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Las reglas del ocio

Martes, 31 Marzo 2015

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La fin. El diario L’Equipe publicó su demoledor titular en letras capitales la tarde que Dinamarca bailó a la entonces campeona de todo en el Mundial de Japón y Corea. Aquella generación comandada por Zidane se había preparado para reventar la historia: su fútbol solidarizó odios raciales en su Mundial del 98, redujo al continente en la Eurocopa de los Países Bajos y la leyenda les esperaba en el Lejano Oriente. El fútbol contemporáneo no había visto un prodigio semejante desde el Brasil del setenta hasta que las tertulias periodísticas dieron un vuelco con el bombazo inaugural de Senegal. Pero aquel titular de L’Equipe y el tsunami de dramatismo de la opinión pública indignó al vestuario nacional. “Creo que no merecimos tanta leña”, comentó David Trezeguet años después de la debacle; “Palos y más palos. Parece que nunca hayamos logrado nada”, espetó Thierry Henry, uno de los jugadores más vapuleados por la prensa.  Sin embargo, la reflexión niquelada la pronunció Zidane en Le Monde durante la pretemporada de ese verano con el Real Madrid: “En Francia tan pronto te barren como te ponen la corona”.

La prensa española todavía no se ha atrevido a llevar a ‘La Roja’ al cadalso. La selección de todos ahora no lo es de nadie, al menos para la calle. La decepción de Brasil mantiene anestesiado a cierto público que se emborrachó de emoción durante cuatro años y hoy considera al equipo un marrón molesto que petardea entre Liga y Champions. Antes eran Madrid, Barça y España, la genuina de Luis y la continuista de Del Bosque; hoy la prensa rellena minutos de telebasura sobre la selección a golpe de mamporros. Casi todos al entrenador y al portero, por cierto. Juanma Castaño sacó el bisturí en el Tiempo de Juego del domingo y diseccionó al ¿cadáver? por donde a pocos ‘cirujanos’ se les había ocurrido: “El último partido que divirtió España fue en Saint Denis en la fase de clasificación para Brasil”. Tal cual. Fue la última vez que el combinado nacional fardó de tiqui-taca, aunque entonces España oliese a la misma colonia que Francia cuando aterrizó en Corea para comerse el mundo.

La travesía es demasiado dura porque, como asegura Del Bosque a su círculo privado, “cada partido es una reivindicación permanente”. O Globo, el periódico brasileño con más solera, condenó a sus once penitentes de por vida por la masacre de Alemania en las semifinales de su Mundial. ‘La Roja’ ha entrado en fase experimental y jugar con probetas hasta que vuelva a salir otro tiqui-taca aburre a la gente. O de repente España vuelve a orquestar fútbol en versión Von Karajan o el interés bajará al submundo, cuando la época de Javi Clemente. Es duro pero son las reglas del ocio en este país. Y la selección sabe (porque lo ha visto) que jugar un partido aseado de cada dos no vende. Quizá esos aficionados que ya no se atreven a desempolvar la camiseta de Sudáfrica, tengan que meterse en la mollera que Puyol ya no está; Xavi sólo hubo uno y Villa dejó de golear. Iniesta lo dejó caer hace unos días: “El mismo éxito será devolver la ilusión a la gente que haberlo ganado todo”. Puede, pero desde luego que esa gente, hoy amplia mayoría, no se lo reconocerán. Es la cultura de esta España. Por eso, Inglaterra, Argentina o Brasil siguen gozando de un privilegio casi exclusivo: en las buenas y en las malas, siempre la selección. Aquí Real Madrid y Barça se metieron entre bastidores cuando la selección gritó ‘¡fútbol’! al mundo. Sólo un instante, sólo un momento.