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“La gente me dio el poder como un futbolista popular”

Lunes, 5 Diciembre 2011

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Partido de consolación del Mundial de Estados Unidos 94 en el Giants Stadium de New Jersey…la defensa de Bulgaria se las tenía tiesas con un solo sueco. La primera parte agonizaba con 3-0 pero Suecia aún no había colmado su voracidad, sobre todo Kennet Andersson, un gigantón espigado de 1, 93 metros de altura que hacía diabluras con el balón en los pies. Suyo fue el cuarto y definitivo antes del descanso para desesperación de Stoitchkov y flagelación de toda la zaga balcánica; Andersson había maravillado al mundo con un catálogo de asistencias, quiebros y testarazos que le convertían en un delantero único. Durante la retransmisión de TVE, José Ángel de la Casa no ocultó su admiración por quien fue una de las revelaciones del mundial y, entonces, el comentarista Míchel, de estreno en aquella cita que le fue negada por Javier Clemente, dijo que Andersson le recordaba al brasileño Sócrates, sólo que con unas botas más grandes que la talla 37 que calzaba el ‘doctor’. Era la primera vez que yo escuchaba el nombre de uno de los prestidigitadores cariocas más populares de Brasil, uno de los pocos futbolistas que sí entendió la dimensión popular de este deporte a pesar de que la gloria renegase de su talento.

“Gracias al fútbol conocí a personas que sufrieron muchísimo y también conocí el otro lado de la sociedad, los que lo tiene todo. Pude ver las dos caras de la sociedad en la que vivimos”. Sócrates nunca pretendió embelesar a las masas, sus reflexiones eran arrebatos de franqueza que su padre, le inculcó desde pequeño. Precisamente, Raimundo, el padre, prohibió a su hijo jugar al fútbol durante la infancia; quizás, la obsesión por la lectura griega motivó a Raimundo a educar a su familia lejos de una profesión que, a pesar de Pelé y Garrincha, no estaba reconocida socialmente en Brasil. Por eso, la prestigiosa Universidad de Sao Paulo acogió a un alumno que, sin intuirlo, se convertiría a la postre en el más célebre universitario que pasó por clase a mediados de los setenta. Sin embargo y a pesar de las reservas de su padre, éste tuvo que capitular a los deseos de Sócrates cuando le vio jugar por primera vez en un campo con las categorías inferiores del Botafogo…eso sí, el larguirucho delantero se llevó una bronca descomunal. Al final, se salió con la suya y pudo cambiar los estudios por el balón. El reto de Sócrates fue jugar en Europa, aunque su padre le quería allí para culminar la carrera de Medicina (durante sus estudios pasó parte del tiempo en Irlanda), que no terminaría hasta después de su retiro profesional.

El Botafogo fue testigo de un capricho de la naturaleza futbolística: había nacido un jugador extremadamente hábil con 1,92 de altura. Y no sólo eso, pues un hueso desencajado en el talón le otorgó el don de manejar el tacón para sellar pases que fueron bautizados made in Sócrates. Tal fue su talento de tacón que, incluso, se atrevía a lanzar penaltis de espaldas en entrenamientos y amistosos…y dicen que apenas fallaba. Del Botafogo pasó al Corinthians, el escaparate perfecto para pregonar su calidad y su activismo político con la archiconocida Democracia Corintiana, una forma de reivindicar su desacuerdo con la dictadura militar que gobernó Brasil de 1964 a 1985 para mitigar cualquier amago comunista. Sócrates promulgó que todas las decisiones concernientes al club en cuanto a contrataciones, entrenamientos y concentraciones, fueran votadas en el vestuario por mayoría simple. Pronto, la torcida brasileña se percató que no sólo admiraba a un deportista que le concedía en el césped grandes dosis de espectáculo circense, sino también a un icono social en tiempos difíciles. “Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos. Si estuviera en el otro lado, no del lado de la gente, no habría nadie que escuchara mis opiniones”. Estrellas como Zico gozaban de la admiración del pueblo, pero el compromiso social de Sócrates todavía enamoraba más.

Es obvio que fue un futbolista poco ortodoxo en las costumbres de su gremio, pero, como a todos, las ansias de triunfar le inquietaron hasta el punto de llevarse una profunda decepción en el Mundial de España 82. Muchos aficionados creen que aquella verdeamarelha fue el mejor equipo que jamás levantó una copa del mundo; Sócrates también lo pensó y, por eso, fue él quien pidió disculpas públicas después de la eliminación ante Italia en Sarriá a pesar de su sublime actuación y contra Francia en los penaltis de cuartos de final de Méjico 86. Fue en este último partido donde Sócrates oteó el ocaso de una carrera extraordinaria pero poco recompensada. En la tanda de penaltis, se preparó para su lanzamiento, cogió poca carrerilla, acorde a su estilo, y el portero Bats interceptó su disparo. El camino de vuelta desde el punto de penalti hasta el centro del campo se le hizo larguísimo y, tal como reconoció después, se le pasaron por la cabeza desde aquellas pachangas en los juveniles del Botafogo hasta las causas sociales más acuciantes del mundo, las que reclamaba delante de un micrófono o escritas en las cintas que se colocaba en la cabeza, complementos trascendentales de su retrato futbolístico. Una vez acabado su fútbol, retomó Medicina, se licenció y la practicó; sus filiaciones políticas no pasaron inadvertidas para el ex presidente Lula, quien no pudo convencerle para alistarle en su partido,…desgraciadamente, el alcohol tampoco le miró de soslayo. Sócrates ha fallecido y nos deja una pregunta de la que no tuvo respuesta en vida: “¿Por qué causas más conmovedoras no mueven tanto como el fútbol: como los niños en la calle, los tsunamis, la miseria extrema en el corazón de África y en algunas otras esquinas, el genocidio y muchas otras?”…una gran reflexión de un tío grandilocuente que siempre hizo honor a su nombre de pila.