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Thiago nunca sobra

Martes, 15 Noviembre 2016

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El Allianz Arena siempre espera su último pase versión Michael Laudrup. Quizás sea el único extranjero al que la Bundesliga permite meterse con el balón en la cocina. Su físico no es el de una tanqueta alemana ni su estilo se ofusca disparando a discreción fuera del área. A Thiago Alcantara le obsesiona la pelota desde que un campeón del mundo, su padre Mazinho, le soltaba de niño sobre el césped de A Madroa para dejar boquiabiertos a Karpin y Mostovoi. Dejó el Barcelona porque sin Guardiola no triunfaría; se fue con él a Munich porque necesitaba regalar jugadas (y no al oído, precisamente), sobreexcitar a la grada, y sin minutos no habría fiesta. Dos lesiones de rodilla le han hecho espabilar de la noche a la mañana; resetearse una y otra vez, sin miedo a la jubilación forzosa, y asegurando que lo importante no son los títulos, sino ser feliz jugando al fútbol. Es su vida, la de su hermano Rafinha, como fue la de Mazinho, a quien Thiago suele vacilar diciéndole que apenas metía goles. Las risas acaban con la misma sentencia paternal de siempre: “¡Sí, pero yo soy campeón del mundo”! Y su hijo mayor también aspira a levantar el trofeo más preciado, quizá cuando dejen de esperarle. ‘Thiago es presente y futuro de la selección’, la comidilla de cualquier tertulia en días desérticos; tampoco le molesta, porque su presente es el siguiente pase y nunca se atreve a otear el horizonte. Ha resucitado dos veces, y la última es la definitiva.

Thiago te apasiona o le aborreces. Es la gracia de los futbolistas rara avis.  Guardiola le abroncó una vez porque no comparte la idea de que dos pases son mejor que tres, ni tres mejor que cuatro. Le habría costado asimilar el concepto sagrado del primer toque de Cruyff. Al mediocentro del Bayern le ponen las virguerías, intentar regatear en una cabina de teléfono y dar asistencias sin mirar. Casi nada. O le tomas o le dejas, pero no intentes lavarle el cerebro: Thiago juega como aprendió de pequeño, dejando un reguero de su talento malabarista en cada jugada. Por eso, es demasiado especial. Y mola que la selección tenga un Thiago porque, de lo contrario, el fútbol se reduciría a sota, caballo y rey. La sensación de la calle es que todavía no ha alcanzado su nivel estratosférico; Lopetegui entiende que aquella estrella que nació como campeón europeo sub’21 puede clonarse en la élite más exclusiva. No obstante, sin prisa y ya sin pausa, sin mirar atrás, el mayor de los Alcantara intenta mejorar su habilidad como un crupier baraja cartas en Las Vegas: cada vez más rápido, cada vez más improvisado. Las defensas de hormigón son su especialidad, así le quiso Pep y así confía Ancelotti, otro incomprendido que entiende el fútbol con un balón en los pies. 

El cráneo

Jueves, 17 Marzo 2016

Bayern Múnich remontó por 4-2 a Juventus y se metió en ´cuartos´

De repente el nombre de José Mourinho volvió a la palestra. La trinchera tuitera que exhibe su efigie en cada ‘twitterbronca’ estaba a punto de sacar la artillería. Apenas quedaba un puñado de minutos para que se consumara el fracaso global de Guardiola en Munich. El Bayern moría en el pase corto, obsesionado con meterse hasta la cocina entre el bosque turinés. Fue entonces cuando el técnico catalán entendió la súplica de la grada: balones a la olla para que Lewandowski rematara cualquier microondas que se cruzara por ahí, o Müller hiciese de Raúl González y se escondiera en el único palmo de césped fuera del control de la Juve. Este Müller tiene alma de ‘7’ porque pelea contra gigantes y casi siempre merece recompensa. Es el tribunero por excelencia del Bayern, que agita al Allianz con un par de aspavientos. No obstante, su teatro nunca habría sido suficiente si ese Douglas Costa no hubiera reanimado al zombi bávaro. Suena a disparate que el mejor zurdo brasileño del momento no cuente para la selección siderúrgica de Dunga; aunque quizá Costa hubiese preferido compartir rondos con Rivaldo, Ronaldinho y el mejor Kaká. A la vecchia signora, que más sabe por vieja que por diablo, sólo se le podía tumbar con jugones, y ahí es donde el Bayern echó de menos al eterno Robben, y sus amagos por fuera y quiebros interiores. Resulta paradójico que este Robben con mil cicatrices de guerra encajaría sin discusión en el once titular del Real Madrid.. Al fin y al cabo, su rodilla no aparentaba ser tan de cristal como temía el club blanco.

Despotricar de Allegri el día después chirría demasiado por ventajista. Cambió a Morata con 0-2 porque consideró que el delantero se había vaciado con sus galopadas a lo Ronaldo Nazario. Él solo desmontó a la defensa bávara y a sus dos guardaespaldas, Xabi Alonso y Arturo Vidal; la carrera con balón en el gol de Cuadrado quedará para la posteridad, casi como el estratosférico gol de Ronaldo en Compostela. Morata fulminó su debate de la selección porque cualquiera que ose a dudar de su presencia recibirá una colleja con argumentos. Se fue el ex madridista con un cabreo de proporciones bíblicas, y Guardiola ordenó el ataque relámpago, mientras Thiago calentaba para su momento de gloria. Entró para inventarse algún pase imposible entre líneas y acabó chutando el gol que mandaba a la Juve a la morgue. Corrió para celebrarlo gritando de rabia, recordando los duros y solitarios momentos de su lesión; un año fuera de combate que le exigió un esfuerzo brutal. Les recomiendo que vean en youtube el documental 371 en el Alcantara narra los 371 días de calvario físico y psicológico que sufrió para recuperarse de una rotura de ligamentos. La mejor versión de Thiago garantiza el futuro de la selección española y, salvo sorpresa del mercado, Ancelotti le exprimirá como al Isco más espabilado que ha visto el Madrid.

Guardiola se irá de Munich con la desazón de no haber contentado a toda la hinchada. Haya o no Champions, las advertencias pasadas del gurú Franz Beckenbauer todavía flotan en el ambiente. Y como el carácter germano es tan cuadriculado, mejor golear con un delantero centro que dibujar galimatías tácticos con cinco delanteros medio falsos medio puros. De todos modos, la eliminatoria completa compila el vademécum de Guardiola con la aclamación popular: los 50 primeros minutos del Bayern en Turín fueran escandalosamente apoteósicos, tanto que dejaron al Dream Team de Cruyff a la altura del betún. Y la última media hora de anoche reivindicó la vieja escuela alemana que defiende la teoría de que el cráneo es la parte más dura del cuerpo humano.

 

 

Iniesta de mi vida

Mircoles, 22 Abril 2015

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Iniesta no ha regresado. Nunca se fue, aunque sí llevara tiempo en modo pausa. Y en ese intervalo de murmullo, de sospechas por una insidiosa jubilación anticipada (como Xavi), el manchego reeditó aquella foto con tropecientos rivales a su alrededor, imitando la jugada más imposible de Oliver Atom. El Barça necesitaba su versión mundialista, molesto por esa comparación mediática con Isco que dejaba al manchego a la altura del betún, porque la Champions exige a cada estrella afilar su talento cuando desenrolla la alfombra roja. Y en ese rol de casi dios (no es una hipérbole), el Camp Nou había tenido esa paciencia que las grandes aficiones nunca pierden con sus mitos: Anfield con Gerrard, Stamford Bridge con Frank Lampard, etc. Xavi, su antiguo compañero de diabluras, había demostrado a Luis Enrique que tomó la decisión correcta el verano pasado; Iniesta pidió tiempo a su entrenador hasta que encontrara la eclosión definitiva. Y de repente llegó en una noche sin urgencias, pillando a la grada a pie cambiado.

A la artillería pesada del Barça le hacía falta su armero más efectivo. No en cifras (cero goles y cero asistencias en Liga) pero sí en sensaciones. Que Messi mire de reojo al centro del campo y se reencuentre con el Iniesta de su vida, asegura el bienestar del balón. Al fin y al cabo, en este Barcelona traidor del cruyffismo la grada agradece que su manchego favorito entrecorte el aliento: junto a Messi, es la última reminiscencia de aquel fútbol de salón que inmortalizó Guardiola. Por eso, la primera parte de anoche es una obra artesanal casi a la altura de las que el equipo repitió partido tras partido no hace demasiado tiempo. Si es idea de Luis Enrique, su vestuario ha entendido tarde su galimatías táctico de principio de temporada; y si descubriéramos una autogestión, entonces el Barça es el más peligroso de los semifinalistas porque juega cuando quiere. Desde luego, es el más competitivo por una estadística única y demoledora: su octava semifinal en diez años. Y en esta Champions, se ha cargado a dos moles millonarias como el Manchester City y Paris Saint Germain. Sin el Barça por medio, uno de los pelearía por el título, por eso y con permiso del Bayern (o sin él), los azulgranas son el verdadero ogro de Europa.

Guardiola no quiere ver a su gente ni en pintura. No lo dijo él textualmente pero sí Pepe Reina en El partido de las 12. La herida del Real Madrid del año pasado seguirá supurando hasta que pase por Munich otro peso pesado. Y el Barça no es precisamente el más recomendable. Y eso que el Bayern dejó constancia de ese rodillo alemán que tanto gusta a Beckenbauer, pero al que Herr Pep prefiere dar su toque melifluo. El técnico catalán consiguió aplazar su apaleamiento público con una exhibición táctica y teórica que los estudiosos del balón grabarán en sus videotecas. Y el 5-0 de los primeros 40 minutos motivó una nueva corriente de opinión: un equipo que juegue sin laterales carrileros está muerto. La ausencia de Danilo pesó mucho a Lopetegui porque, con todo el descaro del mundo, los portugueses suelen volcar sus ataques en las galopadas del flamante fichaje del Real Madrid. Eso es lo que hizo Bernat para abrir la lata y construir la remontada bávara. Por cierto, Del Bosque suspira aliviado desde anoche: ha vuelto Thiago y su fútbol fulgurante. Y aunque sigue siendo un crack en potencia (maldita lesión), Guardiola le dio un abrazo cómplice después de la orgía goleadora. El hijo mayor de Mazinho no fue un capricho de Pep, es el futuro del Bayern sin exageraciones. Y de la selección española, a la que acaba de sacar de un marrón.

Thiago, Isco y Von Karajan

Mircoles, 19 Junio 2013

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“Hemos vuelto a hacer historia desde el gol de Marcelino. Espero que otros sub’21 sigan nuestro camino”. Fue lo primero que respondió Eusebio Sacristán, todavía vestido de corto sobre el césped del estadio José Zorrilla, a un periodista de ABC el día que el fútbol español, al menos su base, ocupó por primera vez un pequeño hueco en las portadas nacionales. La hermana pequeña de la selección absoluta se había proclamado campeona de Europa contra la pétrea Italia de Walter Zenga, Donadoni y Mancini ante cuarenta mil espectadores, la cifra que la Federación Española había manejado para colmar el escaso interés mediático que había originado la final. Consciente de ello, el seleccionador de aquel combinado, Luis Suárez, empezó su conferencia de prensa diciendo que en 120 minutos se habían jugado el trabajo de dos años; entonces, el gran público apenas conocía el sistema de las competiciones inferiores. Pero el objetivo se había cumplido: el fútbol español podía fardar de un futuro más o menos creíble que pudiese acabar con la angustiosa maldición de los cuartos.

Los Eusebio, Sanchís, Quique Sánchez Flores, etc, abrieron el camino para unas generaciones venideras inolvidables, sobre todo la del gol de Kiko en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Quizá esa gesta olímpica todavía guarde más épica que cualquier Europeo, incluido el último y soberano repaso de ‘La Rojita’. Porque, precisamente, ellos van a heredar el nuevo estilo de nuestro fútbol, tan lejos y antagónico del grito histórico de Belauste, ‘A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo’, símbolo centenario de la furia española. Si la primera parte de los mayores contra Uruguay fue propia del Circo del Sol, ayer Lopetegui se erigió en Herbert Von Karajan, dirigiendo una orquesta sinfónica en la que Thiago e Isco dejaron boquiabiertos a los telespectadores. Arsene Wenger se atrevió a decir durante la pasada Eurocopa que él sería capaz de ganar la Premier League con los suplentes de España; la sub’21 tampoco le andaría a la zaga. La promoción de Del Bosque necesitará retoques después del Mundial de Brasil y las garantías son absolutas.

De Gea se ha consagrado ni más ni menos que a la vera de un tal Sir Alex Ferguson y el Manchester se frota la manos porque tiene portero para rato; a Iñigo Martínez se le intuye un central con el carisma de Hierro, pero aún tiene que corregir ciertas manías defensivas para dar el salto a un grande; Tello vive en un desborde permanente, le gusta fintar, quebrar y ridiculizar en la banda a quienes se ponen por delante; Morata, revulsivo durante todo el Europeo, va a hacer la mili en su Real Madrid, la mejor escuela para aprender el oficio de artillero. Y, por encima de todos, Thiago e Isco. He oído decir estos días que el hijo de Mazinho es un “Guti en malo”; desde luego, la final le ha borrado de un plumazo tal denominación de origen. Es cierto que sus diabluras con el balón no llegan a ser tan talentosas como las del ex madridista, pero ha demostrado alma de capitán y el Barça debería tenerlo en cuenta para no usarle de refresco la próxima temporada. A quien se le ha quedado pequeño su club (con todos los respetos) es a Isco. Málaga le ha visto nacer pero no culminar una carrera que se antoja deslumbrante. La Premier, el City, le irá como anillo al dedo para inventar pases increíbles y regates en un metro cuadrado, aunque en España tampoco le harán ascos.

En definitiva, la gracia es que todos ellos jueguen en sus clubes para que sus poderes no se oxiden; están en la edad perfecta de asumir responsabilidades importantes en sus clubes y dejar de ser niños. Porque, por detrás, se les acercan a pasos agigantados los sub’20, a quienes veremos en el inminente Mundial de Turquía con Jesé y Deulofeu en plan estrella. El fútbol español ha pasado de oler a naftalina en Eurocopas y Mundiales a excitar a las masas en cualquier categoría imaginable. De hecho, la FIFA lo tiene más fácil que nunca para ordenar su ranking mundial: primera, España (la de Del Bosque); segunda, la sub’21; tercera, quizá la sub’20…

Sin el complejo de David contra Goliat

Lunes, 15 Agosto 2011

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Chapó a la portada del MARCA…’Puro fútbol [y todavía queda la vuelta]’ y aparecen dos instantáneas decisivas, la del gol de Messi en la parte superior de la primera plana y el de Özil en la inferior. Pero el diario podía haber agudizado más su ingenio dedicando también la primera página a los zambombazos de Villa y Xabi Alonso. Porque Madrid y Barça jugaron un epílogo inmejorable de pretemporada: defensas poco rodadas, asistencias sorprendentes y hasta algún eslalon versallesco (Thiago en su estado natural). Sin duda, un cúmulo de detalles, que eclipsados por el talante táctico de Mourinho, dibujaron el mejor partido del año, el que deja a la altura del betún el ‘rally de los clásicos’ (MARCA dixit). Precisamente, después del nuevo Madrid de anoche, es incomprensible por qué el mismo equipo no fue capaz de plantarle cara al campeón hace unos meses sin el complejo de David contra Goliat; el secreto de la presión asfixiante habría sido un aliado incuestionable para los blancos en las semifinales de Champions.

Y es que durante los primeros treinta minutos de la Supercopa, el Bernabeu se enorgulleció de las intenciones de su entrenador, frotándose las ojos con un Xabi Alonso que manejaba a sus compis a ritmo de rock and roll; no obstante y en defensa de Mou, el planteamiento no fue una jugada de póker, pues la prensa había vaticinado en la previa un ‘ataque total’ al Barça con Özil, Benzema y Cristiano; el orden  está escrito adrede en sentido de mayor a menor porque el francés siguió dándole publicidad al endocrino que ha afilado su cuerpo, el alemán se ha apoderado de esa sensación de ¡peligro! cuando coge el balón y CR7 arrastró a la defensa azulgrana con galopadas infinitas, aunque no sacase provecho de ninguna. Se le veía que no estaba a gusto y, por eso, tal como dice el periodista Manuel Saucedo en su twitter…”el portugués no debe estar feliz, poca participación, ni le buscaban ni le encontraban. Y golito de Messi”. Otro más del argentino a Casillas en un arrebato de bestialidad que acalló a quienes le criticaban su inopia (leí varios tweets que decían con sorna ‘Tierra llamando a Messi’).

El caso es que el Madrid tiene fuelle y talento para dominar el juego contra cualquier rival que se le antoje; otra historia es que Mourinho persevere en esa valentía. Sin embargo, el empate también deja un poso inquietante para los blancos…si su  mejor fútbol no ha tumbado a un Barça experimental, difícilmente podrá doblegar al once fetiche de Guardiola, si es que logra hacerse con uno en una temporada larga y prolija por la cantidad de títulos en disputa. De esas rotaciones, sale por la puerta grande Thiago (¡que hábil fue el club renovándole este verano!). El hijo de Mazinho recordó a su padre en tareas organizativas; templaba el balón y abría el campo para que sus compañeros se desahogaran de la contunde presión del Madrid. La diferencia entre ambos es que Thiago ha nacido para mimar el balón y así lo hizo con el detalle del eslalon que dejó a tres merengues boquiabiertos. Quien tampoco sucumbió a las expectativas fue Alexis, batallador y al que le gusta jugar al choque; habría sido más excitante un cara a cara entre Pepe y él, que no con Marcelo. Sin embargo, la intentona Mascherano-Abidal no resultó: no se entienden y, sobre todo y más importante, no se sabe quién ostenta la jerarquía; sin duda, al Barça le urge la vuelta de Puyol. Por el contrario, el Madrid sí tiene claro que Pepe es su jefe: ordena, corrige a sus colegas de demarcación, aunque aún no se atreve a sacar el balón desde atrás al estilo del antiguo ‘jefe’, Fernando Hierro. Pero anoche el central no estuvo en su línea: se cayó de bruces en el gol de Messi en un fallo defensivo de patio de colegio y tampoco estuvo acertado en el penalti de Marcelo a Pedro. Dos desaciertos puntuales, sin más.

Y hoy se presenta un viejo camarada de La Masía. Cesc cumple su sueño frustrado de los últimos veranos y entra en un vestuario donde el talento creativo abunda, que no sobra. Porque el Barça de anoche careció de frescura y Guardiola ha meditado engrasar a la plantilla durante el transcurso de la temporada; no así el Madrid, que ya rueda a la velocidad de un Sputnik. Así que, aunque Cesc huela a carne de banquillo, el míster volverá a sacar la política de rotaciones que en su día empleó su antecesor, Fran Rijkaard. Sólo de ese modo, el Barça será competitivo en diciembre contra ¿el Santos de Neymar? y llegará sin agarrotamientos a la primavera definitiva.

Postdata I: Agradecimientos a Mourinho por entender que el Madrid debe coger el pincel y no un martillo neumático, y al Barça por ser competitivo tanto en versiones apoteósicas (las de casi siempre) como ‘empanadas’ (anoche).

Postdata II:  Un tirón de orejas a Karanka, porque, aún teniendo que dar la cara en público, le hace un flaco favor al 2-2 entreviendo que “hay cosas que no han cambiado” sin explicar el motivo del dardo. Teixeira Vitienes fue salomónico en sus errores: penalti para cada bando no pitado, punto.

Aquel Mazinho (este Thiago)

Martes, 2 Agosto 2011

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Temporada 97/98….el Celta de Vigo necesita ganar al Barcelona de Figo para no perder comba con el pelotón de UEFA. El técnico celeste, Javier Irureta, insiste a Mazinho para que sea él quien despliegue el talento díscolo de Karpin y Mostovoi, y proteja en la medular a la gran revelación, Ito, que venía del Extremadura y había ostentado el curioso récor de haber sido el jugador con menor salario de la Liga el año anterior. La dirección del brasileño fue tan sublime, que hasta él mismo se atrevió a inventarse un colofón en forma de zurdazo en la frontal del área que el meta Hesp vio entrar atónito. Dicen que aquella victoria molestó exageradamente al entonces presidente del Valencia, Paco Roig, quien había casi ‘regalado’ por 100 millones de pesetas a su campeón mundialista en el verano del 96. Mazinho tenía dotes de genio y un disparo con efecto irrepetible…hasta que su hijo Thiago se encariñó con un balón.

El Barça se ha cerciorado que la herencia de Xavi no debe acabar sólo en Iniesta. Thiago ha mamado La Masía, la mejor escuela para futboleros de su perfil, el de su padre. El último europeo sub-21 no ha sido más que la presentación de unas credenciales que se presumen bestiales; de momento, la primera carta de recomendación debe corresponder a Guardiola, aunque éste todavía no se atreve a comerle la oreja con loas y promesas. “No tengo dudas que va a tener minutos, siempre que se los gane con su esfuerzo”…así le previno el técnico azulgrana después de la derrota ante el Manchester United en Washington y  en la que, precisamente, Thiago volvió a ser el mejor del equipo con otro gol made in Mazinho.

El propio Mazinho confesó que antes del Europeo de Dinamarca su hijo había recibido una buena ristra de ofertas. A día de hoy no ha admitido si el Real Madrid también había apuntado a los asequibles diez millones de su antigua cláusula; es de suponer que sí, dado su valor tan irrisorio en el alocado mercado. Y es cierto que la dirección deportiva del Barcelona se inquietó, por lo menos, cuando Thiago soltó durante el torneo que su sueño era “triunfar en el fútbol, no en el Barça”. Quizás esas declaraciones pusieron en jaque a Rosell, quien intuía que de no resolver una renovación exprés, podría acabar arrepintiéndose como en su día hizo Roig con la fatal venta de Mazinho. Al final, el club movió rápido su maquinaria y los diez ‘kilos’ se inflaron hasta noventa. Pero la gran promesa en ciernes no desea que su nuevo contrato sea un brindis al sol: por el momento, la casi compra de Cesc Fábregas no es, precisamente, un indicio de confianza en Thiago. Xavi ha comentado durante la pretemporada que ambos pueden congeniar, pero el majestuoso estilo del Barça no admite tantos alquimistas juntos, más si juegan en el mismo puesto….y Fábregas, si viene finalmente, no lo hará para chupar banquillo.