó por Casemiro, su bíceps en el campo, y la pizarra acabó emborronada de rayajos. La solución es jeroglífica, un sudoku que nadie en el club se va a molestar en completar. Al menos, con Benítez.

El Madrid carece de actitud y de fútbol. Un cuarto de hora no es la coartada perfecta para hacer de abogado del diablo, porque la primera parte contempló a un Villarreal espabilado y a otro en el limbo. El Depor había cantado bingo en el Camp Nou, y los blancos tenían la Liga en la mirilla del Kalashnikov, a medias entre un Barça dormido con cloroformo y una crisis a punto de extinguirse. El mundo al revés: el Madrid se vuelve a precipitar al abismo y el 2-2 de Barcelona acaba en un punto de oro y mirra. Lejos de las matemáticas, al vestuario merengue le preocupa la falta de ideas: no saben a lo que juegan y, peor, por qué juegan. “Últimamente no estamos a la altura de nuestro escudo ni de nuestra entidad”. Palabra de capitán Sergio Ramos. Y un aviso para navegantes. Por ejemplo, Gareth Bale, que a diferencia de Neymar en el Barça, aterrizó en Madrid con ínfulas de Balón de Oro. Es el último galáctico de Florentino Pérez y nadie le va a privar de esa obsesión. En cambio, a Neymar le dijo su representante Wagner Ribeiro que aprendiese de Messi a su vera. La prueba de que el algodón no engaña. Pero una historia es el misterio táctico del galés y otra más grave es su rebeldía delante de Benítez. Desobedeció la orden de cubrir el lateral del lesionado Marcelo y puso cara de ofendido cuando Jesé le comunicó las instrucciones del entrenador; duró medio minuto en la defensa y subió a por algún balón rifado. Cualquier Mourinho o Capello de la vida tomaría represalias.

La pitada contra el Rayo en la próxima jornada puede alcanzar proporciones bíblicas, Quizá sea cuando el presidente tome soluciones drásticas, porque por mucho menos la grada ha pedido decapitaciones. Y para seguir remando hace falta otra conjura: la ‘cofradía del clavo ardiendo de Roncero’ o, sin menos teatro, el sentido común: un Real Madrid al que le mueva el orgullo y, como señala Ramos, el peso de la historia. A la Quinta del Buitre nunca se le recriminó que no tumbara al PSV en aquella fatídica semifinal en Eindhoven. Al contrario, se le envolvió de épica. “Que mueran con las botas puestas. Y la camiseta sudada”. No lo dice uno de la calle, sino Paco Gento, historia viva de esa grandeza al que se le pide una visita a Valdebebas.