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Archivo de la categoría ‘Zidane’

Pegamento en la bota

Martes, 22 Noviembre 2016

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“La próxima vez no hagas tantos malabares con el balón y centra al área más rápido”. Fue el consejo de Fabio Capello a un imberbe Víctor Sánchez del Amo después de un Real Madrid-Depor del 97. El equipo blanco se había volcado al ataque con empate a dos, quedaba media hora de partido y en una contra Víctor intentó driblar defensas usando el comodín de las famosas bicicletas que Robinho patentó posteriormente. De repente, Mijatovic y Suker levantaron los brazos en el área esperando ese balón inteligente que nunca llegó. La reacción del entrenador merengue fue volcánica: saltó del banquillo como un resorte y sus aspavientos hacia Víctor se vieron hasta en la antigua grada del ‘gallinero’. Preguntado en la rueda de prensa, Capello aplaudió la actuación del canterano pero aprovechó la ocasión para darle una colleja: “Me gusta el fútbol práctico y Víctor tiene que aprender a serlo”.

Isco se reencontró con su ‘yo’ más apoteósico del Málaga de Pellegrini. Sin caer en ese barroquismo que desespera al Bernabéu, como cuando Fernando Redondo pasaba el balón en horizontal, las expectativas del malagueño han subido como la espuma hasta el punto de reducir a James a una versión liliputiense. Convirtió el derbi en un Circo del Sol cada vez que cogía la pelota. Sí, parece que la lleva “pegada con pegamento”, como suele insistir Morata, pero Zidane le pide que a ratos que la suelte más rápido para leer la jugada. Cuando lo consiga un puñado de partidos, hasta Zizou sentirá nostalgia del pasado, aunque suene a palabras mayores. Si Isco amaga rápido y traza pases con escuadra y cartabón, quizá entonces la BBC no sea tan innegociable. Lopetegui siente predilección por su canterano porque ama el tráfico ordenado de balón. Cuanta más movilidad, mejor; la práctica habitual de Iniesta. Y si entre medias corren los “velocistas” (Guardiola dixit), el malagueño inaugura autopistas. No es su estilo, pero entiende este arma de destrucción masiva que tan bien usa el Madrid. Si fuese delantero, tendría dejes de Butragueño: finta, cambio de velocidad y el balón escondido detrás del talón. Fútbol en extinción.

“Isco regatea en un metro cuadrado como Paul Gascoigne”. Es una cita de Antonio Fernández, director deportivo que le convenció para trasladarse de la cantera de Paterna al Málaga. Como en otros casos sonados, Unai Emery ignoró los kilates que tenía en la cantera y nunca le dio la oportunidad de sacar ese joystick de Playstation que colapsó al Atleti. Y para mayor escarnio che, el propio Isco pidió renovar al entonces presidente Manuel LLorente, pero éste no aceptó unas condiciones calificadas por él mismo como “inasumibles”. Fue en ese preciso momento cuando Antonio Fernández convenció a la familia Alarcón de que  en Málaga su hijo comenzaría la carrera por ser un Von Karajan del fútbol. Lo sabía Pellegrini, que le llamó personalmente por teléfono para ficharle para el City, y también Del Bosque, que le dio galones de jefe aunque delante de las cámaras le tratara como becario.

 

Dos regates mejor que tres

Mircoles, 5 Octubre 2016

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“A veces dos regates salen mejor que tres, y una bicicleta resuelve la jugada mejor que dos”. Carlo Ancelotti insistió a Isco en que perdiese el miedo escénico del Bernabéu, que se imaginara flirteando con el balón delante de varios anfiteatros como lo hacía en los arrabales de Benalmádena, su municipio natal. El malagueño entendió que su público no aplaudía a los tímidos; al contrario les incordiaba con su murmullo ruidoso. Fue entonces cuando tomó la decisión de separar el grano de la paja, de ser simple y llanamente útil, pero con arte. Poco duró su convencimiento porque, en una entrevista para El Partidazo de COPE, el madridista ha confesado una autocrítica demasiado cruda: “Zidane no está siendo injusto conmigo. Si viene Ancelotti y no soy titular indiscutible; luego vienen Benítez y Zidane y tampoco, el responsable soy yo”. Cristalino y sin aristas, como si estuviese tumbado en el diván de un psicólogo, Isco necesita entrenarse como si no hubiera mañana para superar el temido casting: James, Marco Asensio y, en tercer lugar y a distancia sideral, él. Todos se esfuerzan entre bambalinas por si un día falla la innegociable BBC, y si Modric está KO, aparece un hueco en el que nadie de la calle pondría a Isco. Hagan la encuesta.

A Morata le preguntaron este verano qué compañero le había sorprendido en los entrenamientos y no lo dudó: “Isco conduce el balón como si lo llevara pegado en la bota con pegamento”. En un partido de fútbol-sala, su talento ganaría; en una cabina de teléfono, encontraría un resquicio para  sacar el balón,; en un rondo de Cruyff, nunca estaría en el medio, pero en este Madrid de pim, pam, pum, en el que el contraataque se explica en un puñado de pases, Isco no cuenta. Su sitio aparece en un plan B o C, cuando la BBC se oxida y Zidane necesita descerrajar defensas con un pase imposible o esos disparos curvos de Isco que, de vez en cuando, acaban en la escuadra. Es la opción más lejana para un plantilla que tiene suficiente artillería pesada como para asaltar el Fort Nox. James merece segundas oportunidades porque el pueblo ha hablado y aún no ha bajado el pulgar; Asensio de repente entusiasmó en verano y todavía es un proyecto en construcción; Isco quema cartuchos demasiado rápido sin sacar conejos de la chistera, mientras la grada silva (deseando a Silva) por hartazgo. Recuerda al primer Fernando Redondo, anterior a su eclosión con Fabio Capello y la Séptima, que agarraba el balón y le costaba horrores soltarlo sin sentido, en horizontal para cabreo de la grada.

Un ex futbolista de renombre del Madrid, ahora técnico de la cantera de Valdebebas, cree ciegamente que Isco habría encajado de maravilla en la ‘Quinta del Buitre’ en el papel de Martín Vázquez. Sabe dar esas pinceladas circenses que arranca aplausos en el Bernabéu y, francamente, los blancos tampoco están dando muchos motivos para la excitación del pueblo. En su primera temporada (2013/2014) Isco pasó de recluta a general en un escuadrón nulo de ideas sin él. Ése es su estilo innato y Ancelotti lo sabía para su fútbol control.. Sin embargo, “ese grupo de atletas” (Guardiola dixit) se sigue enchufando con mil voltios y velocistas que tengan pista libre. En cambio, el media punta requiere el ralentí que tanto gustaban a Xavi e Iniesta; cocinar a fuego lento hasta encontrar el gusto adecuado. Isco sería titular en cualquier parte del mundo. El Madrid no tiene nada que ver.

 

James volvió a sus orígenes

Lunes, 19 Septiembre 2016

 

Sin armar ruido, sin lanzar más recados delante de una cámara y sin cabreos caprichosos de estrella de rock, James Rodríguez acabó su rehabilitación mental en Cornellá. Reclamaba en los entrenamientos una sola oportunidad para gritar con desgarro su P.V.P (80 millones) y los certificó en el césped, donde se lo exige Zidane. Éste lo reiteró por activa y pasiva durante la pretemporada: “cuento con James. De aquí no se va nadie”. Nosotros, la prensa, nos hemos encargado de vender la ‘pole’: que si detrás de Marco Asensio, primero, o de Isco hace unas semanas. Cualquier fechoría para sacarle del Madrid y declararle pufo oficial de la década, con permiso de Kaká. Lejos de pergeñar jugarretas mediáticas, James no fichó por un golazo de casualidad (a Uruguay en el Mundial de Brasil) ni despertó emociones porque le sonó la flauta en sus primeros meses. Su cabeza decide. No se le exige que tenga la azotea tan bien amueblada como la de Rafa Nadal, pero tampoco se le autoriza a despendolarse por Madrid como una noche loca en Las Vegas. Los focos dejaron de alumbrar al colombiano cuando su talento desapareció; fue entonces cuando bajó al barro y descarriló por completo.

James ha reseteado su actitud, como si se hubiera tumbado en un diván para contar al psicólogo sus problemas. Sus piernas flaquearon porque su silueta se ensanchó demasiado; dicen que de la mala noche y porque no es un obseso del culto al cuerpo, como su amigo Cristiano Ronaldo. La tanqueta colombiana que se movía por el campo sin detenerse, con motor diesel, se frenó en seco; aquel chaval imberbe que buscaba el balón jadeando, como un rottweiler que muerde con espuma en la boca, dejó de pelearY el Bernabéu se dio cuenta, porque dejarse el alma por su camiseta es el primer mandamiento del sentimiento madridista, innegociable se llame Zidane o un Pavón cualquiera del la vida. James necesitaba un punto de inflexión, una charla de tú a tú, sin pataleos de estrella, de espartano a espartano. En julio de este año visitó durante sus vacaciones Envigado, un pequeño municipio cerca de Medellín donde comenzó su carrera profesional. Allí se entrenó con una veintena de aspirantes a profesionales que ansían el sueño de James Rodríguez; al menos su lado atractivo, no el reverso tenebroso. En Envigado sintió una vuelta a sus orígenes y charló con antiguos entrenadores que le recordaron por qué sacrificó su vida por el fútbol. Es la escena incansable del boxeador campeón que pierde la cabeza y regresa a su primer gimnasio maloliente para recuperar sensaciones.

En plena efervescencia por la victoria madridista en San Siro, James sólo concedió unas palabras, trajeado sobre el campo, para confirmar que triunfaría en el Real Madrid. El presidente entendió que no podía soltar a uno de sus pretorianos sin una segunda oportunidad; por eso, insistió off the record todo el verano en que no se vendía. Ni era la pretensión del club, ni la del jugador. No sólo era una cuestión de marketing (James es el Rey Midas de los anuncios en su país), había demasiado orgullo propio en juego. El Madrid aceptó el reto de James y a éste no le importa andar esta temporada encima de un alambre, sin vértigo de caer al precipicio. Si fracasa, game over: se acabó su historia en el Madrid. Pero lejos de imaginar dramatismos, James está aprovechando cada minuto como si no hubiera mañana; se siente como uno de esos canteranos que se entrenan un día con los mayores cegados por complacer al entrenador. En Envigado le aconsejaron prestar toda la atención a su actitud, su zurda haría el resto. No se equivocaron.

Zidane, gestor de egos

Lunes, 30 Mayo 2016

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“Asegúrate que el Real Madrid esté bien metido en el ataúd con los clavos bien clavados. Y, después, húndelo en el fondo del mar rodeado de una cadena con varios candados, porque si no….”. No es poesía de Manuel Jabois o David Gistau, dos de las plumas más brillantes del cáustico panorama periodístico, sino de Emilio Butragueño, cuyo arte de soltar párrafos cuadriculados y de manual a veces es rompedor. Por supuesto, no lo dijo delante de ninguna cámara, era el sentimiento unánime en el aeropuerto de Milán de los madridistas de pura cepa, los que vivieron un tiempo en el que el Atleti tenía instinto depredador. Recuerdo que durante mi primer año de universidad, en pleno éxtasis merengue en Europa (‘Octava’ y ‘Novena’), el maestro Santi Segurola sugirió una frase inmortal: “Gane o pierda, el Madrid maneja como nadie los tempos de la Champions”. Y salvo la época ominosa de la crucifixión en octavos, Segurola no mintió. Es el torneo que redime cualquier pecado, y el Madrid suele cometer un buen puñado cada temporada; es las sala previa a la morgue o la salida del hospital. El Elíseo o el Apocalipsis, sin término medio.

El Madrid disfruta jugándosela sin red, asomado a un precipicio del que siempre sabe recomponerse. Y la abismal diferencia entre dos años en blanco y dos Champions en tres temporadas sólo sucede en el club más ajusticiado de la historia. La lectura más merengona de este lunes es que llevan las mismas Champions que el Barça en su ciclo más triunfal, el que empezó con el Dream Team de Cruyff. Las odiosas comparaciones son el único barómetro que tiene el fútbol para aplaudir o atizar a alguien. Por ejemplo, a Zinedine Zidane, al que su presidente rescató de un insípido empate en La Roda con el Castilla para sofocar el conato de rebeldía contra Rafa Benítez. Decían en Valdebebas que el francés no era buen estratega, que no tenía suficientes cicatrices de guerra para dirigir el Acorazado Potemkin de Mister Rafa; los buenos en La Fábrica se llamaban Luis Miguel Ramis y Santi Solari. Quizá sí delante de una pizarra, pero Fabio Capello, un sabio, descubrió la esencia del banquillo más parecido a la silla eléctrica: “Entrenar al Madrid es gestionar a sus estrellas. Es lo primero y casi único”. Y eso que el italiano domaba los egos aplicando tácticas siderúrgicas en las que un destello improvisado causaba una bronca de proporciones bíblicas. El caso más laxo siempre ha sido el de Vicente Del Bosque, quien olvidaba la mano dura y las peroratas al son de ‘A jugar como vosotros sabéis’. Zidane se ha movido por instinto, pero no olvida sus influencias de Turín. Es el único argumento que explica su acertadísima predilección por Casemiro y la arriesgada decisión de retrasar líneas el pasado sábado, cuando pudo reventar la final antes del descanso.

Zidane merece su continuidad porque la plantilla todavía le ve en un póster voleando la ‘Novena’ de Glasgow. Y porque a Cristiano le trata como un divo, a Bale le permite sentirse velocista de 100 metros, y Benzema es el alumno aventajado que Aristóteles vio siempre en Alejandro Magno. Ni una rajada en la sala de prensa, ni un incendio gratuito; Zizou no suelta carnaza a la prensa porque no le interesa ni tampoco sabe ejercer como el personaje más teatral de Mourinho. No obstante, le recomendaron esbozar media sonrisa y enterrar el gesto arisco con el que hacía roulettes en el césped y hablaba fuera del campo. Ahora es un tipo simpático que no se altera, ni siquiera cuando Piqué cabecea a la basura otra Liga para el Madrid. En enero reseteó el vestuario y preparó una pretemporada de invierno para desentumecer músculos, como las que acostumbran los equipos nórdicos y rusos en La Manga. Fue el físico lo que mantuvo con vida al Madrid en San Siro, ese último reprís que acobardó a Simeone en la prórroga. Bale se había exprimido como nunca; Modric acabó jadeando como un maratoniano en meta y Casemiro todavía buscaba más tralla, ¡qué proeza de la genética! Queda Zidane para rato porque no molesta en la planta noble, ni sufre ataques de entrenador. Pero, sobre todo, el entrenador sigue siendo el galáctico del presidente que escribió ‘Sí, quiero’ en una servilleta.

Felix Baumgartner

Domingo, 10 Abril 2016

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Estadio Luis II de Mónaco; abril de 2004. Zinedine Zidane se acerca a su compatriota Ludovic Giuly en el túnel de vestuario durante el descanso y le suelta un susurro cómplice: “Estamos muertos, agotados”. El Madrid plantea la segunda parte de aquella fatídica Champions con grilletes en los pies, sin físico para la reacción. De repente, el Mónaco del exiliado Morientes voltea los cuartos de final y el proyecto faraónico de Florentino Pérez entra en barrena en el famoso ‘galacticidio’. El equipo construido para barrer en Europa comienza a arrastrarse sobre el césped monegasco sin amago de ruletas de Zidane ni manadas de búfalos (Ronaldo). Es entonces cuando la prensa aduladora dispara toda su metralla contra Carlos Queiroz y su nulo ojo clínico, porque el Madrid galáctico fueron once titulares, con Solari y Guti como banquilleros de lujo; rotar a las estrellas no estaba autorizado en el reglamento del club. Primero fue el sopapo del Zaragoza en la final de Copa; días más tardes la catástrofe de Mónaco y, a continuación, cinco derrotas ligueras que desmontaron la plantilla como si fuese un lego.

El madridismo recuerda en estas horas su fatal recuerdo. Anhela que al Barça le suceda la misma Apocalipsis, ese paso del cielo al infierno a la misma velocidad que bajó Felix Baumgartner desde la estratosfera. Desde la Ciudad Condal surge cierta corriente pesimista que rememora el victimismo ochentero culé: son varios ex jugadores como Jose Mari Bakero los que se acuerdan del descalabro de Queiroz. Sus declaraciones off the record no cambian nada de las públicas: son cautos porque el ocaso del Dream Team les forjó su cautela. Sin embargo, en el vestuario azulgrana se aferran a la palabra de su capitán Iniesta: necesitaban un colchón demasiado mullido para amortiguar la caída. Visto desde fuera, el Barça se agrieta porque Luis Enrique no ha embadurnado con antioxidante a su MSN. El ritmo de partidos es brutal desde la Supercopa de agosto, sin apenas descanso y con un puñado de viajes transatlánticos que atenaza los músculos. Existe cierto temor en la planta noble del Camp Nou (esto es información, no opinión) a que el equipo se desmorone como el del ‘Tata’ Martino, que se quedó sin gasolina para el esprint final de temporada y con Leo Messi en las portadas por sus arcadas y no su Circo del Sol.

Por pura estadística, el Barça tenía que sufrir la pájara en su Tourmalet. Por pura estadística, los jugadores no podían aguantar el fútbol ciclónico de estos meses. Por pura estadística, Messi, Neymar o Luis Suárez tenía que quebrar. No ha sido el uruguayo, cuyo letalidad sostuvo a todos ante el Atlético. Y del mejor jugador del mundo tampoco se duda porque, al fin y al cabo, él decide el destino del Barça y no al revés. Curioso, entonces, que el mejor año de Neymar se ennegrezca ahora con escapadas disolutas (aceptadas por Luis Enrique); y como este deporte olvida su memoria en pocas horas, el brasileño necesita devolverse a sí mismo a las favelas donde le descubrieron. Allí encontrará el catálogo de regates que asombró al mundo hace…..¡tres semanas! De locos. Por pura estadística y sin fanatismos, el Barça sigue siendo favorito para todo. Tampoco lo olviden.

La alfombra roja de Hollywood

Jueves, 7 Abril 2016

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Es la moneda al aire que puede caer hasta de canto. Demasiado talento y muy poco equipo; con esta credencial quizá el Real Madrid gane otra Champions, pero seguramente perderá otras siete Ligas. Los primeros 45 minutos delataron a los ojeadores del club: ni un solo vídeo del Wolfsburgo, ni una estrategia para averiar a los alemanes. Dio la sensación de que la épica victoria del Camp Nou tenía premio doble: resucitar y sumar media victoria en Alemania. Sin embargo, la Champions es muy traicionera y nadie mejor que el Madrid debería saber que en su competición todos pelean como si no hubiera mañana, a tumba abierta. El Wolfsburgo es un equipo de media tabla de Bundesliga que ha convertido la Champions en su cuento de hadas. Y a falta de fútbol, la velocidad no se la quita nadie. Julian Draxler y Bruno Henrique recibirán este jueves llamadas de media Europa porque cualquier plantilla necesita velocistas. Draxler es el que vende las camisetas en la fábrica de la Volkswagen y, desde ayer, quien talla los trajes a Danilo. Por tierra, mar y aire le superó, con y sin balón.

El lateral del futuro, así le vendimos sin verle (las cosas de los periodistas), quedó hecho trizas en un puñado de minutos, los que tardaron Draxler y Arnold en hacerle la ‘trece-catorce’. Danilo todavía no se ha enterado de que jugar en su puesto supone defender y atacar en una especie de pinball; su problema es que ni mete la pierna ni levanta la pelota en los centros. Sus gestos recuerdan a aquel ‘Bolo’ Zenden del Barça que no metía ni una en el área. Danilo no fue el único que pasó por el cadalso. Sergio Ramos inquietó a su propia defensa con errores de patio de colegio y Casemiro no sacó la máquina cortacésped. De repente, la medular merengue fue engullida por el Wolfsburgo. Y cuando Modric arrastra su peor versión, la gripe no la cura ni el mejor Cristiano Ronaldo. Haciendo de abogado del diablo, un penalti tan riguroso como la expulsión de Fernando Torres desquició al Madrid toda la noche. Ni siquiera un amago de ese vendaval que proponen los blancos durante un rato; y eso que a Bale se le notaba escurridizo, con los músculos tersos para preparar la zancada. Nada importó porque cuatro meses después el plan sigue siendo que no hay plan. Y el claqué que quiere bailar Zidane necesita el aprendizaje de unos pasos; no se trata de desenrollar la alfombra roja de Hollywood para que se paseen las estrellas. A esta hora la incertidumbre agobia demasiado al madridismo, ¿cuál es el Doctor Jekyll y cuál es Mister Hyde?

Por si acaso, el hijo del mito Juanito, Roberto, advirtió en twitter que no molestemos al espíritu de su padre. Suena poco práctico porque el famoso Madrid de las remontadas se extinguió hace décadas, aunque siempre es un recurso para la prensa satélite del club. La cabeza de Santillana y los quiebros de Butragueño son desempolvados de las hemerotecas para abonar la remontada. Cualquier motivo para sobreexcitar al madridismo. Y seguramente sin Benzema, para que el salto con triple tirabuzón sea completo. El Madrid sacará el ataque relámpago en los primeros minutos y si su combinación de puñetazos todavía no noquea al Wolfsburgo, entonces Zidane deberá sentarse delante del tablero de ajedrez. Pero para eso, hay que trabajar la eliminatoria en Valdebebas; sopesar si el defenestrado James tiene hueco para la épica y si Kroos es tan imprescindible como Zizou nos quiere hacer creer. Cosas sin lógica, como Danilo.  

Ese “grupo de atletas”

Domingo, 3 Abril 2016

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Primero empezó con el centenario del Barcelona (1998). Aquel inolvidable canto a capela de Joan Manuel Serrat con el Camp Nou oscurecido acabó en tragedia por un gol del colchonero Jugovic. En 2002 el Real Madrid cuadró sus cien años en el Bernabéu con la final de Copa y, además, pidió a la FIFA que ese día, 06 de marzo, no se celebrase ningún partido oficial en todo el mundo. El ‘Centenariazo’ pertenece a la antología de descalabros madridistas. En 2003, el Atlético de Madrid quiso brinda al Calderón un homenaje familiar, sólo apto para sufridores, y acabó en el túnel del terror en el que le metió Osasuna. Johan Cruyff merecía un homenaje en vida, tal como se quejó Dani Alves el sábado, aunque fue Pep Guardiola quien se lo brindó durante un puñado de años. Las casas de apuestas aumentaron con descaro la distancia entre Barça y Madrid, planteando como un suicidio la victoria merengue. La prensa culé se había preocupado más por el grado de emotividad de los fastos a Johan; al fin y al cabo, la sombra del Madrid ya no era demasiado alargada. Un ex peso pesado del Dream Team de Cruyff insistió en días pasados que no quería ver a los blancos “ni en pintura” en la Champions. Con los vídeos en mano, cualquier Real Madrid jugó mejor los clásicos del Camp Nou que del Bernabéu en la última época; quizá por aquella exhibición de Ronaldinho, o el cataclismo del 2-6. Mourinho debutó con un guantazo literal y aprendió de sus errores.

Zidane prestó atención a ese 5-0 porque entendió que a este Barça se le gana en velocidad. Necesitaba al “grupo de atletas” (Guardiola dixit) que arrasó en la semifinal de Munich o la versión más discutida de Rafa Benítez. Habría sido el partido perfecto para Mister Rafa. No en vano, él jamás habría quitado a Casemiro del once si la presión popular o, mejor dicho, de la planta noble no hubiese sido tan intensa en la ida. Ha nacido un nuevo Makelele, pero con más estilo; especialista en marrones, se especializa en fontanería soldando averías. Y no le quema el balón en los pies, como al gran Claude, quien reventaba jugadas a la espalda del propio Zidane. Case (así le apoda el vestuario) es la prueba de que el algodón no engaña: ni siquiera el Barça se puede permitir el lujo de bailar claqué sin un rottweiler. Pero Busquets sólo hay uno en el fútbol, Casemiro tiene todo el futuro por delante y no lejos de Chamartín, precisamente. De repente, las críticas al ‘Cholo’ Simeone y su fútbol siderúrgico se esfumaron: Zinedine Zidane, cuyo póster voleando la ‘Novena’ aún está colgado en muchas habitaciones, planteó una hormigonera en campo propio. La primera conclusión a vuelapluma fue intuir que el cemento armado era para impedir un resultado obsceno; el cansancio y la posesión oxidada del Barça dedujeron que era una estrategia. Suicida, pero meditada.

El Madrid ganó el debate de la calle: sí, hay que tenerle en cuenta para la Champions. Necesitaba una demostración mundial en el Circo del Sol del fútbol, delante de Leo Messi y una MSN agotada por las convocatorias internacionales. La trinchera merengue le brindaba a Bale una autopista hasta Claudio Bravo. Y en el duelo de correcaminos, la zancada del galés superó al molinillo de Jordi Alba. A Bale le sucede como al mejor Cristiano (me temo que ya no le veremos): es peligroso sin correa, sin el corsé que le ponía Benítez. Desde anoche, tiene licencia para matar por donde él quiera. Cristiano también, por supuesto, pero Zidane se ganaría el favor de los puristas si le reduce el radio de explosión. Ya no es el velocista que adelanta defensas, ahora se fía de su olfato de Van Nistelrooy. El problema, o capricho, sigue siendo que CR7 no quiere jugar de delantero centro, a pesar de que remataría cualquier microondas que le llegue. Decían las lenguas viperinas que el Espanyol siempre había sido la vaselina de Cristiano. Su enésimo gol decisivo callará a los rajadores: quince tantos a los ‘pericos’ y dieciséis al Barça. Aunque pensándolo bien, no cambiará nada: seguirán despellejándole.

Estado de Defcon 2

Lunes, 14 Marzo 2016

Casemiro y Keylor Navas salvan al Real Madrid de un nuevo rid</p>  <div class=

Zidane anunció el estado de Defcon 2. “Jugando así no vamos a ninguna parte. Perdimos una cantidad de balones alucinante”. La plantilla que más millones amasa sobrevive por las salidas de su portero, de efecto expansivo como las paradas del mítico David Barrufet.  Dijo una vez Fernando Hierro que el Real Madrid necesitaba un guardameta que parase los “dos o tres balones” que le llegasen; el problema es que antes eran las paradas de Casillas y los goles de Ronaldo, y hoy es Keylor Navas por tierra, mar y aire. Una torpe o pérfida artimaña del Manchester United (más creíble lo segundo) retuvo al costarricense en el Bernabéu y, caprichos del destino, sus actuaciones han amortiguado el griterío de ¡Florentino, dimisión! Al fin y al cabo, uno de cada dos partidos depende de que Keylor saque el desfibrilador. En Las Palmas fue el único que se preparó para el bombardeo inicial y la agonía final; el resto del equipo activó el modo avión para ganar por la inercia de la pegada. El plan sigue siendo que no hay plan, y aunque Carvajal diga a ras de césped que jugaron con las “líneas más juntas y defendiendo bien”, la opinión de la calle despotrica de su fútbol. Quizá el madridismo no haya asimilado que sólo el Barça puede ganar sin plan y con Messi, y que la diferencia entre Zidane y Rafa Benítez es que anoche el francés se vio obligado a la autocrítica sin la coartada de los números.

El Madrid deambula por la Liga esperando que suene la campana y desesperado por acabar con estos marrones en tierra de nadie: en el horizonte desapareció el liderato y el colchón de seguridad con el Villarreal cada vez es más mullido. No habrá una  previa molesta en agosto y sí una pretemporada poco cargada de compromisos publicitarios y visitas a embajadores. El club más valioso del mundo necesita reducirse a un equipo de fútbol en el que el entrenador ensaye tácticas y prepare partidos sin preocuparse del estiércol mediático que rodea el día a día del Real Madrid. El técnico debe limitarse al césped, para el resto de discursos busquen otros despachos. Hasta entonces, el Real Madrid seguirá siendo una fábrica de noticias que apañen programas deportivos y anécdotas que apilen el papel couché.  Es el periodismo de hoy, que en su mayoría aplaude la crisis permanente que satura las charlas de barra de bar. Sin embargo, por pura probabilidad o porque las decisiones deportivas se copien del Barça (la verdad duele), el Madrid volverá a regalar portadas a sus aficionados: la de la quinta Liga de la Quinta del Buitre: la de la volea de Zidane; la de Mijatovic que sucedió el día después de que Marca publicara al abuelo bonachón del anuncio de Mitsubishi preguntando aquel famoso “¿Y el Madrid qué, otra vez campeón de Europa?”

Plan Renove

Lunes, 29 Febrero 2016

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Plan renove. Fue la expresión que utilizó Lorenzo Sanz cuando le preguntaron por la caótica temporada que borró de un plumazo a la pareja Valdano&Cappa. Aquel Real Madrid necesitaba fumigar el vestuario y nombrar a un general con puño de hierro. El elegido fue Fabio Capello, que entonces exigió sus fichajes uno por uno y, de paso, cobrar una peseta más que el futbolista mejor pagado de la plantilla. A Florentino Pérez no le gusta ser tan contundente delante de las cámaras porque, como presidente de una multinacional del Ibex 35, conoce el terremoto que origina cualquier decisión drástica. Mejor actuar entre bambalinas, preparando la lista negra mientras el Kalashnikov de Zidane guarda la última bala en la recamara: un disparo sólo apto para el mejor de los francotiradores. Y no parece que Zizou esté bien adiestrado para la misión. Varios ex jugadores merengues suelen comentar las lagunas tácticas del entrenador y deslizan en los cenáculos periodísticos vía Mesón Txistu y Asador Donostiarra que ahora mismo el técnico con más vocación es Luis Miguel Ramis, sucesor de Zidane en el Castilla.  Pero tampoco tiene experiencia, ni siquiera un nombre marketiniano que ayude a vender portadas. Su única oportunidad de entrenar al primer equipo empieza y acaba por ser un mero apagafuegos, como un desconocido llamado Vicente Del Bosque, coordinador de la cantera de la Ciudad Deportiva de La Castellana, durante la década de los noventa.

El club más rico de la lista Forbes ejecuta un plan económico anual digno de estudio en universidades como Harvard o Stanford, y toma decisiones deportivas como si las charlara en una barra de bar. Zidane no estaba preparado antes de Navidades, pero el hartazgo del vestuario con Rafa Benítez precipitó su ascenso. Él, por supuesto, anunció que estaba preparado; el gremio de entrenadores todavía le veía en un póster voleando el gol de la Novena. Y ha sido Simeone el que ha acabado por incendiar las discusiones de salita y redes sociales. De repente, el equipo siderúrgico de estilo plomizo maniató al fino estilista hasta ponerle una camisa de fuerza. Acorralado en un callejón sin salida, sin intercambio de posiciones o cambio de pizarra, el Zidane más impulsivo confió en Borja Mayoral para conjurar la primera gran noche de Raúl González o, a escala inferior, de aquel José Luis Morales que levantó al Bernabéu en un derbi. Cualquier acto de fe que comulgara con la grada. La conclusión es que este Madrid presume de una  alfombra roja de Hollywood en la que los actores se quieren lucir en su photocall más personal. Manolo Sanchís resumió el debate futbolístico en una declaración: “El equipo que más media puntas tiene no juega con ningún media punta”. Isco y, sobre todo, James quedaron señalados porque, hablando en plata, es complicado jugar andando. No hay más preguntas, señoría.

El Bernabéu se cansó de buscar muñecos de pim, pam y pum, y se giró al palco. Ya no había un Ancelotti o Benítez de turno en los que descargar la bilis, y Zidane tampoco merece la guillotina en tan poco tiempo. El presidente ha repetido innumerables veces que sólo convocará elecciones si los socios se lo reclaman; la advertencia en el derbi fue el primer aviso. Con o sin elecciones,  y con o sin otros candidatos. la reestructuración se intuye absoluta. Por ejemplo, una dirección deportiva que detecte por qué no hay un lateral izquierdo que sustituya a Marcelo; o un delantero centro a la vieja usanza que resuelva un plan ‘B’ o ‘C’. Sin profesionales que se dediquen a rastrear el mercado y olfatear futuras promesas, no suena tan descabellado que Cristiano Ronaldo pegue esos fogonazos de proporciones bíblicas. No le falta razón en lo políticamente incorrecto: “Faltan los mejores y la pretemporada está mal planificada”. Radiografía perfecta de un enfermo. El Madrid, no Cristiano.

La Liga por el retrete

Lunes, 22 Febrero 2016

Manolo Sanchís resopló al escuchar a Paco González en Tiempo de Juego. “Lo peor para el Madrid es que todavía quedan trece jornadas de Liga”. La cara del madridista, que siempre utiliza el plural mayestático para hablar de su único club, era un poema sin rima alguna, deslavazado como la táctica de Zidane y con versos grotescos. Un domingo cualquiera los blancos tiraron el título al retrete, sin amago de pelearlo y sin morir en el intento. Ni siquiera asomó el espíritu de Juanito, tan perfecto para remontar situaciones imposibles. Un plan sin plan, y enfrente un Málaga trabajado en la sala de máquinas, cuyo entrenador, Javi Gracia, supo cómo apretar el cuello a su colega francés. Es una pena que en esta época de secretismo, en el que las persianas acorazan los entrenamientos, no sepamos si Zizou ensaya tácticas según el esparrin de turno. Si el que recibe es un pelele, el Madrid lo descose hasta tumbarlo en la lona. Pero también hay gallos respondones como el Málaga, que atacan a sus costillas, haciéndole perder el aliento hasta descomponerlo. Cuentan que Arsene Wenger nunca preparaba sus partidos en función del rival porque no le gustaba variar su estilo imperecedero. Hasta que hace dos temporadas, Cazorla, Giroud y compañía le suplicaron sesiones de vídeo y análisis, y Wenger cedió.

Quedaban quince minutos para perder la Liga y sobre el césped no había ningún Raúl González que diera cuatro gritos y corriera con espuma en la boca. No, el Madrid sesteó, “mamoneó” como dice Manolo Lama, y se fió de algún cabezazo a lo Santillana inventado por Cristiano. No sucedió así porque los blancos están inmersos en su particular pretemporada, en la que la gira transoceánica se sustituye por partidos domésticos con vistas a Europa. Es la Champions la que mantiene la efervescencia del cambio, del fútbol paleolítico de Rafa Benítez al estilo marketiniano de Zidane. Apenas se atisba la ansiada metamorfosis. Y con planteamientos de pizarra tan vagos como el de La Rosaleda, no es descabellado recordar el titular que le dejó Raúl a Jorge Valdano en su entrevista para Bein Sports: “Nunca habría imaginado a Zidane de entrenador cuando compartíamos vestuario”. Quizás no sea vocacional.

Florentino Pérez jamás habría imaginado que su Madrid echase de menos a Bale, y en proporciones bíblicas. El Málaga evidenció que Cristiano Ronaldo sin BBC se agota de desesperación; varias veces ha revelado que Benzema es su socio en el campo, con el que tiene una simbiosis especial. Detrás de él, hay un equipo que se parte en dos como un palillo, porque Modric no se puede comer el marrón de todos e Isco y James no están fabricados para correr hacia atrás. Últimamente, tampoco hacia la portería contraria. Sin embargo, la alarma más preocupante suena con Toni Kroos, condenado por su entrenador a jugar de pivote defensivo. El Kroos centrocampista ordena los papeles de la Mannschaft; el que juega por delante de la defensa e intenta llegar a Modric es un Fernando Redondo de Mercadona. Zidane mejor que nadie, debería asumir la importancia de un Makelele que vertebre a tanto figurín. Y en el banquillo se oxida un tal Casemiro, nacido para eso, para evitar otro ‘galacticidio’.